LOCURA DE AMOR
(El amor vence a la porfía)
La historia de un amor intenso
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Noviembre del 2003
“El verdadero amor no se conoce por lo que exige, sino por lo que ofrece. “
Jacinto Benavente
La partida
El lugar: el zaguán de la casa marcada con el número 98 de la calle de Santo Domingo en el centro amurallado de Cartagena.
La época: comienzos de la segunda mitad del siglo XX; más exactamente, 1951.
El personaje: un joven de apenas 18 años de edad, sentado encima de un gran baúl de madera con guarniciones de metal y una fuerte chapa del mismo material; el nombre del joven es Esteban y el baúl encierra la totalidad de sus pertenencias.
Ha vendido en esos días por $20.000 -US $20.000 de la época- la mencionada casa; hace dos semanas terminó su bachillerato en el Colegio San Pedro Claver que antes fuera de los jesuitas, pero que el Gobierno Nacional les quitara al comienzo de la República Liberal (al igual que lo hiciera en otras ciudades del país) para dárselo a los laicos.
Su padre había muerto un año antes y la sucesión había concluido; su madre falleció al darlo a luz, como resultado de su primer y único embarazo.
Esteban era poeta aficionado; en el Círculo Literario del Colegio había ganado algunas menciones honoríficas por sus poemas; además, su padre le había enseñado a pulsar la guitarra y, los fines de semana, los dos se entretenían entonando hermosos boleros a dos voces, con el acompañamiento de sus guitarras.
En el momento en que comienza esta historia, su pensamiento está puesto en el viaje que planea hacer a Bogotá para ingresar a la Universidad. Con el producto de la venta de la casa, montará un negocio que le permita vivir mientras estudia; pues, de no ser así, los ahorros que su padre le dejara, terminarán por agotarse; por fortuna, su padrino y albacea de la herencia, le había ayudado en el empeño de vender la casa y, en ese momento, está esperando la llegada de su padrino y el nuevo propietario. Algo de nostalgia lo invade; al fin y al cabo, en esa casa que abandona había nacido y había vivido su, hasta ahora, corta existencia.
Por fin, cuando ya promediaba la mañana, llegó el padrino de Esteban acompañado del nuevo dueño, a quien hizo entrega de la casa y, luego de darle las llaves, el joven detuvo un taxi; con la ayuda del taxista, subió el baúl al techo del vehículo y, tras despedirse de su padrino, pidió ser llevado a La Puerta del Sol, en la esquina del Camellón de los Mártires y del Teatro Cartagena, donde tomaría el bus que lo conduciría a Barranquilla. Todo ocurrió sin contratiempos; cuando descendió del bus en el Paseo Bolívar de esta última ciudad, ya era la una de la tarde; buscó una pensión, se alojó y tomó un buen almuerzo que le devolviera las fuerzas.
Luego recorrió el centro de la ciudad, la cual no conocía y, averiguando, llegó a las oficinas de la Naviera, donde compró un pasaje en el próximo barco que partiría para Puerta Salgar en Cundinamarca, dos días después; durante los cuales decidió recorrer la ciudad hasta los Altos del Prado, recreándose con las hermosas casaquintas y sus espaciosos jardines.
El viaje
Cuando subía la escalerilla del barco, una pequeña contracción sacudió sus hombros; tal vez como consecuencia de los nervios, al pensar que iniciaba una nueva etapa en su vida, en la cual todo hasta el momento era un arcano, pues no sabía que le esperaba, todo era incierto. Sin embargo, rápidamente se rehízo y subió a bordo.
Ya instalado en el camarote, salió a cubierta a tiempo para ver la partida del barco; las sirenas de éste pitaron, las del muelle le respondieron y el barco se fue alejando poco a poco del atracadero; el cual, se fue haciendo cada vez más pequeño, hasta desaparecer de la vista; algunos pasajeros lloraban, otros reían y el resto, como él, permanecía impasible.
Al cabo de una media hora, cuando el barco hubo tomado un recodo en el curso del río, regresó al camarote, se encerró, sacó un libro y leyó un rato, hasta que el sueño lo venció; se despertó cuando un auxiliar de servicios tocó la puerta del camarote, llamando para la cena; se levantó, se aseó y salió al comedor.
Cuando llegó, encontró que todas las mesas estaban ocupadas por dos a más personas; sólo había una ocupada por una sola persona: una mujer de 25 años de edad aproximadamente, de rostro apacible y sereno, quien ya había iniciado su cena. Esteban se acercó y pidió permiso.
-Perdón, ¿está ocupado este asiento?
-No, bien puede.
Contestó ella con un amable gesto que parecía que sonriera con la mirada.
-Gracias, permítame presentarme; mi nombre es Esteban; y le tendió la diestra.
-Yo soy Esperanza.
Dijo ella, estrechándole la mano que él le presentaba.
-¿Hasta dónde llega usted?, dijo Esteban mientras se sentaba.
-Yo voy hasta Puerto Salgar y de allí sigo para Bogotá.
-Que coincidencia; yo llevo el mismo rumbo
Ambos sonrieron por la simultaneidad de destino y Esteban pidió su cena, la cual tomó con apetito mientras conversaba animadamente con Esperanza. Así, supo que ella era enfermera, natural de Salamina, Caldas; que había estado trabajando con el Hospital Infantil de Barranquilla, que iba a Bogotá para trabajar en el Hospital San Juan de Dios; que era soltera; que sus padres vivían en Salamina; que tenía dos hermanos mayores casados residentes en Manizales y otra serie de aspectos de su vida personal y familiar.
A su vez, Esteban le contó brevemente su vida y le habló de sus planes; omitiendo sus amores juveniles, sus visitas a Tesca, la zona de tolerancia en Cartagena y las purgaciones sufridas por sus calaveradas de adolescente.
Al terminar la cena, recorrieron la cubierta del barco y, juntos, contemplaron las estrellas y cómo la luna rielaba en las aguas del río. Al despedirse en la puerta del camarote de Esperanza, se dieron un mutuo beso en la mejilla.
Al día siguiente, y todos los restantes siete días que duró el viaje remontando el Magdalena, Esperanza y Esteban, tomaron los alimentos juntos en la misma mesa; así, como también, por las noches contemplaban juntos el paisaje. La atracción era recíproca.
La última noche, cuando ya sabían que al amanecer del día siguiente llegarían a puerto, estando en la parte posterior del barco viendo como la enorme rueda lo impulsaba, se miraron de pronto a los ojos y, sin mediar palabras, se besaron; el beso se repitió y fue acompañado de caricias. Luego se dirigieron al camarote de Esperanza y ella le franqueó la entrada.
-Sigue, le dijo sonriéndole con la mirada.
Hicieron el amor, una, dos, tres veces; cuando se dieron cuenta, el barco estaba atracando en el muelle. Esteban se lavó, se vistió y llegó a su camarote, con el tiempo preciso para cerrar la maleta y descender con Esperanza al muelle. Bajados los baúles, fueron conducidos en un taxi a la estación del ferrocarril, en cuyo restaurante tomaron un frugal desayuno.
Una hora después, siete de la mañana, el tren, con un pequeño ronroneo, inició su recorrido hacia Bogotá. Esteban y Esperanza parecían formar una pareja de recién casados en viaje de luna de miel.
El tren fue lentamente devorando kilómetros en su ascenso hacia la meseta cundiboyacense. Para Esteban era una experiencia nueva ver la campiña interiorana, llena de verdor; la exuberancia de pastos frescos y tupidos le alegraba y le hacía aumentar la placentera sensación que la proximidad de Esperanza le prodigaba.
Él estaba feliz y ella, por su parte, se dejaba acunar en los brazos de él. Sí, en realidad, parecían recién casados. A mediodía, pasaron al coche comedor y almorzaron.
El tren seguía subiendo y subiendo, por lo cual la temperatura empezó a bajar; el frío se hacía notorio y tuvieron que abrigarse. Por fin, hacia las siete de la noche, el tren llegó a la Estación de la Sabana, en Bogotá.
Caía una llovizna pertinaz que aumentaba el frío decembrino. Un taxi los llevó a una pensión situada en las cercanías del Hospital, en la parte sur del centro de la ciudad.
Se alojaron, buscaron donde cenar y luego regresaron a la habitación y se acostaron y disfrutaron de su recién descubierto amor.
Una nueva vida
Al otro día, luego de bañarse con agua tibia y tomar un buen desayuno, salieron a recorrer la ciudad. Como Esperanza ya la conocía, sirvió de cicerone a Esteban. En una semana visitaron monumentos, parques, teatros, museos, cines, galerías, edificios; todo bajo la asombrada mirada de Esteban.
El lunes siguiente, Esperanza se presentó al Hospital a hacerse cargo de sus obligaciones, las cuales empezó a cumplir de inmediato en turnos que le fueron asignados. Mientras tanto, Esteban seguía recorriendo la ciudad, conociéndola, familiarizándose con ella. Con la ayuda de Esperanza, invirtió parte de su dinero en un negocio rentable. A finales del mes de enero, ya había tramitado su ingreso a la Universidad.
