VISIONES
(El amor es capaz de vencer a la muerte)
El amor proporciona las alas para poder subir hasta Dios
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Julio de 1999
“Si nada nos salva de la muerte, al menos que el amor nos salve de la vida.”
Pablo Neruda
El cortejo fúnebre lo iniciaba la carroza tirada por dos caballos, uno bayo y el otro negro azabache; el niño de once años lo vio partir con el alma transida de dolor y el corazón destrozado: el ataúd llevaba los restos mortales de su padre, fallecido dos días antes. El niño, a pesar de los ruegos de su hermano mayor, no quiso acompañarlos al sepelio, ya que él no quería dejar sola a su madre; quien, dadas las costumbres de la época y de la región, no podía asistir a la inhumación de su esposo.
Cuando, apoyado en una de las columnas del frontis de su casa paterna, vio partir el cortejo, sintió que el alma se le desgarraba al no poder acompañar a su padre a la última morada; el saber que ya no nunca más lo volvería a ver, que no volvería a escuchar sus consejos, que no volvería a oír sus explicaciones sobre hechos para él extraños, pero que su padre sabiamente le aclaraba, le hizo sentir un nudo en la garganta y los ojos se le anegaron en llanto y quiso salir corriendo detrás del cortejo. Pero su padre, antes de morir, al darle la bendición a cada uno de sus hijos, le había pedido a él, su hijo menor, que no desamparara a su joven madre. Y él pensaba ahora que, si se iba con el cortejo fúnebre, quién consolaría a su madre en ese momento tan crucial en su vida…
Al ver que los últimos acompañantes del féretro desaparecían de su vista, dio media vuelta para buscar a su madre en el interior de la casa; la encontró en el salón principal, donde hasta hacía unos minutos, por algo más de veinticuatro horas, había estado el ataúd con el cuerpo exánime de su padre. El llanto ahogaba a la madre y entonces él pidió a Dios, que le diera las palabras precisas que le permitieran darle el aliento necesario para consolarla. Cerró los ojos y oró con fe, con esperanza y con amor.
Cuando, al cabo de unos segundos, los abrió, vio que una pequeña e insólita neblina (insólita, pues vivían en una ciudad costera), cubría el sillón donde su madre estaba sentada y a su lado vio la figura de su padre que arrodillado, la tomaba de las manos y le hablaba, confortándola. Pensó en una alucinación y volvió a cerrar los ojos; al abrirlos nuevamente todo era normal, sólo que su madre ya no lloraba y por el contrario sonreía plácidamente. Al ver la cara de sorpresa de su hijo, le explicó que su padre le acababa de hablar y le había dicho que no llorara su ausencia, ya que él no la abandonaría y que cada vez que necesitara de consuelo, lo llamara y él vendría a darle alientos para soportar la soledad y la tristeza.
Pasaron los días y el hermano mayor, perteneciente a la Marina Mercante, volvió al trabajo; él era el contador pagador del barco al cual estaba destinado. Llegó el día de pagarle a la tripulación y habiendo hecho efectivo el cheque de la nómina pagó a la oficialidad y, cuando quiso mandar formar al resto del personal para que en orden de graduación desfilaran por su oficina a recibir el sobre de pago, vio que la jornada laboral ya concluía. Por eso y ya que en el barco no había caja fuerte decidió, como otras veces lo había hecho con el permiso de su comandante, meter el dinero del pago dentro de un maletín y llevarlo para su casa para guardarlo allí.
Cuando llegó a casa le entregó el maletín a la madre; quien tal como había visto que su esposo lo hacía, levantó el colchón de su cama y sobre la estera desplegó los fajos de billetes; encima colocó nuevamente el colchón y tendió la cama.
Por la noche al acostarse, la madre pidió a Dios para que protegiera su hogar de todo mal. Se acordó luego del dinero que guardaba debajo del colchón y le rogó a su esposo fallecido para que le ayudara a cuidar ese dinero ajeno. El sueño la venció al terminar de rezar sus oraciones nocturnas. Más tarde -ella no supo precisar cuánto tiempo después de haber conciliado el sueño- se despertó al sentir que una brisa fuerte movía las cortinas de la ventana de su alcoba y agitaba el velo del toldillo que, en precaución contra los zancudos, cubría su lecho. Abrió los ojos y vio que una luz inundaba la alcoba; a excepción de ella, nadie más estaba allí; sin embargo, sintió el peso del cuerpo de una persona que se sentaba en el borde de la cama; a continuación, oyó un gemido y en él reconoció la voz de su recién fallecido esposo. Cerró los ojos atemorizada y sintió como su esposo se acostaba a su lado y la abrazaba, mientras le decía:
-No temas; estoy aquí para ayudarte a cuidar ese dinero ajeno, por el cual responde nuestro hijo mayor.
Ella quiso hablar, pero no pudo; el sentirlo a su lado y no atreverse a tocarlo, mirarlo y poder hablarle, la angustiaba. Entonces le pidió a Dios por el descanso del alma de su amado esposo y que Él le permitiera verlo, tocarlo, hablarle. La desazón la venció y perdió el conocimiento.
A la mañana siguiente, apenas empezaba a clarear el nuevo día se despertó y, al recordar la visión de la noche anterior, lo primero que hizo fue soliviar el colchón para asegurarse de que el dinero estaba allí; hecho esto, lo guardó en el maletín y salió a buscar a su hijo mayor para entregárselo; éste que ya estaba listo para salir hacia el barco, le preguntó a su madre el porqué de esa cara de angustia.
– No hagas penar más al alma de tu padre, le respondió ella; anoche, él vino a ayudarme a cuidar ese dinero.
Y a continuación le narró la visión que había tenido.
No queriendo tentar nunca más al destino a partir de entonces, el joven oficial realizó los pagos del personal del barco a temprana hora.
F I N