CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

TRAMPA MORTAL

(Quien quiere engañar, miente)

 

De cómo fue embaucado un hombre ingenuo

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Abril del 2005

 

“La primera vez que me engañes la culpa será tuya; la segunda, será mía.”

Proverbio chino 

 

-Tiene visita.

Dijo el guarda, luego de golpear con el bolillo de goma los barrotes de la reja.

-¿Quién es?

Preguntó el prisionero levantando la cara y en su mirada dejó traslucir la desesperación y el desencanto.

-Es mi teniente Larrarte.

Contestó el guarda y, por un instante, pareció que iba a ponerse firmes y haría el saludo militar.

-Condúzcame a donde él, por favor.

Dijo el prisionero, mientras se levantaba del camastro donde se encontraba sentado y se dirigía a la puerta con una agilidad que negaba el cansancio que delataba su  semblante. Cuando vio a su amigo, se le hizo un nudo en la garganta.

-Jaime, gracias por venir.

-Ernesto, era lo menos que podía hacer. He venido tan pronto he podido. Mi capitán Fernández me llamó esta mañana temprano para avisarme sobre la denuncia que pesa sobre ti.

Los dos amigos se abrazaron y luego se sentaron en sendas sillas a lado y lado de una mesa situada en la que había sido adecuada como prisión temporal, en el 10° piso del edificio donde funcionaba la Dirección de Marina en pleno centro de la capital.

-Jaime, soy un hombre desgraciado. Estoy acabado.

-Hombre, bastante que te lo advertí, pero no me hiciste caso. Esto se veía venir. Desde el primer momento te previne y, recuerda, que muy claro te lo dije: esa mujer sólo podía traerte problemas. Y, ya ves, desgraciadamente así fue.

Ernesto, el prisionero, había agachado la cabeza y mientras que su amigo a ratos lo reprendía y a ratos lo consolaba, él lloraba. Su llanto era de frustración, lloraba por sentirse traicionado, por sentir que había sido utilizado, lloraba por sentirse impotente para aclarar su situación ante sus superiores y ante la justicia.

Al cabo de unos minutos, se secó los ojos con el dorso de la mano derecha y sólo atinó a preguntar:

-Y de ella, ¿qué se sabe?

-Nada. Ya puse al tanto a mi capitán Fernández. La Policía Naval la está buscando. Aún no se le ha  dado aviso a la Policía Nacional, pues mi Capitán  quiere evitar el escándalo. No se te olvide que la Marina puede verse envuelta en el alboroto. Al fin y al cabo, tú eras su Jefe de Personal.

-Y mi mamá y mi hermana, ¿cómo están? ¿Ya lo saben?

-No, aún no se les ha avisado. Mi capitán Fernández dice que esperemos la investigación preliminar, antes de proceder. Por lo pronto, en tu casa creen que te fueron a buscar porque fuiste llamado para salir en comisión urgente a la Costa.

Los dos amigos siguieron hablando diez minutos más, hasta que el guarda anunció el fin de la visita. Se abrazaron y antes de irse Jaime le entregó a su amigo dos paquetes de cigarrillos.

Ernesto volvió a la celda. Se sentó en el camastro, encendió un cigarrillo y, mientras veía las volutas de humo perderse en el aire, su pensamiento voló hacia los hechos sucedidos en las últimas 48 horas.

Un poco después de la media noche habían llegado los policías de la Naval a su casa y lo habían detenido. Ya en el jeep en el que lo llevaban, fue esposado y conducido a presencia de su Comandante, el capitán Fernández, quien lo reprendió severamente y le echó en cara la vergüenza con la que acababa de enlodar a la Institución.

-El teniente Larrarte me ha puesto al tanto de la situación. Usted fue inferior a su misión. Se dejó enredar por una mujerzuela y terminó mezclado en un crimen que puede dañar la imagen de la Marina. No sé cómo va a hacer para salir de ésta. No le veo solución. Por lo pronto, queda degradado y ha perdido el fuero militar. No lo entrego de inmediato a la justicia civil, porque quiero postergar el escándalo y, antes, debo consultar con el Sr. Ministro de la Guerra.

Y, dirigiéndose a los policías navales que lo habían detenido, les indicó que el prisionero fuera conducido a los calabozos y mantenido bajo estrecha vigilancia.

*****

Él, el recién ascendido Teniente Ernesto Ballestas Malagón, había sido destinado a la Jefatura de Servicios Generales de la Dirección de Marina, tras obtener las mejores calificaciones en el curso de ascenso a Tenientes de Fragata en la Escuela Naval de Cadetes de Cartagena.  

El traslado había sido el premio a su esfuerzo. Ese traslado lo venía esperando desde cuando terminó la escuela y se graduó como Teniente de Corbeta en el área de Administración. Sus calificaciones habían sido notorias y lo más natural era ser trasladado a Bogotá como Jefe de alguna sección importante. Sin embargo, tuvo que esperar tres años.

