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PERDÓN DESDE EL MÁS ALLÁ

(Una locura que entusiasma vale más que una verdad que abate)

 

Las aves cantan, las aguas murmuran y el corazón sueña

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Septiembre del 2014

 

“Los objetos tienen dos aspectos: el común, que generalmente todos ven, y el  fantasmal y metafísico, que sólo ven raras personas en momentos de clarividencia y de meditación profunda.

José Saramago

 

El crepúsculo daba paso a la oquedad nocturna y negros nubarrones se cernían en el horizonte; así que cerré los postigos de las ventanas, corrí  las cortinas y armado de un buen libro, una generosa copa de vino seco y, en el tocadiscos, los valses de Chopin, me encerré en la biblioteca a esperar que el sueño llegara.

Ese día se había cumplido el primer aniversario de la muerte de mi esposa y después de llorarla y sufrir su ausencia, me había enclaustrado y solamente salía a cobrar la pensión y a pagar los servicios. La señora que nos acompañaba desde hacía diez años, seguía llevando la casa y se encargaba de ir por provisiones al supermercado.

No habría leído aún cinco páginas, cuando sentí la presencia de alguien en la habitación; miré en rededor y no vi a nadie; solamente yo ocupaba la estancia.

Sin embargo, sentí cómo si el asiento del sofá en el que me encontraba recibiera el peso de una persona. Sin dejarme llevar del pánico, me levanté, apagué el tocadiscos y la luz de la biblioteca, salí y subí a acostarme. El reloj del pie de la escalera, acababa de dar las once campanadas.

Casi de inmediato me dormí; mas, al cabo de un rato -que después lograra establecer en apenas cinco minutos- me desperté con la sensación de que alguien dormía a mi lado. Quise estirar el brazo hacia atrás para corroborar el sobresalto que me provocara esa extraña y repentina compañía, pero no fui capaz; el mero hecho de pensar en que podría ser una persona y no una alucinación, me detuvo.

Cerré los ojos e intenté entresacar de mi memoria las oraciones aprendidas de labios de mi madre, en mi lejanísima niñez. Apenas había logrado medio recitar un par de ellas, cuando el sueño me venció por completo.

Cuando el sol de la mañana entró por en medio del cortinaje de mi alcoba, me desperté y pude observar que en la sábana, del lado que mi esposa en vida usara, había una pequeña depresión, como la que deja un cuerpo liviano que ha reposado en ella. Mi primer pensamiento me llevó a recordar la alucinación de la noche anterior. No obstante mi mente insistía en darle visos de fantasía a ese recuerdo, mi corazón me acicateaba para que reconociera que mi difunta esposa me había visitado en el primer cabo de año de su fallecimiento.

Después de bajar y desayunar, entré a la biblioteca y busqué entre mis libros alguno que me ilustrara sobre apariciones y regreso de almas que ya han pasado las fronteras del más allá.

Ojeé unos cuantos temas, mas sin embargo, ninguno me aclaraba las dudas, hasta que encontré un libro de cuentos escrito por un gran amigo mío, cuya esposa y él mismo, habían logrado salvar mi hogar cuando me entró la “picazón del séptimo año” y, por un lío de faldas, casi doy al traste con mi matrimonio.

El recuerdo de esa hermosa amistad -Pedro y Elisa, eran sus nombres- me hizo rememorar las amarguras que le ocasionara a Andrea, mi esposa, con mi calaverada y cómo, al final ella me había perdonado y así logramos permanecer casados treinta años más hasta el día de su muerte, durante los cuales sólo viví para hacerla feliz. No obstante, en su lecho muerte, le volví a pedir clemencia.

Esa noche, sus últimas palabras fueron de amor y de reiteración de su perdón; pero yo sabía que esas lágrimas que brotaron de sus ojos al expirar, eran de dolor por mi infidelidad. Cuando, con un beso, cerré sus ojos yertos, el reloj del pie de la escalera dio las once campanadas.

*****

Esa mañana de recuerdos, después de la visita de mi difunta esposa (porque yo estaba seguro que había sido ella), seguí leyendo los cuentos de mi amigo Pedro y allí encontré varios casos en donde él narraba apariciones de almas que vuelven del más allá  para reconfortar a sus seres queridos.

Como no tenía nadie a quien contarle mi secreto ni a quien confiarle mis cuitas, seguí esperando con ansiedad la llegada de la noche, para ver si ella volvía. Empero nada pasó, ni esa noche ni las subsiguientes.

Hasta que, un año después, en el segundo aniversario de su muerte, recreé la escena en la biblioteca y, cuando en mi reloj de pulso eran las diez y cincuenta y cinco de la noche, volví a sentir la presencia de una persona en la biblioteca. Seguro de que era ella -mi adorada Andrea- cerré el libro que aparentaba leer y esperé hasta sentir cómo, a mi derecha, se hundía el asiento del sofá al recibir el peso de un cuerpo. Volví la vista y pude observar que allí, donde ella estaba sentada, el mullido cojín presentaba una depresión que segundos antes no tenía.

Llenándome de valor, volví el torso hacia ese lado y le hablé:

-Amada mía, mi querida y siempre recordada Andrea, gracias por venir a reconfortarme en mi soledad. Cada día te extraño más, cada amanecer echo de menos tus caricias y, cuando llega la noche, me siento solo y desvalido. Entonces, lloro tu ausencia y el remordimiento por mi traición me atenaza el corazón y atormenta mi alma. Y aun cuando en tu lecho de muerte me perdonaste, toda mi vida seguiré expiando mi malhadada perfidia y solamente un beso tuyo podría devolverme la tranquilidad y, como eso es imposible, entonces viviré el resto de mis días expiando mi adulterio.

Cuando terminé de recitar tan larga y sentida oración y unas lágrimas surcaban mis mejillas, sentí como unos labios -que aunque fríos- al posarse en los míos, me devolvían la paz perdida.

*****

Han pasado seis años desde esa feliz ocasión en la cual sentí el perdón y el confortamiento que, con un beso, me dio mi difunta esposa y, aun cuando cada año revivo la escena, nunca más he vuelto a sentir su presencia. Pero ya no lloro su partida, ni el desasosiego por mi deslealtad para con ella en nuestro séptimo año de matrimonio me atormenta el alma, pues sé que ella, desde el más allá, me volvió a perdonar y de una manera definitiva. Por eso, puedo llevar con tranquilidad el fardo de los años y la ausencia definitiva de mi adorada Andrea.

 

FIN