YERRO FATAL
(Nuevamente, la realidad supera a la ficción)
Siempre es bueno pensar antes de actuar
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Abril del 2006
“Scapulis suis ubumbrabit tibi; et sub pennis ejus sperabit:
De sus escollos vendrá la oscuridad; pero de su pena, todo esperará.”
Nicolás Copérnico
-Mijo, el niño sigue con diarrea. ¿Por qué no va y avisa a sus papás?
Dijo la madre, luego de que despertara a su marido, con quien había pasado en vela casi toda la noche, pendientes del malestar que sufría su hijo menor, un niño de apenas dos años de edad.
El niño había comido un mango hacia las cinco de la tarde anterior y, cuando la madre llamara a su esposo y a sus dos hijos para que se acercaran a comer, el pequeño se quejó de dolor de estómago. A partir de ese momento, con intervalos de 40 ó 45 minutos, el niño no había cesado de hacer deposiciones, a pesar de los remedios caseros que la madre solícitamente le había aplicado.
Era lo único que podía hacer, pues el puesto de salud más cercano estaba en el pueblo situado como a 30 kilómetros, es decir, a más de cinco horas de distancia de la aldea donde ellos vivían y al cual se iba a pie por un camino pedregoso, lleno de peligros por los constantes combates entre soldados y paramilitares contra la guerrilla.
En una choza cercana vivían los padres y el hermano de Adalberto, su marido y padre de sus dos pequeños hijos. Por eso, cuando, al amanecer, lo despertara, lo conminó a que buscara ayuda donde sus padres.
Adalberto se levantó, se lavó las manos, la cara y la boca, se puso la ruana y el sombrero y salió de la choza y caminó los 50 metros que aproximadamente lo separaban de la casa de sus padres, a quienes encontró ya levantados. Dorotea, la abuela del niño se desplazó a la vivienda de su hijo, llevando consigo un emplasto para colocar en la barriga del niño y unas hierbas con que preparar unos bebedizos.
Estos remedios aliviaron un poco el malestar del niño, quien presentó una leve mejoría a medida que avanzaba la mañana. A medio día pidió su almuerzo. Sin embargo, no pudo terminar el caldo de papa y legumbres que la madre le preparara y le estaba dando con cariño y esmero. El dolor de estómago que le volvió a atacar, lo redujo al camastro donde habitualmente dormía con su hermano de cuatro años.
Hacia medianoche la diarrea, que había cesado, se volvió a presentar. Esta vez con más intensidad, pues los intervalos se habían reducido a quince minutos. Preocupado, el padre del niño corrió nuevamente a la choza de sus padres.
Luego de sopesar las posibilidades, el abuelo y Juan Emiro, hermano menor de Adalberto, resolvieron acompañarlo al puesto de salud, a pesar de los peligros que esto significaba, pero la alternativa era peor, pues podía representar la deshidratación y posible muerte del niño.
Por eso, Adalberto y su mujer, no lo pensaron dos veces y dejando a su otro hijo con la abuela, partieron hacia el lejano puesto de salud acompañados, como ya se dijo, del abuelo y del tío del pequeño. El padre llevaba en brazos, cubierto con la ruana a su hijo enfermo.
Mientras avanzaban por el pedregoso camino, cuando aún no habían dejado los contornos de la aldea, Adalberto rememoró los acontecimientos de su corta vida.
Apenas tenía 19 años y ya era el padre de dos niños. Su mujer, Domitila, era todavía más joven, apenas tenía 16 años y la había conocido toda la vida, pues su familia y la de él siempre habían vivido en la misma aldea.
Ella fue la única hija de un par de campesinos quienes un día, cuando ella tenía cerca de diez años, fueron asesinados por un grupo de paramilitares, por supuesta colaboración con la guerrilla. Los pobres viejos se habían visto obligados a hacerlo, pues si no, los subversivos los habrían matado.
La pequeña Domitila se salvó porque todas las tardes iba donde su madrina para que la enseñara a leer y a escribir.
Así siguió Adalberto recordando su corta y pobre existencia. Siempre acosado, siempre temeroso por la situación de orden público que vivía la región, siempre acuciado por la pobreza. Cuando ya estaban por llegar al camino principal, su padre lo sacó de sus pensamientos, cuando dijo:
-Es mejor que cojamos el atajo de la quebrada, pues de otra manera no vamos a llegar a tiempo al pueblo.