Pero al fin, su paciencia se había visto recompensada. Fue trasladado y, al cabo de un mes, pudo llevarse a su madre viuda y a su única hermana para Bogotá.

Dentro de sus funciones como Jefe de Servicios Generales, estaba la de determinar los turnos de guardia de la Policía Naval, que se encargaba, junto con la Policía Militar, perteneciente al Ejército, de patrullar las calles de la ciudad, con el fin de evitar desmanes de los uniformados, durante la época de la Dictadura Militar.

Al principio, él mismo salía con los marineros de guardia y patrullaba con ellos. El trabajo era suave, la ciudad era más o menos tranquila y los miembros de la Marina, objetivo de su labor de vigilancia, eran personas que no daban mayores motivos de molestia.

Sentado en el camastro del calabozo, rememorando los últimos años de su vida en Bogotá, cayó en cuenta de que esa inocente labor, la de acompañar a sus subalternos durante las primeras horas de la ronda nocturna, había sido el comienzo del fin.

*****

Una noche, al entrar a un bar situado en una zona elegante de la ciudad, un tanto cansado pues ya era jueves, decidió sentarse en la barra y disfrutar de un buen trago, luego de despedir a los miembros de la patrulla.

Estaba saboreando con deleite un buen trago de brandy, cuando vio que en el otro extremo de la barra estaba la mujer más hermosa que él hubiera visto en su vida. Y lo más sorprendente, ella le devolvía con calidez la mirada. Después ambos esbozaron una sonrisa. Luego, cuando vio desocupado el asiento de al lado, él se levantó y se sentó junto a ella. La conversación fluyó de manera natural.

Al cabo de una hora, ya eran los mejores amigos. La atracción, que era recíproca, aumentaba rápidamente. Pronto, intercambiaron números telefónicos.

Él le propuso salir y buscar un sitio más íntimo. Ella dijo que no, pues debía llegar pronto a su casa, pues su mamá podía estar preocupada por su tardanza. Él se ofreció a llevarla en el vehículo oficial que tenía estacionado en la esquina del bar. Ella accedió, pero con la condición de que la dejara a una cuadra de su casa, ya que su mamá era demasiado quisquillosa con eso de verla llegar tarde en compañía de un desconocido, por más uniformado que estuviera.

Ya en el interior del auto, él la atrajo hacía sí y se dieron el primer beso. El fuego encendió rápidamente la pasión y él volvió a proponerle ir a un sitio en donde pudieran darle paso a los ramalazos de vehemencia que azotaba sus corazones.

-No. Hoy no. Otra noche tal vez podamos hacerlo. Hoy es muy pronto.

Diciendo esto, ella volvió al extremo de la ventanilla del carro y cambió el tema de la conversación, preguntándole por su carrera, sobre qué hacía en las noches durante esas rondas de vigilancia, qué grado tenía en la Marina, etc. Él viendo que todo intento de insistir en pasar la noche con ella, habría sido inútil, empezó a darle detalles de su trabajo.

Estaban en esas, cuando ella le dijo que habían llegado; que, por favor, la dejara en la siguiente esquina. Se dieron un ligero beso de despedida y, con la promesa de que pronto se volverían a ver, él procedió a ayudarla a bajar. Ya en la calle, la tomó en sus brazos y nuevamente la besó con ardor. Ella correspondió con la misma intensidad.

Cuando Ernesto subió al carro, se sentía el hombre más feliz del mundo. Le parecía estar viviendo un sueño. Jennifer (ese era el nombre que ella le había dado) era la mujer más linda y más tierna que él había conocido. Cuando la tuvo en sus brazos, minutos antes, sintió como cada fibra de su hermoso cuerpo había vibrado con las caricias que él le hiciera. Sus carnosos labios le habían sabido a ambrosía. El perfume que despedían sus cabellos todavía lo mantenía embriagado. En ese momento, se juró que la haría suya.

Al día siguiente las horas corrieron a paso de tortuga. Cuando por fin llegó la hora de salida, se fue directo para su casa, se bañó, se afeitó, se acicaló y a las nueve en punto, vestido de civil, salió para el bar donde conociera a Jennifer.

Sin embargo, esa noche ella no fue y las siguientes tampoco. Solamente al cabo de una semana durante la cual noche tras noche Ernesto fue al bar, ella reapareció, más radiante que la primera vez, más seductora que nunca.

Al ver Ernesto como todos los hombres que ocupaban las mesas desde la puerta hasta la barra, no le quitaban a ella los ojos de encima, tuvo sentimientos encontrados; pues, por un lado, el saberse correspondido por ella y saberla poseedora de tal belleza, lo llenaba de orgullo, pero de otro lado, el gusanillo de los celos también lo ponía en guardia.

