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LO PROHIBIDO

(El amor todo lo domina)

 

La historia de un amor imposible, punto menos que pecaminoso

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Noviembre  de 1999

 

“Nadie tiene dominio sobre el amor, pero el amor domina todas las cosas.”

Jean De La Fontaine

 

Él y ella trabajaban en la misma empresa: la compañía distribuidora de gas natural, con sede en Barranquilla; él hacía octavo semestre de Derecho en la Universidad del Atlántico, tenía veintidós años de edad y llevaba dos en la empresa, el último de ellos, como asistente del jefe de Personal; ella había ingresado ocho meses atrás, como secretaria del jefe de Contabilidad.

Por la hoja de vida, él se enteró de que ella era madre soltera, tenía treinta y siete años y una hija de diecisiete, llamada Esperanza, que cursaba décimo año de bachillerato. Por su observación personal, se dio cuenta de que ella era una mujer hermosa, sensual y deseable. Él se llamaba Ricardo y ella Raquel.

Poco a poco se fueron haciendo amigos; él se hacía el encontradizo a la salida del trabajo al finalizar la jornada diaria; algún día, ella le aceptó una invitación a comer; después siguieron saliendo juntos e iban a bailar o iban a la playa o al cine.

Hasta que en una ocasión, después de haber bailado hasta media noche y haber consumido, entre ambos, dos botellas de vino, hicieron el amor en un hotelito de las afueras de la ciudad.

– Te voy a amar hasta el día de mi muerte.

Le dijo Ricardo, después de haberla amado con vehemencia y después de haber saboreado sus besos y haber disfrutado de la pasión, largo tiempo dormida, conque ella correspondiera a sus caricias.

– Nunca hagas promesas de las que no estés seguro de cumplir; le respondió ella y lo besó en la boca.

– Puedo jurarte que jamás dejaré de amarte; replicó él con ardor.

– Júrame, más bien, que si algún día te enamoras de otra o dejas de amarme por cualquier motivo, me lo harás saber; que yo sabré comprender y perdonar; al fin y al cabo, estoy consciente de nuestra diferencia de edades; le dijo Raquel, mirándolo a los ojos.

– Te lo juro; aunque estoy seguro de que ese día nunca llegará.

Y volvieron a amarse, sellando, así, su pacto de amor. Pronto se supo en la empresa que, Ricardo y Raquel, hacían vida marital.

*****

Así transcurrieron siete años; durante los cuales, Raquel se había convertido en una mujer mayor, de cuarenta y cuatro años, un tanto avejentada; mientras que Ricardo seguía siendo un hombre joven, de apenas veintinueve años de edad.

Durante ese lapso, en dos o tres ocasiones, Ricardo y Raquel, se habían separado; casi siempre, debido al mal genio de ella y a su carácter demasiado posesivo y, otras tantas, se habían vuelto a reconciliar; Ricardo siempre volvía donde Raquel y las cosas tomaban un cariz de aparente normalidad.

Mientras tanto, Esperanza había terminado sus estudios de medicina en la Universidad Nacional de Bogotá. En las vacaciones, siempre había venido a visitar a su mamá.

Cuando regresó, ya convertida en médico, era una hermosa mujer de veinticuatro años, que poseía la belleza de su madre; belleza a la que agregaba unos hermosos ojos negros y una boca sensual que, cuando sonreía (y lo hacía a menudo), se abría como un capullo en flor y dejaba ver unos hermosos dientes, blancos como las perlas del mar.

Pronto consiguió que la nombraran en el hospital departamental. La amistad que Ricardo y Esperanza habían hecho florecer desde un principio, volvió a tomar sus cauces de camaradería, confianza y  cariño, ahora que ella había regresado.

– ¿Cuántos corazones partidos dejaste en Bogotá?

Le preguntó él una tarde de sábado en la que habían quedado solos, pues Raquel había salido para el salón de belleza.

– Ninguno o, al menos, yo no me enteré de ninguno; le respondió ella, sonriéndole con ternura.

– Y, ¿por qué no te enteraste?

– Porque mi corazón se quedó aquí en Barranquilla.

