MILAGRO
(Una historia basada en hechos de la vida real)
El presente es indefinido, el futuro una esperanza y el pasado un recuerdo
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Diciembre de 1997
“La vida se parece a un riachuelo que se desliza suave entre praderas
llenas de flores; pero, cuando se forma la tormenta y se desata el trueno,
la lluvia lo transforma en colérico torrente y sólo Dios puede calmarlo.”
Manuel Lombardo
Cuando Andrés, el penúltimo de sus hijos, de sólo ocho años de edad, lo despertó asustado, miró el reloj que estaba encima de su mesa de noche y observó que apenas eran las 4:55 de la mañana; aún estaba oscuro.
– ¿Qué pasa mijito?, preguntó intrigado.
– Papi, Orlando está malo; parece que le dio un ataque.
Carlos se levantó y, al hacerlo, despertó sin querer a Fanny, su esposa.
– Mijo, ¿qué sucede?
-Es Orlando que volvió a ponerse malo; parece que está convulsionando.
Ambos salieron corriendo hacia el cuarto de los niños pequeños, donde encontraron que efectivamente, Orlando su hijo menor, de apenas cinco años, convulsionaba. Ellos sabían muy bien que la convulsión duraría 50 ó 60 segundos y que luego cesaría, para darle paso a un estado de sueño, casi de sopor, que mantendría al niño durmiendo por una hora más, aproximadamente. Por eso, con cierta dosis de tranquilidad, cada uno le tomó una de sus pequeñas manos, para mantenérselas abiertas y así, según indicación del neurólogo, hacer menos intensa la convulsión. En efecto, ésta cesó al cabo de unos segundos que, de todas maneras, a ellos les parecieron una eternidad.
Se aprestaban para arropar a Orlando y volver a su alcoba, cuando el niño reinició su convulsionar. Asombrados, se miraron y Fanny se quejó, diciendo:
– ¿Por qué, Dios mío?
– Tranquila, mija, veamos qué sucede; a lo mejor es algo pasajero.
Mas sin embargo, Orlando siguió convulsionando en forma cíclica: dos minutos de reposo, un minuto de convulsión. Alarmados y sintiéndose impotentes ante este hecho insólito, resolvieron llevarlo, a pesar de lo temprano de la hora, a donde el médico; Carlos tomó el teléfono, llamó al neurólogo y después de darle disculpas por molestarlo a una hora tan inusitada, le contó lo que estaba sucediendo. El médico le aconsejó llevarlo de urgencia a la clínica, agregando que en media hora él estaría allí.
Carlos y Fanny se vistieron a toda prisa y tomando a Orlando en brazos, en plena convulsión, salieron a la calle y, afortunadamente, tomaron rápidamente un taxi que los condujo a toda prisa -a esa hora, el tránsito no era muy denso- a la entrada de Urgencias de la Clínica Infantil.
*****
Por el camino, Carlos recordó que desde hacía tres años, Orlando convulsionaba con cierta regularidad. Todo había empezado a los dos meses de haber cumplido el niño dos años, cuando un día Fanny lo llamó a la oficina para decirle que Orlando tenía una especie de ataque, en el cual movía en forma intermitente la pierna y el brazo izquierdos y tenía los labios lívidos. Carlos apenas tuvo tiempo de avisarle a su secretaria de la emergencia en la cual se encontraba y salió para su casa, a donde llegó más o menos media hora después. Allí encontró a Fanny llorando y con el niño en sus brazos.
La primera reacción de Carlos fue de alarma, pues pensó que su pequeño hijo estaba muerto, al verlo inconsciente y desgonzado en brazos de Fanny.
– ¿Qué pasó, mija?
– Fue terrible, mi amor; pero ya pasó todo y está dormido.
– Pero, ¿cómo fue?
Fanny le describió cómo había sido la crisis y cómo ella se había afanado y, en su desesperación, sólo había atinado a llamarlo a la oficina; pero que ya todo estaba normal.
– No, mi amor, esto no es normal. Hay que llevar al niño donde el médico.
Acordaron, entonces, pedir cita al médico general ese mismo día y éste, una vez examinó al niño, los remitió donde el neurólogo; quien después de varios exámenes conceptuó que Orlando padecía de una disritmia cerebral, debida a su nacimiento prematuro y que había que someterlo a un tratamiento prolongado, basado en medicamentos anti convulsionantes y chequeos bimensuales, en los cuales se le tomarían electroencefalogramas para observar como evolucionaba el niño; pero que, de todas maneras, el tratamiento no era absolutamente efectivo y que podría ser para toda la vida; lo que significaba que ellos, sus padres, deberían prepararse para esta eventualidad.
A continuación, les hizo una serie de recomendaciones y le formuló a Orlando la droga indicada, con su correspondiente posología. En efecto, a pesar de estar suministrándole la medicina con absoluta regularidad, Orlando convulsionaba cada ocho o diez días. Al principio, sus padres vivían angustiados; pero con el correr del tiempo, aprendieron a convivir con esta situación que, de todas maneras, les causaba desazón.