Mas, en ese momento sublime, al verla venir hacia él, con una sonrisa cautivadora en sus labios, con una mirada que prometía ser la entrada al paraíso, Ernesto solamente podía saborear, por anticipado, toda la dicha que el amor de Jennifer le podría deparar en el futuro.

Se saludaron con un fuerte beso en los labios, se sentaron y él ordenó un  martini para ella y un brandy para él.

-Todas estas noches he venido y, después de dos, tres horas, me he tenido que ir con la frustración como única compañera. ¿Por qué no habías vuelto?

-Mi mamá estuvo enferma y no podía dejarla sola.

-Cuanto lo lamento. Pero, hubieras podido llamarme.

-No te imaginas como es de necia mi mamá cuando está enferma. Pobrecita, ya está muy vieja y chochea.

-Bueno, me alegro de que tu mamá ya esté mejor y sobre todo que estés aquí. Hoy es viernes, ¿te gustaría ir a bailar?

-Sí, pero no hasta muy tarde. De todas maneras, me preocupa dejar sola a mi mamá.

-Son las nueve y media. ¿Te parece bien si te llevo a tu casa a la una de la mañana?

-Sí, es buena hora.

-Vamos, pues.

Diciendo esto, Ernesto canceló los tragos y, tomándola del brazo, la apretó contra sí y la condujo a la salida. Fueron a un lugarcito muy íntimo que Ernesto en sus rondas había conocido. Bailaron un rato, se tomaron sus buenos tragos y, hacia media noche, se fueron a una de las habitaciones.

Cuando Ernesto la desnudó, mientras la besaba y la acariciaba palmo a palmo, y pudo observar la plenitud de su belleza en todo su esplendor, sintió que estaba en los jardines del Edén, que estaba a punto de tocar la gloria.

Ella, entre tanto, mientras él la admiraba y se solazaba con su belleza, le fue quitando la ropa. Ya ambos desnudos, se estrecharon en un fuerte abrazo y saborearon, nuevamente, las delicias de los besos.

Hicieron el amor. Ernesto, aunque la pasión lo atropellaba, se contuvo y se comportó como todo un caballero, la trató con dulzura, la hizo sentir la mujer más feliz del mundo, mientras él a su vez era el hombre más dichoso del universo.

Al terminar, reposaron un rato, durante el cual  ella no dejó de acariciarlo y, al cabo de media hora, volvieron a hacer al amor. Luego se bañaron, se ayudaron a vestir mutuamente y antes de la una de la mañana, ya iban rumbo a la casa de ella. Al llegar a la esquina que él ya sabía, detuvo el auto, la atrajo hacia sí y la volvió  a besar con pasión.

-¿Nos vemos mañana?, preguntó él algo ansioso.

-No, porque tengo mucho trajín en la casa. Yo te llamo el lunes a tu oficina en las horas de la mañana. Y ahora es hoy, no mañana.

Dijo ella esbozando su hermosa sonrisa, acompañada de ese hermoso mohín que solamente ella sabía hacer.

-Está bien, le respondió él sonriendo a su vez.

Los días pasaron, llegó un nuevo año y, con él, un nuevo ascenso para Ernesto y el cambio a la Jefatura de Personal. Los amores con Jennifer iban viento en popa. Aun cuando, en ocasiones, ella se perdía días enteros durante los cuales él no sabía nada de ella, ya que habían acordado que él no la llamaría a su casa, pues su mamá estaba cada día más caprichosa y más senil y ella no quería causarle contrariedades.

-Pobrecita. Está tan vieja y tan achacosa que me da pesar ocasionarle disgustos, le aclaró ella.

Ernesto, que amaba demasiado a su propia madre, compartía las preocupaciones de Jennifer por su progenitora y procuraba complacerla y por eso, durante las frecuentes y a veces prolongadas ausencias de ella, él esperaba pacientemente a que ella lo llamara.

Entonces, siempre en día viernes, se encontraban en el mismo bar donde se habían conocido y después de tomarse una o dos copas, se iban al lugarcito de siempre y allí, siempre en la misma alcoba, hacían el amor; siempre hasta un poco después de medianoche, pues a la una Jennifer debía estar en su casa.

Una noche, cuando ya llevaban más de año y medio de relaciones, antes de vestirse para salir, Ernesto le propuso matrimonio. Ella primero se sorprendió,  luego se rió y después le dijo:

-Pero si tú no me conoces. Tú no sabes nada de mí. Yo sé más de ti que tú de mí.

-Con lo que sé, me basta.

-Pero yo no puedo dejar a mi madre enferma ni puedo echarte esa carga encima.

-¿Y si nos la llevamos a vivir con mi mamá y mi hermana?

-Estás loco. Mi mamá las enloquecería.

-Hagamos una cosa. Invítame a tu casa el próximo domingo, me presentas a tu mamá. Luego tú conoces a mi mamá y a mi hermana y después hacemos que las dos viejecitas se conozcan. Yo sé que van a ser buenas amigas.

