ORIGEN, AUGE Y OCASO DE LA INSURGENCIA
(Si triunfas eres un héroe, si no serás un traidor)
MARACAIBO, VENEZUELA
Marzo del 2012
“El insurgente es un rebelde que manifiesta rechazo a la autoridad.” Benito Juárez
Algún día de esos -en los cuales la imaginación se siente proclive a la divagación- me senté a escribir este ensayo. Cuando lo concluí, lo guardé en el disco duro y ahí se quedó por meses; hasta que la semana pasada, viendo la debacle que vive América Latina, me acordé de él, así que lo revisé, lo corregí y aquí está, para compartirlo con los amables y pacientes lectores, a quienes les pido paciencia y un poco de comprensión.
Introducción
En un principio era el caos; los primeros pobladores de la tierra, tenían que disputarse el alimento con las fieras y con otros individuos de su misma especie. Así debió empezar a mostrar su supremacía sobre los irracionales y los más débiles.
Pasarían miles de años, para que el ser humano -homo sapiens, homo faber- aprendiera a vivir en familia. Ya había inventado (bueno, yo suelo decir que en realidad, descubrió que existían, al igual que el fuego, el hierro y el cobre) la rueda, el tornillo, el plano inclinado y tantas otras máquinas simples que le ayudaban a realizar las labores -cotidianas y obligatorias- necesarias para lograr el sustento diario de su hogar.
Luego -también cientos de años después- notó que necesitaba organizarse como sociedad en cada territorio ocupado, para así poder defender, de la depredación de otros grupos, las propiedades adquiridas con esfuerzo.
Y allí fue cuando empezó el problema.
Pues, esa organización requería de una jerarquización que permitiera a unos mandar, mientras el resto acataba disposiciones, muchas veces de manera ciega. Es decir, la jerarquía aprendida y probada durante centurias en el ámbito familiar, ahora debía establecerse entre extraños, para supuestamente lograr el orden.
Esa primera reacción de quienes quedaron en los escalones inferiores de la nueva organización, debió ser fuerte y requerir, no sólo autoridad en los de arriba, sino también disciplina unas veces y docilidad otras, por parte de los de abajo.
Las primeras sociedades
Lo más probable es que la obediencia de los últimos de la escala para con los de los niveles superiores, debió haberse logrado por la fuerza. Tal vez, en lucha cuerpo a cuerpo; quizás tras el uso de armas (tan primitivas, como lo era la misma humanidad en ese momento histórico).
Con el transcurrir del tiempo, las familias que habían ocupado -generación tras generación- los últimos puestos en la escala social al empezar a instituirse este hábito, de grado o por fuerza debieron haberse ido acostumbrando, poco a poco, a esa situación de supeditación hacia otros que no eran de su mismo clan, pues se trataba de personas de otro entorno familiar.
Este acostumbramiento, debió facilitarlo el hecho de que a los inferiores les estaba vedado el acceso a los conocimientos y a la vida muelle que iban adquiriendo los superiores. Amén de que se volvió inveterado que la autoridad se heredara, igual que las propiedades y, como ya se mencionó, el acceso al saber.
Esta injusta práctica se convirtió en ley. Y como quiera que, con la llegada de la sociedad como forma de organización, sobrevinieran también otros conceptos, tales como autoridad, respeto, obediencia, religión, etc., los inferiores aprendieron a dejarse sujetar por los superiores, hasta que se volvió connatural a la esencia de los de abajo acatar ciegamente las directrices de los de arriba.
Así nacieron los conceptos de amo y de siervo. El primero mandaba y el segundo obedecía. El amo -con el poder que le daban las armas- le brindaba protección al siervo y éste le era sumiso. Pero, con el paso de los años -cientos o miles, tal vez- el amo fue agrandando el número de sus prebendas, en tanto al siervo se le negaban cada vez más y más derechos, si acaso alguna vez los tuvo.