Pasaron las semanas, se iniciaron las clases y la vida para Esteban tomó un rumbo definido. Su relación con Esperanza tenía la apariencia de la normalidad.
Sin embargo, un día -habían pasado ocho meses desde su llegada a Bogotá- Esperanza le anunció que debía viajar urgentemente a Salamina, pues su papá estaba muy delicado de salud.
Dos semanas después, él recibió una carta en donde ella le contaba el fallecimiento del padre y su propósito de quedarse acompañando a la madre viuda, que había quedado sola; también le dejaba entrever su deseo de que él se trasladara a Salamina.
A vuelta de correo, él le escribió manifestándole su pesar por la muerte del padre de ella y, muy enfáticamente, le decía que no podía abandonar sus estudios, en los que cifraba todos sus propósitos hacia el futuro. Por tanto, decidió cerrar ese capítulo de su vida y, como hacía progresos en sus negocios, cambió de pensión, acercándose más al centro de la ciudad.
Esteban encuentra el verdadero amor
Habían pasado cuatro años; Esteban había cumplido los 22 y llevaba cursados ocho semestres de su carrera y seguía viviendo en la misma pensión donde se mudara cuando Esperanza le comunicó que no regresaba a Bogotá.
Iniciaba el noveno semestre de estudios y una mañana, en la cual tuvo que madrugar, pues temprano tenía clase, caminaba hacia la carrera séptima a tomar el bus, cuando vio salir de una casa cercana a la pensión donde él vivía, a una jovencita vistiendo uniforme de colegiala, para luego caminar unos metros adelante de él; enseguida le llamó la atención por su apretada cintura, sus torneadas piernas, su cimbreante andar.
Esteban quedó embelesado; no se atrevía a adelantarse para no perder esa visión tan hermosa que le producía el observar tan lindo cuerpo; cuando quiso avanzar para poder mirar su cara, ella ya estaba llegando a la puerta del colegio y a él no le fue posible lograr su propósito.
Intrigado, al día siguiente volvió a madrugar, pero con tan mala suerte que cuando quiso llegar a la puerta del colegio donde estudiaba la misteriosa belleza, ésta ya cruzaba la entrada.
Al tercer día decidió salir veinte minutos antes y se situó en la esquina por donde ella obligatoriamente debía pasar. Diez minutos después, la vio venir; de inmediato su hermoso rostro lo cautivó; sus ojos pardos de mirar profundo, sus labios carnosos, su fina nariz, todo en ella encantaba; sin embargo, Esteban no se atrevió a hablarle, la emoción lo enmudeció, sólo atinó a mirarla a los ojos; sus miradas se cruzaron y él notó en los ojos de ella una pequeña chispa de atracción. Luego, en silencio, la escoltó a prudente distancia hasta la puerta del colegio.
Como no tenía clases en la mañana, Esteban regresó a la pensión e, inspirado, escribió un hermoso poema referente al amor a primera vista.
Esteban se volvió madrugador; todas las mañanas, de lunes a sábado, a las 6:30 se apostaba en la esquina siguiente a la casa de la joven que lo perturbaba; esperaba pacientemente a que ella saliera y pasara frente a él para mirarla y luego seguirla hasta la puerta del colegio; hasta que una semana después, se atrevió a saludarla cuando ella le devolvía la acariciante mirada que él le dirigiera.
-Buenos días, dijo él.
-Buenos días, le contestó ella.
Así transcurrieron varias mañanas, dos o tres, en las cuales sólo mediaba el saludo formal, el cual ya iba acompañado de mutuas sonrisas; hasta que se decidió y le pidió permiso para escoltarla.
-Bueno. -dijo ella- Pero solamente hasta la esquina del Colegio.
-¿Por qué?, si me permite la pregunta.
-Porque la Directora nos tiene prohibido llegar acompañadas.
-Ah, bueno. Déjeme presentarme, mi nombre es Esteban, dijo él y le tendió la mano.
-Mucho gusto; yo me llamo Carolina. Le contestó ella, al estrecharle la mano que él le brindara.
De esa manera sencilla, ingenua e inocente, comenzaron a conocerse; semanas después, él consiguió la autorización de ella para esperarla en la esquina del Colegio, a las 5 de la tarde, los días en que él no tuviera clases a esas horas. A veces, la invitaba a una cafetería que quedaba frente al Palacio de Gobierno y tomaban algún refrigerio. Una tarde, él le pidió que le contara su vida.
-Mi vida ha sido sencilla, sin nada digno de contar, dijo ella.
-No importa, yo quiero conocerla, le contestó él.
Así se enteró de que ella era la mayor de dos hermanas; que hacía quinto de bachillerato en el Colegio que ya él conocía; que tenía 17 años; que su papá, que la adoraba, era contabilista en una fábrica de carrocerías; que su mamá era una santa y trabajaba de secretaria en una compañía de seguros; que su hermanita empezaba el bachillerato y que ella nunca había tenido novio. Él, a su vez, le contó su vida, exceptuando sus experiencias sexuales; sí le contó que, en Cartagena, había tenido varias novias a las que ya había olvidado.
Un día le pidió permiso para visitarla en su casa el domingo en la tarde.
-Primero debo hablar con mi mamá; pues yo no sé qué hacer en estos casos; dijo ella ruborizándose un poco.
-Claro, habla con ella; le contestó él riéndose e iniciando el tuteo.
-Y, ¿por qué se ríe?
-De felicidad, dijo él, tu inocencia me emociona.
Al día siguiente, cuando se encontraron en la mañana, Carolina le dijo que su mamá había autorizado la visita.
-Entonces, si Dios quiere, el domingo voy a conocer a mis futuros suegros, dijo él alegremente.
-Sí, yo le dije a mi mamá que quería presentarles a un amigo que conocí hace unos meses.
-¿A un amigo?, dijo él con asombro.
-Sí, acaso ¿no somos amigos?
-Sí, por supuesto; dijo él con un dejo de tristeza.
El domingo siguiente, un Esteban recién bañado, afeitado, vestido con sus mejores galas y oliendo a colonia fina, se presentó como a eso de las tres de la tarde en casa de Carolina, con un ramo de flores en una mano y una caja de bombones en la otra.
-Siga joven; yo soy Gonzalo, el padre de Carolina y usted debe ser Esteban.
Le dijo un señor de unos cuarenta años, rostro adusto y sincera mirada que le abriera la puerta, cuando él la golpeó con la aldaba de bronce.
-Muy amable, sí señor yo soy Esteban y le pido permiso para obsequiar a su señora esposa con estas flores y a Carolina con estos bombones.
Dijo Esteban, haciendo malabares con los obsequios.
-Con mucho gusto, siga no más.
-Gracias, Don Gonzalo.
Correspondió Esteban mientras estrechaba la mano que el padre de Carolina le extendía.
En la sala estaba Carolina, radiante, hermosa, vestida con un conjunto de falda plisada, blusa de lana, medias tobilleras y zapatos bajitos; el pelo lo tenía recogido en forma de cola de caballo y, en su rostro, la sonrisa más hermosa que Esteban hubiera visto en su vida.
-Buenas tardes, Carolina; dijo él y le tendió la mano.
-Buenas, Esteban; siéntese.
-Como se te ve de diferente sin el uniforme.
-¿Le parece?
-Por supuesto; te ves más hermosa.
-¡Mm., Mm.!, carraspeó Don Gonzalo entrando en ese momento a la sala y tomando asiento.
-Perdón Don Gonzalo, lo digo con sinceridad y sin ninguna mala intención. Aclaró Esteban.
En ese momento entraron a la sala, una joven señora de unos treinta y cinco años, con un ligero parecido a Carolina y una niña de más o menos trece años, que tenía un aire a su papá.
-Esteban, permítame presentarles a mi mamá y a mi hermanita; dijo Carolina.
-Cuanto gusto, joven; yo soy Martha; dijo la madre de Carolina esbozando una sonrisa.
-Encantado, Doña Martha. Dijo Esteban que se había levantado cuando ellas entraron.
-Y yo soy Fanny.
-Cuanto gusto, Fanny.
Tomaron asiento; al cabo de un rato de conversación intrascendental, el padre de Carolina le brindó un trago de licor a Esteban, quien lo rehusó.
-Gracias Don Gonzalo, pero yo no bebo.
-Me parece muy bien; terció Doña Martha.
Con mucho tacto, Gonzalo fue sacándole información a Esteban sobre su vida. Así supieron que Esteban estaba terminando su carrera de ingeniero químico, que era cartagenero, huérfano de padre y madre, que tenía una renta producto de la herencia paterna, que le permitía vivir con desahogo y, por último, que él y Carolina se atraían mutuamente. De esta manera, obtuvo permiso para visitarla los sábados y los domingos por la tarde, con el fin de conocerse mejor.
-Pero, por favor, no vuelva a buscarla al Colegio; no me gusta que mi hija sea vista por la calle, en traje de colegiala, en compañía de un hombre.