-No. Ni de riesgos. Mi mamá es muy fregada. Ella solamente congenia conmigo.

-Pero hagamos la prueba.

-Bueno, déjame pensarlo.

Dijo Jennifer; más con el ánimo de poner fin a la conversación que de buscar una respuesta a la petición de Ernesto.

Pasaron dos semanas y Jennifer no aparecía. Ernesto desesperado, una noche fue hasta la esquina donde siempre la dejaba cuando la llevaba después de sus encuentros nocturnos.

Entonces cayó en cuenta de que no sabía ni siquiera donde quedaba la casa de ella. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. En verdad, Jennifer tenía razón. Él no sabía nada de ella. Hizo cuentas y vio que hacía casi veinte meses que había conocido a Jennifer y, durante todo ese tiempo, todo lo que sabía de ella era que vivía con su mamá, la cual estaba enferma, achacosa y senil.

También sabía cómo estaba compuesta la anatomía de Jennifer, pues conocía cada centímetro cuadrado de su cuerpo, conocía el sabor de cada espacio de su piel, sabía que era la amante perfecta, sabía también que, aparentemente, le era fiel como él lo era con ella. Pero,  de ahí en adelante, todo lo ignoraba.  

-Y, ¿si ella no vuelve, qué voy a hacer yo? -Pensaba, desesperado- ¿Dónde la busco? Ni siquiera sé dónde vive. Y, ¿si no vive en estos contornos? Y, ¿si todo lo que me ha dicho sobre su mamá es mentira? Y, si está casada y por eso ¿tanto misterio?

Todos estos pensamientos pasaron a la velocidad de la luz por la mente de Ernesto. Entonces, se dijo: “No, no puedo dejarme llevar por la desesperación, pues me volvería loco.”

Tratando de desechar pensamientos tan perturbadores, Ernesto se devolvió a su casa.

Después de mucho cavilar y darle vueltas al asunto, el cansancio lo venció y, cuando ya estaba clareando el nuevo día logró dormirse. Afortunadamente era sábado y no tenía que ir a la oficina. Cuando, en las horas de la tarde, se despertó, su primer pensamiento fue el de volver a buscar a Jennifer.

Así lo hizo. Conduciendo con calma, sopesando cada paso, decidió que haría un recorrido por todas las manzanas adyacentes a la esquina donde siempre había dejado a Jennifer, luego de una noche de amor.

Ya desesperaba al ver que no había rastro de su amada y la noche ya había entrado, cuando alcanzó a ver cómo de una de las mejores casas de esa cuadra salía una Jennifer más hermosa que nunca. Abordó un taxi que la estaba esperando y unas cuadras más adelante se bajó y se acercó a un hombre quien, con actitud de amo y señor, la tomó del brazo y la condujo hacia un automóvil situado en la acera de enfrente.

Ernesto sintió como si le echaran un baldado de agua helada en la espina dorsal. Al principio, no quería dar crédito a lo que sus ojos le revelaban. Era imposible que esa fuera Jennifer, la mujer a quien amaba, la mujer que en las noches de amor y de pasión se le había entregado sin reservas, con quien había logrado tocar las puertas del mismo cielo. Quien, en más de una ocasión, le había jurado que lo amaba como nunca había amado, que le había jurado además no tener compromisos que pudieran alejarla de él. Entonces, ¿eso que veía y se negaba a reconocer, qué significaba?

Repuesto de la sorpresa inicial, quiso bajarse del auto y cruzar la calle y exigirle una explicación; al fin y al cabo ella era su amante, a quien él ofreciera matrimonio y ella prometiera darle una respuesta. Pero lo pensó mejor y al ver que ya la pareja subía al automóvil y, más aún, ella no parecía oponer resistencia alguna, se detuvo y con rabia y algo de desesperación, pero sobre todo lleno de celos, los dejó partir; no sin antes, decidir seguirlos.

No tuvo que andar mucho. A unas veinte  cuadras se detuvieron. El hombre bajó primero y dando la vuelta al auto ayudó a Jennifer a bajar. Ella sonriente le dio la mano y el hombre muy obsecuente la tomó nuevamente del brazo y la condujo a la entrada de un lujoso restaurante.

Ernesto, con mucho disimulo los siguió y vio como ocupaban una mesa muy bien situada, acompañados de manera deferente por el jefe de meseros. Luego tuvo que ser testigo de cómo la pareja se tomaba de las manos y se hacía arrumacos mutuos. No aguantó más, dio media vuelta y se fue.

Ahora todo estaba claro. Ya entendía el porqué de las pérdidas recurrentes de Jennifer. Atando cabos, entendió por qué sus horarios tan estrictos, su renuencia a salir con él los fines de semana y hasta su indecisión al momento de él proponerle matrimonio.