Las nuevas centurias permitieron que las aldeas se convirtieran en ciudades y éstas en estados, mientras que el amo pasaba a ser llamado monarca y los siervos recibían el apelativo de gleba. Los de arriba eran los nobles y los de abajo los plebeyos.
Pero, como dentro de la familia de los amos, vale decir los nobles, había ramificaciones y los nacidos en éstas no podían descender al nivel de los simples siervos, ya quedó establecido cómo la humanidad -bueno, en verdad los amos- se inventó una nueva clasificación: todos los emparentados con ellos serían nobles, y su sangre azul; mientras que los siervos serían plebeyos y su sangre seguiría siendo roja.
Más aún, en caso de confrontaciones entre amos de diversos estados -siempre por la codicia de uno de ellos hacia las posesiones de otro- solamente se derramaría la sangre roja de los plebeyos, es decir la de los siervos. La sangre azul, por su nobleza, debía ser protegida a toda costa, incluida la vida de los miembros de la gleba; vida, cuyo valor había descendido hasta llegar a los más ínfimos niveles.
De allí a convertirse la clase de los nobles, en dueños de vidas, haciendas y honor -perdón, sólo vidas y, si acaso, escasa hacienda; pues el plebeyo en ese orden de ideas, carecía de honor- solamente hubo un paso. Así la aplicación de la justicia (otra vez pido clemencia por este gazapo sociológico) sería estricta para con los súbditos y misericordiosa con los nobles.
Como colofón de todo lo anterior, los nobles vivían en palacios y los plebeyos en chozas, en medio del barrizal.
Ahora bien, como los siervos solamente aprendían a trabajar en labores las más oprobiosas -siempre de vasallaje, a menos que el amo necesitara quien le lustrara las botas o le sirviera el vino o le ayudara a vestirse (y ni qué decir de quien diera la vida por él) y las amas requirieran de alguien que les sirviera en los afanes domésticos- las posibilidades de salir de esa situación eran ínfimas y, cuando alguien lo lograba, sólo mejoraba un ápice en la escala social, pues solamente quedaba exento de revolcarse en el barro para subsistir; en los demás aspectos, todo seguía igual.
Sin embargo, como estos “privilegiados” que salían de la porqueriza habitual, también procreaban, sus hijos nacían en un ámbito distinto; por tanto crecían propensos al refinamiento y, por esto, las posibilidades de aprender algo diferente a lo conocido por sus padres -antiguos habitantes del lodazal- aumentaban, pues a la vera del aprendizaje de los hijos de los amos, estos pequeños siervos también podían adquirir algunos conocimientos.
Así fueron transcurriendo los siglos y con el paso de ellos, se fueron formando oleadas de siervos, cuyo barniz cultural, les permitió avizorar un futuro distinto para sus hijos. Y, entonces, al alcanzar conocimientos -los descendientes de quienes en el pasado eran meros sirvientes- llegaron a ser artesanos, matemáticos, escritores, músicos, físicos y demás ilustrados que conformaron la pléyade de genios que, poco a poco, fueron cambiando el panorama intelectual del mundo, sacando el uso del intelecto, de ser potestativo de una minoría, para ponerlo al servicio de muchos. Allí brotó el germen de la Ilustración.
La insurgencia
El conocimiento trajo como consecuencia natural el despertar de las conciencias de aquellos siervos nacidos en palacios. Se fue formando, así, una progenie intermedia entre nobles y plebeyos, que sin pertenecer a ninguna de las dos, se compadecía de las humillaciones que los últimos recibían de sus amos y recriminaban el despotismo de éstos hacia los siervos y, de esta manera, se fue formando una conciencia social que tenía como paradigma la igualdad entre los seres humanos.
Ahora bien, como los amos no daban señales de despojarse de sus canonjías, casi siempre injustamente habidas, esta nueva clase resolvió tomar medidas para imponer la justicia social en el mundo, luego de haber adoctrinado a todo aquel que quisiera salir de la ignorancia que, por milenios, su casta había sufrido.