Y así, la pequeña comitiva, torció a la izquierda y tomó el atajo de la quebrada. La luna, apenas en cuarto creciente, medio alumbraba el camino. Cada integrante iba inmerso en sus pensamientos, pero no por eso perdían de vista su doble preocupación, la enfermedad del pequeño y los peligros de la zona en la que se encontraban. Era zona habitual de combates y, aunque en ese momento, no se oía más que el chirrido de los grillos y el croar de las ranas, la prevención de un ataque no los abandonaba.
De pronto, el aparente silencio de la noche fue roto por un grito atronador:
-¡Alto, manos arriba!
La primera reacción del abuelo, quien iba adelante, fue la de retroceder y esconderse. Pero la voz atronadora volvió a sonar:
-Los tengo en la mira. Si no se identifican, a la cuenta de tres voy a empezar a disparar. Comienzo a contar.
-¡Uno!
. . .
-¡Dos!
. . .
La comitiva se quedó petrificada y como pegada al suelo. Solamente el pequeño Juan Emiro, de apenas doce años de edad, que se había rezagado unos metros, alcanzó a agazaparse detrás de un matorral. Acababa de hacerlo, cuando la voz tronante dijo:
-¡Tres!
Simultáneamente con el último grito se oyó la ráfaga de una ametralladora y el pequeño Juan Emiro, así como había visto caer los conejos cuando acompañaba a su padre de cacería, vio caer a éste, a su hermano, a su cuñada y a su pequeño sobrino. Cada uno cayó al suelo y, luego de patalear, quedó tieso.
Habían muerto instantáneamente.
Aterrorizado, se agazapó aún más. Entonces vio, por entre las ramas del matorral que lo cubría, como tres hombres uniformados, cada uno con un fusil ametralladora, se acercaban a los cadáveres de su recién fallecida familia.
Entonces oyó la voz de uno de los soldados (Pues él podía distinguir muy bien si un hombre uniformado era soldado, paramilitar o guerrillero).
-Mierda, hermano, la cagó. Estos eran unos pobres campesinos y usted los tostó.
-Pero yo, ¿qué podía hacer? Les di la voz de alto y no me hicieron caso.
-No. Usted solamente les pidió que se identificaran. Hombre, se hubiera acercado un poco, se habría podido ayudar con la linterna. Nos habría podido llamar. Pero lo único que se le ocurrió, fue disparar.
-¿Y exponerme a que unos hijueputas guerrilleros me mataran?
-No sea pendejo, Acaso, ¿usted no está armado?
-Bueno, ¿qué iba a hacer?, me dio culillo.
El tercer soldado, que hasta el momento había permanecido callado, dijo:
-Avisemos a mi teniente Ramírez. Él sabrá qué hacer.
-Bueno, quédese usted cuidando estos fiambres, mientras nosotros vamos a presentarnos ante mi teniente para darle parte del incidente.
Remató el primero de los soldados que había hablado y se alejó, acompañado del que había disparado.
Mientras tanto el niño campesino, no obstante el terror que sentía, continuaba agazapado detrás del matorral. Él sabía, a pesar de su corta edad, que se había cometido un crimen del cual él era el único testigo y que, si era descubierto, sería sacrificado con el fin de acallarlo.
Al cabo de unos diez minutos, llegaron el teniente y los dos soldados que habían ido a buscarlo. Uno de los cuales había sido el culpable de lo que ellos habían llamado “el incidente”. Cada soldado traía al hombro una bolsa. Cuando llegaron al sitio donde yacían las víctimas, descargaron y vaciaron las bolsas. De su interior sacaron unos uniformes de camuflaje, unas botas pantaneras y unos fusiles viejos.
Luego de quitar, con alguna dificultad, el cadáver del niño de los brazos de su padre, procedieron a vestir a éste, a la joven madre y al abuelo, con las prendas que trajeran, les calzaron las botas y les pusieron, en las ya agarrotadas manos, los fusiles Entonces, el teniente habló por primera desde cuando llegara:
-Landínez y Beltrán, quédense cuidando los cadáveres de los subversivos dados de baja en combate, mientras que Ávila y yo vamos a dar parte a mi capitán.
-Como ordene, mi teniente.
-No he terminado. Beltrán tome el cadáver del niño y al llegar al despeñadero de la quebrada, lo lanza al vacío.