 ¡Claro!, ella estaba casada y aprovechaba las salidas de su esposo para buscar aventuras. Él no había sido otra cosa que un pasatiempo en la vida de ella; una vida que, ahora, él suponía carente de todo sentido, una vida vacía, que ella trataría de llenar con adulterios.

Lo que Ernesto ignoraba en ese momento, durante el cual el rencor y la rabia por la traición no le daban campo a ningún pensamiento coherente, era que Jennifer había alcanzado a verlo cuando, ayudada  por su acompañante, bajaba del automóvil a la puerta del restaurante.

Esto lo vino a saber el lunes siguiente cuando, bien temprano, Jennifer lo llamó a la oficina y lo citó en el bar de siempre («nuestro bar», le dijo), con el fin de que hablaran y aclararan las cosas, pues ella le debía una explicación.

-Una no. Muchas explicaciones tendrás que darme.

Le dijo Ernesto tratando de disimular el resentimiento y la ira que pugnaban por salir a flote, pero que él quería reprimir, dado que se encontraba en la oficina y no quería alzar la voz ni dar motivos de escándalo. Por tanto, rápidamente se despidió de ella y colgó el teléfono.

Esa noche, a las nueve en punto, como si hubieran sincronizado sus relojes, ambos llegaron a la puerta del bar. Ella en un taxi, como era su costumbre y él en un vehículo oficial de placas camufladas.

El saludo fue frío, pues a él no le nacía ser cariñoso en esos momentos y ella no podía ser hipócrita ni cínica.

Se sentaron en una mesa apartada y de inmediato él le hizo sus reclamos.

-Ese hombre es tu esposo, le afirmó él, más que preguntarle.

-No, dijo ella lacónicamente.

-Pero, ¿tú estás casada?

-Sí.

-Entonces, es otro de tus amantes.

Al ver que ella callaba y solamente lo miraba con ojos suplicantes, él continuó con sus reclamos.

-Y, ¿por qué me ocultaste tu situación? ¿Por qué me mentiste, hablándome de una madre enferma? Yo habría entendido y, puedes tener la seguridad, no te habría amado menos por saberte ajena, así me hubiera dolido en el alma saber que nunca podrías ser totalmente mía. Pero la verdad habría brillado en nuestra relación. Ahora, todo se ha estropeado. Es como si hubieras roto un delicado jarrón de fino cristal. Ya no es posible remendarlo. Ya el encanto se ha perdido para siempre.

-Déjame explicarte, suplicó ella.

-Pero, ¿qué explicación puede haber para toda esta patraña?

-Si me das unos minutos, seguro que entenderás.

-No lo creo. Pero, de todas maneras, habla. Lo único que te pido es que sólo sea la verdad. Ya no soportaría una mentira más.

-Yo sí estoy casada, pero no con ese hombre.

-¿Cómo así? ¡Entonces sí es otro de tus amantes!

-No y, por favor, no me interrumpas. Jorge, el hombre con quien me viste el sábado, es un primo mío que llegó hace ocho días del exterior, después de cinco años de ausencia. Por eso fue que viste la deferencia con que nos tratamos y que tú tal vez confundiste con carantoñas amorosas. Yo sí vivo con mi mamá, que está muy enferma y también con mi esposo que afortunadamente viaja con frecuencia. Esta mañana viajó temprano. Las veces cuando nos hemos encontrado han correspondido a sus viajes. Mi único amante, durante mis cinco años de matrimonio, has sido tú. Tú eres mi primer y solo amante. Jorge viaja pasado mañana. Él está donde unas tías. Cuando él viaje, todo volverá a ser entre nosotros como lo era antes. Te lo prometo.

-Y si es así, entonces ¿por qué te habías desaparecido durante las dos últimas semanas,  justo después de que cometí la torpeza de ofrecerte matrimonio?

-Porque la semana  antepasada, mi marido no viajó y a la siguiente llegó Jorge.

-¿Por qué no me llamaste, si sabías que yo había quedado pendiente de tu respuesta?

-La verdad era que estaba asustada, porque no sabía cómo decirte que no. Además, cuando mi marido está en la ciudad controla todos mis pasos. Él es muy celoso, muy posesivo, me da mala vida. Ha llegado incluso a golpearme. Por eso hace un rato te dije que afortunadamente él viaja continuamente.

-Y, si te da mala vida, ¿por qué no te separas de él? ¿Por qué permites que te maltrate? Acaso, ¿no tienes orgullo?

-Él me ha dicho que no permitirá que nos separemos. Que si lo dejo me manda a matar y luego mete a mi mamá en un asilo. Por eso en ocasiones, sobre todo ahora que te conozco y he aprendido a amarte y he encontrado nuevamente algo por qué vivir, he deseado furiosamente poder deshacerme de él. Pero el temor a la justicia, el miedo a la cárcel, me han impedido hacer algo por aliviar mi vida.

