CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

PREMONICIÓN

(Los gritos de un agonizante)

 

Cuando el corazón avisa

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Marzo del 2004

 

“Tuve un sueño tan real que podría jurar que estaba ocurriendo de verdad.”

De la película homónima

 

            Ella no pudo contener por más tiempo la angustia y cerró los ojos, pidiéndole a Dios protección para su esposo que, en ese momento, trataba de dominar el vehículo en el cual habían venido viajando, desde hacía más de doce horas sin ningún contratiempo, hasta que de improviso en una curva se les había venido encima ese enorme camión que los había sacado de la vía, dejándolos en el borde del barranco.

Él, entonces, le había dicho que saliera con mucho cuidado, lentamente, para no ir a romper el escaso equilibrio que mantenía el carro en terreno firme. Ella hizo caso y poco a poco salió y se paró en la otra orilla, la que daba contra la montaña. Fue entonces cuando vio que el carro, comenzaba a ladearse peligrosamente del lado del conductor, corriendo el riesgo de precipitarse al abismo. En un instante, como en una película pasada a alta velocidad, recordó el viaje del cual regresaban. Cuatro días antes, se habían casado, luego de un noviazgo de cuatro años. La ceremonia y la recepción habían sido esplendorosas y la luna de miel inolvidable.

            Regresó a la realidad y en su tribulación solamente pudo cerrar los ojos y rogar a Dios porque no ocurriera una desgracia. Su oración fue profunda, sincera, llena de fe y esperanza. Imploraba con tanta vehemencia, que sintió que el pecho le dolía, el corazón palpitaba desbocado y por la garganta quería salir un grito de horror.

Mas, sin embargo, los labios se negaban a expresar sonido alguno. Quiso correr para tratar de ayudar de alguna manera a su esposo; no obstante, las piernas se resistían a dar paso. Ella sentía que a cada momento el pecho le dolía más y más, al pugnar por gritar y no poder hacerlo. La desesperación comenzó a invadirla y la angustia aumentaba cada vez más.

Era tanto el esfuerzo que quería hacer para correr, que las piernas empezaron a dolerle e impotente para hacer algo, cayó al suelo mientras veía, horrorizada, como el vehículo con su esposo adentro se precipitaba al abismo.

No pudo más, perdió el conocimiento. Una niebla espesa cubrió su mente y no supo más de sí misma.

******

Cuando despertó, angustiada aún por el dolor de la tragedia, el timbre del teléfono situado encima de la mesa de noche, repicaba sin cesar. Desconcertada, miró el reloj y vio que eran las cinco de la mañana. Reconoció su alcoba y, entonces, descubrió que acababa de salir de una pesadilla, una horrible alucinación. Repuesta de la sorpresa, recordó que llevaba más de diez años casada y que su esposo había viajado, por asuntos de oficina, dos días antes a la capital.

Alegre tomó el teléfono para contestar, pensando que era su esposo para avisarle de su regreso. Pero no, no era él quien hablaba al otro lado de la línea. Una voz desconocida, luego de disculparse por lo inusitado de la hora, se identificó como el Jefe de la policía de un municipio perdido en las estribaciones de la cordillera Central y le pidió el favor de identificarse. Cuando ella dio su nombre, el Jefe de policía le contó que el esposo de ella había sido encontrado muerto en el fondo de un barranco, una hora antes, por una patrulla que al ir a rebasar un puente, había encontrado la baranda destrozada y al investigar vieron el vehículo con un cadáver en su interior.

La identidad del occiso había sido establecida plenamente.

Antes de colgar, con el alma lacerada por el dolor, oyó como el Jefe de policía le daba las señas del lugar a donde debía ir a reclamar los despojos mortales de su recién fallecido esposo.

 

FIN