POSESIÓN
(El demonio es atraído por la infamia)
El mal aparece donde menos se le espera
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Mayo del 2004
“Los pecados de la sensualidad podrían ser un precursor de la posesión demoníaca.”
San Agustín
-Mami, yo no quiero ir al entierro de mi abuelito.
-¿Por qué no quieres ir?
-Me da mucho miedo ir al cementerio. Allí sólo hay muertos.
La madre le insistió a su hijo de diez años, diciéndole que esa sería la última vez que podría estar con su abuelo a quien tanto había querido y de quien había recibido tantas muestras de cariño.
Por fin el niño accedió, más por complacer a su mamá, a quien veía muy triste. Sin embargo, tan pronto llegaron al cementerio, después de los oficios religiosos en la iglesia del barrio, el niño se separó del cortejo y marchó de último, para luego sentarse sobre el pretil de un mausoleo cercano a la fosa donde sería inhumado su abuelo. Los murmullos de las oraciones recitadas por el sacerdote, no hicieron más que deprimirlo.
De pronto, algo en el suelo brilló con los resplandores del sol, cuyos rayos se filtraban por entre las ramas de las acacias que bordeaban las avenidas del cementerio. El niño se bajó del pretil, se agachó y recogió lo que parecía ser una rara medalla.
La observó detenidamente y, al no comprender su significado, la introdujo en el bolsillo de la camisa, no sin antes sacudirle la arena que medio la cubría, mientras pensaba en mostrársela a su tío para que la descifrara.
Habían cesado los rezos y el féretro descendía a la fosa, cuando el niño sintió un súbito calor que le recorrió todo el cuerpo y al llegar a la cabeza, le pareció que ésta fuera a estallarle, tan intenso era el dolor que sentía. Luego, segundos después, el frío fue tan agudo que sintió que todo el cuerpo le tiritaba, no obstante estar en una ciudad de nuestras costas. Un sacudimiento general estremeció su cuerpo y rodó por el suelo, donde empezó a convulsionar de manera frenética.
En ese momento, su madre lo había localizado, luego de buscarlo afanosamente. La sorpresa y el terror se pintaron en su rostro y lo único que atinó a hacer, fue devolverse a buscar ayuda entre los familiares y amigos que la habían acompañado al sepelio de su padre.
Rápidamente un primo de ella tomó al niño en brazos y subiéndolo a su carro lo condujeron a la clínica más cercana.
Allí, los médicos se apersonaron del caso y, luego de varios exámenes, llamaron al neurólogo para que diagnosticara que le sucedía al pequeño paciente.
Horas después, el grupo de neurólogos (pues se había hecho necesario consultar a varios), no encontró ningún síntoma patológico que indicara el origen del mal que padecía el niño; quien, pasadas varias horas luego de iniciadas las convulsiones, seguía padeciéndolas de manera intermitente.
El tiempo corrió y la situación no cambiaba, el niño seguía inconsciente, presa de las convulsiones.
De pronto, despertó, se sentó en la cama y, al divisar a su mamá, se lanzó contra ella, profiriendo con voz estentórea las peores obscenidades que mente alguna pueda imaginar, sobre todo en boca de un pequeño. La madre sorprendida, no sabía qué hacer; las enfermeras y los médicos, menos.
Hasta que el niño la emprendió a golpes contra su mamá. Como pudieron, lograron controlarlo y, después de subirlo a la cama, lo ataron de pies y manos a los barrotes de la misma.
En el momento en que una de las enfermeras se retiraba de la cama, fue alcanzada por un chorro de pestilente vómito que el niño le lanzó.
Llegó el nuevo día y la situación seguía igual. El niño permanecía inconsciente, mientras convulsionaba de manera cíclica y solamente salía de su desmayo, para insultar soezmente a quienes estuvieran cerca.
En alguno de esos momentos, enrostró a su madre el adulterio que ésta había cometido y que había desembocado en el fin del matrimonio con su padre. La madre, asombrada -pues esto era algo que el niño no tenía por qué saber, dadas la época y las circunstancias de los hechos, amén de que su ex esposo no había hecho ningún escándalo al respecto y se había ido para siempre sin decirle nada a nadie- dio rienda suelta al llanto y sólo se le ocurrió salir de la habitación.
Cuando estuvo afuera decidió ir a la capilla de la clínica como única posibilidad de desahogo. Allí encontró a un sacerdote y le contó la tragedia que sufría. El sacerdote se ofreció a visitar al niño y, tan pronto entró a la habitación, fue recibido por los insultos de éste, cuyo rostro había cambiado de tal manera, que ya no parecía el mismo niño inocente que había sido 48 horas antes. Cuando el sacerdote lo roció con agua bendita, el niño con voz gruesa, impropia de su edad, maldijo al clérigo.
Cuando éste salió de la habitación, llamó a la mamá del niño y le preguntó por los antecedentes inmediatos de la criatura. La madre, compungida, le dijo que hasta hacía dos días, todo había sido normal en la vida del niño.
-Padre, ¡ese monstruo que está en esa habitación no es mi hijo!, dijo en medio de las lágrimas.
Y agregó: -Uno de los neurólogos me dijo que el niño parecía estar poseído por el demonio.
-Eso no lo podemos afirmar con certeza, respondió el sacerdote. -Déjeme consultar con un anciano sacerdote jesuita que está en Cartagena, de paso para Méjico. Él es experto en exorcismos y puede ser de gran ayuda.
Dos días después, un sacerdote cargado de años se presentó en la clínica acompañado del capellán. Habló con la madre del niño y luego se preparó para realizar el exorcismo. Se revistió con los hábitos requeridos y, decidido, entró a la habitación.
Cuando habían transcurrido cerca de dos horas, el anciano sacerdote salió con el rostro demudado y con la apariencia de haber envejecido veinte años más.
-Ya puede entrar, dijo dirigiéndose a la madre del niño.
-¿Padre, cómo está mi hijo?
-Se está recuperando, la crisis ya pasó. Adiós.
-Padre, Dios lo bendiga.
Dijo la madre conmovida y de inmediato entró a la habitación, la cual tenía una temperatura agradable, ya que durante los cuatro días anteriores había permanecido helada; tanto, que no se podía entrar sin abrigo. La madre encontró a su hijo despierto, sonriendo.
-Mami, ¿qué me pasó, por qué estoy aquí?
-Ya todo pasó, estuviste muy enfermo, pero ya estás mejor.
-¿Mami, qué es eso?
Preguntó de pronto el niño, señalando hacia la pared que estaba a espaldas de su madre. Cuando ésta volteó la cara para mirar, el horror se pintó en su rostro.
La pared que el niño señalaba, mostraba pintada con sangre la figura espantosa de un hombre que, de espaldas, sosteniendo una rara medalla con la mano derecha, volteaba la cara para dirigir su mirada cargada de odio hacia la madre del niño.
Ésta, asustada se desmayó. Acababa de reconocer el rostro de su antiguo amante, que meses antes había muerto por una sobredosis de anfetaminas.
FIN