-Pobrecita…

Dijo Ernesto y tomándola de las manos, por primera desde cuando se reencontraran, le sugirió que fueran al lugarcito de siempre.

Ella accedió. En el trayecto, que no era mucho, se tomaban frecuentemente de una mano y en los altos obligatorios de los semáforos, se daban besos casi furtivos.

Llegaron y de inmediato fueron al cuarto de siempre. Cuando él la desnudó y quiso acariciarle la espalda, ella gimió, pero de dolor y él le preguntó:

-¿Qué pasó? Acaso, ¿te hice daño?

-No, solamente me dolió donde mi marido me pegó hace varias noches, porque no quise hacer el amor con él. Siempre que me niego, me golpea. Por eso, muchas veces no acudí a nuestras citas, porque no quería que tú vieras los moretones que me quedan cada vez que me pega. Y como, desde que nos conocimos, cada vez me niego más, entonces los castigos han aumentado.

Ernesto la rodeó y agachándose le dio besos suaves donde él creyó ver la ligera huella de un moretón. Luego, con mucha delicadeza la acostó boca arriba y la cubrió toda de besos, besos de amor, besos de pesar con los que quería aliviar los dolores que ella debió haber sufrido por él, por amarlo como lo amaba.

Al cabo de un rato, ya no quedaba nada del cuerpo de ella que no hubiera sido cubierto con sus besos. Cuando alcanzaron el clímax, las sienes querían estallarle, sabía que ya nunca más podría abandonar a esa mujer, sabía que sin ella la vida perdería todo sentido y, en ese momento se juró a sí mismo que la libraría de la opresión y la esclavitud con que su marido la mantenía subyugada.

Cuando se estaban vistiendo, pues ella dijo que debían darse prisa, pues no quería levantar sospechas en su primo por si la llamaba a la casa, él le dio a conocer sus pensamientos y le juró que la liberaría del yugo de su marido.

-¿Harías eso por mí?

-Eso y mucho más, le dijo él.

Ella, mimosa, lo colmó de besos y le dijo que lo amaba con toda el alma, que cuando eso ocurriera, pasado un tiempo prudencial, se podrían casar.

-Pero tienes que elaborar un buen plan, que nos deje libres de toda sospecha, para que podamos realizar pronto nuestro sueño, agregó ella.

-Sí, déjame prepararlo bien y cuando lo haya hecho te lo comunicaré.

Cuando él la dejó en la esquina de siempre, ella iba radiante. Por eso cuando él le preguntara si estaba feliz, ella le había dicho:

-Sí, no sólo porque nos hemos reconciliado después de nuestra primera y única pelea, sino porque también veo que puede haber redención para mí y futuro para nuestro amor y nuestra felicidad.

-De eso puedes estar segura. Todo es cuestión de tiempo y de paciencia. Aun cuando en estos momentos no es mucha la que tengo. Ya quisiera librarte ahora mismo de las garras de ese miserable. Por lo pronto, ve escribiendo en un papel todos los pasos que da tu marido cuando está en la ciudad. Procura no omitir detalles, aunque te parezcan insignificantes, pues el  éxito de nuestro plan depende de qué tanto conozca yo sus movimientos.

Con todo eso en mente, se separaron. Ernesto esa misma noche comenzó a elaborar el plan en bloque.

Este consistiría en buscar la ocasión en la cual ese desgraciado se encontrara en público, para comprometerlo en alguna acción sospechosa que facilitara su detención y luego, ya se vería cómo se haría para hacerlo desaparecer.

Para esto tenía que contar con la connivencia de su amigo y compañero Jaime Larrarte quien sabía, aunque no mucho, de sus amores con Jennifer.

Cuando al día siguiente, al calor de un par de cervezas, tomadas después de las seis de la tarde en un cafetín cercano a la Dirección de Marina, le contó a su amigo todos los vericuetos de su vida pasional, Jaime puso el grito en el cielo.

-¿Cómo se te ocurre? Acaso, ¿no ves que eso, que estás pensando hacer, es un delito? ¿No te das cuenta de que por eso irías a la cárcel? ¿No te has puesto a pensar que esa mujer te puede estar utilizando? ¿Qué te haya escogido por tu condición de militar y, además, porque sabe que estás perdidamente enamorado y que, por eso, harías cualquier locura por ella? Además, ¿te has puesto a pensar si en verdad ese otro tipo es su primo? ¿No será otro amante?

-Jaime, cuida tus palabras. Ahora bien, si te lo conté fue porque creí contar con tu ayuda, no para que te pusieras en el plan de una tía regañona.

-Tú no estás pidiendo mi ayuda, tú pretendes convertirme en tu cómplice y eso no se va a poder. Por encima de todo está mi apego a las leyes y a la moral. Así que si quieres convertirte en un asesino, gracias al malsano frenesí que esa mujer ha despertado en ti, no puedo detenerte, ni siquiera puedo denunciarte, pues eres mi amigo y no puedo traicionar tu confianza, pero hasta donde me sea posible haré todo lo que pueda para disuadirte de semejante locura.

