MORIR DE AMOR
(Una historia de ternura, dolor y soledad)
Acaso, ¿las espinas dan fragancia a la rosa?
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Febrero de 1997
“El ser humano -nacido de mujer – lleva una existencia muy corta y llena de inquietudes que él mismo colma de incertidumbres.”
San Pablo
Prólogo
Como fui el mejor postor en el remate, me gané la primera opción y terminé por adquirir, por un precio comparativamente irrisorio, una casa muy buena y confortable.
Cuando fui con mi esposa a mirarla, ya con escritura y llaves en la mano, nos encontramos con una casa amoblada, bien diseñada y construida, aunque un tanto descuidada, pues se echaba de ver que llevaba mucho tiempo deshabitada y, más aún, no se veía la huella de una mano femenina por ninguna parte; parecía más la vivienda de un asceta, el hogar de un ermitaño. Tal era la soledad que allí se respiraba.
No obstante el descuido que presentaba la casa, se veía que con un buen mantenimiento, mi esposa, mis hijos y yo, podríamos disfrutar de una vivienda cómoda y bien situada.
Lo que más me gustó fue su biblioteca, cuyos anaqueles rebozaban de libros; todos ellos usados, pero en perfecto estado; encima del escritorio y por el suelo había más libros; encontré tratados de filosofía, historia, literatura, religión, psicología y muchos temas más, escritos en español, inglés, francés o latín. Se notaba enseguida, que allí había vivido una persona culta.
Ya instalados, y decidido a explorar ese tesoro, me dediqué a revisar títulos y autores y a tratar de organizarlos; buscando acomodarlos todos en los estantes, de tal manera que quedara cupo para mis propios libros. Estando en esas, encontré varios manuscritos que se hallaban escondidos tras unos libros grandes, en la parte posterior de uno de los compartimentos.
Lleno de curiosidad, me dediqué a leerlos y encontré allí plasmado el pensamiento de una mente cultivada, que consignaba ideas muy acertadas, acerca del devenir de nuestra patria, y del mundo mismo, durante los últimos veinte o treinta años.
De pronto encontré unas hojas que contenían una especie de diario, cuya lectura me atrapó de inmediato. Y aunque se encontraba en desorden y parecía carecer de una que otra hoja, resultó ser una historia de amor y de dolor o, mejor aún, de soledad. Una vez la hube leído, resolví darle algún orden, tratando, a la vez, de completar los pasajes aparentemente perdidos, con el fin de referirlos en tercera persona.
Recuerdos del primer momento
Cuando volvió a verla, cinco años después, las circunstancias del encuentro se repetían. En aquella ocasión, había sido la abuela de ella; hoy era la madre.
Y al igual que entonces, su impasibilidad ante el dolor era la misma. Ningún gesto revelaba la angustia que, seguramente, debía estar experimentando en su interior.
Cuando se levantó del asiento para recibir las condolencias que él le presentaba, se dejó apretar entre sus brazos y un suave y tibio beso depositó en su mejilla derecha, en correspondencia a la muestra de afecto que él le expresaba.
– ¿Cómo estás?
– Ya lo puedes ver: me he quedado sola.
– ¡Pero me tienes a mí!
En ese momento, antes de que ella pudiera responder, llegaron varias personas e interrumpieron el apenas iniciado coloquio. Al sentarse él en el sillón donde ella se encontraba a su llegada, su imaginación voló retrospectivamente y lo transportó quince años atrás, cuando la conociera.
Era una mañana sabatina, como muchas otras, las cuales él aprovechaba para lavar su carro; para luego limpiar y acomodar sus libros y sus discos, mientras que Carlota, su esposa, hacía los quehaceres propios del sábado para organizar la vivienda, como era su costumbre.
Carlota y él llevaban cinco años de casados y no habían podido tener familia; tras muchas idas adonde el médico e innumerables exámenes, se había encontrado la causa: él era irremediablemente estéril. Sin embargo, eso no había menguado su mutuo amor, ni tampoco su felicidad. Al contrario, sentían que cada día se amaban más y la mutua necesidad se acrecentaba. De hecho, no se tenían más que a ellos mismos; puesto que los padres de él habían fallecido en un accidente veinte años atrás y los de ella vivían, con el hijo mayor, en el extranjero y no los veían desde el día de su boda.
Los primeros años habían sido difíciles por la falta de un hijo que alegrara sus vidas; después, al estar seguros de que esto no ocurriría, él pensó en una adopción; pero esta idea no fue bien recibida por Carlota y él terminó aceptando la idea de no tener descendencia…
Se conocen
– Buenos días, señor.