*****
Pero lo que estaba ocurriendo esa mañana se salía de toda previsión y de todo control: cada dos minutos el niño iniciaba una nueva convulsión, que le duraba un minuto.
Llegados a la sala de urgencias de la Clínica Infantil, fueron atendidos de inmediato por el médico de turno; pero cuando éste iniciaba su examen, llegó el neurólogo quien se hizo cargo de la situación, ordenando aplicarle de inmediato por vía intravenosa un barbitúrico anticonvulsivo, en espera de que el ataque cesara pronto.
Pero no fue así; la situación era la misma: un minuto de convulsión, dos de reposo y el ciclo continuaba.
Preocupado el neurólogo, viendo que el tiempo pasaba y no había respuesta positiva de su pequeño paciente, llamó a otros colegas y después de hacer una pequeña junta médica, resolvieron hacerle una punción lumbar, la que les permitió descartar ataques de meningitis y de encefalitis. Pero la sensación de impotencia aumentaba ante este hecho que se les salía de las manos y terminaba por escapar a sus vastos conocimientos y a la extensa experiencia adquirida en la práctica médica.
Para entonces ya era medio día, cuando el neurólogo llamó aparte a Carlos y a Fanny, para decirles como era de complicada, desesperante y desconcertante la situación.
– ¿Ustedes creen en Dios? – Fue la pregunta que les lanzó a quemarropa.
– ¡Por supuesto, doctor! – Contestaron al unísono.
– Pues si es así, ruéguenle porque el niño se muera; ya que de sobrevivir a este ataque, lo más probable es que quede mudo o sordo o ciego o paralítico o idiota o todo esto a la vez. Me es doloroso decirles esto; pero no es posible que su cerebro resista este bombardeo, sin sufrir lesiones irreparables. Es muy probable que en este momento hayan muerto en él muchas neuronas.
*****
Carlos y Fanny recibieron esta desalentadora noticia, primero con perplejidad, luego con estupor y después con dolor; un dolor tan intenso, que lo único que pudo hacer ella, fue prorrumpir en llanto; un llanto de sufrimiento, de impotencia, de desesperanza, de desolación.
Por su parte, Carlos no atinó si no a salir corriendo de la clínica; tratando de huir de esa monstruosa realidad, que privaría a su pequeño hijo de vivir o de disfrutar de la vida, en caso de conservarla; no volvería a ver la belleza de la naturaleza, ni volvería a oír el canto de las aves, ni a ver el rostro hermoso de su madre, nunca más volvería a decir papá y mamá; o, peor aún, quedaría reducido a una silla de ruedas o a vivir como un vegetal o, más grave todavía, fallecer.
Y comenzó a deambular por las calles de la ciudad, que a esa hora dormía en el reposo del mediodía. Y caminó y caminó, sin rumbo fijo; sin determinar por donde iba ni con quien tropezaba; en más de una ocasión fue empujado por algún airado transeúnte; quien, creyéndolo ebrio a esa hora del día, lo miraba con algo de desprecio.
Pero su mente estaba aprisionada por la horrible idea que significaba perder a su hijo o la alternativa que se le ofrecía. Las lágrimas acudían a sus ojos mientras caminaba y caminaba sin detenerse.
Cuando, en un momento dado, salió de ese estado de semiinconsciencia en el que se encontraba, notó que estaba ante la puerta de una iglesia, la cual extrañamente a esa hora del día estaba abierta; y, sin dudarlo un momento, entró y cuando se hubo acostumbrado a la oscuridad (pues se trataba de una iglesia de estilo colonial, cuyas naves son lóbregas, si no hay luces o cirios encendidos), se sentó en la última banca del templo y desde ese rincón se puso a llorar y a pedirle a Dios que le salvara a su hijito; que Él lo sacara de ese estado de postración en el que se encontraba; que lo hiciera vivir; pero en perfecto estado de salud; sin ninguna de las limitaciones que el médico había presagiado.
Pero si Dios consideraba que no podía ser así, que entonces les diera, a él y a Fanny, la resignación necesaria para aceptar Su Divina Voluntad y poder vivir con el dolor que significaría perder a su hijo o verlo padecer por su invalidez.
Y siguió llorando mientras conversaba con Dios; hasta que se sintió desahogado y más tranquilo por haber encontrado un amigo a quien contarle su aflicción; por haber hallado un padre o un hermano a quien pedirle consuelo, en quien hallar un atisbo de esperanza para su desolación.
Carlos se secó las lágrimas y luego de hacer una genuflexión y santiguarse, le agradeció a Dios haberlo escuchado y salió del templo; ya en la calle, oyó sonar las campanas de la iglesia y, al mirar su reloj, vio que eran las cinco de la tarde.