-Como usted diga, Don Gonzalo.
Así, iniciaron su noviazgo; los sábados y los domingos, por la tarde cuando él la visitaba, se sentaban en el sofá de la sala y conversaban tomados de la mano; sin embargo, en una ocasión en que se quedaron solos en la sala, Esteban le robó un beso; inicialmente ella se atribuló y quiso salir corriendo, pero él la detuvo y le dijo:
-¿Por qué vas a huir? Acaso, ¿te disgustó?
-No, pero me da pena.
-¿Por qué?, si estamos enamorados.
-Es que yo nunca había besado a nadie en la boca.
-Ya me di cuenta. Por eso, te voy a enseñar.
-¡Cuidado! Ahí viene Fanny.
Así, a partir de ese día, cada vez que podían se daban besos furtivos y el amor fue creciendo entre los dos. Esteban era muy respetuoso y la trataba con mucha delicadeza, lo cual le encantaba a ella.
Pasó el tiempo y llegó el grado de Bachiller de Carolina y, seis meses después, el de Esteban como Ingeniero Químico. En ambas ocasiones hubo fiesta en la casa de Gonzalo y Martha; pues, para entonces, el noviazgo entre Esteban y Carolina era oficial.
Él trabajaba, desde hacía ocho meses, en una empresa petrolera y al graduarse fue ascendido y un año después trasladado como directivo al puerto petrolero. Para entonces, había pedido la mano de Carolina; y, para finales de 1958, se casaron. Esteban contaba 25 años de edad y Carolina 19; su noviazgo había durado casi dos años. Se amaban apasionadamente y ante el altar juraron hacerlo hasta el día de la muerte.
Cuando salieron de la iglesia, a Esteban le pareció que el sol brillaba más, que el cielo estaba más radiante que nunca, que las flores despedían más aroma; en fin, que la vida era más hermosa. En un momento dado, se volteó y besó a su esposa con un amor tan intenso, que sintió que el pecho le dolía. En ese momento, era el hombre más feliz del universo.
La luna de miel la pasaron en Cartagena; el viaje de ida y regreso fue delicioso para ambos; pues, aunque ninguno de los dos había montado antes en avión, el saberse juntos y unidos para siempre, les daba no sólo una sensación de felicidad inagotable, sino también una impresión de seguridad.
Él la llevó a la playa, a conocer las murallas, a recorrer la ciudad colonial llena de encanto; cuando pasaron por la casa donde él naciera y viviera su infancia y adolescencia, no se resistieron y pidieron permiso a sus ocupantes para entrar; cuando les explicaron quiénes eran, éstos les franquearon la entrada y los acompañaron en el recorrido; para él fue muy emocionante mostrarle a su amada la habitación donde naciera y los sitios de esparcimiento y recreo de esa época feliz, que a él le parecía en ese momento antiquísima.
También la llevó a la calle donde estaba el Colegio en el cual hiciera sus estudios básicos. Ella estaba realmente fascinada con la ciudad y hasta llegaron a hacer planes para poder vivir allí algún día, así fueran ya ancianos.
-Yo volvería a comprar la casa que fue de mis padres; le dijo él emocionado.
-Que dicha tan grande sería esa, mi amor; le contestó ella conmovida.
Fueron tres días paradisíacos. En la intimidad, él se portó como todo un caballero; poco a poco la fue conduciendo por el terreno del amor y, cuando ella se le entregó, ambos supieron lo que era el verdadero amor, el sometimiento total a la persona amada, la capitulación de todas las fuerzas, el arrobamiento absoluto. Para él, ella era como una porcelana frágil a la que se debía tratar con delicadeza; para ella, él era el conquistador de su corazón y de su alma, que la avasallaba y la subyugaba con sus caricias y sus mimos.
La vida en común de Esteban y Carolina
Regresaron del paraíso a la vida real haciendo efectivo el traslado al puerto ribereño y, mientras él se dedicaba a su trabajo, ella organizaba la nueva vivienda; se trataba de una pequeña casa situada dentro de los predios de la compañía, aunque retirada un tanto de sus instalaciones y cercana al río, desde donde soplaba en ocasiones una refrescante brisa; ella decoró y arregló la casa tal como Martha le enseñara, poniéndole un toque de gracia muy personal que encantó a Esteban.
Así transcurrieron tres años, durante los cuales se fueron acostumbrando al calor del puerto sobre el río. La felicidad era casi total, pues lo único que la empañaba era la ausencia de un hijo que alegrara su pequeño nido de amor. Esteban fue trasladado nuevamente a Bogotá; el anuncio fue una feliz noticia para Carolina; pues, aunque habían estado dos veces en vacaciones visitando el hogar paterno, la ausencia de sus padres y de su hermana la llenaba de nostalgia.
Esteban, con los ahorros que tenía como producto de sus negocios, más un préstamo que le hiciera la empresa, compró una hermosa casa en el norte de la ciudad, la cual fue amoblada y decorada de acuerdo al gusto mutuo.
Ya instalados y felices, decidieron intentar nuevamente tener descendencia; sin embargo, pasaron dos, tres años y nada; a pesar de las visitas al médico, quien no encontraba ningún impedimento aparente, Carolina seguía sin embarazo; fueron hasta donde un psicólogo pensando que se trataba de un estado mental; pero todo fue infructuoso; el hijo anhelado no llegaba. En una ocasión, él propuso adoptar un niño o una niña, pero ella se opuso.
-No nos desesperemos, sigamos intentando, mi amor; fue su respuesta.
Hasta que llegó a la ciudad un médico especializado en fecundidad. Esperanzados, acudieron donde él; después de varios exámenes practicados primero a Carolina y luego a Esteban, el especialista encontró que Esteban era estéril, por lo que le puso cita para dos días después.
-Venga usted solo, por favor; le dijo con discreción.
Ese día Esteban, muy nervioso, se presentó donde el médico.
-¿Usted ha sufrido de enfermedades venéreas?
Le preguntó el especialista a quemarropa, después de saludarlo.
-Sí, doctor, en mi adolescencia allá en Cartagena; contestó Esteban un poco atribulado.
-Y, ¿fue tratado a tiempo?
-La primera vez, no.
-Acaso, ¿las contrajo más de una vez?
-Sí, doctor.
-Hombre, esa puede ser la causa. Las purgaciones son un problema grave que muchos hombres no tienen en cuenta. En este momento de su vida, usted aún mantiene latente el bacilo y éste está influyendo en su potencial de fecundidad.
Esteban salió del consultorio descorazonado. Cuando, en la noche, llegó a su casa, le contó muy compungido a Carolina el resultado de la visita al médico.
-Y, ¿por qué nunca me dijiste que habías estado con prostitutas?
-Por vergüenza.
-Bueno, ahí tienes el castigo por tus malas andanzas; dijo Carolina algo acalorada.
-Mi amor, perdóname; no te imaginas cómo me siento.
-Y, ¿cómo crees que me siento yo?
Carolina siguió con una andanada de reconvenciones que no hicieron otra cosa que hacer sentir peor a Esteban. Él nunca la había visto tan iracunda. Al final ella subió y se encerró en la alcoba matrimonial.
Esa noche, Esteban durmió en el cuarto de huéspedes. Durante dos días, ella apenas si le dirigía la palabra; hasta que el viernes, él se presentó con un ramo de flores y después de la cena, cuando ella ya estaba acostada, él tomó la guitarra y le cantó unos boleros preciosos en los cuales le pedía perdón; Carolina no pudo rechazarlo más y, abriendo la puerta de la alcoba, lo invitó a seguir.
Ella se precipitó en los brazos de él, que la cubrió de besos y alzándola en sus brazos la depositó con cuidado en el lecho y le dijo:
-Mi amor, ¿te has dado cuenta de que en seis años de casados, es la primera vez que disgustamos?
-Sí y por tu culpa; dijo ella.
-Claro, porque tú eres mi santa; en realidad eres el ángel de mi vida. Gracias por perdonarme algo que hice porque aún no te conocía. Te juro que desde que llegaste a mi vida, ninguna mujer ha despertado en mí, ni siquiera curiosidad. Cada día que pasa te amo más y me enamoro más de ti.
Le dijo Esteban muy conmovido.
Minutos después, fundidos en tiernas y recíprocas caricias, hacían el amor; siempre tratándola él con suma delicadeza; siempre entregándose ella totalmente.
Cambios en la vida de Carolina
Pasaron tres años más, durante los cuales Carolina y Esteban no hacían más que vivir el uno para el otro; ya se habían resignado a no tener hijos que les alegraran la vida en la vejez. En las vacaciones de Esteban, viajaban a otras ciudades del país y, en los últimos años habían ido a conocer algunos países vecinos. De todas maneras, disfrutaban de su mutua compañía y de su amor, el cual parecía crecer cada día más.