Al escuchar la cantarina voz que sonaba a su espalda, él se volvió y se encontró con una joven, casi una niña, de trece o catorce años, que le sonreía y que poseía unos hermosos ojos de mirar profundo.
– Buenos días, le contestó él.
– Soy su nueva vecina. Ayer nos mudamos mi mamá, mi abuelita y yo.
– Cuanto me alegro. Bienvenidas al barrio.
– Gracias. Me llamo Ángela y, ¿usted?
– Roberto.
– Y, ¿a qué se dedica?
– Como lo puedes ver, a lavar el carro.
– No, no me refiero a lo que hace en este momento, sino a su profesión u oficio.
– Ah. Soy profesor de filosofía en la Universidad Central.
– ¡Qué bien! Yo estudio en el Colegio de Nuestra Señora de Fátima y hago tercero de bachillerato.
Siguieron hablando un buen rato; ella le contó que era la alumna mimada de las monjas; que no había conocido a su padre; que su madre lo era todo para ella; que su abuelita la consentía y otras cosas, propias de la mente de una niña que ya se asomaba a la adolescencia.
Esa noche, Carlota y Roberto fueron a la casa de sus nuevas vecinas, a ponerse a la orden. La abuelita, doña Gertrudis, de unos cincuenta y cinco años, resultó ser una señora encantadora y de conversación muy amena. Amalia, la madre de Ángela, parecía una mujer triste y, aunque todavía se la veía joven y de porte atractivo, era parca en el hablar y sólo lo hacía cuando alguien la interpelaba. En realidad el peso de la conversación lo sostuvieron Carlota, doña Gertrudis y Ángela; pues Roberto se dedicó, después de las presentaciones a disfrutar de su pipa y a observar a sus nuevas vecinas, quienes parecían, cada una de ellas, el retrato de las otras dos en diferentes épocas de la vida.
Más adelante, al entrar en confianza, Amalia fue un tanto menos reservada y participó en la conversación en forma más animada y hasta se rió de algo gracioso que dijo Ángela.
Nació así, una amistad que solamente las circunstancias adversas, que el destino les deparara, pudieron romper.
Pronto él vio, al principio con sorpresa y después con agrado, como las cuatro mujeres formaban un grupo muy unido.
Por las noches entre semana, en ocasiones, Carlota, Gertrudis y Amalia veían televisión en casa de la primera, mientras que Roberto revisaba trabajos de sus alumnos o preparaba clases o calificaba exámenes o, simplemente, leía o escribía y Ángela, tirada en el piso, hacía sus tareas escolares.
Los sábados madrugaban para que él las llevara al mercado y, por la tarde, jugaban a las cartas o veían televisión u oían música o charlaban o se iban para el cine.
Así transcurrieron los años hasta que Ángela entró a estudiar Fisioterapia en la universidad donde él enseñaba; ella había crecido y la niña bonita se había convertido en una hermosa mujer.
El umbral del amor
Todo empezó de una manera inocente y sutil; nadie propició ninguno de los acontecimientos que, más adelante, habrían de venir; nada fue premeditado.
Al principio fue la ayuda que Ángela pedía a Roberto, para que le colaborara en algunos trabajos de investigación; o las traducciones de textos sobre Anatomía o Fisiología con los que ella debía resolver sus lecciones. Eso les permitió a ambos pasar juntos muchas horas.
¿Cuándo surgió la primera mirada acariciadora? No es fácil precisarlo; como tampoco lo es determinar cuándo sus manos se entrelazaron tibiamente; hasta que llegó el primer beso: estaban solos en la sala, realizando una tarea, cuando de pronto ambos alzaron la vista y mirándose profundamente, sin mediar una palabra y sin desasirse de las manos, sus rostros se acercaron, los labios se juntaron y sus almas se fundieron en el fuego del deseo y de la pasión.
Cuando reaccionaron, ella salió corriendo y se fue para su casa; él la dejó ir, porque le pareció que era lo más prudente.
Al día siguiente, la buscó en la universidad y le pidió que hablaran; fueron a la cafetería, como otras veces lo habían hecho; ella fue la primera en hablar:
– Perdóname por haber salido huyendo anoche.
– No, perdóname tú por mi atrevimiento.
– Pero, acaso ¿no te das cuenta de que estoy enamorada de ti?
– ¡Y yo también lo estoy de ti! Pero no puede ser. No podemos traicionar a las personas que amamos. Además tú eres muy joven y yo soy ya mayor.
