ESE SOY YO
“Ecce sic benedicetur homo, qui videas filio filiorum tuorum.
He aquí que serás bendito, hombre, cuando veas los hijos de tus hijos .”
Misa de esponsales
Mirando la otra tarde una vetusta encina
cuyas ramas el tiempo ha carcomido,
en donde ya ni los pájaros anidan
y las flores para siempre ya se han ido,
pensé en mí y en lo que mi vida ha sido:
un árbol que antaño lució hermoso ramaje
y frondoso en primavera estuvo florecido
y con sus hojas formó un lindo follaje.
Las aves diligentes en él hacían su nido,
con sus flores el paisaje lo adornaba
y a su sombra siempre fue acogido
todo aquél que así lo precisaba.
Nunca negó a ninguna ave su rama
ni se abstuvo jamás de dar sus flores;
como el corazón que de amor se inflama
para dar a la amada sus amores.
En su tronco las parásitas crecían abigarradas
y en torno prodigaban sus olores
y embellecían el paisaje, adornadas
con las más bellas y exquisitas flores.
Cuando algún enamorado una flor necesitara
a la encina acudía seguro de encontrar
la ofrenda de amor, con la cual él conquistara
a la mujer que ya empezaba a amar.
Ese soy yo, pues cual la encina de mi cuento,
me encuentro en el ocaso de mi vida
y, cada día que pasa, yo presiento
que a mi vera ya ningún querer se anida.
Pues como la juventud ya no me presta lozanía,
las almas como pájaros errantes
ya no buscan ni la sombra mía
para anidar como solían hacerlo antes.
Junto a esta vieja encina crecen,
todavía con una u otra hoja,
unos pequeños árboles que aún no florecen
y cuyo destino me llena de congoja.
Porque no sé si mucho tiempo han de vivir
y cumplan su misión en este mundo,
o si por el contrario, temprano han de morir
sin dejar rastro ni leve ni profundo.
Por eso jóvenes que escuchan esta historia,
ante la ancianidad respeto brinden,
porque llegar a la madurez es una gloria
ante la cual, obsecuentes los ángeles se rinden.
Que importa si la vida nos brinda sinsabores,
vivirla es hermoso y bien vale la pena
recibir y prodigar nuestros amores
sin pensar por ello sufrir honda condena.
Hay que amar sin mezquindades,
sin recelos y sin egoísmos;
brindar con amor nuestras bondades,
tal como nos amamos a nosotros mismos.
Como Cristo nos lo hubo enseñado:
amar, aunque el hacerlo cause hondo dolor;
como la encina de mi cuento hubo brindado
sus ramas y su sombra a todos con amor.
El día en que la encina de mi vida
caiga y nunca más se vuelva a levantar,
puede que sí o puede que no abra una herida,
pero el recuerdo de su amor jamás se ha de olvidar.
Porque ha brindado sus sombras y sus flores
a todos por igual, sin aspirar a cambio nada;
como debe ser el amor de los amores
como se entrega el alma a la mujer amada.
Como te la entregué yo a ti, algún día,
cuando miré tus ojos y me postré de hinojos
para adorarte por siempre, amada mía,
soñando siempre con besar tus labios rojos.
Valledupar, 15 de noviembre de 1999