EL AMOR A LA MUJER AMADA
Y nos llegó el momento de amar a una mujer, a la mujer soñada; a la mujer al encontrarla nos haría felices; nos amaría y se dejaría amar por nosotros; nos confiaría su vida y nos permitiría entregarle la nuestra.
La mujer con la cual eternizar el amor; la mujer con quien sería hermoso envejecer, compartiendo todas las emociones que la vida nos habría de deparar: amor y congoja, dolor y alegría, bienaventuranza y penuria…
Ese ser que nos consolara en los momentos de tristeza y nos dejara confortarla en su dolor y con la cual disfrutar los momentos de tranquilidad y de regocijo.
La mujer que mereciera el canto del amor y la veneración, el canto que brota, en este instante, desde lo más profundo de mi corazón enamorado: ¡Mujer!, motivo y razón de la existencia, porque has sido la elegida por Dios para dar la vida y, a la vez, lograr que por amor a ti luche cada día.
Ese ser que nos haga exclamar con el Rey Salomón: “He encontrado el amor de mi vida, lo asiré con fuerza y no permitiré que se vaya jamás.”
La mujer que se llegue a amar ¡tanto!, que su ausencia duela y su sola presencia reconforte el alma.
Ese ser a quien amar de tal manera, hasta llegar a pensar que se es feliz cuando se la ha tomado de la mano, para recorrer juntos el camino de la vida.
En fin, la mujer amada desde siempre y para siempre.
G. R. G.
En nuestro cuadragésimo aniversario
Nacimos los dos para querernos