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YOCASTA MODERNA Y TROPICAL

(El espíritu trágico de Sófocles, en pleno siglo XX)

 

Cuando la laxitud de las costumbres, sin importar la época, adoquinan el camino de la desgracia

 

Valledupar, Colombia

 

Julio del año 2009

 

“Inter faeces et urinam nascimur, et senderi coeli inter ambo est:

 Entre heces y orina nacemos, y el camino al cielo está situado entre ambos.”

San Agustín

 

Las fiestas prometían estar faustuosas para noviembre de 1954, pues habría elección y coronación de una nueva ‘Señorita Colombia’, en el recientemente reinaugurado concurso de belleza, y como el 11 caería en jueves, la diversión seguramente se prolongaría hasta el domingo 14; además, en esa época, el concurso todavía era bienal y provocaba más expectativas.

Don Tomás Porto del Portillo, hombre público y, por lo mismo, acaudalado, ya había asegurado las entradas para él y su concubina al baile de disfraces del Club Naval. Don Tomás iría disfrazado de bucanero y ella de mesonera y ambos ocultarían sus rostros con sendos antifaces.

Por su parte, Doña Teresa Román de Porto del Portillo, a sabiendas de que esta vez Don Tomás tampoco la llevaría, había decidido ir con sus amigas más allegadas (cuyos esposos saldrían cada uno por su lado) al baile, que también sería de disfraces, en  otro club.

Tanto Don Tomás como Doña Teresa ignoraban qué disfraz llevaría el otro. Ese era un convenio tácito entre ellos dos. Convenio que venían ejecutando desde hacía varios años; exactamente desde cuando Don Tomás empezara a ir solo a las festividades  novembrinas.

Tomasito Porto del Portillo y Román -hijo único de la pareja y, como tal, heredero no sólo del feudo político de su padre, sino también de las fortunas de sus progenitores- desde cuando cumpliera los 21 años, es decir desde hacía dos, iría con sus amigos de siempre a un baile de máscaras, sobre el cual sus padres ni siquiera le indagarían dónde se celebraría, ni a qué horas empezaría ni cuándo sería su final, ni mucho menos quiénes serían los invitados.

Tomasito esperó pacientemente hasta que se cercioró de que sus padres ya no estaban en casa -casi 11 de la noche- para llegar de su habitual visita a la novia (una hermosa adolescente que aún no podía disfrutar de las fiestas de embozo), disfrazarse e irse para su baile de máscaras con sus amigotes.

Los alegres y disipados jóvenes recorrieron varios clubes, antes de decidirse (pasada ya la media noche) a quedarse en el Club Cartagena cuyo baile de disfraces, en esos momentos, se encontraba bastante animado, ya que dos orquestas se alternaban en tandas sucesivas, de tal manera que las parejas podían danzar, todo el tiempo que quisieran sin parar, disfrutando de fox-trots, jazz, porros, cumbias, danzones y boleros, todos estos aires muy bien interpretados.

Luego de pasearse por los alrededores de la pista de baile, Tomasito y sus amigos -todos ellos disfrazados con un capuchón de ‘mono cuco’- se acercaron a un grupo de damas que disfrazadas y muy alegres departían entre sí, sin compañía masculina a la vista; cada una con un vaso de fino licor en una mano y cigarrillo en exótica pitillera en la  otra, ambas de manera obvia enguantadas y libres de joyas y anillos delatores.

La comparsa de jóvenes filtreó un rato con las damas y pronto hicieron migas con ellas, así que decidieron emparejarse para bailar. A Tomasito le gustó desde el primer momento la que vestía de dama antigua y un antifaz le cubría totalmente el rostro y el cuello, mientras que unos lujosos mitones cubrían sus brazos hasta más arriba del codo; y le gustó porque sus amplias caderas, el generoso escote que permitía ver el nacimiento de unos perfectos senos y su aún apretada cintura, eran realmente incitantes y le atrajeron de inmediato. Además, era la que mejor porte tenía, pues las otras no disimulaban su edad casi otoñal.

La dama antigua aceptó gustosa la compañía de Tomasito y bailaron, rieron, bebieron,  fumaron y se divirtieron.

Como es lo usual en estos bailes de embozos, el anonimato de cada cual está preservado y es de caballeros no intentar conocer la identidad de la ocasional pareja. Para lograr mejor proteger el incógnito, las voces son falseadas.

Hacia las dos de la madrugada, Tomasito convidó a su dama para ir a un sitio más íntimo que él conocía en el sector amurallado, en donde podrían terminar de pasar esa maravillosa noche.

La misteriosa dama, a quien el licor y la noche de laxitud le habían desinhibido la voluntad y también la moral, aceptó casi de inmediato.

Salieron del Club, tomaron un taxi y en menos de diez minutos ya estaban en un lugar acogedor, dotado de todas las comodidades y los elementos necesarios para un rato de amor clandestino.

Ya en el cuarto, cuando Tomasito le insinuó que se quitara el antifaz, la dama con un gesto decidido se negó. En cambio se dejó acariciar por él, que la fue desnudando lentamente, controlando -como todo un caballero- su ansiedad.

Cuando la enigmática dama quedó solamente con las bragas, el corpiño, los mitones y el antifaz como único atuendo, Tomasito debajo de su capuchón sonrió taimadamente con deleite; porque las finas prendas que su pareja ocasional lucía, eran muestra inequívoca de una buena posición social y, en su marrullería, alcanzó a preguntarse qué amigo de su padre, sería el esposo de esta hermosa dama con la cual iba a copular.

