CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

PASIÓN Y ENGAÑO

 

(No hay nada más difícil que la franqueza, pero la farsa ensombrece el alma)

 

Una historia de culpa y expiación

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Mayo de 1999

           

“Somos fácilmente engañados por aquellos a quienes amamos.”

Jean-Baptiste Molière

 

Era el año de 1878; la ciudad dormía bajo los calores del mes de agosto; a las 3:00 de la tarde el bochorno producido por la canícula obligaba a los habitantes de la Cartagena amurallada a permanecer bajo techo.

En la casa marcada con el # 38 de la calle del Candilejo, vivían Pietro Bianffi, ciudadano de origen italiano y su mujer, Micaela Bonfante; allí, también vivía el ayudante de Pietro Bianffi, un muchacho de 18 años llamado Amaranto Jaspe.

Como a las 3:10, Pietro se despertó antes de tiempo de su habitual siesta y no halló a su lado a Micaela; intrigado, salió de la habitación situada en el entresuelo, decidido a bajar a la primera planta, en búsqueda de su mujer. Allí, tenía su negocio de ultramarinos y se encontraban las demás habitaciones de la casa. Cuando Pietro empezó a bajar la escalera, construida en un solo tramo, alto y muy pendiente, oyó risas y otros sonidos algo extraños debajo de ésta, donde tenía su habitación Amaranto; receloso, resolvió descalzarse y bajar sigilosamente. Al abrir la puerta del cuarto de Amaranto, encontró a éste y a Micaela, totalmente desnudos, entregados a hacer el amor frenéticamente.

Ciego de la ira, se devolvió para tomar un mosquete que guardaba debajo del mostrador de su negocio; cuando quiso regresar, Amaranto lo esperaba armado con la tranca de la puerta de su cuarto y, sin darle tiempo a reaccionar, lo atacó con aquélla, dejándolo inconsciente en el suelo como resultado del trancazo que le diera en la cabeza.

*****

Pietro Bianffi había llegado a Cartagena, desde su lejana Italia, por el año de 1865; contaba para entonces 28 años de edad y venía con sus ahorros, producto de la venta de su pequeña parcela vinícola, situada muchas leguas distante de Nápoles; ciudad donde había nacido. Con tesón y disciplina, basados en el esfuerzo y el  sacrificio, Pietro había llegado a amasar una pequeña fortuna.

Cuando ya estaba establecido y se le consideraba un individuo respetable, obtuvo su ciudadanía colombiana. Entonces decidió formar un hogar y empezó a cortejar a Micaela, a quien conocía desde hacía cerca de ocho años, cuando ella era apenas una niña de diez. El padre de Micaela había trabajado con Pietro, hasta cuando se enfermó de pulmonía y murió, cinco años atrás.

Micaela se había convertido, para entonces, en una hermosa morena de ojos verdes, labios carnosos, cuerpo cimbreante, senos turgentes y unas largas piernas torneadas. Cuando pasaba cerca de los transeúntes, éstos la seguían con la mirada.          

Para el año de 1878, época de nuestra historia, Pietro y Micaela llevaban tres años de casados. Pietro amaba tanto a Micaela que, para poder dedicarle más tiempo, había contratado a Amaranto, para que le ayudara como dependiente en su comercio de ultramarinos.

Amaranto respetaba a Micaela, pues la veía como la mujer de su patrón. Sin embargo, Micaela era muy solícita con Amaranto; tanto que, cuando le llevaba el refrigerio a Pietro y también atendía a su ayudante, en ocasiones Amaranto recibía más y mejor atención que Pietro; éste, que confiaba ciegamente en su mujer, no reparaba en estas minucias.

            En ocasiones, cuando no se sentía observado, Amaranto se quedaba lelo observando el escultural cuerpo de Micaela, el cual resaltaba pese a la vestimenta de la época.

*****

Por razones de su negocio, Pietro viajaba con alguna frecuencia; casi siempre hasta Bocachica, donde fondeaban los barcos que traían mercancías de Europa y Norteamérica. El viaje había que hacerlo en lanchas impulsadas a vela, lo que hacía que en ir y volver Pietro tardara de dos a tres días.

Recién contratado Amaranto, nunca pasó nada; aunque con el paso del tiempo a Micaela se le fue formando una obsesión hacía éste; no obstante, él seguía guardando las distancias.

Hasta que en una ocasión, estando Pietro de viaje, Micaela semidesnuda, a medianoche se presentó en el cuarto de Amaranto y se introdujo en la cama de él; quien, al notar su presencia, le reclamó cordura y le reiteró su respeto hacia ella; sin embargo, Micaela insistió y le dijo que hacía tiempo que le deseaba y que estaba esperando una oportunidad como esa; tras lo cual, comenzó a acariciarlo. Al rato de estar sintiéndose acariciado, Amaranto no resistió más y le confesó que él también la deseaba con locura.