Al iniciar el décimo año de matrimonio, Carolina decidió que quería estudiar una carrera universitaria. Esteban prometió apoyarla, pues se daba cuenta de que a ella se le iban los días y las semanas y a ratos le daba la impresión de que se aburría. Por consiguiente, hicieron todos los trámites necesarios y Carolina ese año empezó a estudiar Administración Pública.
Ella hizo los primeros cuatro semestres sin contratiempos de ninguna índole. Esteban, la llevaba a la universidad y la recogía al terminar las clases. Al iniciar el nuevo año, Esteban fue ascendido a la superintendencia operativa de la empresa, lo cual le significaba viajar con alguna frecuencia a los campamentos donde hubiera nuevas exploraciones; en esas ocasiones, Carolina se quedaba con el automóvil, para transportarse a la universidad.
Cuando inició el sexto semestre, un nuevo compañero se incorporó al grupo; se trataba de un joven de unos veintiún años, transferido de una universidad de Cali, quien hizo empatía con Carolina; no más verla, se acomodó en el asiento vecino y, después de varios días de clase, habían hecho amistad uniéndose él al grupo de trabajo de ella.
Una tarde, al terminar clases, había quedado comprometido todo el curso con el profesor de Finanzas, de entregarle al día siguiente un trabajo que sería base para la nota del examen final. Fabio, que así se llamaba el nuevo compañero, invitó a Carolina a terminar en su apartamento la parte que faltaba del trabajo y que les correspondía a los dos hacer. Como quiera que ese día Esteban había viajado hasta el Putumayo y viendo la urgencia del caso, Carolina, sabedora de su temple y de su cordura, no tuvo inconveniente en aceptar.
Llegaron al apartamento de Fabio y se dedicaron a terminar el trabajo, lo cual lograron hacia las ocho de la noche.
-Misión cumplida, me voy. Dijo Carolina
-Así no más, ¿sin ni siquiera brindar por nuestro éxito?
-No, no puedo; además ya es muy tarde y espero llamada de mi esposo.
-¿Cómo, tú eres casada?
-Y muy feliz.
Le dijo ella tomando su cartera e intentando salir. En ese momento Fabio se interpuso entre ella y la puerta.
-Espera un momento, sólo quince minutos, mientras nos tomamos un vino.
-Ya te dije que no; por favor, no insistas. Así que déjame salir o voy a pensar que quieres retenerme a la fuerza.
Fabio haciendo una cómica reverencia le abrió la puerta.
-Adiós miedosa, nos vemos mañana; le dijo cuando ella salió.
Al día siguiente, volvieron a encontrarse en clase y ninguno de los dos comentó con el otro el incidente del día anterior. El semestre terminó y la amistad de Carolina y Fabio seguía armónica.
Al semestre siguiente, sucedió una situación parecida y Fabio volvió a invitar a Carolina a su apartamento a estudiar, pues al día siguiente tenían un parcial importante. Ella, tal vez había olvidado el episodio algo desagradable del semestre anterior o, acaso, se creyó muy dueña de sí misma. El caso fue que aceptó.
Carolina se mete en problemas
Cuando hacia las nueve de la noche terminaron de estudiar y Carolina quiso salir, encontró que la puerta del apartamento de Fabio se encontraba con llave.
-¡Fabio, por favor, abre esta puerta inmediatamente!
-Mujer, no seas tan esquiva, acaso ¿no te has dado cuenta de que estoy enamorado de ti? Además, sé muy bien que yo no te soy indiferente.
-Mejor dicho, Don Juan en persona. Abre esa puerta de inmediato.
Dijo Carolina esbozando una sonrisa. Esa fue su perdición, pues Fabio interpretando ese gesto como de provocación, la tomó en sus brazos y la besó en la boca; al principio Carolina forcejeó, tratando de zafarse; pero luego, fue cediendo a la caricia del beso prohibido.
Fabio, al ver que era correspondido, se volvió atrevido y comenzó a acariciar a Carolina; quien cegada por la vehemencia con la cual él la hacía disfrutar de sensaciones, muchas de ellas desconocidas hasta entonces, no puso obstáculos y lo dejó hacer. Al rato estaban en la cama haciendo el amor.
Él que llevaba meses deseando ese momento, se volvió como loco; al principio, Carolina quiso rechazar la brutalidad casi agresiva con la cual él la estaba poseyendo, pero nuevamente la pasión la cegó. Cuando terminaron, Fabio satisfecho le preguntó:
-¿Te gustó, nena?
-¡No seas tan guache! Eso no se pregunta a una dama.
-Y, ¿dónde está esa dama?
Carolina, que ya había terminado de vestirse, salió dando un portazo.
Al día siguiente, por primera vez desde cuando iniciara el semestre, ella faltó a clases. Fabio, valiéndose de artimañas, consiguió con una compañera el teléfono de la casa de Carolina y, al finalizar la tarde, la llamó.
-¡Aló!, dijo Carolina, cuando levantó la bocina del teléfono de su mesa de noche.
-Mi amor soy yo, tu rendido amante.
-¿Cómo demonios conseguiste mi número telefónico? Te prohíbo que me vuelvas a llamar a mi casa. Diciendo lo cual, colgó.
A los pocos segundos, volvió a repiquetear el teléfono.
-Fabio, por favor, respeta mi situación. Lo que pasó ayer aún me tiene trastornada; no he podido asimilarlo.
-¿Tu marido está?
-No.
-Pues entonces nos encontramos en mi apartamento en media hora.
-Ni lo sueñes. Estás loco.
-Pues si no vienes, yo voy a tu casa; también conseguí tu dirección.
Carolina se sintió atrapada; por consiguiente aceptó.
-Está bien, ya voy para allá.
-Así me gusta.
La escena volvió a repetirse. La lujuria cegaba a Fabio y terminaba por envolver en ella a Carolina, quien en realidad no estaba preparada para este tipo de situaciones, pues Esteban siempre la había tratado como a una dama.
Así continuaron las cosas; ya poco le importaba si Esteban estaba de viaje o en la ciudad, ella se escapaba con su amante para ir al apartamento de éste a entregarse a la pasión que cada día la atrapaba más y más. Fabio la conducía por caminos de sexualidad, hasta ahora desconocidos para ella, en donde encontraba nuevos motivos de placer.
Poco a poco, esa mirada de inocencia que siempre había tenido y que aún conservara mientras le fue fiel a Esteban, se fue perdiendo, para ser reemplazada por un gesto que tenía algo de concupiscente.
Por otro lado, le era esquiva a Esteban; cuando no era cansancio, era dolor de cabeza o fatiga o cualquier otro pretexto. El caso es que, en tres meses que había transcurrido desde cuando se le entregara a Fabio, Carolina no había vuelto a hacer el amor con Esteban; quien preocupado había sugerido, en más de una ocasión, llevarla al médico.
-No es nada importante, ya me pasará; decía ella.
Un día, Carolina se sorprendió cuando se dio cuenta de que llevaba dos semanas de retraso en su período menstrual. Ella que siempre había gozado de una regularidad asombrosa.
-Debe ser que se me está adelantando el climaterio; al fin y al cabo próximamente voy a cumplir treinta y tres años; pensó muy cándidamente.
Esa tarde, al salir de clases y como quiera que Esteban había viajado, se fue con Fabio al apartamento de éste e hicieron el amor hasta casi media noche; lo cual repitieron durante los tres días que Esteban estuvo fuera de la ciudad. Volvió un nuevo mes y el ciclo de Carolina seguía detenido; preocupada le hizo el comentario a Fabio, quien sarcásticamente le preguntó:
-Y, ¿yo qué tengo que ver en esto?
-No seas infeliz, el hijo que creo estar esperando es tuyo; para que lo sepas, desde que soy tu amante, no he vuelto a estar con mi esposo.
-Y eso, ¿qué demuestra?
-Definitivamente, eres el ser más despreciable del mundo. ¿Cómo pude fijarme en ti? Y, lo que es peor, ¿cómo pude entregarme a ti?
-Sencillo. Estás encaprichada conmigo. Nadie te había hecho el amor de la forma en que yo lo hago.
-No seas tan miserable y, además, no te desvíes del tema. Estamos hablando del hijo que esperamos.
-Ya te lo dije. ¿Cómo sé qué es mío?
-Esto era algo que no quería decirte; el hijo es tuyo, porque Esteban es estéril. Pero si no lo quieres reconocer, yo veré que hago.
-¿…?
Fabio se quedó mudo y, al ver que Carolina pretendía salir, la aguantó por el brazo.
-Espera mujer, no te precipites. Si tu marido es estéril, quiere decir que no hay forma de que acepte su paternidad y, entonces, te va a botar a la calle y, hasta es posible que te mate y averigüe mi paradero y, también, me mate a mí.
-No seas idiota; Esteban no es de esas personas.
-De todas maneras, yo no voy a esperar a averiguarlo. Te propongo que nos fuguemos para Cali; allá está mi familia y ellos nos apoyarán. Además, yo tengo intacta la herencia que me dejó mi abuelo.
Así siguieron discutiendo, hasta que Fabio convenció a Carolina de que lo mejor para ambos era irse para Cali.