-Como ordene, mi teniente.
El pequeño Juan Emiro, cuyos familiares acababan de morir acribillados por las balas oficiales, continuó agazapado detrás del matorral. Cuando el teniente y el soldado Ávila, el mismo que había disparado, se fueron, Beltrán cogió en sus brazos el cadáver del niño y tomó el camino de la quebrada para cumplir la orden de su superior. Landínez quedó al cuidado de los restantes cadáveres.
Cinco minutos después de que llegara el capitán Bermúdez, acompañado del teniente Ramírez y del soldado Ávila, regresó Beltrán a dar parte de la desaparición del cadáver del menor.
-Me parece que todo está listo, mi capitán -dijo el teniente.
-Así es. No veo nada fuera de foco. Lo felicito Ramírez, usted ha actuado con celeridad y con espíritu de cuerpo. Lo cual es muy importante, pues en estos momentos, tenemos a la Fiscalía, a la Procuraduría y a cuanta ONG hay por ahí, encima de nosotros, jodiendo con eso de los verracos derechos humanos. Como si no tuviéramos suficiente con los bandidos de la guerrilla y todas las porquerías que nos toca taparles a los paramilitares.
-Desaparecido el niño, -continuó el capitán- el viejo y los dos jóvenes bien pueden pasar por guerrilleros. Al fin y al cabo, todo el mundo sabe que esos hijueputas tienen fama de reclutar menores. Ya me encargaré de dar parte a mi coronel en la Brigada y él informará del incidente a la prensa y a los canales privados de televisión que, afortunadamente, son nuestros aliados. Además, tres bandidos dados de baja, incrementarán nuestros resultados en el Ministerio y en Palacio. Por lo cual, pediré el ascenso de los soldados y una condecoración para usted, Ramírez. Por lo pronto, regresemos al batallón y encarguémonos del informe final, con destino a mi coronel Fernández.
Dicho esto, el capitán dio media vuelta y se fue, sin poner atención al saludo que sus subalternos en posición de firmes le ofrecían. Éstos le siguieron, una vez revisaron que no hubiera nada anormal en la escena de los hechos.
Cuando Juan Emiro vio que no quedaba cerca ningún uniformado, salió de su escondite y se aproximó al cadáver de su padre; lo abrazó, le dio un beso en la frente y lloró. Luego hizo lo mismo con su hermano y su cuñada. Después se secó las lágrimas con el revés de la manga de su camisa y deshizo el camino que momentos antes recorriera con su familia.
Llegó a la choza y contó a su madre lo ocurrido. Dorotea no daba crédito a las palabras de su hijo. No podía creer que su esposo, su hijo, su nuera y su pequeño nieto estuvieran muertos. Lloró, se desesperó y dio vueltas por la pequeña choza, recorriéndola como leona enjaulada.
Al cabo de un rato, el dolor y la desesperación dieron paso a la ira. Tomó de la mano a José, su otro nieto, y se dejó guiar por su hijo Juan Emiro, único testigo de la masacre. Llegaron al sitio de la tragedia y pudo reconocer en los cadáveres a su esposo, a su hijo y a su nuera.
Estaba todavía llorando desconsolada, cuando vio aparecer a los soldados. Por su hijo supo que eran los mismos que dieran muerte a sus seres queridos. Su primera reacción fue la de saltar sobre ellos y arrancarles los ojos. Sin embargo, se llenó de prudencia y se serenó y alcanzó a aconsejar en ese sentido a su hijo. Cuando los militares se acercaron, ambos se pusieron en pies.
-¿Quiénes son ustedes y qué hacen aquí? Esto es zona de combate.
Dijo el soldado que ya conocemos como Beltrán.
-Esos son mi esposo, mi hijo y mi nuera.
Contestó Dorotea, señalando los cadáveres de sus seres queridos, recién asesinados, mientras se enjugaba las lágrimas con el borde del pañolón.
-Ellos iban con mi nieto menor que estaba enfermo. Lo llevaban al puesto de salud del pueblo. Y ahora, los encuentro muertos, vestidos así y no veo a mi nieto. Díganme sus mercedes qué pasó.
-Esas tres personas son de la guerrilla y nos quisieron emboscar cuando patrullábamos la zona y mi compañero Ávila, aquí presente, no tuvo más remedio que disparar y, así, nos salvó la vida.