– Ah, ¿conque esas tenemos?

– ¡Sí!

Dijo Esperanza y, como si quisiera evocar algo tierno y fascinante, cerró sus hermosos ojos, enmarcados de una manera adorable por unas largas y hermosas pestañas.

*****

Meses después, estando una noche Esperanza viendo televisión en la alcoba de Raquel, mientras ésta preparaba la cena y Ricardo leía el periódico cerca de aquélla, él notó cómo a ratos Esperanza se quedaba mirándolo. Él no prestó mayor atención; sin embargo, noches después, se acordó del hecho y volvió a sorprenderla en la misma situación.

Más tarde, estando ya todos acostados, Ricardo le dabas vueltas al asunto  mientras trataba de conciliar el sueño; entonces se acordó de algunas acciones deferentes por parte de Esperanza para con él, cuando ella venía de vacaciones; recordó, también, lo que ella le dijera sobre sus preferencias amorosas y otras cosas que le permitieron atar cabos y, entonces, la luz se hizo en su cerebro: Esperanza estaba enamorada de él.

Al principio, este descubrimiento le sorprendió, luego le agradó y hasta le hizo volar la imaginación; pero, después, se serenó y recapacitó y trató de ahuyentar de su mente la idea por descabellada; al fin y al cabo, Esperanza era prácticamente su hijastra; pero la idea volvía nuevamente y aunque él trataba de alejarla ésta persistía.

Por lo que decidió buscar una ocasión propicia para confrontar a Esperanza; pero sabía que debía hacerlo con mucho tacto para no herirla y de pronto, si estaba equivocado en sus apreciaciones de las cosas, no ir a caer en el ridículo y la vergüenza.  El problema mayor estribaba en encontrar esa ocasión, pues Raquel iba y venía con él todos los días de la casa a la empresa y viceversa.

Hasta que, al fin, un día tomó la determinación; pues, la noche anterior, había vuelto a sorprender a Esperanza observándolo y, cuando él la miró fijamente a los ojos, ella le había devuelto la mirada muy significativamente.

Por eso, cuando a las seis de la tarde Raquel pasó por la oficina de Personal, de la cual Ricardo era ya su director, para regresar juntos a la casa, él le dijo que se fuera sola ya que tenía que entregar unos informes urgentes a Gerencia al día siguiente a primera hora.

Media hora después, Ricardo salió; no sin antes desconectar el teléfono de la oficina. Al poco rato estaba en el parqueadero del hospital y estacionó su automóvil cerca del de Esperanza; esperó aproximadamente media hora, antes de verla venir hacía donde él se encontraba. Aunque lucía cansada, no por eso, estaba menos hermosa. Ricardo se solazó observándola como contoneaba su hermoso cuerpo al caminar. Cuando Esperanza divisó a Ricardo, sus ojos se alegraron y su mirada adquirió un brillo especial y sus labios esbozaron la más bella sonrisa que Ricardo alguna vez hubiera podido observar en mujer alguna. Esto le afianzó su impresión sobre el enamoramiento de ella y de cómo, Esperanza le gustaba cada vez más.

– Y, ¿ese milagro? ¿Qué se te perdió por aquí?

Fue el saludo que Esperanza le dio, sonriendo entre sorprendida y divertida.

– ¿Qué perdí, me preguntas? ¡La tranquilidad y la paz! -Dijo él.

– ¿Cómo así? No entiendo.

– Sube; tenemos que hablar. -Fue la respuesta apresurada de Ricardo.

Tan pronto ella subió al auto, él emprendió la marcha; después de apagar su celular, para cortar todo contacto con el mundo.

– ¿Adónde vamos? -Preguntó Esperanza, intrigada.

– A un sitio donde nadie nos interrumpa.

Tomaron la autopista nueva hacia Puerto Colombia y, cuando estaban cerca al desvío, Ricardo detuvo el carro, luego de sacarlo de la vía.

– No entiendo tanto misterio; dijo ella, con cara de sorpresa, rompiendo el prolongado silencio.

