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UNA  VISITA  INESPERADA

(¿Por qué lo desconocido nos asusta?)

 

Hay un momento en el cual, la vida y la muerte se funden

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Marzo del 2000

 

“Si todavía no conocemos la vida, ¿cómo podremos conocer la muerte?”

Confucio

 

Aproximación a la época

La Cartagena de los años cuarenta iba desde la Piedra de Bolívar, en la salida hacia Barranquilla, hasta el Mercado Público, al lado del muelle de Los Pegasos en la Bahía de las Ánimas; y desde El Bosque hasta Torices y Canapote.

Bocagrande era usada por la Tropical Oil Company, como talleres, bodegas y oficinas. En la Plaza de La Matuna, quedaba la terminal del ferrocarril que venía desde Calamar, en el nacimiento del Canal del Dique.

Las familias adineradas quienes -como es lo usual- detentaban el poder de la ciudad, vivían en lujosas casaquintas situadas en los exclusivos barrios de Manga y alrededor de La Ermita en el Pie de La Popa.

La clase media, compuesta por profesionales, artistas, empleados asalariados y pequeños comerciantes, vivía en casas coloniales situadas en los barrios Centro y San Diego de la ciudad amurallada, o en modernas casas de ladrillo y pisos de baldosa, construidas en los nuevos barrios surgidos por los lados del Colegio María Auxiliadora de las Hermanas Salesianas.

La clase más pobre continuaba viviendo en chozas de tabla, techo de zinc y piso de barro, o en casas de madera con piso de cemento, diseminadas por los alrededores de la Ciénaga de la Virgen o por Tesca, donde quedaba la zona de tolerancia; el resto vivía  en el barrio Getsemaní de la ciudad antigua.

En ese entonces, las neveras y los ventiladores eléctricos, todos importados de Norteamérica, eran lujos que sólo podían darse los de la clase adinerada.

Por la época de nuestra historia, en las casas de la clase media el agua para beber se conservaba fresca, almacenándola en una tinaja de barro, que se colocaba en un poyo de madera, situado en un rincón oscuro del comedor, donde no llegaran los rayos del sol. Diariamente se lavaba la vasija y se renovaba su contenido. La tinaja se mantenía cerrada con una tapa de aluminio y, encima, se colocaba un jarro de peltre que servía para verter el agua de aquélla en el vaso desde el cual se habría de consumir.

Años después, este sistema sería reemplazado por el de un cilindro de metal, de doble cubierta que lo hacía térmico aislante, provisto de su correspondiente tapa y de una válvula y una canilla por la cual se extraía el agua para consumirla.

Cuando se instalaron las fábricas de hielo, diariamente los expendedores lo distribuían casa por casa; así se facilitaba mantener el agua helada, pues a la tinaja o al cilindro térmico se les introducía un buen bloque de hielo.

 

Los protagonistas de esta historia

Pues bien, en uno de estos nuevos barrios de clase media, vivían dos familias oriundas del interior del país, emparentadas entre sí y propietarias de las casas que habitaban; las cuales estaban situadas a seis cuadras de distancia, una de la otra.

En una de ellas vivía, con su esposa Carmela y sus ocho hijos, cuyas edades oscilaban entre los veintiocho y los once años, Ramón Ramírez Carrasquilla, lector infatigable y filósofo empírico; quien en su adolescencia había sido ganadero en su tierra natal; después en su juventud, viviendo en la costa atlántica, fue comerciante; años más tarde llegó a ser el contabilista de una empresa en Barranquilla; la cual lo enviaría, a mediados de los años cuarenta, a dirigir la sucursal recién instalada en Cartagena.

Hacia el año de 1950, encontrándose ya pensionado, Ramón enfermó de gravedad; en esos momentos nadie sabía que él padecía una enfermedad terminal, para la cual aún no se conocía cura definitiva y, además, había muy pocos médicos especializados en ella y, éstos, estaban en Bogotá.

Su familia era muy piadosa y todas las noches rezaban el Rosario a la Virgen María, de la cual  eran devotos.

La otra familia la constituían Concepción Ardila -viuda de un tío de Ramón- y sus hijos: Rosa, viuda también, y Juan y la familia de éste. Concepción se encontraba igualmente muy enferma.

 

Manifestación de lo recóndito

Una noche, como a eso de las ocho, estaba la familia de Ramón reunida en la sala de su casa, rezando el Rosario y él acostado en su cama, pues no se podía mover con facilidad.

De pronto todos los que estaban en la sala sintieron que alguien, a quien  no  podían distinguir en la oscuridad, levantaba la tapa de la tinaja y se servía agua; más aún, todos pudieron percibir el ruido que hacía el agua al ser vertida del jarro de peltre al vaso de vidrio, al igual que escucharan el sonido de la tapa sobre la vasija y del vaso de peltre sobre aquella; inicialmente todos pensaron, y así lo comentaron enseguida, que se trataba de Ramón; quien, al no querer molestar y, haciendo seguramente un gran esfuerzo, se había levantado a tomar agua. Se miraron intrigados y continuaron sus rezos.

Más tarde, Carmela le preguntaría a Ramón, por qué no había pedido a uno de los hijos menores que le alcanzara el agua; para así evitarse la molestia y los riesgos, si se pensaba que no había prendido la luz del comedor.

– No sé de qué me hablas, mujer. -Fue su asombrada respuesta.

Luego todos se fueron a acostar y, con un beso como era lo usual, les desearon buenas noches a  sus padres, sin darle mayor trascendencia al hecho.

 

Se dilucida el arcano

Al día siguiente, a tempranas horas, se presentó Rosa -la hija viuda de la también viuda Concepción- en casa de Ramón y Carmela; ésta estaba, en esos momentos, repasando la ropa de cama antes de guardarla en la cómoda.

– Carmela, ¡mi mamá se va a morir muy pronto!

Fue el saludo que, entre sollozos y lágrimas, le dirigiera Rosa, cuando Carmela le abrió la puerta de la casa.

– ¿Por qué dice eso, Rosa?

– Imagínese que anoche, como a las ocho, mi mamá se quedó dormida y yo aproveché para plancharle una ropa que le había lavado en la mañana. De pronto oí que mi mamá me llamaba. Cuando llegué a su cuarto, la encontré sentada en la cama (ella que lleva más de seis meses paralítica) y, al verme, suspiró hondo y me dijo: “Mija estoy muy cansada; acabo de llegar de donde Ramón y Carmela; estaban rezando el Rosario; pensé saludarlos pero me dio pesar asustarlos. Llegué a la alcoba de Ramón y lo encontré dormido. Así que pasé al comedor y, como tenía mucha sed, bebí un vaso de agua y me regresé; pero la caminada me ha dejado muy cansada”.  Cuando le toqué la frente, la tenía sudada. -Concluyó Rosa.

Carmela recordó inmediatamente el incidente de la noche anterior y se sobresaltó y estuvo tentada de comentarlo con Rosa; pero lo pensó mejor y se calló. Más bien trató de reconfortarla, recomendándole mucha resignación y confianza en Dios. Después de tomarse un tinto, Rosa se despidió de Carmela y se fue para su casa.

 

La muerte cumple su cita

Por la noche, a la hora del Rosario, Carmela les contó a sus hijos lo ocurrido con Rosa en la mañana. Todos se miraron consternados y las mujeres y los más pequeños se santiguaron en silencio.

Estaba la familia finalizando sus rezos, cuando se presentó Juan, el otro hijo de Concepción, muy atribulado a avisarles que su mamá acababa de fallecer.

 

F I N