-Pero si nosotros no somos guerrilleros. Nosotros somos campesinos pacíficos que toda la vida la hemos vivido en la aldea. Todos ahí nos conocen.
-Señora, usted puede verlo. Estos que usted dice que son su marido, su hijo y su nuera, no sólo están vestidos de guerrilleros; sino que, además, están armados y, le repito, trataron de emboscarnos. Nosotros no hicimos más que defender nuestras vidas. Ya viene llegando del comando de la guarnición el personal paramédico que certificará su defunción, para luego trasladar los cadáveres al pueblo. Si usted insiste en que son de su familia, puede ir a reclamar los cuerpos para enterrarlos. Aunque no se lo aconsejo, usted sabe que los paramilitares andan pendientes de quién auxilia a los guerrilleros para luego cobrárselo y nosotros no podremos hacer nada para evitarlo.
-No, ellos no son de la guerrilla. ¿Cómo puede usted decir eso?
-Vea señora. Por favor, retírese. Piense en el pequeño que lleva de la mano, porque si llega mi teniente y los encuentra aquí, es capaz de ordenar su detención y la de ese joven que la acompaña, que buena pinta de guerrillero sí tiene.
-Oiga usted, qué está diciendo. Si yo vi cuando ustedes…
Rápidamente la madre, asió del brazo a Juan Emiro y evitó que siguiera hablando.
-Oiga, mocoso, ¿qué es lo que usted quiere decir?
-Nada, que yo vi cuando ustedes llegaban hace un momento y le dije a mi mamá que ustedes nos podían explicar qué pasó con ellos. Pero nunca pensé que fueran a decirnos esas cosas tan horribles.
El soldado Beltrán dio por terminada la conversación al dar un manotazo al aire, en señal de que ya todo lo que había que decir, estaba dicho. Y remató, diciendo:
-Por favor, señora, desaloje la zona. Es mejor que se vaya de aquí, esto es muy peligroso y nosotros no podremos defenderla a usted y a su hijo, si la guerrilla ataca.
La pobre Dorotea, viendo que no podía hacer nada, tomó de una mano a su hijo y de la otra a su nieto y se devolvió a su choza. Cuando llegó, mandó llamar a sus vecinos y les contó lo sucedido.
Éstos, llenos de ira, llegaron a la conclusión de que había que denunciar a los soldados ante la Fiscalía. Juan Emiro les recordó que toda la idea de hacer pasar a sus seres queridos como guerrilleros, era del teniente y que el capitán había estado de acuerdo. A lo cual el más anciano de la aldea, dijo:
-Sí, pero debemos andar con cuidado. Si nos dejamos llevar de la rabia, ponemos en peligro a toda la aldea. Ellos pueden venir y masacrarnos y luego hacernos pasar por subversivos. Yo sugiero que la comadre Dorotea vaya con algunos de ustedes al pueblo y reclame los cadáveres para enterrarlos. Después nombramos una comisión para que vaya a la ciudad y ponga el denuncio. Mientras tanto que otros vecinos busquen en la quebrada el cadáver del pequeño Abelardo.
Los aldeanos terminaron por acatar los consejos del anciano y así se procedió. Dorotea pudo velar los cadáveres de su esposo, su hijo y su nuera. Al día siguiente del entierro colectivo, fue encontrado en el fondo del barranco el cadáver del pequeño Abelardo, destrozado por el golpe al caer desde lo alto y ya en estado de descomposición. Se había salvado del ataque de las aves carroñeras, gracias a que los matorrales lo habían cubierto. A él también se le hizo su velorio y se le enterró en el pequeño camposanto de la aldea.
Mientras tanto, los medios de comunicación daban la noticia de tres guerrilleros dados de baja, cuando pretendían emboscar a una pequeña patrulla del ejército.
Cuando la comisión de aldeanos llegó a la capital del departamento, para poner la denuncia, se encontraron con que todo había sido una labor del servicio y, por tanto, no cabía denuncia alguna. “Los uniformados”, les dijo el agente de la Fiscalía, “estaban cumpliendo con el deber de salvar la Patria. O es que, acaso, ¿ustedes son de la guerrilla o son sus colaboradores?”