– ¿Por qué te quedas, a veces, mirándome durante largo rato, cuando estamos solos? ¿Por qué me dijiste una vez que, cuando te habías ido a estudiar a Bogotá, tu corazón se había quedado en Barranquilla? ¿Por qué, cuando me sonríes, siento que el día es más brillante o advierto que la luna es más hermosa?

– Espera; dijo ella. -¿Qué es esto, un interrogatorio o una declaración de amor?

Entonces Ricardo le contó cómo había perdido el sueño y la calma y cómo, desde hacía varios días la veía como una mujer y no como su hijastra. Cómo había empezado a reparar en la belleza de su rostro; en lo precioso de su cuerpo y en cómo sería de hermoso amarla y entregar hasta la vida por un solo beso de su preciosa boca.

Esperanza, mientras tanto, lo miraba atónita; no podía salir de su sorpresa; primero, porque él hubiera descubierto su secreto y, segundo, y esto era lo más sorprendente, que él estuviera enamorado de ella.

En un momento dado, en el que ella quiso replicar algo, él la tomó por los hombros y la besó en la boca; ella no supo, de momento, que hacer; luego, se dejó arrastrar por el amor refrenado durante años, el deseo reprimido desde su adolescencia cuando, a veces, sin querer, veía a Ricardo los fines de semana, en ropa deportiva y se recreaba observándolo o cuando, iban a la playa y ella se extasiaba, admirándolo. Desde entonces, ella había fijado en él, su ideal de hombre; al que ella pudiera entregarle, feliz, todo su amor.

Por eso, pasada la sorpresa, Esperanza, le devolvió en el beso, la caricia que Ricardo le brindaba.

Cuando, al cabo de unos minutos, ambos reaccionaron, se miraron y, casi al unísono, se juraron amor eterno.

– ¡Te amo!, dijo él.

– ¡Yo también te amo! Pero mi amor es más fuerte, pues lo he venido alimentando durante años; en cambio el tuyo acaba de nacer.

– No importa; dijo Ricardo. -Así esté recién nacido, éste es el amor de mi vida; por el cual, si fuera necesario, daría mi existencia, gustoso. Más aún, si ahora tuviera que morir, lo haría dichoso; pues no sólo he descubierto que te amo, lo que me hace muy feliz; sino que tú, prenda mía, me amas también y, eso, me hace todavía mucho más feliz.

*****

Comenzó, de esa manera, el amor más tormentoso que podamos imaginar: Esperanza y Ricardo le robaban, a la vida, al tiempo y a su entorno, los momentos necesarios para estar juntos y jurarse amor.

Una tarde, aduciendo un fuerte dolor de cabeza y una consulta conseguida de urgencia, Ricardo salió de la oficina y se fue para el hospital, donde trabajaba Esperanza.

Al encontrarla, se escondieron en el cuarto de los médicos de turno e hicieron el amor. El éxtasis los embargó y los transportó a otros mundos, en donde sólo reinaban el amor y la felicidad. Ricardo creyó tocar el dintel de las puertas del cielo y Esperanza, por su parte, contempló de cerca las estrellas.

Cuando regresaron a la tierra, él le pidió perdón por haberla amado en ese sitio, el menos romántico del mundo; cuando hubiera deseado haberlo hecho en los jardines del Edén.

– No importa, dijo ella. – Me has hecho la mujer más feliz del mundo y este lugar será para mí, a partir de hoy, mi templo del amor. ¿No sabes, acaso, que este momento lo he soñado y lo he deseado por más de cinco años?

– No puede ser; le contestó él y volvió a besarla en la boca.

Luego se besaron nuevamente y juraron amarse hasta el final de sus días, rogando a Dios que les permitiera morir juntos; para que ninguno de los dos sufriera la ausencia del otro.

Entonces ella le contó, cómo su obsesión de adolescente se había convertido en un amor inmenso, de mujer madura y cómo, si no hubiera llegado ese momento, ella habría enloquecido. Pasado el éxtasis, volvieron a la realidad.

– ¡Mi mamá jamás se puede enterar de esto!

– ¡Imposible, nos mataría!

