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NOCHE DE DIFUNTOS

(Un beso demasiado mortal)

 

El ignorante está seguro, al inteligente la duda lo asalta

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Octubre del 2004

 

“La muerte no causa pavor a quien sabe llenar el tiempo que le es dado para vivir.”

Viktor Frankl

 

La noche cartagenera estaba oscura, como lo habían estado las dos o tres anteriores. La luna, apenas en creciente, filtraba sus tenues rayos por entre las nubes que, oscuras también, amenazaban con descuajar un torrencial aguacero de comienzos de noviembre. Una brisa fría, que venía del mar, hacía más gélida la noche. Estanislao y su compadre Anselmo atravesaban, en esos momentos, el puente Heredia que comunica la ciudad amurallada con tierra firme.

Era el 1° de noviembre del año 1950. Ambos venían un tanto achispados como consecuencia del licor que habían estado ingiriendo desde primeras horas de la tarde. Como era día festivo, se habían encontrado en un bar del barrio Getsemaní y allí habían pasado la tarde y parte de la noche. Al llegar a la primera esquina después del puente, Estanislao le dijo a su compadre:

-Compa, van a ser las doce, mañana es día de difuntos y vamos a pasar frente al cementerio. Así que apretemos el paso.

-No me diga compadre que, a sus años, le tiene miedo a los muertos. No se le olvide que muchos de los que están allí enterrados fueron familiares o amigos o conocidos nuestros.

-No es miedo compadre, es respeto.

-Vamos compadre, no me lo niegue, lo que usted tiene es físico miedo.

-Que no, le digo. No es miedo, es respeto. Mi mamá, que en paz descanse, me decía que en la noche de difuntos es peligroso andar cerca de los cementerios.

-Tranquilo, compa. Además en ese cementerio está enterrada Micaela. ¿Se acuerda de ella?

-Cómo no me voy a acordar. Si ese fue el amor de su vida. Si después de que ella y su esposo murieron asfixiados, cuando se les incendió la ferretería, las malas lenguas decían que usted y ella habían sido amantes.

-Nada de eso, compadre. Desde cuando ella se fue para Bogotá, no volvimos a tener nada. Sí fuimos novios, en la adolescencia y en la juventud. Pero, cuando volvió casada con Honorato nunca pasamos de algún beso furtivo, cuando la acompañaba a Turbaco a ver a la abuelita.

-Pero compadre, si en los bailes ustedes bailaban siempre pegaditos y el marido nunca dijo nada.

-Porque él sabía que nosotros éramos amigos desde la niñez y creía que nuestro cariño era como el de dos hermanos.

-Pero con todo y eso, compa, el amor y la pasión se le desbordaban a usted por los ojos cuando la veía.

-Sí, compadre. Ella aceptaba mis requiebros, me dejaba decirle cuánto la amaba y cuánto la deseaba. Pero cuando le proponía que pasáramos una noche juntos, no aceptaba. Me decía que su marido era estéril y si llegaba a quedar embarazada, cómo iba a explicárselo. Por eso, le repito, jamás pasamos de los besos y las caricias.

Así iban hablando los dos hombres, cuando se dieron cuenta de que habían llegado a la puerta del cementerio. Estanislao no pudo ocultar sus temores y dijo:

-Compadre, ya son las doce, apurémonos. No quiero pasar un sofoco.

-No sea tonto compadre. Mejor acompáñeme. Quiero ver cómo luce Micaela después de tres años de estar embalsamada.

-¿Cómo así, compadre? No entiendo. Pretender entrar al cementerio, abrir la tumba de Honorato y Micaela a estas horas, no solamente es peligroso; sino que, además, es un delito. Eso se llama profanación. Y, ¿de dónde saca el cuento del embalsamamiento?

-¿No se acuerda, compadre, qué a ellos tuvieron que prepararlos para que aguantaran mientras llegaba de Bogotá la familia de él?

-Lo que quiera, compadre, pero a esa bestialidad de profanar tumbas, no le jalo.

-Como quiera, compa, pero yo no voy a perder la oportunidad de ver si Micaela todavía es tan hermosa como cuando vivía.

Y uniendo la acción a la palabra, Anselmo se encaramó a la pared del cementerio y, como pudo, trepó y saltó adentro. Estanislao, frunciendo los hombros se alejó, más por espanto que por escrúpulos, mientras pensaba: “Mi compadre está loco”.

Ya había avanzado dos cuadras, cuando se arrepintió de dejar solo a su amigo de toda la vida y, volviendo sobre sus pasos, llegó al sitio por donde Anselmo había subido.

Con un poco de esfuerzo, logró escalar la paredilla y pasó al otro lado. Buscó a su compadre y, a la luz de un relámpago, lo vio caminar por entre las tumbas, llevando en el hombro una especie de lanza corta. Cuando lo alcanzó, le dijo:

-Compadre, todavía está a tiempo de evitar una locura. ¿Qué es lo que lleva al hombro,  de dónde lo sacó y qué va a hacer con eso?

-Es una barreta, compadre, que encontré en el cobertizo del sepulturero para forzar la lápida y poder abrir el ataúd de Micaela.

-No sea macabro, hombre. Le repito, aún está a tiempo.

-Mire, compadre, si es tan cobarde, si le tiemblan las piernas, mejor déjeme solo, que yo sé lo que voy a hacer.

Y diciendo y haciendo, pulsó la palanca sobre el borde inferior de la lápida del pequeño mausoleo y rápidamente la quitó. Adentro de la fosa se veían dos ataúdes, algo deteriorados.

Anselmo sacó el de arriba y con la barreta lo abrió fácilmente. No pudo evitar la cara de decepción cuando vio que adentro no estaba Micaela sino su marido. Sacó el segundo, lo puso al lado del otro y repitió la operación. Su sorpresa fue mayor cuando observó el hermoso rostro de su amada todavía intacto.

-Compadre, fíjese. Parece dormida. ¿Si ve lo hermosa que todavía luce? ¿No cree que valió la pena el esfuerzo y eso que usted llama profanación?

Estanislao no atinaba a pronunciar palabra. Estaba totalmente estupefacto. Más aún, la boca abierta era señal inequívoca de su total estupor.

Estaba en esas, sin saber qué decir ni qué hacer, cuando vio que Anselmo tiraba a un lado la barreta, se encaramaba en el cadáver de Micaela y, en un arrebato de locura y de malsano amor, comenzaba a besar los yertos labios de su amada.

-Compadre, ¿qué hace?

Decía Estanislao, cuando se le heló la sangre en las venas y sintió que se le erizaban los pelos de todo el cuerpo. Al principio no creía lo que estaba viendo; más aún, pensó que era presa de una alucinación. Honorato o, mejor dicho su cadáver, se estaba incorporando en el ataúd y en un segundo, tomó la barreta y con fuerza titánica la descargó en la cabeza de Anselmo.

Estanislao no pudo más. Sintió que el mundo se abría a sus pies y perdió el conocimiento. Cuando despertó, ya empezaba a clarear. Como pudo huyó despavorido sin mirar atrás; saltó la tapia y con el alma en un hilo llegó a su casa.

Cuando su mujer le abrió la puerta casi no lo reconoce.

-¿Qué te pasó en el cabello? ¿Qué tienes en la cara?

Sorprendido, Estanislao se miró en el espejo de la entrada.

Casi se desmaya de nuevo, cuando vio que su cabeza estaba totalmente blanca de canas y su rostro parecía el de un anciano.

 

FIN