Siguieron discutiendo durante un buen rato. Al final, quedó establecido que se amaban, que su amor era prohibido y que tendrían que llevarlo en secreto.
Muchas veces, camino a casa, mientras cambiaba la luz del semáforo, se besaron; en ocasiones, de manera furtiva; otras veces en forma apasionada.
Unos meses después, cuando la recogió a la salida de la universidad, antes de tomar rumbo a sus casas le propuso que hicieran el amor; ella dijo que sí. Entonces, al pasar por un teléfono público, él llamó a Carlota y le dijo que llegaría tarde porque debía asistir a una conferencia de interés académico, y le pidió el favor de que le avisara a Amalia que Ángela, por el mismo motivo, también llegaría tarde.
Después, él se asombraría de la sangre fría y la naturalidad con que le mintió a Carlota, tal vez por vez primera desde cuando se conocieran.
La entrega fue mutua y total; él se volvió a sentir joven, como cuando en su primera juventud probó el sabor de la pasión. El pacto de amor quedó sellado.
De regreso a sus casas, en más de una ocasión, se tomaron de la mano, mientras ella le sonreía con dulzura y con amor, para luego besarse.
Esa noche, él no pudo dormir bien; a ratos, el remordimiento por traicionar a Carlota no le dejaba conciliar el sueño; otras veces, era el recuerdo de los momentos deliciosos pasados junto a Ángela lo que le mantenía despierto.
Así duraron por cerca de tres años; escapándose, cada vez que se les presentaba la ocasión, para entregarse al amor; cada vez lo hacían con mayor vehemencia; cada vez se dejaban arrastrar por el turbión de la pasión; en cada ocasión se fundían más y más en el deseo de satisfacer ese frenesí que los agobiaba y no les permitía si no pensar en el momento de volverse a escapar, para darle paso a la entrega mutua de sus cuerpos y sus almas.
Todo se descubre
Hasta que llegó la catástrofe. Amalia le encontró a Ángela varios poemas y algunas cartas en donde él le decía cuanto la amaba; de lo feliz que era cuando estaba con ella; de cómo nunca, nada ni nadie, lograría apartarlos ni, mucho menos, haría morir su amor.
Cuando la secretaria de la Decanatura de Filosofía y Letras, fue a buscarlo al aula de clases para decirle que una señora, desconocida para ella, lo necesitaba con urgencia, él nunca imaginó que se tratara de Amalia y, mucho menos, pudo sospechar el motivo de la visita y de la urgencia; pero, nada más verla, una corazonada le asaltó: tal vez el complejo de culpa debió de atenazar su corazón.
Presintiendo, por la lividez del rostro de Amalia, la razón de esa visita inesperada y, para evitar alguna escena escandalosa, él resolvió llevarla a la sala de profesores que, a esa hora con toda seguridad, debería estar desocupada.
– ¿Cómo pudo hacerle a Carlota esta canallada y a nosotras esta humillación?, empezó Amalia a decir, sin esperar a que Roberto la invitara a tomar asiento.
– Por favor, Amalia…
– ¡No me interrumpa! Usted es un hombre vil que se ha aprovechado de nosotras, indefensas mujeres. ¿Cómo fue capaz de seducir a Ángela?
– Pero, déjeme explicarle…
– ¿Qué explicación puede haber para esto?, dijo ella enrostrándole las cartas y los poemas acusadores.
– ¿No se ha dado cuenta de que Ángela y yo nos amamos?
– ¿Y qué pretende? ¿Continuar siendo el amante de Ángela?
Siguieron discutiendo otro rato más hasta cuando, como despedida, Amalia le atizó a Roberto una sonora bofetada y se fue dando un portazo.
Cuando en la noche, él llegó a su casa, encontró que Carlota se había ido, dejándole una adolorida nota, en la cual le recriminaba su traición y le pedía que jamás la buscara, pues para ella él había muerto.
En ese momento, Roberto se sintió muy ruin y se dio cuenta de que estaba solo y cansado y, lo que era peor, sabía que aún amaba a Carlota y estaba seguro de que sin ella la vida no sería igual.
Y lloró; lloró por su traición, por haber perdido a Carlota, por el desprecio que presentía debía estar sintiendo ella por él; pero lloró, además, porque sabía, tenía la convicción, de que también había perdido a Ángela.
El dolor de la soledad
Durante varias semanas, todas las tardes al salir de la universidad, podía observar a Amalia que, detrás de un árbol, esperaba la salida de Ángela, para seguir en un taxi a prudente distancia el autobús en el que ella regresaba a casa. Era su manera de impedir que Ángela y él se vieran.