Y, así, empezaron a vivir una doble vida. Esperanza, con el pretexto de estar más cerca del hospital para poder cumplir con las exigencias de los turnos, se mudó a un apartamento algo retirado de la casa de Raquel. Ricardo, por su parte, cada vez que podía, se escapaba de la oficina, en las horas de descanso de Esperanza, para reunirse  y gozar, entre ambos, del amor que se profesaban.

*****

Hasta que tomaron una decisión: se casarían en secreto. Esperanza, que gozaba de mayor libertad de movimientos, consiguió todos los documentos que el capellán del hospital les exigió.

El día fijado, Ricardo tomó como pretexto unos exámenes de laboratorio que debía hacerse practicar y, por eso, salió tranquilamente, muy temprano. La boda se celebró, a temprana hora, en la capilla del hospital, teniendo como testigos a un médico y a una enfermera jefe, ambos amigos de Esperanza y, ahora, también de Ricardo.

Después de la ceremonia disfrutaron de un breve desayuno con los padrinos. Esperanza se fue a cumplir su turno y Ricardo salió para su oficina. Al salir a la calle, sintiéndose el esposo de Esperanza, Ricardo percibió que, para él, el sol brillaba más, el día estaba impregnado de algo que, aunque no se pudiera tocar, ahí estaba y hacía que todo luciera más hermoso y más radiante. Era la felicidad que su alma desbordaba a torrentes y le hacía exultar de gozo.

Cuando llegó a la oficina, la secretaria le preguntó cómo le había ido en los exámenes de laboratorio y él respondió que bien; que en la tarde, debía ir por los resultados. Así, pensó, preparaba un pretexto para poder reunirse con Esperanza y disfrutar de un rato de amor con su joven y adorable esposa. Cuando en su mente, cobró fuerza el pensamiento de que ella ya era su esposa, el corazón dio un brinco y la emoción le embargó por completo.

– Por aquí estuvo Raquel, preguntándolo.

Dijo la secretaria sacándolo de la feliz abstracción en que se encontraba.

– Gracias; dijo él y entró a su oficina.

Así siguieron manteniendo en secreto su matrimonio. Ricardo seguía escapándose, inventado cada vez nuevas excusas, con el fin de aprovechar los descansos entre turnos de Esperanza en el hospital. A  veces, pretextando trabajo adicional, él se quedaba en la oficina,  para luego salir para el apartamento donde ella lo esperaba ansiosa.

*****

Un día decidieron normalizar su situación y se resolvieron a hablar con Raquel. Ricardo recordó la promesa de Raquel, al comienzo de su relación, sobre la comprensión que ella sabría observar, en caso de que el amor se extinguiera por parte de él y, así, se lo comentó a Esperanza.

Seguros de que Raquel comprendería, fijaron para el siguiente sábado la fecha para hablar con ella. Luego, pensándolo mejor, decidieron que Esperanza no iría y que Ricardo le ocultaría la identidad de su esposa, al menos por ahora.

Armado del valor que le daba el amor por Esperanza y convencido de que Raquel sabría comprender (él recordaba muy bien la promesa que ella le hiciera ocho años atrás), ese sábado buscó la oportunidad  para contarle parte de la verdad.

– Raquel, tenemos que hablar.

– ¿Sí?  Yo también tengo que hablar contigo.

– ¿Sobre qué?, preguntó Ricardo, intrigado.

– Hace semanas; no, en realidad hace meses, que vengo observándote cómo estás de cambiado. Te noto frío. ¿Cuánto hace que no hacemos el amor? Además, ahora sales con mucha frecuencia de la oficina; te pierdes casi todos los días. Tu secretaria me dice que vas mucho donde el médico. ¿Es que estás enfermo?

Le dijo ella, mostrando en la inflexión de su voz, una preocupación que apenó a Ricardo. Ante esto, él se turbó y prorrumpió en una serie de balbuceos, que lo único que lograron fue preocupar más a Raquel que, muy solícita, le dijo:

– Cálmate y cuéntamelo todo; que yo estoy aquí para apoyarte y darte voces de aliento.