En esos momentos Carolina, mirando el reloj dijo:
-Caramba, van a ser las ocho y tengo que recoger a Esteban en el aeropuerto.
-Ya qué importa; déjalo que se las componga como pueda; más bien ve a tu casa a recoger lo que vas a llevar.
-No; yo no puedo hacerle esto a Esteban; yo no voy a desaparecer de su vida así no más; él se merece una explicación; es lo menos que puedo hacer.
-Bueno, tú sabrás lo que haces y cómo lo haces; lo importante es que esta misma noche estés aquí de regreso. Ah, y no me vayas a involucrar en nada; él no debe saber quién soy ni donde vivo, ni siquiera como me llamo.
-No; esta noche no; mañana temprano estaré aquí y, en cuanto a involucrarte, no te preocupes; a lo mejor, a él ni le interese saber quién diablos eres tú.
Y, diciendo esto, salió con el tiempo justo para llegar al aeropuerto. En el momento en que ella entraba a la terminal, anunciaron la llegada del avión.
Minutos después vio bajar a Esteban por la escalerilla de la nave, para luego cruzar el pasillo que conducía hacia la sala de llegada de pasajeros. A Carolina se le hizo un nudo en la garganta y los ojos se le humedecieron. Sin embargo, pronto se rehízo y salió al encuentro de su esposo.
Desolación y abandono
Esteban la abrazó y quiso besarla como era lo normal; sin embargo, ella volteó la cara, recibiendo el beso en la mejilla.
-¿Qué tiene mi ángel? ¿Estás preocupada por algo o, acaso, estás enojada conmigo, por algo malo que hice e ignoro o es que sigues enferma?
-No; no es nada de eso. Tengo que comentarte algo; pero en la casa hablamos.
Carolina se sumergió en el silencio y cada vez que Esteban quiso iniciar una conversación, ella le contestaba con monosílabos. Entonces, él sacó a la orilla el automóvil, lo detuvo y le dijo:
-Por favor, mi amor; dime qué es lo que te pasa. Tu actitud, no sólo me desconcierta, sino que además me preocupa.
Ella iba a responderle, cuando notó que ya estaban llegando y, así, se lo hizo saber.
Cuando descendieron del carro y Esteban sacaba su maleta del baúl, ya Carolina avanzaba por el pórtico adelantándosele; él la alcanzó cuando ella introducía la llave en la cerradura; entonces la tomó por la cintura y le dijo con mucha ternura:
-Mi amor, te estás engordando; ya la cinturita de avispa está desapareciendo.
-De eso quiero hablarte; entremos.
Dijo ella con algo de aspereza en el tono de la voz, lo cual sorprendió a Esteban, quien dijo un poco alterado:
-En realidad me tiene preocupado tu actitud. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan rara conmigo? Y esto no es de hoy; tú llevas varias semanas, qué digo semanas, varios meses en los cuales no has hecho otra cosa que esquivarme. ¿Qué te he hecho? ¿En qué te he faltado? Por favor, dímelo; sé sincera conmigo. O, ¿es que ya no me quieres?
-Eso parece más bien la letra de un pésimo bolero.
Dijo ella con un poco de amargura y agregó:
-¿Por qué no entramos más bien y vamos a la biblioteca para que hablemos con mayor privacidad? No quiero que la empleada se entere de nuestra conversación.
-Lo dicho, me tienes verdaderamente preocupado; pero hagamos las cosas como tú quieres.
Carolina, en ese momento, sintió pena por Esteban y hasta estuvo tentada de dar marcha atrás a su plan de fuga; pero pudo más, por un lado la situación en la que se encontraba por su embarazo y, por otro lado, el poder de sujeción que ejercía Fabio sobre ella.
Así que entró decidida y de inmediato pasó a la biblioteca. Esteban al ver el ímpetu con el que ella actuaba, sintió temor y una corazonada le asaltó: Carolina ya no lo amaba; por eso, y antes de que ella dijera algo, él se le adelantó y le dijo:
-¡Dejaste de quererme!, ¿Verdad? ¿Qué ha pasado en estos últimos meses, que te ha hecho cambiar tanto? Ya no eres la misma de antes. Carolina, yo te amo tanto, que mi único objetivo en la vida ha sido y sigue siendo tu felicidad. Haremos lo que tú deseas; entonces, por favor, dime la verdad, te lo suplico. ¿Qué te pasa?
-Esteban, lo que tengo que decirte no sólo me duele; sino que, además, me avergüenza; yo sé que tú no te mereces esto y daría mi vida porque no hubiera sucedido; más aún, si pudiera devolver el tiempo, te juro que esquivaría el camino que me ha llevado a ofenderte. ¡Esteban, estoy esperando un hijo de otro hombre!
Si a Esteban le hubieran pegado un mazazo en la nuca, tal vez no habría experimentado la sensación que las palabras de Carolina le produjeron. Realmente sintió como si un rayo hubiera abierto un hoyo profundo en el piso, por el cual él empezara a caer y caer. Su único impulso fue el de sentarse, quedando mudo y estupefacto. Su rostro se puso lívido y abrió la boca como si estuviera viendo una visión monstruosa. Pasados unos segundos, bajó la cabeza y lloró. Carolina permanecía de pie frente a él.
Al cabo de un rato, que a ella le pareció una eternidad, él levantó la cabeza y le preguntó:
-¿Por qué? ¿En qué fallé? ¿En qué te falté? ¿No te bastó mi amor, que tuviste que buscar otro? ¿Tan pequeñas te parecían, mi adoración y mi ternura, que les buscaste reemplazo? ¿Qué se hizo tu inocencia? O, ¿fue la falta de un hijo lo que te llevó a hacerlo? Porque si es así, yo lo adopto; mi única condición sería que no volvieras a ver al padre biológico. Tal vez esto te lleve a pensar que soy un degenerado, un cobarde o un imbécil. Pero es que te amo tanto, que si me dejaras, me moriría… Además, no se te olvide lo que te dije sobre la importancia que tu felicidad tiene para mí. Por favor, dime algo.
-Esteban, no me has comprendido; estoy cubierta de vergüenza y no quiero que el fango de mi oprobio te salpique más; si yo me quedara, cuando nazca el niño, al no parecerse a ti, la gente murmuraría más; no se te olvide que la familia y nuestras amistades saben de tu esterilidad; por eso debo irme. Perdóname; como ya te lo dije, daría mi vida porque esto no hubiera pasado.
-O sea, que ya tomaste la decisión.
-Sí, tal vez me vaya mañana.
Diciendo esto, Carolina dio media vuelta y salió de la biblioteca y se encaminó al segundo piso. Cuando Esteban subía la escalera, la vio salir de la alcoba matrimonial y dirigirse, con un pijama en la mano, al cuarto de huéspedes.
-¿Qué vas a hacer?
-Voy a acostarme.
-No. No tienes por qué hacerlo allí. Acaso, ¿ese es un cuarto de castigo? Tu alcoba siempre ha sido aquella, la principal y, hoy, no tiene por qué dejar de serlo. Ve, acuéstate que yo lo haré en la de huéspedes; al fin y al cabo, el único culpable de todo soy yo, por descuidarte, por no darte todo lo que tu alma necesitaba.
-Por favor, Esteban, no me hagas sentir peor de lo que me siento. Yo no merezco ninguna consideración de tu parte.
-Carolina, te amo tanto que no soy capaz de maltratarte, ni siquiera de palabra, mucho menos de hecho. ¿A qué horas piensas irte?
-No sé. Cuanto más temprano, mejor.
-¿Tanta prisa tienes por dejarme?
-No; no se trata de ti; sino de mí; la vergüenza me obliga a apresurarme.
-¿Te despedirás de mí?
-Esteban, por favor; yo no me voy de vacaciones. Me voy de tu vida.
-Sí; lo sé, pero mi corazón me dice que algún día volverás a mí; cuando te des cuenta de que sólo era un espejismo, me buscarás y, aquí, me encontrarás, siempre esperándote con los brazos abiertos.
-¿Puedo darte un abrazo?
-¿Tú crees que yo pueda negarte algo?
Los dos se estrecharon en un fuerte abrazo.
-Esteban, tú eres el ser más noble que yo pueda conocer. Ah, como me duele haberte fallado; si supieras como me arrepiento de haberte ofendido.
Diciendo esto, ella se desprendió de los brazos de él y, dándole la espalda, entró a la alcoba principal.
Esteban, por su parte, entró al cuarto de huéspedes y sin desvestirse se acostó en la cama a sabiendas de que sería una noche eterna, llena de insomnio y de preocupación, en la cual la desolación y la tristeza serían sus únicas compañeras.
Por más que le daba vueltas, no encontraba en qué le había fallado a Carolina. En ningún momento le preocupó quién podría ser el padre de esa criatura. Cuando la pregunta pasó por su mente, la desechó de inmediato. “Eso es lo de menos; lo grave fue que lo hizo. Pero, ¿por qué? Si yo siempre le fui fiel; si siempre estuve a su lado para atenderla, mimarla y cuidarla con amor abnegado y sincero. Sin embargo, y a pesar del engaño, no puedo odiarla; mucho menos, dejar de amarla; si ella ha sido el amor de mi vida. No sé qué irá a ser de mí, sin ella. Será como si se hubiera muerto.”