En ese tono se despidieron. Jaime, haciéndose cruces por lo que consideraba una imbecilidad de su amigo y Ernesto, mejorando el plan para matar al marido de Jennifer.

-Si consigo hacerlo detener por sedición, me puede quedar fácil introducirle literatura anarquista en un bolsillo. Eso hará que lo condenen y bien puede pasar veinte años en la cárcel. Más aún, en la cárcel será fácil que alguien lo elimine.

Ese y muchos planes más, tejió Ernesto en su calenturienta imaginación durante el resto de la semana. El viernes se encontró nuevamente con Jennifer y toda la conversación giró en torno a las posibles formas que había para  liquidar a Bernardo -tal era el nombre que de su marido, Jennifer le había dado a Ernesto.- Sin embargo, ningún plan  le gustó a Jennifer.

-¿No te has dado cuenta de que a él, con sus influencias, le quedaría fácil salir libre en menos de 24 horas?

-Con un cargo de sedición encima, no creo que le quede tan fácil.

-Tú no sabes hasta dónde llegan los tentáculos de ese hombre. Él es muy poderoso.

-Entonces, ¿qué hacemos?

-Yo pienso que lo mejor es que te disfraces de ladrón, entras a la casa a media noche, le pegas un tiro en la cabeza, le ponemos su revólver en la mano derecha, lo hacemos disparar hacia la ventana, te llevas unas cuantas de mis joyas, yo llamo a la policía y todo queda como si hubiera sido una muerte ocurrida como consecuencia de un asalto a mano armada cometido por desconocidos. En mis declaraciones, yo diré que me despertó un disparo y luego vi como uno de los asaltantes, pues me pareció que eran dos, le disparaba a mi esposo, para luego saltar por el balcón y huir. Cuando me repuse de la sorpresa y llamé a la policía, ya mi esposo había muerto.

A Ernesto le pareció muy bueno el plan de Jennifer, aunque un tanto arriesgado.

-Y si cuando yo entre, ¿tu marido está despierto y se me adelanta y me mata primero, antes de que yo pueda dispararle?

-Ese es un riesgo que debemos correr. Pero no temas, si él llegara  a despertarse yo estaré preparada y puedo golpearlo con algo duro que lo deje privado.

Así quedaron. Todo se llevaría a cabo el sábado de la semana subsiguiente, cuando Bernardo llegara de viaje. Eso facilitaría las cosas, pues casi siempre llegaba rendido y el sueño lo cogía fácilmente.

El día anterior, viernes, se encontraron en el bar, se tomaron unos tragos, bailaron y luego se fueron a su nido de siempre e hicieron el amor hasta casi las cuatro de la mañana. Era la primera vez que lo hacían hasta tan tarde, pues ella así lo quiso.

Hubo un momento en el cual Ernesto sintió como si, en la entrega, Jennifer le estuviera dando toda la pasión  que quedaba dentro de ella. Sin embargo el abandono de ella era tan amplio, tan rendido, que Ernesto decidió disfrutar al máximo las delicias que Jennifer le brindaba.

Esa mañana de sábado, Ernesto se despertó temprano. La proximidad de la acción, le producía cierto nerviosismo. Sin embargo, el saber que después de que todo pasara, ya nada ni nadie se interpondría en el camino a su felicidad plena con Jennifer, le daba una sensación especial  que lo animaba a seguir adelante sin flaquear.

La mañana la pasó normalmente, como lo hacía habitualmente cada sábado. Después de bañarse y afeitarse, se desayunó, leyó la prensa matutina y salió un rato a trotar en el parque cercano a su casa.

En la tarde, después del almuerzo, revisó su arma personal, una pistola alemana que había adquirido en Cartagena, cuando era Teniente de Corbeta. Se fijó que el proveedor estuviera cargado, que el percutor funcionara bien, en fin que toda el arma no tuviera defecto alguno, luego la lubricó y le desmontó el proveedor y el silenciador, para después ponerla en el estuche donde siempre la guardaba.

En la noche, esperó pacientemente hasta que fueran las once, salió sin que su mamá ni su hermana lo notaran, se montó en el automóvil de dotación y manejó hasta dos cuadras antes de la casa de Jennifer.

Caminó y se situó enfrente, un tanto oculto entre los pinos del antejardín. Esperó un cuarto de hora, hasta que vio la señal convenida: la luz del baño, tal como Jennifer le indicara, se encendió y se apagó, en forma alterna, dos veces con intervalo de quince segundos.

Cruzó la calle y entró al jardín. Caminó pegado al seto hasta la puerta de servicio, probó la cerradura, la cual estaba abierta. Entró y por la cocina se introdujo en la casa, la cual tenía la disposición exacta que Jennifer le explicara y él memorizara.