Más aún, le deleitó que la dama, aunque ya no era una jovencita, todavía se viera esbelta y tuviera la suavidad de una piel bien cuidada y mejor alimentada.

Con el fin de seguir con el juego del incógnito, expresado por la dama con su gesto decidido, el joven solamente se quitó el pantalón y, así, una vez la despojó de las bragas y el corpiño, se arremangó el faldón del balandrán y acostándola con suavidad en la cama, la poseyó. Por su parte, la dama misteriosa correspondió a cabalidad a las caricias y a la fogosidad de Tomasito.

Luego de reposar un rato, repitieron la faena. Esta vez, el joven permitió que su enigmática dama se satisficiera plenamente y se entregara también con más ardor. Después se durmieron.

Cuando el sol entró por la ventana y le dio de lleno en la careta, encendiéndole el rostro a Tomasito, éste se despertó. De inmediato reconoció dónde estaba y volteó la mirada para ver a su ocasional acompañante, que dormía boca abajo. Al verla totalmente desnuda con antifaz -bueno, casi una careta- que le cubría toda la cabeza y el rostro, en tanto los mitones ocultaban los antebrazos, sonrió ante el enigma de la dama, que lo mantenía intrigado sobre su identidad. En ese momento pensó: “Qué no daría por saber quién es ella, para así poder seguir siendo su amante. Ahora mismo no me importa si su marido es algún amigo o socio de mi padre.”

Sabedor de que si trataba de develar su identidad, la despertaría, rompería el hechizo del furtivo encuentro, y además ella se podría ofender, lo único que se le ocurrió fue arrancarle un volante a una de las mangas del disfraz de dama antigua y guardarlo en un bolsillo de su pantalón que colgaba del respaldo de una silla.

Hecho esto, la despertó con suavidad; cuando ella se volteó y él pudo observar a la luz del día, su hermoso cuerpo desnudo, le propuso hacer nuevamente el amor a guisa de despedida. Ella, viendo la ansiedad de su joven y fortuito amante, aceptó y entonces  yacieron una vez más. Luego se asearon y se vistieron. Al hacerlo ella notó que a su disfraz le faltaba un volante en la manga derecha, frunció los hombros, terminó de vestirse, se despidió y se fue.

Media hora después, Tomasito bajaba a la recepción y cancelaba el servicio. Salió a la  calle, tomó un taxi y llegó a su casa. Derecho se fue a su alcoba, se desnudó, se acostó y se volvió a dormir, hasta cuando promediaba la tarde del viernes doce. Entonces se levantó, se bañó, buscó ropa limpia, se vistió y pasó al comedor. Allí encontró a su papá y a su mamá, que disfrutaban de un opíparo almuerzo de desenguayabe. Los saludó con un beso en la frente, como era su costumbre desde niño, y pidió su almuerzo.

Mientras lo disfrutaba, cambió impresiones con sus padres sobre las festividades que, precisamente al día siguiente sábado, llegaban a su clímax con los últimos bailes de disfraces que se celebrarían en los principales clubes de la ciudad, a raíz de la coronación de la reina de belleza.

Hacia las siete de la noche, Tomasito salió para visitar a su novia, de donde regresó cuando ya eran casi las once. El ama de llaves le comentó que Don Tomás había salido hacía cerca de media hora y que Doña Teresa estaba en su alcoba preparándose para también salir.

El joven decidió ir a su alcoba para cambiarse de ropa y salir de rumba con sus amigos. Cuando iba camino de su alcoba, vio venir por el pasillo a la enigmática dama antigua con quien había compartido la noche anterior y con quien terminara haciendo el amor. Un nudo, producto de la desazón, se le hizo en el pecho. Eso era una alucinación, no podía ser verdad. Esa no era la dama antigua de anoche, “su” dama antigua. Por si le quedaba alguna duda, la ausencia del volante en la manga derecha del disfraz, le confirmó que se trataba de la misma persona.

Al ver la cara de estupor de Tomasito, la dama se quitó la careta antifaz, dejando al descubierto el todavía bello y fragante rostro de Doña Teresa Román de Porto del Portillo.

Horrorizado, Tomasito corrió a su habitación y comprobó -una vez lo encontrara entre uno de los bolsillos del pantalón que usara la noche anterior- que el volante era de la misma tela del disfraz de su mamá. Entonces, sacó del cajón de su mesita de noche, el revólver que su papá le diera para defenderse en caso de necesidad y salió al pasillo, donde Doña Teresa no había salido aún de su sorpresa ante la actitud de su hijo.

Más estupefacta quedó, cuando vio a Tomasito con un revólver en la mano derecha y en la izquierda el volante que le faltaba a su disfraz. Su mirada iba de una mano a la otra. Horrorizada, ató cabos y, al intuir la verdad, soltó la careta que aún tenía en su diestra, se cubrió el rostro y gritó espantada.

Su estupor fue mayor, cuando al quitar las manos de la cara, vio que su hijo se ponía el cañón del arma en la sien derecha y se disparaba, matándose de manera instantánea.

Doña Teresa al ver a su hijo muerto, se acercó, se agachó y tomó el revólver de la mano inerte de Tomasito. Luego entró al cuarto de éste y al ver el disfraz de capuchón en el respaldo de una silla, se suicidó también.

 

FIN