Así estuvo pensando Esteban, mientras trataba de hallarle respuesta a la sinrazón de su desgracia. Cavilando y cavilando, sin encontrar respuestas, la noche avanzó y empezaba a clarear el nuevo día, cuando el sueño y el cansancio lo rindieron.
Cuando, a la mañana siguiente despertó, su primera impresión fue la de que todo había sido un sueño, un mal sueño, una pesadilla. Sin embargo, a medida que se despabilaba, iba tomando conciencia de la realidad; de la cual no tuvo dudas, cuando notó que había dormido en el cuarto de huéspedes. Alarmado, corrió hacia su alcoba; la cual encontró totalmente arreglada y, encima del tocador de Carolina, una hoja de papel con una nota que decía:
“Esteban, no tuve valor para despedirme de ti; la vergüenza me lo impidió. Si te es posible, perdóname y, por favor, no me busques.”
Desfallecido, se sentó en el banco que ella, durante años, utilizara para sentarse frente al espejo y cepillar su cabello, mientras él la contemplaba embelesado, noche tras noche. Llevándose las manos a la cara, lloró amargamente el abandono de su esposa.
Rato después, se rehízo y resolvió que debía avisar a sus suegros sobre la desaparición de Carolina. Por tanto, se afeitó, se bañó y, luego de vestirse, salió a cumplir con el penoso propósito. Por el camino, lo pensó mejor y decidió no contarles toda la verdad, para no enlodar el nombre de ella y así lo hizo.
Gonzalo y Martha recibieron sorprendidos la noticia y, al principio, no daban crédito a las palabras de Esteban; solamente cuando él les mostró la nota que ella le dejara, ellos creyeron. Sin embargo, cuando hubo salido, hicieron comentarios adversos; sobre todo Gonzalo.
-Aquí hay gato encerrado. Carolina no puede desaparecer así nada más.
-Pero, ¿acaso no viste la nota que ella le dejó?, dijo Martha.
-Sí, pero pudo haber sido adulterada y, además, no dice por qué lo hizo.
-Y Esteban tampoco lo sabe; remató la buena señora.
-O no quiso decírnoslo…
-Y, ¿entonces…?
-Yo voy a hacer mis propias pesquisas.
Y, así, mientras Esteban trataba de asimilar el doble golpe recibido de la vida, el lunes siguiente Gonzalo fue a la universidad donde estudiaba Carolina y, preguntando aquí y allá, el viernes ya había logrado establecer contacto con Petra, la mejor amiga de su hija en el claustro.
-Pues ella no ha venido a clases en toda la semana.
Dijo Petra cuando Gonzalo se hubo dado a conocer.
-Y usted, ¿no ha podido hablar con ella?
-No señor y lo más raro es que el novio tampoco ha venido.
-¿El novio de quién?
-Pues, el de Carolina.
Pasado el asombro, Gonzalo no queriendo poner en evidencia a su hija, trató de parecer natural y preguntó:
-¿Usted sabe dónde vive ese joven y cómo se llama?
-Sí señor, y ella le dio los datos.
Cuando Gonzalo llegó al edificio que Petra le indicara, la portera le dijo que Fabio había entregado el apartamento, el lunes a primera hora.
-Y, ¿alguien iba con él?, preguntó Gonzalo, angustiado.
-Sí, su mujer.
-Y, ¿no sabe a dónde iban?
-Creo que para Cali.
-Gracias.
Luego se encaminó nuevamente a la universidad y, dándose muchas mañas, consiguió en la Secretaría de la Facultad la dirección en Cali, que Fabio había dado al ingresar.
Cuando Gonzalo llegó a su casa, le contó a Martha el resultado de sus averiguaciones.
-Entonces, se fugó con un amante, dijo Martha, apesadumbrada.
-Así parece.
-Y, ¿Esteban lo sabrá?
-Es probable; pero lo calló para no manchar su nombre y el nuestro.
-Esteban es todo un caballero.
-Y ama mucho a Carolina.
-Más de lo que ella se merece; remató Martha, con amargura.
-De todas maneras, voy a hablar con él, para averiguar que tanto sabe.
-Ten cuidado, no vayas a cometer una imprudencia.
-Tranquila, mujer; yo sé cómo hacer las cosas.
Esa noche, como a eso de las ocho, llegó Gonzalo a casa de Esteban. Después de saludarse, le preguntó:
-¿Qué has sabido de Carolina?
-Nada; además, usted vio la nota; ella no quiere que la busque
-Pero, ¿tú sabes para dónde se fue y, con quién?
-No señor; pero, acaso, ¿usted sabe algo que yo ignoro?
-No, hombre, que ocurrencias tienes. O, mejor dicho, sí lo sé.
Y, entonces, Gonzalo le contó, al asombrado Esteban, el resultado de sus pesquisas. Contrariado, Esteban le dijo:
-¿Por qué lo hizo? Yo sabía todo, al menos lo del engaño; pero yo no quería que el nombre de Carolina fuera motivo de murmuraciones.
-Cosa que te enaltece, muchacho; pero, tú sabes, yo me preocupé y al principio no te creí del todo y pensé mil cosas.
-O sea, ¿qué usted creyó que eran mentiras mías?
-Perdóname, hijo; pero tú debes comprender mi tribulación y mi desconcierto.
-Sí señor, lo comprendo; lo que no entiendo es por qué no fue sincero conmigo; pero, ya no se preocupe, olvidemos el incidente de su duda.
-Esteban, ¿no piensas buscarla?
-No señor, ella así lo quiso.
Esteban vive un infierno sin Carolina
Los días se fueron sucediendo hasta convertirse en meses y éstos en años. Habían pasado siete desde la aciaga noche en que Esteban supiera de la traición de Carolina y su posterior abandono. Siete años, durante los cuales, lloró la pérdida de su esposa; lloró tanto, hasta que un día resolvió darla por muerta para así en su mente y en su corazón sólo abrigar el dolor de su partida y no tener que guardar resentimientos contra ella.
Por eso, dejó de preguntarse por qué ella había procedido de esa manera; ya que al principio, no hacía sino amargarse haciéndose siempre la misma pregunta:
-¿En qué le fallé para que dejara de amarme?
Poco a poco, se había ido retirando de sus habituales actividades sociales; solamente cumplía con el obligatorio compromiso laboral; además de, con cierta regularidad, visitar a sus suegros e interesarse por su salud y comodidad. Era una manera de mantener vivo un último nexo con Carolina.
En una ocasión, se enfermó Gonzalo y estuvo tan delicado, que se temió por su vida y se pensó que había que buscar a Carolina; fueron momentos de angustia y nerviosismo para Esteban; afortunadamente, al cabo de unas semanas, la crisis fue sorteada y el enfermo se repuso.
Cuando salió de la convalecencia, llamó a su yerno y le dijo, entregándole una tarjeta:
-Hace años, cuando Carolina se fue e hice las indagaciones que tú sabes, conseguí esta dirección en Cali; es la de ese desgraciado que te la robó; tómala por si se llega a necesitar.
Esteban la tomó y, sin leerla, la deslizó en un bolsillo de su chaqueta. Tiempo después, Gonzalo recayó y le suplicó a Esteban que localizara a Carolina.
Así que preparó viaje, avisó lo pertinente en la empresa y ese domingo tomó el vuelo de la tarde hacia Cali, a donde llegó cuando aún clareaba el día; se hospedó en un buen hotel y esa misma noche alquiló un automóvil que le permitiera desplazarse por la ciudad sin contratiempos.
De inmediato empezó a buscar la dirección que su suegro le diera; una hora después la encontró, se trataba de una hermosa residencia situada en un exclusivo barrio; cuando pulsó el timbre, un empleado uniformado le abrió la puerta y le interpeló:
-¿En qué puedo servirle?
-Por favor, necesito hablar con Fabio O’Byrne, dijo Esteban leyendo la tarjeta.
-¿Quién le necesita?
-En realidad él no me conoce; yo acabo de llegar de Bogotá y estoy buscándolo por un asunto personal. En verdad, busco a la mujer que vive con él.
-Permítame un momento, dijo el empleado y entornó la puerta.
Al rato se presentó una señora muy elegante; quien, con una mirada desdeñosa, le inquirió:
-¿Para qué necesita a mi hijo?
-Buenas noches, señora; como ya le dije a su empleado, yo no busco a su hijo; sino a Carolina.
-¿Cuál Carolina?
-La mujer que vive con él o mejor debo decir, ¿su esposa?
-Mi hijo permanece soltero y no vive con ninguna mujer; así que disculpe; creo que se equivocó de casa.