¿Cuánto tiempo estuvo en el templo llorando y orando? No pudo precisarlo; pero ya más aliviado tomó un taxi y regresó a la clínica.
Cuando llegó, subió las escaleras corriendo y se dirigió al cuarto donde había dejado a su esposa y a su hijo horas antes. En el pasillo, encontró a Fanny, ya sin lágrimas en los ojos, con la resignación reflejada en el rostro. Su lividez lo asustó y entonces recordó que ni él ni ella habían ingerido alimento alguno desde la noche anterior. Se acercó a ella y la abrazó, con el fin de reconfortarla.
– ¿Cómo está Orlando?
– Igual; hace cinco minutos lo vi y seguía convulsionando; ya no queda ninguna esperanza. – Fue su respuesta y las lágrimas acudieron nuevamente a sus ojos.
– Mija, no podemos perder la fe en Dios. Él no va a desamparar a nuestro hijo.
Entonces, Carlos le contó brevemente lo que había hecho durante la tarde y, luego entró al cuarto donde estaba el niño y lo encontró tal como lo viera en la mañana: inconsciente y conectada a su brazo, por vía intravenosa, una botella de suero fisiológico que lo mantenía hidratado y lo alimentaba y permitía, además, aplicarle medicamentos.
Se acercó a la cuna en la cual yacía Orlando y se quedó mirándolo y, mentalmente, rogó a Dios que escuchara sus súplicas. Y su ruego iba cargado de una fe absoluta en la misericordia divina.
*****
Entonces Orlando abrió los ojos y mirando a su papá, le dijo:
– Papi, ¿dónde estoy? ¿Qué me pasó?
– Estamos en la clínica, mijito.
– ¿Por qué?
– Te sentías mal y nos tocó traerte; pero ya estás mejor.
– Y mi mami, ¿dónde está?
– Ya salgo a llamarla.
Carlos pensó en salir corriendo alborozado a contarle a Fanny la buena nueva; pero lo pensó mejor y viendo que su actitud de júbilo podría confundir a su esposa, decidió salir calmadamente, para no alarmarla.
– Mija, ven un momento.
– ¿Qué pasa? – Dijo ella.
– Ven, que el niño está bien; ya despertó y pregunta por ti.
Fanny -que había empezado a caminar con paso lento cuando vio a Carlos- corrió y entró apresuradamente al cuarto y, entonces vio a Orlando que intentaba sentarse en la cuna.
– Mami, tengo hambre.
– ¡Hijito de mi alma! – Dijo ella y lo abrazó y lo besó, mientras lloraba de la felicidad al ver a su pequeño hijo totalmente consciente, pidiendo algo de comer. – Dios mío, ¡esto es un milagro!
Mientras tanto, Carlos había salido a llamar a los médicos, quienes no daban crédito a sus palabras. Sin embargo, las evidencias estaban allí. Orlando, despierto, hablaba con su mamá y le pedía explicaciones sobre el porqué de su estadía en la clínica y por qué no le daban de comer.
Después de examinarlo, el neurólogo concluyó que, efectivamente, ahí había ocurrido un milagro; nada había pasado como consecuencia de los esfuerzos de ellos, ni el auxilio de la ciencia médica. Entonces, Carlos les narró lo que le había sucedido durante la tarde, después de haber salido huyendo en forma despavorida a causa del diagnóstico del neurólogo.
En verdad, Carlos tuvo que empezar varia veces su narración; pues, por un lado, a cada momento llegaban más médicos y enfermeras, y todos querían escuchar muy bien, y en forma completa, lo ocurrido; por otro lado, a Carlos las lágrimas de la emoción le ahogaban a menudo la voz.
Al final, los médicos conceptuaron que Orlando estaba bien, pero que sería bueno, como medida de precaución, dejarlo hospitalizado durante doce horas más, para tenerlo en observación; y les recomendaron a Carlos y a Fanny que regresaran a su casa a descansar.
Ellos, volviendo a la realidad, recordaron que sus otros hijos deberían estar preocupados al no tener noticias de sus padres ni de su hermano menor.
Felices los dos y dando reiteradas gracias a Dios, regresaron al hogar, donde encontraron todo bajo control.
*****
Dos días después, ya con Orlando en casa, Carlos recibió en su oficina, una llamada urgente de Fanny angustiada porque el niño no podía caminar.
Recordando los presagios del neurólogo, salió deprisa de la oficina y al llegar a casa, encontró a Fanny llorando con el niño en brazos.
Se fueron para el consultorio del médico, quien después de examinar a Orlando y comprobarle todos sus reflejos, estalló en una sonora carcajada. Viendo la cara de perplejidad de sus amigos, les explicó:
– El niño estuvo sometido a un esfuerzo muscular semejante al de una persona que, durante doce horas, ha caminado sin parar. Por consiguiente, sus músculos están cansados y un tanto destonificados. Vamos a ordenarle unas terapias. Pueden irse tranquilos.
F I N