Por eso, la comisión de aldeanos buscó a la mejor ONG de la zona y le dirigió un memorial en donde se relataban los hechos y se prometía el testimonio del pequeño Juan Emiro. La ONG ofició a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y ésta entabló una demanda ante la Fiscalía, contra el soldado Ávila, por asesinato; contra los soldados Beltrán y Landínez por encubrimiento y contra el teniente Ramírez y el capitán Bermúdez, por ocultamiento de pruebas y falsedad en la identificación de cadáveres. Y a todos los cinco uniformados por tratar de llevar a engaño a las autoridades al alterar la escena del crimen.
Sin embargo, la Fiscalía General de la Nación -a la sazón en manos de un individuo con rabo de paja- dejó en manos de la Justicia Penal Militar el juzgamiento de los implicados en el asunto.
Ésta nombró una Corte Marcial, la cual juzgó a los acusados, a quienes les llegó el sobreseimiento de toda culpa, ya que la parte acusatoria no pudo demostrar que, en efecto, los muertos en el combate no hubieran tenido la pretensión de atacar a los uniformados. Más aún, no pudo demostrar la relación de causa y efecto entre los subversivos dados de baja y el niño despeñado en el barranco. Yendo más allá, la Corte Marcial desechó los testimonios de Dorotea y Juan Emiro, al no considerarlos objetivos, dado el parentesco de éstos con los muertos.
A Juan Emiro, tuvieron que ocultarlo durante un tiempo los vecinos de la aldea, pues luego de la farsa de juicio marcial, le llegaron amenazas y en una ocasión, pasadas unas semanas, cuando volvía de la parcela fue asediado por unos desconocidos, quienes lo amenazaron de muerte si no se “largaba de la aldea, con su puta madre y su hijueputa sobrino.”
Al día siguiente, Dorotea, Juan Emiro y el pequeño José, con sus pocos bártulos en una carreta, dejaron la aldea, rumbo al pueblo. Allí llegaron y, después de tres semanas de luchas infructuosas contra la pobreza y la falta de oportunidades de ganarse honradamente la vida, decidieron seguir para la ciudad.
En la ciudad, las oportunidades eran mayores, pero la existencia, de todas maneras, era dura. Sobre todo para ellos, acostumbrados a la vida rural, ignorantes de las labores propias de una ciudad grande, acostumbrados únicamente a las faenas del campo.
Juan Emiro terminó aprendiendo el oficio de lustrabotas y Dorotea tuvo que ponerse a lavar ropa ajena. Al pequeño José tenía que llevarlo con ella a la casa donde le tocara cada día el lavado de ropa.
Así fueron pasando las semanas y los meses. Ya habían transcurrido cuatro años desde el asesinato de su padre, su hermano, su cuñada y su pequeño sobrino, cuando Juan Emiro, que ya había cumplido dieciséis años, fue interceptado, junto con otros lustrabotas que realizaban su cotidiana tarea en una de las plazas principales de la ciudad, por una patrulla del ejército, la cual estaba reclutando gente para el servicio militar obligatorio. Y qué mejor carne de cañón que los pobres de la ciudad.
Y Juan Emiro fue enrolado. Dorotea lloró, pues pensaba (y con toda razón), que su hijo sería enviado a alguna zona de violencia. Y, en efecto, así fue. Una vez cumplido el período básico de instrucción militar, Juan Emiro fue adiestrado en la contraguerrilla para, luego, ser enviado a una región en donde los subversivos tenían en jaque al ejército y a sus aliados, los paramilitares.
El nuevo contingente llegó un viernes en la mañana. Después de serles asignada la barraca, salieron los nuevos soldados a formar para ser presentados a sus superiores. El comandante de la guarnición era el recién ascendido teniente coronel Bermúdez. El jefe de operaciones, el mayor Ramírez. El sargento Landínez ocupaba el cargo de jefe de inteligencia. El sargento Beltrán tenía bajo su cuidado las comunicaciones y el sargento Ávila era el jefe del batallón contrainsurgente.
Nada más verlos al frente del contingente, recibiendo su saludo, Juan Emiro los reconoció uno a uno. No obstante, se mostró totalmente impasible. Sabía que allí, enfrente de él estaba el asesino de su familia y sus cómplices en el encubrimiento del crimen. Claro que los culpables de la impunidad no estaban en ese momento. Pero los verdaderos culpables del destrozo de su vida y de la de su querida madre, estaban allí presentes y no lo podían reconocer. En cambio, él los tenía plenamente identificados. A Ramírez, Landínez, Beltrán y Ávila, los recordaba en la escena del crimen y a Bermúdez en la farsa de la Corte Marcial.