Subió las escaleras tratando de no hacer ruido. Al llegar al vestíbulo, se orientó y tanteó la manija de la puerta que Jennifer le había indicado como la de su alcoba, abrió silenciosamente y a la tenue luz que se filtraba por entre las cortinas, divisó a Jennifer, que le mostraba el cuerpo de Bernardo rendido por el sueño.

Sacó la pistola del bolsillo interior de la chaqueta, apuntó a la cabeza de Bernardo y disparó. El cuerpo de Bernardo dio una sacudida y quedó exánime de manera inmediata.

A continuación, Jennifer se levantó, se puso guantes, fue a la mesa de noche de Bernardo, sacó un revólver de la gaveta superior, lo colocó en la mano derecha del muerto, apuntó hacia la pared que daba al balcón y disparó.

Enseguida, abrió el armario, revolvió los cajones, sacó un pequeño joyero de uno de ellos y se lo entregó a Ernesto, mientras le decía:

-Toma, este es el motivo del asesinato. Ahora, salta por el balcón que caerás sobre unos pinos que amortiguarán el golpe y vete, que yo antes de llamar a la policía voy a dañar la cerradura de la puerta del servicio, para despistar a las autoridades.

Ernesto trató de besarla, pero ella le dijo que no había tiempo para eso, que ya en el futuro les sobraría.

Ernesto siguió las indicaciones de Jennifer y cuando iba rumbo a su casa, buscando desviarse de las vías concurridas, se puso a recapitular los hechos ocurridos en el último cuarto de hora y se sintió pasmado al analizar la sangre fría con que Jennifer había planeado el asesinato de su esposo y, más aún, la serenidad con que actuó una vez él había dado muerte a Bernardo.

En ese momento de su reflexión, midió la gravedad de lo que acababa de hacer y fue cuando le entró el pánico.

Había matado a un hombre al que ni siquiera conocía. Sólo sabía de él lo que Jennifer le había contado: que era un miserable que la maltrataba, que la obligaba a hacer el amor, que la golpeaba si no lo complacía, que la mantenía sojuzgada, en fin, un individuo de la peor laya.

Sin embargo, era un ser humano, cuyos delitos -no, más bien sus defectos- sólo Jennifer conocía. ¿Y si no era así? ¿Y si todo hubiera sido como Jaime le había dicho que podía ser? Qué todo fuera una patraña de Jennifer. Qué, en verdad, lo hubiera utilizado para deshacerse de  su esposo, qué el tal primo no fuera más que el verdadero amante de ella y qué todo hubiera sido una farsa, en la cual el único burlado habría sido él mismo…         .

En ese momento, Ernesto deseó poder devolverse y pedirle aclaraciones a Jennifer. Pero sabía que eso no era posible. Ya la policía debía estar en la escena del crimen.

Lo que él ignoraba era que, antes de llamar a la Policía Nacional, Jennifer había llamado al supuesto primo Jorge quien, en forma anónima, llamó a la Policía Naval y la puso al tanto de las andanzas de Ernesto.

*****

Mientras que Ernesto sentado en el camastro de la prisión, rememoraba no sólo los episodios de las últimas 48 horas, sino todo lo ocurrido entre él y Jennifer durante un poco más de año y medio, ella se encontraba con Jorge -su verdadero amante- para ir a los bancos donde Bernardo tenía sus cuentas corrientes y cancelarlas.

La excusa era que, dada la muerte violenta de su esposo, ella tenía temor de que no hubiera sido un asalto el motivo del crimen, sino alguna venganza que pudiera alcanzarla, pues tanto ella como Bernardo habían recibido últimamente amenazas por teléfono y, una vez pasara el sepelio, se iría para donde sus padres en compañía de su primo Jorge que había viajado expresamente para acompañarla y protegerla.

Cuando reunieron todo el dinero y las joyas, tomaron las de Villadiego y se perdieron por siempre  jamás.

Al cabo de ocho días, al Capitán Fernández no le quedó otra opción que la de entregar al ex teniente Ballestas a la justicia ordinaria, para que lo juzgara por homicidio premeditado, asalto a mano armada y asociación para delinquir.

Jennifer fue juzgada y condenada en ausencia, por complicidad, a 20 años de prisión. Condena que jamás cumplió. A Jorge no se le pudo involucrar en el crimen.

Ernesto fue condenado a 25 años de presidio y a la pérdida de su investidura militar.

De Jennifer y Jorge no se volvió a saber nada. Algunos dicen que se fueron para el exterior o, tal vez, viven con otra identidad en algún pueblo de Colombia, disfrutando de su amor y de la fortuna que Bernardo les dejara sin quererlo y que Ernesto, tan ingenuamente, les ayudara a conseguir.

 

FIN