Así surgieron los primeros brotes de insurrección social en la historia de la humanidad; porque todas las anteriores manifestaciones de inconformidad se habían dado por razones territoriales o por el avasallamiento de triunfadores sobre perdedores esclavizados, en donde el nivel social ostentado por el nuevo esclavo, no hacía diferencias ante el opresor.
Este despertar dio origen a un movimiento que habría de permitir romper las cadenas, si no las de la esclavitud, al menos las de la monstruosa opresión.
Para mayor claridad, recordemos algunos conceptos sobre la Ilustración, porque, entonces, ésta florece en el llamado Siglo de las Luces, como corriente intelectual del pensamiento que dominó en Europa. Los pensadores de la Ilustración sostenían que la razón humana podía combatir la ignorancia, la superstición, la tiranía y, así, construir un mundo mejor. La Ilustración, como movimiento intelectual, tuvo una gran influencia en los aspectos económicos, políticos y sociales de la época; algunos de estos aspectos, lograron trascender el tiempo y las circunstancias históricas y, así, poder llegar hasta los momentos actuales.
Denis Diderot y Jean Le Rond D’Alembert, con la colaboración de otros pensadores ilustrados, tales como Voltaire, Rousseau y el Barón de Montesquieu, publicaron en Francia entre 1751 y 1765, la primera Enciclopedia .
Los enciclopedistas al recoger el pensamiento ilustrado, querían educar a la sociedad, para lograr formar una humanidad culta, que pensara por sí misma, ya que ésta era la mejor manera de asegurar el fin del Antiguo Régimen; es decir la abolición del absolutismo basado en la ignorancia del pueblo.
Los líderes intelectuales de este movimiento se consideraban a sí mismos como la elite de la sociedad, cuyo principal propósito era liderar una corriente que llevara al mundo hacia el progreso, sacándolo del largo periodo de tradiciones, superstición, irracionalidad y tiranía. Periodo que ellos creían iniciado durante la llamada Edad Oscura, pero cuyos comienzos, en realidad, datan -tal como se vio antes- casi desde los orígenes mismos de la humanidad organizada como sociedad.
Este movimiento trajo consigo el marco intelectual en el que se producirían dos grandes revoluciones: la Revolución Francesa (1789) -con su legado de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano y los postulados de Libertad, Igualdad y Fraternidad- y la Guerra de Independencia de Estados Unidos (1783), así como el auge del capitalismo y el nacimiento del socialismo.
El primer brote de insurgencia en la historia de la humanidad germina, realmente, con la Revolución Francesa, ya que allí se derrumban por vez primera en la historia, los mitos de la nobleza, de la sangre azul, y del poder y la riqueza hereditarios. Pues la tentativa de insurrección, ocurrida en el Nuevo Reino de Granada (hoy Colombia), llamada la Revolución de los Comuneros (1781), solamente buscaba la rebaja en los impuestos, sin protesta alguna contra la autoridad de la Corona.
En la Historia nada es casual, un hecho es la consecuencia inevitable de otros que lo precedieron. Así, la Revolución Francesa, si bien tuvo otras causas, no hubiera sido posible sin el advenimiento de la Ilustración que puso luz sobre el oscurantismo de la Edad Media -época en que se impedía pensar libremente- y se alejó de los dogmas religiosos para explicar el mundo y sus acontecimientos a la luz de la razón.
Y ni qué decir de lo más trascendental, pues preconizó conceptos nuevos, como la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad, a la luz de los Derechos del Hombre
De igual manera, la Revolución Francesa y la Independencia de los Estados Unidos, prendieron la mecha que encendió los ánimos de quienes protagonizaron la Independencia de Latinoamérica. Como coletazo de esa insurgencia llegó, un poco tarde, la Revolución Bolchevique.