Por eso, fraguó su plan. Este consistiría en tenderles una trampa en la cual todos cinco estuvieran frente a él y, cuando cayeran en ella, antes de cobrarles la muerte de sus seres queridos, hacerles saber quién era él y por qué debían pagar con sus vidas.
Había pasado algo más de año y medio. Juan Emiro ya había participado en varias incursiones contra la guerrilla. Todas exitosas. En cada una, el batallón anti guerrilla, había dado de baja a algunos subversivos. El jefe del batallón, sargento primero Ávila, lo había felicitado por su arrojo en los momentos de combate. Por su intrepidez, se ganó la confianza de sus superiores. Pronto, empezó a participar con los sargentos Ávila, Beltrán y Landínez de los momentos de descanso cuando iban al pueblo cercano, en los días de franquicia, y tomaban cerveza y estaban con mujeres en el bar del pueblo.
Con el paso del tiempo, Juan Emiro se había convertido en el brazo derecho de su comandante de batallón. Un día supo que en dos semanas celebrarían el cumpleaños del coronel Bermúdez. El mayor Ramírez y sus inmediatos subalternos, los sargentos Ávila, Beltrán y Landínez, se encargaron de organizar la fiesta. Por supuesto, Juan Emiro hacía parte del grupo organizador.
El día señalado, segundo sábado del mes, toda la guarnición amaneció engalanada. Los festones y los globos de colores adornaban el pasillo que conducía a la oficina del coronel, lo mismo que la sala de reuniones. A las ocho hubo parada militar con toque de diana en honor al comandante, quien fue copiosamente obsequiado por sus subalternos. Luego, desayuno y variados festejos que duraron hasta medio día, cuando fue servido en descampado un suculento sancocho. En la tarde, hubo diversos concursos, con los cuales el mayor y los sargentos querían agasajar al superior, a quien le debían sus ascensos y la buena posición que ocupaba cada uno de ellos en la guarnición. Los soldados eran los encargados de realizar las acrobacias y demás piruetas con las cuales el cumplimentado se divertía.
La excepción era Juan Emiro, quien había conseguido que lo dejaran administrando las bebidas, las cuales corrieron generosamente, de tal manera que al finalizar la tarde la mayoría del personal de la guarnición, incluyendo las pocas mujeres que hacían parte de ella en las labores secretariales, se encontraba pasado de tragos. Al comenzar la noche, la reunión continuó en el salón principal y derivó en baile.
Después de tres o cuatro piezas bailadas, el coronel cogió de la mano a su secretaria y se encerró con ella en su oficina. Otro tanto hicieron el mayor y los sargentos con sendas secretarias. Juan Emiro esperó con paciencia. Sabía que ese era el día indicado. Al cabo de un buen rato, los jefes regresaron al salón.
Ya eran muy pocos los soldados que se mantenían en pie. Casi todos estaban caídos por la borrachera. Hacia las nueve de la noche, las secretarias fueron llevadas a sus casas por Juan Emiro, el único subalterno que se encontraba en sus cabales, con la promesa de que no se demoraría para poder seguir agasajando al coronel.
Antes de media hora ya había regresado. Sus superiores estaban cada vez más borrachos. Tan pronto entró, lo recibieron con gritos y palmadas y demás demostraciones propias de personas ebrias que han perdido la compostura.
Cuando diez minutos después de su regreso, Juan Emiro se dio cuenta de que todo el personal dormía y que los únicos despiertos eran ellos, supo que había llegado el momento de actuar.
Entonces, fue a la oficina del coronel, se calzó unos guantes, entró y sacó de la gaveta central del escritorio la pistola de dotación de aquél, la guardó en la cintura, se sacó la camisa y volvió al salón. Ninguno de los asesinos se había percatado de la maniobra de Juan Emiro.
Con sangre fría sacó, con la mano derecha todavía enguantada, la pistola y con ella apuntó a sus enemigos, quienes estaban en ese momento abrazados festejando algún chiste flojo del coronel.
-Manos arriba, manada de hijueputas.
¿…?
Los conminados se volvieron sorprendidos hacia Juan Emiro. Cuando lo vieron armado, apuntándoles con la pistola, pensaron de inmediato en una broma de fin de fiesta. Beltrán fue el primero en hablar:
-Buena esa, pelao. Pero no joda, apunte hacia otro lado o es que, acaso, ¿el arma está descargada?
