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UN ALMUERZO ACCIDENTADO

(Las apetencias sensoriales, son el laberinto en el que se enmaraña el ser humano.)

 

Lo que puede provocar una azotaina.

 

NUEVA YORK, EE. UU.

 

Noviembre del año 2009

 

“Cada persona piensa y opina sobre cualquier suceso, de acuerdo a su peculiar forma de ver las cosas, sin tener en cuenta esa aventura química que constituye su cuerpo, y también el órgano de su mente.” Gabriel García Márquez

 

-Juliana, no olvides que Francisco y Fabiola vienen hoy a almorzar.

-Ah, ¿sí?, ya se me había olvidado.

-Que costumbre la tuya, olvidarlo todo.

-Tonto, ¡lo hice a propósito! Claro que me acuerdo. Ya verás cómo me voy a lucir y tú estarás muy orgulloso de mí.

-Ojalá que todo salga bien.

-Tranquilo, no te imaginas la sorpresa que te voy a dar.

-Mira bien lo que haces, no sea que me toque darte una buena reprimenda, y tú sabes cómo me pongo cuando estoy furioso.

-¡Oh no, qué susto! Ya te dije que te voy a sorprender. Ya pensé en algo especial.

Tan pronto como su marido se fue, Juliana se metió en la cama. «Apenas son las 8 de la mañana. Tengo todavía todo el tiempo del mundo.”, pensó mientras encendía el televisor; no habrían transcurrido aún quince minutos, cuando ya se había quedado dormida. El timbre del teléfono la despertó. Adormilada tomó el auricular y dijo: -Aló.

Era Mario, su marido: -Hola, amor. ¿Estás bien?

-Mm.  Hola, mi amor. Uf,  debí haberme quedado dormida. ¿Qué hora es?

-¿Estás bromeando? Es casi mediodía. En una hora estaremos llegando.

Juliana trató de calmarlo.

-No te preocupes amor, que todo lo tengo en la mente. Ya verás qué almuerzo tan espectacular voy a preparar.

-Ya sabes lo que haré si las cosas no salen bien.

Juliana lo tranquilizó de nuevo y cuando terminaron de hablar, saltó de la cama, cogió el primer vestido que encontró en el armario y se lo puso. Tenía apenas cerca de una hora y todavía no había hecho nada.

Entonces pensó que tenía que ser algo sencillo. Enseguida decidió preparar tallarines con camarones al curry. Tomó de un estante su libro de recetas y leyó: 

«Comience por poner en el fuego, el agua para la masa y luego prepare la salsa. Saltee en una sartén, durante un minuto, cuatro onzas de camarones pre cocidos por persona (el camarón ya pelado y limpio). A continuación, agregue una cebolla picada fina y un vaso de salsa de curry.  Agrégueles, al gusto sal y pimienta, deles rápido dos saltos y luego retírelos del fuego. Vierta la pasta cocida al dente y mezcle bien con medio tarro de yogur.»

Para el segundo plato, nada mejor que un filete con verduras y ensalada de soya al whisky en hinojo. Buscó y esto fue lo que encontró: 

«Ponga una sartén al fuego con una pizca de mantequilla y deje fundir a medio fuego. Luego ponga los filetes, que deberán chisporrotear por ambos lados. Una vez hecho esto, retire los filetes, elimine lo sobrante y espere un rato. En la sartén donde se doraron los filetes, vierta un vaso de whisky con dos cucharadas de salsa de soya. Mezcle todo hasta que se coagule la mitad. Cuando la salsa esté lista, ponga de nuevo los filetes en la sartén y mezcle un poco. Para la ensalada de hinojo, lave y corte dos rebanadas finas de hinojo (tres si son pequeños). Para la salsa, utilice aceite de oliva, jugo de limón, sal y mostaza; por último, espolvoree con queso parmesano.»

Salió corriendo, escaleras abajo. Cuando regresó con la compra, ya había pasado el mediodía. Sólo le quedaba media hora para preparar el almuerzo. 

Los platos eran muy simples y rápidos de preparar, pero como también tenía que cepillarse el pelo, el tiempo -que apenas si le alcanzaba- se pasó rápidamente. El timbre sonó y la desdichada Juliana aún estaba bregando con el secador de pelo. En la cocina, el agua de la pasta todavía estaba hirviendo. Mario se dio cuenta de la situación y le lanzó una mirada fulminante y, pensando que los amigos en la sala no alcanzaban a oír, le dijo  furioso:

-¿Qué demonios ocurre, Juliana? 

-Amor, lo siento, me cogió el tiempo. Pero no te enfades, ¿por qué no me das una mano?

Le dijo mientras vertía la masa para mezclarla. Luego corrió al cuarto de baño para terminar de secarse el pelo.

-Bueno, después tú y yo arreglamos cuentas, dijo él.

Mario terminó haciendo el almuerzo, el cual, a pesar de todo, no quedó tan mal; aunque los invitados tuvieron que esperar un buen tiempo.

Sin embargo, como el café no quedó muy bueno, Mario le hizo en la cocina algunas observaciones un poco cáusticas.

Juliana, al ver que todo le había salido mal, ocasionando la ira de su marido, le dio por golpear los platos.

-¿Qué es esa reacción tan grosera?, le gritó Mario.

-Pues la próxima vez, ¡usted invite a sus amigos a un restaurante! -Gritó Juliana a voz en cuello.

-¡Chito!, habla en voz baja, que nos pueden oír.