Y, diciendo esto, cerró la puerta, dejando a Esteban con un palmo de narices. Sin embargo, una vez subió al carro lo condujo a una bocacalle cercana; para desde allí, observar la entrada y salida de cualquier persona de la casa donde acababa de ser tratado en forma tan descortés y sospechosa.
Llevaba cerca de una hora en esas, cuando vio a un individuo todavía joven salir en compañía de un niño de unos siete u ocho años; quienes se subieron en un automóvil que estaba estacionado enfrente de la mansión.
Seguirlo fue fácil. Después de recorrer unas treinta cuadras, el desconocido detuvo el auto y entró con el niño en una casa algo modesta, luego de abrir con dos llaves, la única puerta de acceso.
Esteban se estacionó en la bocacalle y pasados unos minutos bajó del auto y se acercó con disimulo a una ventana iluminada y, con sorpresa y sobrecogimiento, vio en el interior de la habitación a una mujer muy parecida a Carolina que, de espaldas, discutía con el individuo a quien él había seguido, mientras el niño lloraba aferrado a las piernas de la mujer.
-Esa es Carolina y ese debe ser su amante; pensó Esteban.
Tocó la puerta y, de inmediato, el desconocido le abrió y, con gesto airado, le espetó:
-¿Qué se le ofrece?
-Busco a Carolina.
Dijo Esteban, mientras observaba el interior de la vivienda, notando que la única puerta que conducía a los aposentos estaba cerrada.
-¡Aquí no vive nadie con ese nombre!
Respondió el individuo e hizo intento de cerrar la puerta; pero Esteban, prevenido, se lo impidió con la punta del zapato.
-No me lo niegue que yo la vi por la ventana.
-Y, ¿quién carajo es usted que espía por las ventanas de mi casa?
-Yo fui el esposo de Carolina y le traigo noticias de su papá.
-Ya le dije que aquí no vive ninguna mujer con ese nombre.
Y diciendo esto, aprovechó un descuido de Esteban y cerró la puerta; quien volvió a tocar; pero el desconocido le contestó desde adentro, amenazándolo con llamar a la policía; por lo cual decidió no insistir, pensando en volver al día siguiente y esperar a que Carolina estuviera sola. Así que regresó al hotel y se acostó.
Cuando Esteban regresó a la mañana siguiente, estacionó el auto en la misma esquina donde lo hiciera la noche anterior y esperó; al cabo de unos minutos, el desconocido salía con el niño de la mano y, subiendo al mismo carro que usaran en la noche, partieron con rumbo desconocido.
Pasados unos minutos, Esteban se acercó a la casa, nervioso de pensar que sería Carolina quien le abriría la puerta; mentalmente, repasó las palabras que habría de decirle. Ya iba a tocar, cuando sintió que le tocaban un hombro; al dar media vuelta, se encontró con el desconocido; quien, con cara torva, le dijo:
-Usted sí que es porfiado. Ya le dije que aquí no vive la persona que busca; pero como parece que nada lo va a hacer desistir, creo que la única forma de impedir que siga molestándome, es dejarlo constatar con sus propios ojos; así que haga el favor de seguir y cerciórese de su equivocación.
Diciendo esto, el individuo abrió la puerta con doble llave y le franqueó la entrada al atónito Esteban; quien entró y observó que por la puerta interior salía una mujer de la estatura y contextura de Carolina, pero de cara diferente; lo único igual en la cabeza era el color castaño de su pelo.
-Ella es Esther, mi esposa; dijo el desconocido.
Con la sorpresa pintada en el rostro, Esteban pidió perdón por su error y salió todo confundido; para regresar al hotel, hacer la maleta y, luego de cancelar la cuenta, dirigirse al aeropuerto, para tomar el primer avión a Bogotá.
Al llegar, lo primero que hizo fue visitar a sus suegros, no solamente para enterarse cómo seguía Gonzalo; sino también comentarle a éste el resultado de su viaje. A lo cual, Gonzalo comentó:
-Ahí hay algo raro; no sé, pero esa era la dirección que él mismo había dado cuando ingresó a la universidad. ¿No sería que durante la noche llevó a alguien que suplantara a Carolina?
-No sé, dijo Esteban, tal vez sí, tal vez no. De todas maneras si hubo suplantación, se hizo con el consentimiento de ella.
-Eso no lo podemos saber. De todas maneras, mucho me habría gustado que la hubieras visto para decirle cuanto la necesito.
-A mí también me hubiera gustado verla nuevamente; así hubiera sido un instante. Usted no sabe cuánto la extraño todavía. No he podido dejar de amarla y mucho menos olvidarla.
Siguieron hablando largo rato, hasta que se hizo tarde y Esteban se despidió. Volvió a su casa y siguió la vida que había venido llevando durante los últimos nueve años.
Un día recibió una llamada urgente de Martha, quien le contó que Gonzalo había vuelto a entrar en crisis y que esta vez era definitivo, pues al ser examinado por los médicos éstos lo encontraron bastante mal. El corazón del enfermo estaba muy debilitado y le quedaba muy poco tiempo de vida.
Esteban de inmediato se trasladó a la clínica, apenas con el tiempo suficiente para despedirse de su suegro, a quien quería y respetaba. Gonzalo entró en coma y al cabo de unas horas murió. Antes, mientras estuvo consciente, le preguntó a Esteban por Carolina.
-No hay como avisarle, dijo Esteban compungido.
-Si alguna vez hablas con ella, dile que siempre la quise y fue mi consentida.
-Así lo haré, aunque ya perdí las esperanzas de volver a verla.
Dos años después, Martha enfermó. Esteban se apersonó de la situación y, hasta el último momento, estuvo pendiente de todo lo que se necesitara. En el lecho de muerte, Martha le agradeció a Esteban todo lo bueno que había sido con Carolina y le pidió que, si algún día la volvía a ver, le dijera de su parte lo mucho que la había querido.
Para ese entonces, Fanny, la hermana menor de Carolina, ya se había casado y se había ido a vivir con su esposo a Medellín. Esteban les avisó, ellos llegaron y Martha murió a los pocos días de su llegada.
Pasado el sepelio, Fanny y su esposo regresaron a Medellín. Esteban perdió entonces todo nexo con Carolina. Y volvieron las interminables semanas; los meses se arrastraban lentamente. Esteban había perdido toda ilusión en la vida. Ahora sí que se había convertido en un ermitaño, un eremita. La existencia empezaba a perder el más mínimo sentido para él.
La vida cambia
Había transcurrido como año y medio desde la muerte de Martha. Una noche de viernes, como otra cualquiera, llegaba Esteban de su oficina cuando, al descender del carro, vio a una señora mal vestida y algo avejentada, sentada en una banca del jardín, cercana a un farol. La extraña mujer se cubría la cabeza con una pañoleta y, a pesar del frío intenso de diciembre, iba poco abrigada. Intrigado Esteban se acercó a la desconocida y le dijo:
-Perdón, señora. Esto es propiedad privada. Usted no puede permanecer aquí.
-Esteban, soy yo. ¿No me reconoces?
Dijo la mujer, poniéndose de pies, quitándose la pañoleta de la cabeza y dándose a reconocer. La sorpresa de Esteban fue mayúscula. Frente a él tenía a Carolina, quien lucía desmadejada, desarreglada, mal vestida; en una palabra, se la veía muy mal, toda decaída. Pero más que la apariencia física, lo que más sorprendió a Esteban fue el volver a ver a Carolina. Se quedó mudo, ensimismado.
Ante la sorpresa y el mutismo de Esteban, Carolina se arrodilló a sus pies y abrazándose a sus piernas, le dijo:
-Esteban, perdóname. Llevo años ansiando este momento. Pero no podía venir, estaba como prisionera y solamente hasta ahora he podido liberarme.
Él la tomó de las manos y la levantó y se quedó mirándola a los ojos un buen rato.
-Eres tú, has vuelto. Dios ha escuchado mis ruegos; llevo quince años, una eternidad, esperando por ti.
Entonces la abrazó, le acarició la cabeza y la besó en la frente. Carolina no aguantó más y dio rienda suelta al llanto. Esteban le daba palmaditas en la espalda y le decía:
-Ya, ya estás aquí, ya pasó todo, cálmate. Entremos que estás desabrigada y eso te va a hacer daño.
Y uniendo la acción a la palabra, la tomó del brazo y la condujo a la sala de la casa. La empleada, quien era nueva en la casa, se asombró de ver a su patrón tan feliz, acompañado de una desconocida a quien trataba tan amablemente y a quien le hablaba con tanto cariño.
-Tranquila, Matea. Esta es mi esposa que ha vuelto. Por favor, prepárenos la mejor cena que sepa hacer.
-Sí señor, dijo la susodicha Matea y se fue para la cocina.
Esteban condujo a Carolina hacia la biblioteca. Una vez entraron, él cerró la puerta y, después de convidarla a sentarse, le dijo:
-Cuéntame qué pasó. ¿Tú sabes que yo estuve hace como seis años buscándote en Cali, pero no fue posible verte?