-Ninguna broma ni ninguna joda. ¡Arriba las manos, les dije! Ustedes no saben quién soy yo, pero yo sí sé quiénes son ustedes. ¿Se acuerdan de hace siete años, cuando cerca de la aldea de La Purísima, ustedes asesinaron a un señor, a un par de adolescentes padres del niño que el joven traía en sus brazos y que también cayó bajos sus balas asesinas? Pues el señor era mi padre, los jóvenes mi hermano y mi cuñada, y el niño mi sobrino. Y ustedes los asesinaron, los vistieron de guerrilleros y así encubrieron su crimen y para mejor ocultar la verdad, se deshicieron del cuerpo de mi pequeño sobrino. Después en una farsa de juicio, sus compinches los declararon inocentes. Por eso, yo juré vengarme y ustedes mismos, me han dado la oportunidad.
-Espere soldado.
Dijo el coronel, luego de analizar la situación hasta donde se lo permitía su estado de ebriedad, y tratando de dar un tono de autoridad a sus palabras que le salían con algo de dificultad.
-Usted está confundido. Ninguno de nosotros tuvo que ver con esa acción que usted nos imputa. Baje el arma y hablemos calmadamente. Más aún, le ordeno que lo haga, no sea que tenga que hacerlo detener por insubordinación y desacato a sus superiores. Y ni qué decir del hecho de haber tomado mi pistola sin mi permiso.
-Usted no va a hacer detener a nadie ni va a hacer nada, pedazo de huevón. En este instante, yo domino la situación. Ustedes están totalmente borrachos; en cambio, yo estoy sobrio. Además, en la guarnición, no hay nadie en pie, pues yo tuve la precaución de hacer emborrachar también a los centinelas y ni qué hablar del resto del personal. Los únicos despiertos, ahora mismo, somos nosotros. Yo y cinco hijueputas que van a pagar el crimen que cometieron hace siete años y que acabó con mi familia. Además no se le olvide, coronelito de mierda, que aquí el único que está armado soy yo. Y, para que sepan que no he dejado ningún cabo suelto, el jeep en el que llevé a las putas que se comieron, lo dejé afuera de la guarnición, a donde entré saltando una tapia. Así que, tan pronto los liquide, saldré, tomaré el jeep, llegaré al puesto de guardia, insultaré al soldado por haberse emborrachado y luego daré la voz de alerta por la masacre que usted, coronel hijueputa, cometió con sus subalternos, antes de suicidarse.
Y uniendo la acción a las palabras, se puso detrás del coronel, apuntó a la cabeza del mayor y disparó. La misma acción la repitió con cada uno de los sargentos, sin importarle las súplicas que, por su vida, imploraba cada uno de los asesinos de su familia.
Cuando cayó el último de los sargentos, puso la pistola en la sien del coronel y disparó. A continuación, colocó el arma en la mano exánime del coronel.
Después, salió de la guarnición e hizo tal como se los había comunicado a sus víctimas antes de vengar, con total sangre fría, a sus seres queridos.
Cuando el soldado Juan Emiro despertó a la soldadesca para anunciarle la tragedia, pasadas las sorpresas del caso, la mayoría atribuyó a la borrachera la causa de los hechos.
No faltó quienes comentaran que el coronel y el mayor tenían alguna torcida con los sargentos, porque más de un soldado los había visto, en varias ocasiones, sobre todo cuando bebían, alegar y culparse mutuamente de algo. Sin embargo, la camaradería era tanta que terminaban por hacer las paces y, luego de abrazarse, seguir bebiendo hasta perder el sentido.
Los investigadores militares, una vez hechas las pruebas de balística necesarias, tomaron estas declaraciones como bases finales, para dar por cerrado el caso.
Ocho meses después de la tragedia -así la titularon los medios de comunicación, de acuerdo al parte oficial- Juan Emiro, quien aprovechó el tiempo para aprender mecánica automotriz, terminó de pagar su servicio militar obligatorio, pidió la baja y se fue para su casa a buscar a su mamá y a su sobrino, quien ya había terminado sus estudios en la escuela primaria. Con las prestaciones sociales que le dio el Ejército, sumadas a sus ahorros, Juan Emiro montó un pequeño taller de mecánica.
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