La entrega fue total; Micaela se sentía la mujer más feliz del mundo; Amaranto creía estar soñando. Cuando el sol entró por las rendijas de la puerta del negocio de Pietro e iluminó el cuarto de Amaranto, él y Micaela se entregaban, por tercera vez, a amarse con delirio.

El resto del día, Micaela lo pasó feliz y cantando; Amaranto estuvo asustado, aun cuando en ocasiones el recuerdo de la noche anterior lo hacía estremecer de gusto.

Esa noche, después de haberse cerciorado de que ninguna lancha atracaría, se dedicaron nuevamente a amarse.

Para Amaranto, ésta era su primera relación amorosa y le parecía lo más hermoso del mundo; a Micaela que aunque ya casada, sólo conocía a Pietro, el misterio de la aventura, la obsesión que sentía por su joven amante, el deseo todavía insatisfecho, le llenaban la mente de mil quimeras.

Cuando Pietro regresó al día siguiente, encontró todo aparentemente normal; más aún, era tanta su confianza en Micaela, que ni siquiera notó que en ocasiones, a partir de ese día, por las noches su mujer se escapaba de la alcoba matrimonial para irse al cuarto de Amaranto, con el fin de entregarse mutuamente a la pasión que, cada día, más y más los consumía.

*****

Así, transcurrieron cerca de ocho meses; dos o tres veces por semana, Micaela visitaba por las noches a su amante; últimamente, lo hacía con tranquilidad; ya que, en las noches  de  escape,  le  suministraba  a Pietro unas gotas de un soporífero que le había vendido una mujer en el mercado.

Cuando Pietro viajaba, la entrega era absoluta; sólo esperaban que fuera la hora de cerrar las puertas del negocio, a medio día o al caer la tarde, para dedicarse a su desenfrenada pasión. De tal manera intensa que al regreso de Pietro, Micaela le era esquiva, pretextando dolor de cabeza o cansancio o cualquier otro motivo; pero Pietro era tan bueno con ella y la amaba tanto, que aceptaba estos hechos como algo natural y, en su afán de consentirla, la mimaba y le decía que no se preocupara que en otra ocasión sería.

*****

La pasión de Micaela aumentaba con el paso de los días; cada vez se aferraba más y más a ese amor prohibido, desenfrenado y loco. Llegó un momento en el cual sintió que ya no amaba a Pietro; más aún, lo veía como un estorbo en su idea de vivir libremente con Amaranto.

Y empezó a formar un plan para deshacerse de su marido; y se lo comunicó a su amante, quien se horrorizó al saberlo y se negó a participar en el crimen. Pero Micaela persistía; le decía que podrían envenenarlo poco a poco; que la mujer del mercado, la que le vendía el soporífero, se había ofrecido para prepararle una pócima que administrada con precaución y constancia terminaría por matar a Pietro en unos dos meses; lo que les daría la libertad necesaria para amarse, sin tener que esconder su amor al mundo y, mejor aún, los haría herederos de la fortuna de Pietro.

A Amaranto seguía pareciéndole horrenda la idea y procuraba hacer desistir a Micaela de llevarla a cabo; cada vez, lograba disuadirla para otra ocasión.

*****

Así estaban las cosas, esa tarde del mes de agosto de 1878 cuando Pietro sorpresivamente descubrió el engaño de que era objeto y, al querer reaccionar, había recibido en la cabeza el garrotazo que lo dejara inconsciente en el suelo, frente a la entrada del cuarto de Amaranto.

El primer pensamiento de los lujuriosos amantes, fue el de que Pietro estaba muerto; pasada la sorpresa, Micaela se alegró, pues se consideró entonces libre y rica heredera.

Amaranto se asustó; pensó que acababa de convertirse en un asesino y su primera reacción fue la de huir; pero Micaela lo detuvo y le expresó sus pensamientos.

– Pero, ¿qué vamos a hacer con el cadáver?, preguntó él.

– Lo enterraremos en el patio.

– ¿Y cómo vamos a justificar su desaparición?, fue la respuesta de Amaranto.

El desconcierto se reflejaba en sus rostros. Al fin y al cabo, el plan de Micaela de envenenar a Pietro, podía hacer pensar en una súbita enfermedad que había acabado poco a poco con la vida del italiano; pero esa muerte repentina, haría sospechar a los vecinos y, peor aún, a las autoridades.

Estaban en esas, sobre cómo hacer para presentar a la gente la muerte de Pietro, cuando éste lanzó un gemido y abriendo los ojos miró con odio a su mujer y al amante de ésta; Pietro quiso levantarse, mas no pudo; el dolor de cabeza le restaba fuerzas para hacerlo y volvió a caer desvanecido; entonces Micaela, reaccionando, le dijo a Amaranto que lo subieran al entresuelo y lo arrojaran por la escalera; simulando así una caída accidental; lo cual justificaría la muerte de su engañado marido. Como Amaranto intentara negarse, Micaela lo acució y le pintó el futuro que les esperaba si Pietro vivía.