-Sí, lo supe, pero no pude hacer nada; porque cuando me enteré ya habían pasado varios días de tu ida. Esteban, la historia es larga y triste. Pero antes de contártela debo pedirte nuevamente perdón, pues no quiero que lo hagas por lástima, cuando sepas por todo lo que tuve que pasar.
-Carolina, mi perdón lo tienes desde hace años. Nunca he dejado de quererte; ni jamás, ni un solo día desde cuando te fuiste, he dejado de rogar a Dios por tu regreso. Si supieras lo feliz que soy en este momento. Me preocupa ver tu estado. ¿Por qué estás así?
-Te voy a contar todo. Pero antes, déjame agradecerte tu bondad y tu nobleza de alma, de las cuales nunca dudé. Por eso vine directamente donde ti.
Entonces, Carolina le contó todo lo que le había sucedido durante esos quince largos años.
Cuando se fue de la casa y llegó al apartamento de Fabio, él la estaba esperando; pidió un taxi que los llevó al aeropuerto, a tiempo para tomar el siguiente avión a Cali, a donde llegaron sin contratiempos.
Sin embargo, cuando se presentaron donde la mamá de Fabio, ésta los recibió con cajas destempladas y dijo que ella no iba a alcahuetear vagabunderías y que, por tanto, no quería extrañas en su casa. Entonces, Fabio le exigió su pensión mensual y, cuando la tuvo asegurada, consiguió en arriendo la casita que él conoció cuando la fue a buscar.
En esa casa nació su hijo, el mismo que Esteban viera, a quien la mamá de Fabio terminó aceptando, pero a ella no. El odio de esa señora hacia Carolina era tal, que prohibió a Fabio llevarla a su casa. Carolina, en más de una ocasión, le pidió a Fabio que la dejara ir, pero él siempre se negaba a hacerlo. Al final, éste se aburrió de Carolina y terminó por tenerla solamente en razón de ser la madre de su hijo, a quien adoraba. Pero como Carolina amaba también a su hijo, Fabio usaba de ese sentimiento para chantajearla. En el sentido de que si ella se iba, perdería a su hijo.
Así pasaron quince años; Fabio ultrajándola de palabra y humillándola cada vez que podía; la mantenía encerrada en la casa y no la dejaba salir a ninguna parte; cada vez que podía, le decía que la despreciaba, que lo único bueno de ella era haberle dado un hijo; que, por lo demás, poco le importaba si ella vivía o se moría o se quería largar para donde el idiota de su marido. Pero ella aceptaba todo por su hijo.
-Entonces, ¿qué pasó?, preguntó Esteban, haciendo caso omiso del comentario.
-Lo más triste, dijo ella. Mi hijo, casi ya un adolescente, murió hace un mes después de haber sufrido un accidente que lo mató instantáneamente. Días después del sepelio, logré escapar y aquí me tienes.
Y las lágrimas rodaron por sus mejillas. Esteban la abrazó y le dijo:
-Lo siento mucho. En realidad has tenido que pagar un precio muy alto por tu libertad y gracias a tu desdicha, has vuelto.
En ese momento, se presentó Matea, avisando que la cena estaba servida. Pasaron a la mesa y cenaron. Después Esteban se fue a dormir al cuarto de huéspedes, cediéndole la alcoba principal a Carolina. Ella no quería, pero él insistió tanto, que por fin aceptó. Como argumento final, Esteban precisó:
-Así mañana será, como si nuestras vidas continuaran en el punto en que las dejamos la última vez que hablamos.
-No es tan simple, Esteban. Es mucho lo que tienes que perdonarme y es mucho lo que tendrás que olvidar.
-El amor -dijo él- también es perdón y olvido.
Después de que se acostara, Esteban recordó que no le había contado a Carolina sobre la muerte de sus padres, ni sobre tantas otras cosas que habían pasado durante esos quince largos y penosos años.
Al día siguiente, Esteban madrugó y, al despabilarse, de inmediato fue a buscar a Carolina a la alcoba principal. Sin embargo, no la encontró pero vio la cama arreglada. El susto fue mayúsculo; enseguida pensó que se había tratado de un sueño. No obstante, bajó y recuperó la calma cuando vio a Carolina bañada y vestida, tomándose un tinto mientras conversaba con Matea.
Después del desayuno, ella le pidió que la llevara a donde sus padres; él agachó la cabeza y con tristeza le informó:
-Te tengo malas noticias, Gonzalo y Martha murieron.
Carolina lloró; él la abrazó y la dejó llorar para que se desahogara, antes de contarle como había sucedido todo. Para luego aclararle que su viaje a Cali había obedecido a la necesidad de buscarla para avisarle de la enfermedad de Gonzalo.
-Ambos, Martha y Gonzalo, antes de morir, se acordaron de ti y me recomendaron que, si te encontraba algún día, te dijera que siempre te quisieron y que si yo te había perdonado, ellos también ya lo habían hecho.
Poniéndose los dos en pie, se abrazaron y Esteban la reconfortó y le dijo que si ya había pensado en buscar la ayuda de un sacerdote; a lo cual ella, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, le contestó:
-Ayer, antes de llegar aquí, estuve en la Iglesia de la Porciúncula y me confesé y comulgué. El sacerdote, después de que le conté toda la verdad, al ver mi arrepentimiento, me recomendó que viniera donde ti y te pidiera perdón y una nueva oportunidad.
-Yo ya te perdoné. Ahora debes perdonarte a ti misma.
Ella bajó la vista al suelo y, luego de un rato de silencio, le pidió:
-¿Me podrías hacer el favor de llevarme a la tumba de mis padres?
-Ya me iba a ofrecer a hacerlo. Vamos.
Cuando regresaron del camposanto, siguieron conversando; todo ese fin de semana lo dedicaron a contarse lo que había sido de sus vidas durante todos esos largos años de separación.
A ratos, Carolina interrumpía su narración para llorar y pedir nuevamente perdón, a pesar de que Esteban le decía que ya la había perdonado. Después de una de esas interrupciones le dijo:
-Yo sé Esteban, que la ofensa que te infringí fue muy grande y que la vida que me queda, será insuficiente para devolverte la felicidad que te quité. Pero te juro que aprendí la lección y pagué con creces mi error. Además, nunca dudé de tu grandeza de alma y, si me fui de tu lado, fue para no arrastrarte en el fango en el que yo me hundía. Por todo esto, siempre te pediré perdón.
-Tranquila. Sé muy bien que estás arrepentida y que si volviste, no fue por necesidad, sino porque todavía me quieres.
-En la prisión en la que me tenía ese infeliz, no hacía más que añorar tus caricias, tus bondades, tu generosidad, tu desprendimiento; pero no me atrevía a regresar, primero por vergüenza y segundo por no dejar a mi hijo. Además, en todos estos años, nunca más volví por gusto a ser de ese canalla. Siempre fue a la fuerza.
-Por favor, Carolina, no me interesan los detalles de tu vida íntima con ese miserable. Si por algo mantuve tu imagen intacta en mi mente, durante todos estos años, fue porque siempre hice abstracción de tu relación carnal con ese individuo. Así que te ruego el favor de que nunca más intentes hacerme comentarios al respecto.
-No sabes cuánto te agradezco que me evites esa vergüenza.
Y, así, siguieron hablando y hablando durante horas y horas, aprovechando el fin de semana. Solamente interrumpían su charla para comer y dormir. Cuando ya era casi medianoche, se despedían con un beso en la mejilla y ella se dirigía hacia la alcoba principal y él hacia el cuarto de huéspedes. Con la llegada de la nueva semana, Esteban volvió a su trabajo, dejando a Carolina encargada de organizar nuevamente la casa.
Con el paso del tiempo, Esteban y Carolina fueron olvidando poco a poco la amargura que habían vivido. Ella fue recobrando la confianza de él. Sobre todo porque nunca él quiso aprovecharse de la situación y humillarla o hacerla sentir mal. Al contrario, Esteban trataba de evadir el tema de la separación y sus causas y, más bien, buscaba conversación sobre los planes de ella ahora que había regresado y, si ella lo permitía, él no volvería a dejarla ir, nunca jamás.
Para el cumpleaños número cincuenta de Carolina, dos años después de su regreso, Esteban le hizo llegar un hermoso ramo de rosas, en la noche la llevó a cenar a un restaurante exclusivo y luego le dio serenata. Después de la cual se tomaron una botella de vino.
Cuando se fueron a despedir, ella le pidió que pasaran la noche juntos. Al principio él dudó, pero ante la insistencia de ella terminó aceptando.
Después de casi dieciocho años, volvieron a hacer el amor. Hubo momentos en los cuales, ambos temieron que cualquier gesto, palabra o acción pudiera romper el encanto. Sin embargo, la prudencia de él y la madurez de ella, lograron imponerse y al final ambos quedaron enlazados en un tierno abrazo, dándose besos que los dos anhelaban.
Él por la sed de amor hacia Carolina que siempre lo había consumido. Ella porque sabía que por fin, él la había perdonado y, sobre todo, porque confirmó que se amaban más que antes.
FIN