-¡Me importa un carajo si me oyen! A ti te importó un comino lo que hice para ti  y los maricones de tus amigos y, como recompensa, ¡me tratas como una mierda!

-¡Carajo, pero si estás gritando! ¿Sí te has escuchado? ¡Ahora mismo vas a pedir disculpas!

-¡Me importa un carajo si me han escuchado!

-¡Tú sabes que realmente quiero darte una paliza!

-¡Inténtalo y te rompo todos los platos en la cabeza!

Mario finalmente perdió la paciencia. Montó a su bella esposa en la mesa de la cocina y, luego de subirle la falda, le dio una docena de palmadas en las nalgas.

-¡Ay!, ¡este hijo de puta, me está matando!, ¡me rindo! ¡Ay!, ¡Ay!, ¡Ay!

Mario la soltó y Juliana, libre y fuera de sí por la rabia, corrió al baño y lo cerró, dando un portazo.

Al otro lado del pasillo, los dos amigos -Francisco y Fabiola- obviamente, eran todo oídos. Mario, avergonzado, se les acercó.

-Lo siento, hemos tenido una disputa

-No te preocupes, estas cosas pasan. -Dijo Francisco conciliador.

-Quizás sea mejor que nos vayamos. -Agregó Fabiola.

-No, no pueden irse hasta que Juliana presente sus disculpas. Esperen dos segundos, dijo Mario  mientras se encaminaba hacia el baño.

-¡Juliana!, abre inmediatamente. -Gritó, sacudiendo la puerta.

-¡Vete a la mierda! -Se escuchó dentro del baño.

-¡Abre la puerta o la tiro abajo! -La voz de Mario estaba cargada de ira y eso hizo que Juliana se asustara.

Después de un momento, se sintió el chasquido de la cerradura, cuando Juliana la abrió. Mario entró como una tromba. Agarró del brazo a Juliana y la arrastró hasta la sala.

-Déjame, ¿quieres?

-¡Te voy a enseñar lo que son buenos modales!

Francisco y Fabiola intentaban detenerlo por todos los medios;  le aseguraban que nada había ocurrido, que tal vez Juliana estaba sólo un poco nerviosa y así, sucesivamente, le dieron otras razones para que no le concediera más trascendencia al asunto. Sin embargo, Mario no quería escuchar razones y agarró a Juliana de la oreja y le dijo:

-Ahora, pides disculpas o me va a tocar azotarte, aquí, delante de ellos.

-¿Cómo? ¡Esto es ridículo! Yo no pienso pedir disculpas. -Le contestó Juliana, lloriqueando horrorizada.

-Ahora verás lo qué es ridículo.

Dijo Mario, mientras se sentaba en el sofá, sin soltarla; después la acostó boca abajo sobre sus rodillas. Juliana trató de resistirse por todos los medios: mordiscos, arañazos, patadas, que no sirvieron de nada. Le levantó la falda, le bajó los calzones hasta las pantorrillas y su hermoso culo fue castigado duramente. El castigo sólo terminó después de que él la azotara con vigor como veinte veces, mientras que Francisco no quitaba la vista del hermoso trasero de Juliana y Fabiola, embelesada, contemplaba el airado rostro de Mario.

Pero eso no fue todo. Después, ella de todas maneras tuvo que pedir disculpas a Francisco y a Fabiola. Luego, Mario la obligó a una nueva humillación, cuando le dijo:

-Ahora se va para el rincón, frente a la pared y con las manos en la cabeza, va  a permanecer por lo menos 15 minutos. Y si no obedece ahora, le juro que… -Y apretó el cinturón con ambas manos.

-No, no, por favor… -Gimoteaba la pobre Juliana.

-¡Qué hubo, al rincón!

Juliana obedeció. Se dirigió a la esquina de la habitación, se paró frente a la pared y cruzó las manos sobre su cabeza. Luego de unos minutos, Mario al ver que Juliana bajaba los brazos y fruncía los hombros, se acercó, le abrió la cremallera de la falda y la dejó caer a sus pies. Luego les llegó el turno a la blusa, a las bragas y al corpiño, que también cayeron. Juliana estaba en el rincón, sollozando mortificada, mientras que Mario la desnudaba. 

Francisco y Fabiola, mientras tanto, hablaban de lo que estaba ocurriendo en el apartamento de su amigo y lo excitante que era todo eso. Pasado un momento, cuando Juliana recuperó su compostura, se vistió, pero no quiso participar del almuerzo. Mario pretendió obligarla, mas sus amigos le dijeron que eso significaría una nueva humillación para ella. Al final, Juliana fue a despedir a Francisco y a Fabiola que estaban saliendo.

-Disculpen… No sé lo que me pasó… -Dijo Juliana que no dejaba de sollozar.

Francisco y Fabiola la abrazaron y trataron de consolarla. Luego se fueron. Sorprendentemente todo este asunto los había excitado en realidad de tal manera que, una vez dentro del ascensor, empezaron a besarse y a acariciarse voluptuosamente.

Mientras tanto, Juliana, ya estaba en los brazos de su marido.

-Bastardo, me quemaste las nalgas.

-Y eso no es nada. -Dijo Mario acariciándoselas y agregó:

-Ahora sí vas a saber lo que es bueno…

-Sí, sí.

Le decía ella, mientras echaba la cabeza hacia atrás para recibir los besos que él le daba en el cuello, entre tanto le acariciaba los senos con una mano y con la otra le sobaba las nalgas.

FIN