Amaranto no dudó más y, tomándolo por debajo de los brazos, lo arrastró por la escalera y cuando estuvieron en el rellano, lo empujó hacia abajo. Pietro rodó y cayó al primer piso; mas, sin embargo, no murió. El estrépito fue tan grande, que los vecinos acudieron, salvándole sin saberlo la vida al infortunado Pietro.

Llamado de urgencia el médico y, después de auscultarlo y examinarlo minuciosamente, dictaminó fractura en la columna vertebral y en dos costillas y, además, trauma craneal. Después de permanecer hospitalizado durante tres meses entre la vida y la muerte, Pietro regresó a su casa, paralítico y mudo. El tiempo de la estadía de Pietro en el hospital, fue aprovechado por los dos lujuriosos amantes, para seguir desfogando su concupiscencia.

*****

Pasaron los meses; Pietro quedó reducido a una silla de ruedas y a ser mal atendido por Micaela que se ensañaba con él y lo apostrofaba y lo vejaba, diciéndole que por qué no se había muerto y otros insultos, que no hacían más que entristecer a Pietro; quien a veces lloraba en silencio.

Amaranto, quien al principio no se atrevía ni siquiera a mirar a los ojos a su patrón, terminó por contagiarse de la maldad de Micaela y aunque no se burlaba abiertamente de Pietro, si participaba del juego de ella, que consistía en dejar por las tardes a Pietro en el pasillo mientras ellos, con la puerta abierta hacían el amor en la cama matrimonial.

Pietro cerraba los ojos, como único medio para abstraerse de la humillación que significaba para él que su esposa se refocilara con su amante, casi en su presencia y ante su total impotencia para reaccionar.

Amaranto pasó a dormir con Micaela en el cuarto principal y a Pietro lo bajaron a dormir debajo de la escalera, en el cuarto que había sido de Amaranto.

Durante el día, lo subían al entresuelo, para guardar las apariencias ante las ocasionales visitas de los vecinos, que venían a saludar a Pietro; quien no lograba hacerles saber cuál era su verdadera situación.

*****

Había pasado casi un año, desde el supuesto accidente de Pietro.

Una tarde, mientras Micaela y Amaranto se extasiaban en la cama, él fraguó un plan. Cuando ellos, felices y unidos en un tierno abrazo, se pararon en el borde de la escalera antes de bajar, Pietro tomó impulso y con toda la fuerza de que fue capaz, los empujó; los tres rodaron por la escalera; Amaranto por ser el más pesado cayó primero; encima de él cayó Micaela y encima de ambos vino a dar Pietro, con todo y silla de ruedas.

Fue tan grande el alboroto, que los vecinos alarmados acudieron y, tras muchos esfuerzos, lograron entrar a la vivienda.

El cuadro era atroz: Micaela y Amaranto, inconscientes en el piso, sangraban copiosamente. La silla de ruedas de Pietro los había herido. Al ver la cara de sorpresa de los vecinos, Pietro les indicó como pudo por señas que accidentalmente, cuando ellos lo llevaban después de la siesta a la planta baja, todos habían rodado por la escalera.

Cuando el médico se apersonó del caso, encontró que Pietro estaba igual; pero Amaranto y Micaela, aunque vivían, habían quedado muy mal; ambos tenían múltiples fracturas; afortunadamente, su juventud permitía abrigar esperanzas sobre sus vidas.

*****

Pasaron los años. Cuando el cronista que recogió esta historia, pasó por el negocio de ultramarinos de Pietro Bianffi, encontró a un anciano venerable, sentado en una silla de ruedas ante la caja del negocio; y a dos personas mayores, un hombre y una mujer, ambos de tez morena, sentados también en sendas sillas de ruedas, atendiendo a la nutrida clientela que, a esa hora de la tarde, compraba géneros y otros enseres.

La primera impresión que recibió fue la de que se trataba de una familia; presumiblemente un padre y sus dos hijos que vivían en completa armonía…

Intrigado, ante la insólita coincidencia de esa parálisis colectiva, hizo averiguaciones y consiguió alguna información; sin embargo, ésta era incompleta; por lo que decidió entrevistar a la propia Micaela; ya que ella era la única de los tres que no había perdido el sentido del habla. Después de cierta reticencia, ella se avino a contarle toda la historia.

Al final, Micaela le confesó, como ella y Amaranto se encontraban arrepentidos de todo el daño que le habían causado a Pietro y como sentían que, en realidad, no estaban sí no expiando sus culpas.

 

F I N