PROEMIO
Después de haber experimentado con las narraciones ficticias -bueno, aunque algunas o, tal vez, la mayoría, sean el producto de lo acumulado en la memoria durante años y años de existencia, y todo se reduzca a un buen ejercicio de recordación- no deja de ser agradable saberse el padre de una nueva criatura -de seguro la menos hermosa del universo literario, pero al fin y al cabo, salida de la mente de uno- y, sea como sea, el placer es ineludible. Ahora bien, esta nueva labor también significó esfuerzo; tal vez, un poco menor que la anterior, pues se emprendió cuando ya se había ganado en experiencia literaria. Tal vez, para ese entonces, el estilo -sin llegar a ser el mejor- al menos había mejorado. También la memoria se había vuelto más expedita y, por consiguiente, recordar se hacía menos difícil.
Sin embargo, el trabajo sigue siendo arduo; pues escribir no siempre es sencillo. Ya que, como lo señaláramos en el preámbulo de algún libro anterior, la búsqueda de un tema es en ocasiones fatigante. Muchas veces un proyecto muere antes de nacer, porque el tema elegido no llena las expectativas anheladas o, también, no se encuentra el camino más adecuado para abocarlo y el resultado es algo desastroso, vergonzoso y, entonces, es mejor abandonarlo antes de seguir escribiendo cosas sosas. Y para seguir con el símil de la paternidad, digamos que es mejor suspender la gestación de la criatura.
De todas maneras, concluido un trabajo -sea cual fuere- el artífice de la obra debe llenarse de satisfacción, pues las falsas modestias no son más que posturas hipócritas y, a quien más daño hacen, es a quien las adopta. Por eso, si a una persona le gusta lo que hizo, pues sea sincero consigo mismo y reconozca el mérito a la labor realizada. Claro está, después de la necesaria depuración de la misma y sin caer en el ditirambo personal, que conduce fácilmente a la soberbia.
Puesto que, así como en las noches luminosas las estrellas son el ornato del cielo y en primavera las flores lo son de las verdes praderas, las palabras discretas son el adorno del razonamiento placentero y sensato.
Por todo lo anterior -en especial por el esfuerzo realizado- amable lector, te suplico seas benigno en tu apreciación con lo que vas a leer en las páginas restantes de este libro. Ten en cuenta mi esmero como autor; no olvides tampoco, que me agradó lo que escribí y, lo más importante, lo hice para darle uso provechoso a mis ratos de ocio, lo que me permitió, no sólo sentirme productivo, sino también saber que empleaba el tiempo en una buena causa: mi propia distracción y, posiblemente, la tuya.
Al fin y al cabo, una máxima de la creación literaria es aquella que reza “delectare et prodesse”, vale decir deleitar y aprovechar. O, también por lo que dijera Benito Pérez Galdós en una de sus magnas obras, “Fortunata y Jacinta”: «Por doquiera que el hombre vaya, lleva consigo su novela.» Y Gabriel García Márquez, el más grande entre los escritores vivos de habla castellana, dijo: “Recordar es fácil para el que tiene memoria, pero olvidar es difícil para quien tiene corazón.”
En algunas de estas narraciones encontrarás visos de pasajes históricos; al fin y al cabo, la literatura se nutre de la historia y ésta, a su vez, se reviste con las galas de aquélla para no aparecer escuálida y mustia; sólo así, los sueños de la literatura se hacen históricamente realizables. Por eso, las mentes estrechas la censuran y, aprovechando el poder momentáneo que detentan, provocan el destierro de muchos intelectuales y, todo, porque ella hace posible pensar en un mundo distinto.
Nuevamente, gracias por leerme y no olvides tu benevolencia al analizar la tarea.
Atentamente,
Gustavo Rodríguez Gómez
Nueva York, 10 de agosto del año 2013