EL AMOR A LA VIDA.
La vida es la razón de ser del ser humano, pues nacemos para vivirla. Y cuando decimos vivir la vida, nos referimos al hecho de sentirla cada día; de querer disfrutarla; de saber agradecer al Creador, en cada amanecer, la vida que nos permite vivir.
Por eso, morimos cuando dejamos de sentirla así: como la razón de la existencia.
De ahí que debamos aprender a vivir cada día como si fuera a ser el último; entonces trataremos de vivir en paz con Dios, con la humanidad y con la naturaleza; sí que también, con nosotros mismos. Pero, además, deberemos vivir como si cada día fuese el primero de una existencia adulta: apreciando cada instante que nos brinda el Creador y saborear ese momento en toda su plenitud.
Vivir cada día procurando desarraigar los malos hábitos del ayer, para cambiarlos por las buenas costumbres que nos sirvan para vivir hoy, de tal manera, que podamos construir un mejor mañana, si Dios así lo permite.
Vivir encontrándole sentido a la vida, procurando buscar las causas del desasosiego, cuando éste nos asalte, para poder desterrarlo con el fin de que no sea un obstáculo para la felicidad.
Vivir de tal manera que los infortunios no nos hagan infelices. Habrá que enfrentarlos, pero no podremos dejar que nos avasallen.
Por último, recordar que la felicidad no consiste en tener más; por el contrario, la dicha estriba en saber disfrutar de lo que la vida nos depara cada día.
No obstante, en ocasiones el poeta da paso a sus pesadumbres y canta con dolor, para desahogar tal vez la melancolía que le atosiga.
G. R. G.
Hoy eres una niña, mañana una mujer
Un rayo de luna