CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

AFLICCIONES DEL ALMA

“Porque, si me ven llorando, morirán.”

Rafael Hernández

                                    I

Qué manera tan triste de vivir

que agobia mi corazón y me hace daño.

Qué deseos incontenibles de morir

se acrecientan en mi alma, año tras año.

            Se ha vuelto tan triste mi existir,

            que he olvidado lo alegre que fui antaño

            -si es que, acaso, alguna vez supe reír-

            y ya ni los momentos de placer extraño.

Me preguntas el porqué de esta tristeza

y no encuentro respuesta ni razón

a esta nostalgia que embarga mi cabeza,

            se apodera cada día más del corazón

            y me atenaza. Y entonces, añoro la tibieza

            del abrazo de la Parca, con pasión.

                                    II

Ya dejé de sentir el gozo de la vida

y ya nada me alegra ni emociona.

Nada de lo que pase alrededor convida

a meditar, pues mi mente ya no siente ni razona.

            Porque la pobre se encuentra malherida

            por los reveses del destino. Y la cansona

            manera de portarse la bandida

            fortuna: que hoy te alegra y mañana te abandona.

Para qué, entonces, seguir así viviendo,

si nada que hoy ocurra alegra mi existencia

y cada segundo ¿siento estar sufriendo?

            Si ya, ni siquiera, me alegra tu presencia,

            sin la que antaño creía estar muriendo

            y hoy, ya lo ves, en mi vida ya nada tiene esencia.

                                     III

Es que tú, con esa manera de tratar

mis sentimientos, ahogaste mi hálito de vida

y, aunque te amo como nunca habré de amar,

ya nada puede sanar esta honda herida.

Que se empecina en no querer cicatrizar

a pesar de que mi alma nunca olvida

que fuiste tú, quien la enseñara a amar

pero, también tú, la volviste fementida.

Y nada que hagas hoy me habrá de devolver

las ansias de vivir y de gozar,

pues aunque nunca te haya dejado de querer,

            ya es imposible que vuelva yo a soñar

            y, más aún, he vuelto a comprender

            que sin tu amor, ¿para qué, entonces desvariar?

Bogotá, 29 de mayo del año 1958