Aproximadamente un mes después de la ida de Carlota, Roberto pudo hablar con Ángela (pues ella lo esquivaba) y, en la conversación que sostuvieron, él la notó ausente, fría, distante, evasiva. El semestre académico ya estaba culminando y fue la última vez que hablaron.
Cuando empezaron las vacaciones, una tarde vio que Ángela, Amalia y Gertrudis, con sendas maletas, abordaban un taxi; después supo que habían viajado a otra ciudad. Ocho días después, regresó Amalia a hacer el trasteo de todas sus pertenencias y a tramitar la transferencia de Ángela a la universidad oficial de la ciudad a donde se habían mudado.
Y entonces, Roberto se sintió más solo; en unos pocos meses había perdido a las dos mujeres que amaba y a las que seguramente no podría olvidar con facilidad.
Se encerró en sí mismo y se dedicó a escribir; escribía frenéticamente; escribía de todo: ensayos, narrativa, filosofía, historia, poesía; quería como aturdirse, para olvidarse de su tragedia y, como nunca había ingerido licor, era la forma más expedita de embotarse y de mantener su mente ocupada, para no hacer más evidente su soledad.
Pasaron dos años, durante los cuales Roberto se fue habituando a vivir como un ermitaño; dejó a los pocos amigos que tenía; su único recorrido diario consistía en ir por las mañanas a la universidad y regresar por las noches a su casa, sin saber en que emplear el tiempo que antes les dedicaba a Carlota y a Ángela.
Hasta que un día, cuando volvía a su casa, vio a Carlota que, en estado avanzado de embarazo, caminaba por la calle del brazo de un hombre; su primera reacción fue de sorpresa, luego de ira y por último de hilaridad; puesto que él, que todavía lloraba y sufría por haber traicionado a Carlota, ignoraba que ella ya tenía marido y, seguramente, ya lo había olvidado y había dejado de sufrir por su ausencia; tal como lo demostraba la cara de felicidad con la que Carlota caminaba.
Claro está que el único culpable era él; si a alguien debía recriminar era a sí mismo. Tenía un tesoro y lo había dilapidado; era afortunado y buscó fuentes de felicidad en otros brazos.
Entonces, ¿de qué se quejaba? Por eso la risa nerviosa que le atacó, cuando reaccionó ante la vista de su esposa (pues nunca se habían divorciado) embarazada y agarrada del brazo de quien se suponía era su amante.
Esa noche, por primera vez en su vida, se emborrachó; bebió licor, solo, en su casa y lloró, y hasta hubo un momento en cual pensó en suicidarse; su vida era un fracaso; él mismo no era más que un fiasco.
Afortunadamente, se quedó dormido y, al día siguiente cuando despertó, los estragos del licor le hicieron olvidar sus locos deseos de morir y, ya sobrio y despejado, se dio cuenta de que debía reaccionar y salir de esa vida de eremita que llevaba y, mejor aún, darle a Carlota su libertad; el problema para lograr esto último consistía en que él no sabía dónde encontrarla.
Por consiguiente, colocó un aviso en el periódico local y, a las pocas semanas, se presentó a su casa un abogado, apoderado de Carlota, quien se encargó de tramitar el divorcio. Cuando se vieron, para firmar los papeles definitivos, ella se encontraba en sus últimos días del embarazo y le dijo que ya le había perdonado y que -bondad divina- su actitud (ya no hablaba de traición) la había conducido a la felicidad. Después de firmar el divorcio, se despidieron para siempre, como dos buenos amigos.
Pero Roberto volvió a quedarse solo; no tenía padres, no tenía hermanos, no tenía amigos, no tenía esposa, no tenía hijos, no tenía amante… no tenía a nadie en el mundo.
Y los libros y la escritura volvieron a ser su refugio. Sólo que esta vez, escribía de manera más serena, con pensamientos más decantados.
Roberto tiene noticias de Ángela
Años después, estando una noche en casa escribiendo un ensayo sobre la violencia, sonó el teléfono; era Ángela que lo llamaba para comunicarle que su abuelita había muerto víctima de un infarto fulminante y que su mamá estaba enferma; que al día siguiente serían las exequias y que le gustaría verlo.
Describir la sorpresa de Roberto, su felicidad y el nerviosismo que le significaba volver a ver a Ángela, así fuera en tan tristes circunstancias, no es fácil de lograr. Baste con saber que esa noche, casi no pudo conciliar el sueño.
Al verla, notó en seguida que seguía amándola y que ella también lo amaba; se la veía más madura; estaba preciosa en su traje de color negro, de corte sobrio y, con su cara de tristeza, le recordó un poco a Amalia, diez años atrás, cuando las conociera.