El ocaso
Pues bien, como quiera que, quien pierde el poder del cual ha gozado y ha abusado a cabalidad, no se contenta con pasar a convertirse en huérfano de la potestad de mandar y ser obedecido sumisamente, llegará un momento en que también se rebelará contra el statu quo; insurrección a la cual lo ayudarán los nuevos amos con su mal gobierno, propiciando así el deterioro de la insurgencia. La Historia está llena de ejemplos.
Porque así como en la Historia, todo efecto tiene su causa, también en ella los eventos son cíclicos. Entonces, se encuentra que a todo absolutismo -con su ola represiva a cuestas- le sigue una rebelión, para que ésta más adelante le dé paso a la represión, que dará inicio a un nuevo ciclo.
Y, así, los que ayer fueron súbditos, y hoy son amos, terminan cayendo en los vicios absolutistas que combatieron en el pasado. Y los antiguos amos, que en tanto lo fueron amasaron incalculables fortunas, se parapetan para reconquistar el poder perdido recurriendo a sus propios métodos de insurgencia.
Y como estos últimos siempre han tenido su carne de cañón dentro de sus dóciles siervos -pues esta clase, en verdad, nunca desapareció- para poder enfrentarla a los defensores (extraídos también de la clase ignorante) que les permita a los nuevos amos conseguir el triunfo o aceptar la derrota sin exponer su nueva sangre azul. Tal como lo han hecho desde siempre los que nunca han dejado de considerarse nobles.
Por eso, tenemos que durante los últimos doscientos treinta años, la humanidad, que se engolosina con expresiones tales como libertad, igualdad y democracia -pues la fraternidad nunca fructificó- ha vivido sufriendo guerra tras guerra, opresión tras opresión, y lo único que consigue es cambiar de amo; pues los siervos siguen siendo vasallos y los de arriba, que hoy son los salvadores y adalides de la libertad -y como tales luchan contra la insurgencia del momento- mañana son prófugos de la justicia, mientras se reponen del golpe y vuelven a las mismas y guerrean, hasta conseguir recuperar el poder y volver a buscar ser patrones de todos, aunque de sus partidarios nunca dejaron de serlo.
Entonces, la insurgencia se convierte en una mera palabra, que se usa como denuesto cuando se está en el poder y como reivindicación cuando se le pierde.
Mientras tanto, los peones de esta lucha, sacados siempre de entre la gleba, terminan por dedicarse a algo parecido a lo que los amos del momento les enseñaron a hacer: portar armas y utilizarlas -casi siempre, para defenestrar- pues, a la larga, lo que les importa es el fin, el medio sólo es un camino. Hoy servirán para entronizar al amo en el poder, mañana para ayudar a traficar cualquier cosa, mientras que aquél escudriña la mejor forma de poder alzarse con la potestad de manejar el erario perdido, el cual se convierte en un botín de guerra. ¡Y es que, al final, todo ha sido -y seguirá siendo- una pugna en pos del presupuesto!
Por eso, la insurgencia que nació como una necesidad para acabar con la injusticia social, hoy es solamente una moneda de cambio; que la utiliza el que ha perdido el poder, pero que la combatirá cuando lo reconquiste.
Entonces, dentro de esa fatalidad cíclica, el pobre sigue siendo siervo, no deja de pertenecer a la gleba; entre tanto, el rico sigue vinculado a la nobleza, así esté en el poder o se encuentre viudo de él o purgando en una cárcel los crímenes que cometió cuando era amo -aunque no haya halado personalmente del gatillo- y que seguirá cometiendo con tal de volver a serlo.
Hemos llegado al momento en el cual la insurgencia perdió sus argumentos en tanto abandonó sus consignas en contra de la injusticia social, aunque la codicia de los ricos acalle el clamor de los pobres, en razón de los sordos oídos de los primeros ante las necesidades de los segundos y, entonces, se han cerrado las puertas a la búsqueda de oportunidades que les permitan a éstos salir de su atraso consuetudinario.
