CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

PROTECCIÓN DESDE EL MÁS ALLÁ

(El pasado es el prólogo del presente)

 

El amor materno trasciende a la muerte

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Noviembre del 2004

 

“El misterio es la cosa más hermosa que podemos experimentar.”

Albert Einstein

 

Juan y su amiga Paula acabaron de estudiar en preparación de un examen final y, recogiendo libros y apuntes, se levantaron de la mesa situada en la trastienda del negocio que el padre de Juan tenía en uno de los barrios de la pequeña ciudad costera, a donde habían ido a parar después de varios intentos por organizarse, luego de que la violencia de segunda mitad del Siglo XX los hubiera sacado de su natal Tolima.

En ese momento el padre de Juan le decía que cerrara todo bien y se apuraran porque ya era tarde y él tenía prisa por llegar a la casa.

-Tranquilo, papá, yo cierro. Váyase adelante que primero tengo que llevar a Paula hasta su casa.

-Bueno mijo, no olvide poner los candados a la cortina metálica y no se demore que su mamá se afana.

-Sí señor.

Cuando Juan salió y cerró la puerta principal, ya Paula lo estaba esperando al pie de la moto. Juan subió a la moto y arrancó tan pronto sintió que Paula lo abrazaba.

Iban conversando animadamente y ya estaban llegando a la casa de Paula, cuando ésta se dio cuenta de que había dejado olvidada su cartera en la trastienda y, así se lo hizo saber a Juan quien, de inmediato dio media vuelta y condujo su pequeño vehículo hacia el negocio familiar.

Las risas con que acompañaban su conversación, murieron de improviso en sus labios, cuando vieron que la puerta principal de la tienda estaba abierta y también alcanzaron a ver cómo, lo que parecía ser una mujer vestida de blanco, entraba rápidamente por la puerta abierta.

Juan saltó e iba a correr; sin embargo se detuvo cuando Paula le gritó:

-¡Cuidado, tú no sabes quien pueda estar adentro!

-Pero yo no puedo dejar que nos roben.

-Tienes razón, pero hay que llamar a la Policía y avisarle a tu papá.

Juan y Paula se dirigieron a la casa vecina, tocaron a la puerta y pidieron prestado el teléfono.

Al poco rato llegó una patrulla, y Juan que no se había quitado de la puerta de la tienda, enteró a los agentes de lo que  estaba sucediendo. Estos desenfundaron sus armas y entraron al negocio y realizaron una búsqueda exhaustiva, que resultó infructuosa, pues no encontraron a nadie en el interior de la tienda.

-¿Está seguro de que cerró bien y de que vieron lo que dicen que vieron?

-Por supuesto, dijo Juan, entre atribulado y enojado.

-Pues, ya lo ven. Adentro no hay nadie.

Contestó quien comandaba la patrulla y, dando media vuelta, ordenó a sus hombres subir al auto y  partir.

Juan y Paula estaban desconcertados. No sabían que podía haber pasado. Por más que le daban vueltas al asunto, coincidían en que ambos vieron a la mujer de blanco entrar a la tienda.

Estaban en esas cuando llegaron los padres de Juan. La cara de angustia reflejaba a las claras su natural preocupación.

-Juan, ¿qué pasó?, fue el saludo que, al unísono, le dirigieron.

Brevemente, Juan les contó todo.

-Pero, ¿usted cerró por dentro y con candados la cortina de la puerta principal?

Le preguntó el padre, mientras recorría muy afanado todos los rincones de la tienda.

-Sí papá.

-Entonces, ¿por qué están los candados en un estante de la trastienda?

-¡Ay, carajo!, exclamó Juan. -Ahora recuerdo que, por la prisa que llevaba, se me olvidó ponerlos.

-¿Se da cuenta? Menos mal que no se llevaron nada, dijo la madre.

Siguieron buscando para ver si encontraban algún rastro de algo. Sin embargo, para su tranquilidad, pero también para su sorpresa, todo estaba en orden. Nada faltaba.

Estaban en esas, cuando a la luz de una linterna la mamá de Juan vio brillar algo en un rincón de la trastienda. Se agachó y recogió lo que resultó ser un crucifijo.

De inmediato lo reconoció y dándole vuelta, observó la marca que había en el respaldo. De inmediato llamó a todos y les dijo:

-¿Saben de quien era este crucifijo?

Y, como nadie contestara y todos la miraran con sorpresa,  agregó:

-Este crucifijo era de mi madre, alma bendita. Mi papá se lo regaló en un cumpleaños y, aquí al respaldo está la dedicatoria que le hizo grabar y, cuando ella murió nosotros se lo colocamos entre las manos y fue enterrada con él.

-No puede ser, dijeron todos.

-Sí. Es de ella que vino esta noche a cuidar nuestro negocio.

 

FIN