Después del sepelio, ella lo acompañó hasta el aeropuerto y al contarle él que ya era libre y que la amaba, ella le respondió que, aunque también ella lo amaba, tenían que sacrificar su amor, porque le había prometido a su mamá, quien desde hacía muchos años se encontraba enferma y delicada que, mientras viviera, no la abandonaría.
Regreso de los recuerdos
Por eso, al recordar Roberto estos episodios, sentado frente al cadáver de Amalia, cayó en cuenta de que él y Ángela estaban libres de sus respectivas promesas y que, por tanto, podrían ya hacer realidad su sueño de amarse por siempre. Sin embargo, consideró que no era el momento oportuno para hablar de amor y se dedicó a acompañarla y a apoyarla; a darle fortaleza en ese momento tan aciago por el cual ella estaba atravesando; recordó que, al fin y al cabo, para Ángela su mamá lo era todo.
En la primera oportunidad que tuvo, le agradeció que le hubiera llamado al morir Amalia; que aunque ella le guardara algún rencor por haber seducido a su hija, él estimaba a Amalia y sentía cariño y respeto por ella; no sólo por ser la madre de la mujer amada, sino porque en verdad Amalia era una mujer muy especial. Conmovida, Ángela lo abrazó y por primera vez la vio llorar; lloró sobre su hombro y posiblemente se desahogó.
Después del funeral, él la acompañó a su casa, ya que sería un momento crucial para ella tener que enfrentarse a la realidad que significaba el hecho de haber perdido, para siempre, a su madre. No obstante, Ángela volvió a ser la mujer fuerte que sabe ocultar a los demás sus sentimientos.
Esa noche, después de haber pasado más de diez años de no hacerlo, volvieron a hacer el amor; la entrega fue frenética; igual, o tal vez, mejor que la primera vez; pues, en aquella ocasión les guiaba la pasión, el enamoramiento, la curiosidad, la aventura quizás. Esta vez, era amor, amor represado durante diez años, diez siglos tal vez; en fin, por una eternidad. Por eso se amaron hasta el amanecer; momento en el cual volvieron a la realidad y se pusieron a planificar su futuro. Acordaron que ella, una vez vendiera su casa y renunciara a su trabajo, se iría a vivir con él, para amarse por siempre…
El hombre propone y Dios dispone
Que lejanos de la realidad estaban sus sueños y sus deseos. Después de haber convivido quince meses, cuando ya hacían planes para casarse, Ángela enfermó; todo comenzó con unos pequeños dolores de cabeza que al poco tiempo se hicieron insoportables; consultados los médicos y, después de muchos exámenes, éstos diagnosticaron un tumor canceroso en el cerebro. A Ángela le quedaban pocos meses de vida. Todos los esfuerzos eran vanos; el cáncer estaba tan avanzado, que cualquier intento que se hiciera para extirparlo, no haría otra cosa que agravar la situación ya, de por sí, muy delicada. No quedaba otra opción que resignarse y esperar un milagro.
Pero éste no llegó; no al menos como ellos lo esperaban. Ángela no mejoró en su estado de salud, el cual se agravaba con el paso de los días. Sin embargo, su amor se hizo, si ello era posible, más grande, más intenso; él no vivía más que para amarla; apenas terminaba su última clase, corría para estar con ella, para mimarla y darle fortaleza. Un día, llorando, ella le dijo que Dios era muy bondadoso al permitirle a ella que, en esos momentos tan duros de su vida, él pudiera estar acompañándola, brindándole todo su amor y todo su apoyo.
Ángela se fue extinguiendo poco a poco; cada día se la veía más desmejorada; hasta que la noche del día en que se casaron in artículo mortis, murió en brazos de Roberto, pronunciando su nombre y pidiéndole perdón a Dios por sus pecados…
Epílogo
Las últimas palabras que encontré en el diario fueron las siguientes: “Desde entonces, mi vida se ha convertido en un erial: nada me atrae, nada me satisface. Los días se van sucediendo monótonamente; para mí es igual que sea de día o que sea de noche; que llueva o que haya sol; ya no existen alicientes en mi vida, he perdido los deseos de vivir…”
Ahora recuerdo que, hace unos años, leí en el periódico sobre el caso del descubrimiento, en una vivienda abandonada, del cadáver de un individuo de unos cincuenta y cinco años de edad, muerto, tal vez por inanición, aferrando en sus manos el retrato de una mujer joven, muy hermosa.
F I N