PROLEGÓMENO
Siendo el Ensayo el juicio que, con fines didácticos (y, por lo mismo, revestido de sencillez, hondura, madurez y sensibilidad), presenta la posición subjetiva del autor sobre un determinado tema, es indudable que el escritor desee poner en una o varias cuartillas todo aquello que, al respecto, él desea expresarles a sus ocasionales lectores. Sin embargo, lograr este objetivo, no es fácil.
Veamos por qué: cuando uno decide compartir la visión de la vida, del mundo o del universo, se necesita la conjunción de tres elementos, a saber: la concepción de la idea sobre el hecho a comentar; la búsqueda y hallazgo de las palabras precisas, capaces de formar las párrafos inteligibles con los cuales el pensamiento se haga universal, es decir, sea suficiente para llegar hasta la comprensión de cualquier interlocutor y, por último, conseguir la audiencia tolerante y asequible que escuche o lea las reflexiones expresadas por el autor.
Empero -como ya se dijo- alcanzar esto no siempre es sencillo de lograr; pues la mar de las veces, el encuentro de un tema de interés general -necesario para atrapar la atención del lector- termina siendo el problema más grande para la mayoría de las personas que han resuelto tomar la senda literaria. Mas para eso, están los medios de comunicación que cada día que pasa se convierten en canteras inextinguibles de sucesos a cual más interesante.
Pero resuelto el anterior atolladero, se presenta la dificultad para encontrar los vocablos que hagan coherente el pensamiento con el verbo; pues no siempre es factible encontrar la forma exacta de redactar la frase correcta, la sentencia acertada, el pensamiento lógico. Entonces, es cuando se recurre a la memoria, para buscar en esa veta inagotable, todo lo que los grandes escritores del mundo dejaron, como legado, a todos aquellos que han encontrado en la lectura una fuente de placer y de conocimiento insustituibles.
La consecución de la audiencia ya depende del estilo del escritor; pues cuanto más natural sea, a más lectores logrará llegar; mas sin embargo, esa sencillez al escribir, puede ser origen de pobreza intelectual del autor o puede llegar a convertirse en causa de estrechez de pensamiento para el lector habitual; pues éste se acostumbrará a un vocabulario reducido, pues su autor predilecto, nunca le presenta oportunidades de enriquecer su léxico (no olvidar lo dicho antes: la lectura es fuente del saber). Por eso, no siempre se debe escribir de forma natural, es necesario que quien se dedica a tan difícil arte, tenga un repertorio gramatical extenso, para así convertirse, no solamente en orientador de la opinión, sino también -y, tal vez, lo más importante- en ameno e invaluable guía de sus lectores. Cuando esto se obtiene -orientar al lector y ser faro que lo conduzca por el mejor camino del idioma- quien se decide a escribir, tendrá asegurada la buena audiencia. Ahora bien, cuando se alcanza esta meta, el escritor se siente recompensado y si lo que ha escrito satisface e ilustra al lector, el placer es mayor. Claro está que para llegar a este punto, no sólo basta la erudición inicial del autor, también es necesaria la experiencia. Y así como para lograr la primera fue menester estudiar, para conseguir la segunda se requiere de la práctica.
En conclusión, escribir siempre será un ejercicio que produce satisfacción a quien lo practica y placer a su destinatario final, el lector; pero también hará crecer mentalmente a uno y a otro. Al primero, porque se siente el artífice que convirtió un tema en pensamiento y al segundo, porque experimenta el placer de identificarse mentalmente con su autor preferido. Y no obstante se establezcan divergencias en medio del autor y el lector, la comunión entre ambos, jamás se perderá. Porque con la literatura terminan por recuperarse, los momentos de plenitud de la existencia, no solamente del autor, sino también los del ocasional lector.
Gracias, amigo lector, por leerme y, también, considérate destinatario de mis más rendidas excusas por abusar de tu gentileza.
Cordialmente,
Gustavo Rodríguez Gómez
Barranquilla, 1º de enero del año 2003