EL REMEDIO PARA MI MELANCOLÍA.
“La soledad es el horno de la transformación.”
Pbro. Henri Nouwen
Hay tardes en las que de tal manera me acongojo,
que me siento muy afligido y me deprimo;
entonces sólo quisiera ser un vil despojo
y con nostalgia por mi vida lloro y gimo.
No sé por qué me agobio con mi suerte
ni por qué me dejo vencer por el hastío;
no sé por qué deseo venga la muerte
y por qué el dejar la vida tanto ansío.
Será que creo haber vivido mucho
y en un acto de soberbia, me envanezco
y fatuamente, ni siquiera escucho
a mi conciencia y, su voz, ¿ya ni obedezco?
Y por creer haber vivido tanto,
por la arrogancia me dejo envanecer
y la parca me endulza con su triste canto
y quisiera en sus playas mis redes ya tender.
O será que en realidad me he vuelto triste
y todo lo que me ocurre al hastío convida
y entonces no me importa cuánto existe
¿si he convertido en un erial mi pobre vida?
Ya no entiendo mujer, de mi existencia
la razón de ser y por eso es que me abrumo
y si es así te imploro, ¡ten clemencia!
y no me dejes en este abatimiento en que me sumo.
Pero, si yo he sido feliz al lado tuyo
y he gozado las mieles que, en un beso,
me has dado a saborear; como el capullo
en flor deja a la abeja degustar de su embeleso.
Llévame entonces de tu amor al cielo,
confórtame en mi dolor y en mi quebranto,
dame otra vez de tus besos el consuelo
y entrégame de tus caricias el encanto.
Y siendo así, seguiremos por la vida
juntos los dos hasta el fin de la existencia:
yo, sin pensar jamás en la postrer partida,
tú, dándome el dulzor de tu presencia.
Valledupar, 14 de agosto del 2007