Y, si como lo anterior fuera poco, en algunos países (los del tercer mundo, los poblados de muchos siervos al mando de pocos amos), la insurgencia que como ya se dijo surgió de manera universal como respuesta a la opresión de los nobles con poder absoluto sobre la gleba desprovista desde siempre del saber y de todo tipo de derechos y, en cambio, cargada de toda clase de deberes, terminó -esa insurgencia salvadora- convertida, en esos países ya mencionados, en organización al servicio de la delincuencia y descendiendo a los abismos a los que habían sido conducidas algunas facciones de los amos, cuando se dejaron atraer por la adquisición del dinero fácil (¡siempre la codicia, la avaricia, como objetivo paradigmático!) que les permitiría, aún más a los amos, acrecentar el poder adquirido a través de los siglos.
Hoy en día los ejércitos particulares de los nobles -que en sus inicios surgieron como cuerpo defensivo de éstos contra los nobles de otros estados y también como medio de represión contra sus súbditos y que desde el Siglo de las Luces en adelante sirvieron para dar respuesta de los amos hacia la insurgencia- siguiendo el mal ejemplo, también entraron en esa danza de los millones y, mientras en la parte rural se apoderaban de tierras y ganado, en las ciudades se apropiaban del erario, para manejarlo a su antojo; hasta llegar a obtener tal poder que, en las elecciones, ellos decidían quién ganaba y quién perdía.
Hasta que todos -ex insurgentes y ex paramilitares, lo mismo que representantes de la nobleza y de fuerzas estatales- quedaron fundidos con la mafia de los traficantes de armas, drogas e insumos para procesar estas últimas.
Y, para esos países, volvió el caos; sólo que, en esos momentos de anarquía, si no en el ámbito administrativo sí en lo social y en lo pertinente a las jerarquías, en grandes masas de siervos se perdió el respeto al amo y ya son pocos los que creen aquello de que “toda autoridad viene de Dios”.
Por tanto, así la insurgencia haya fracasado en lo atinente a la suplantación del orden existente por siglos, al menos logró que el amo dejara de ser el dueño de la verdad absoluta. Porque hasta las mismas huestes -armadas por él para enfrentarlas a la insurgencia- se le rebelaron y decidieron luchar para sí mismas y no para sus gestores.
Conclusión
Sin embargo, la humanidad, siempre estará dividida en clases demarcadas por el poder de las armas, cuya posesión la determinará el mayor o menor grado de riqueza de quien desee poseerlas.
Porque las que detentan las fuerzas del Estado, estarán primordialmente al servicio de los poderosos; vale decir, de los ricos o, lo que es igual, de los amos.
Para que, cuando los que están en la insurgencia den señales de existir, los amos harán blandir esas armas estatales para cuidar sus propios y exclusivos intereses, haciéndoles creer a los siervos, es decir, a los pobres, que esas armas se usan para protegerlos.
Y, habrá otras ocasiones, cuando los verdaderos insurgentes no den señales de vida, los amos se encargarán de hacerles creer a los siervos que todos -amos y súbditos- se encuentran amenazados por el enemigo común, la insurgencia.
Así, los desafueros que cometan quienes portan las armas oficiales, y todos aquellos en que incurran los ejércitos particulares al servicio de los amos, quedarán arropados bajo un común denominador; es decir, como resultados de los ataques de los insurgentes del momento, pues -siempre es así- los únicos culpables son los violentos que militan en las filas de los enemigos de los amos de turno.
Porque los amos -y sus lacayos también- creen que desacreditando al adversario ya empiezan a vencerlo. Y, dentro de su posición absurda -que recuerda la historia de “El traje del emperador”- terminan por creerse sus propias mentiras, en las que terminan por volverse expertos.
¡Pobres diablos! Ya que, como dijera algún escritor del siglo pasado, «A los ricos, les tengo pesar, pues lo único que tienen es dinero.»