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HASTÍO.

“EL corazón posee tesoros escondidos, guardados en silencio.”

Charlotte Brontë

No puedo comprender por qué la vida

nos llena en ocasiones de amargos sinsabores,

nos oprime el corazón con mil dolores

y nos produce en el alma cruel herida.

 

            Debería estar ansioso que regreses,

            mi alma debiera saltar de gozo y alegría:

            al fin y al cabo termina mi agonía

            cuando llegues, me abraces y me beses.

Mas sin embargo, es tanta la tristeza

que inunda mi alma en este día,

que temo contagiarte amada mía

aminorando así, tu dicha y tu terneza.

            ¿Será que el vivir ya me produce hastío?

            ¿Será que morir es el mejor estado?

            No sé en realidad que me ha pasado

            pero siento en mi alma horrendo frío.

A veces quisiera ser un eremita

y vivir aislado de todos y de todo;

a veces por nada me incomodo

y hasta lo intranscendental me irrita.

Y no debiera ser de esa manera,

            ya que tengo la dicha de tenerte

            y la gloria que siento por quererte

            es mucho más de lo que yo quisiera.

Mas sin embargo, a veces me anonado

y me sumo en un hondo desvarío;

pero tú no tienes la culpa amor mío,

de todo lo que en la vida me ha pasado.

Ayúdame a pedirle al Dios Eterno

            perdón por no vivir siempre contento;

pero Él sabe muy bien lo que yo siento

y no creo por eso ir al infierno.

Si no más bien, por quererte y adorarte,

Él me tenga destinado al Cielo

y de todas maneras me ha dado ya el consuelo

de poder arrobarme al contemplarte.

            Mi dicha más grande es haberte conocido

            y poder adorarte es mi recompensa;

            pero me preocupa de pronto si Dios piensa

            que de tanto quererte, de Él me olvido.

Pero otras veces me digo: no es así,

si Él te puso en mi vida y en mi historia,

fue porque consideró darme la Gloria

desde el momento en que te conocí.

Valledupar, 7 de mayo de 1999