– Espera; yo no estoy enfermo. Lo que tengo que decirte tiene que ver con nosotros dos; con nuestra relación.

El asombro y el miedo se pintaron en el rostro de Raquel; quien, sacando fuerzas de donde no las tenía, pues esperaba lo peor, le dijo:

– Acaso, ¿ya no me amas? ¿Es qué tienes otra mujer? Por favor, dime de qué se trata. ¿No ves que la angustia me consume?

– Raquel, yo te sigo queriendo; tú eres alguien muy especial para mí; de ti, sólo guardo recuerdos gratos; pero, me he enamorado de otra mujer.

Raquel prorrumpió en llanto; los sollozos la ahogaban. Cuando Ricardo se acercó para tratar de consolarla, ella lo rechazó de un manotón y le dijo, presa de la ira y echando chispas por los ojos:

– No me toques; eres el ser más miserable que he conocido. Después de todos estos años de sacrificio, de abnegación, de fidelidad a tu lado, ¿me sales con esto? Nunca te lo perdonaré y, cuando sepa quién es la arpía que me robó tu amor, la voy a matar y, a ti, te sacaré los ojos. ¡Te lo juro!

– Pero, acaso, ¿se te olvidó tu promesa cuando, al comienzo de lo nuestro, me dijiste que serías comprensiva, qué sabrías entender? ¿Cuándo me pediste que, llegado el momento fuera sincero contigo? O, ¿sólo se trataba de meras palabras dichas por decir?

– Y a ti, ¿se te olvidaron tus juramentos? ¿No me ibas a amar hasta la muerte? Por favor, Ricardo, no quiero volver a verte. Vete donde esa miserable que te envolvió, no sé cómo. Y, ¿sabes una cosa? Lo único que te deseo es que ella te pague con la misma moneda con que tú me has pagado a mí.

Él salió y subió a su cuarto a preparar la maleta; cuando terminó bajó donde Raquel; quien, ya sin llanto en los ojos, lo miró con odio y cuando él le dijo que después volvería por el resto de sus cosas, le volvió la espalda; no sin antes decirle que ya se acordaría de ella para toda su vida; si era que ésta le alcanzaba para hacerlo.

Ricardo tomó su maleta, un tanto apenado con Raquel; aunque al poco rato, se sintió nervioso por las amenazas que ella le lanzara. Sin embargo, cuando ya iba rumbo al apartamento que compartiría con su esposa (todavía se engolosinaba cuando la llamaba así), una sensación de paz interior y de ternura hacia Esperanza lo invadió y lo hizo serenarse y hasta olvidar la mirada de odio que sorprendiera en Raquel cuando quiso despedirse de ella.

*****

Al llegar al apartamento, le contó todo a Esperanza y ambos estuvieron muy apesadumbrados por Raquel.

Más tarde almorzaron y se acostaron para hacer la siesta. Entonces, se dieron cuenta de que, en realidad, ese era su primer día de convivencia matrimonial.

– Te tengo una sorpresa; le dijo Esperanza a Ricardo, cuando éste la acunó en sus brazos.

– ¿De qué se trata?

– Estoy embarazada. Me encuentro en la novena semana y todo marcha bien.

La alegría de Ricardo fue indescriptible. Iba a ser padre. Volteándose en la cama, tomó a Esperanza por los hombros y la besó; la besó con dulzura y un cuidado tal, como si se tratara de una muñeca de porcelana, que pudiera romperse fácilmente, por ser frágil; y, mientras la besaba, la acariciaba.

Esa noche, ambos soñaron con angelitos que los rodeaban y les cantaban una música que los transportaba a otros mundos.

El martes siguiente, algunos amigos de la empresa, se sorprendieron al ver llegar, por segundo día consecutivo, a Raquel y a Ricardo, cada uno por su lado. Cuando, después de varios días, siguieron notando ese distanciamiento, los más cercanos le preguntaron a Ricardo la causa del mismo. Algunos alcanzaron a pensar en una pelea pasajera, como había sucedido otras veces y, así, se lo hicieron saber a él.

– No; esto es definitivo. Raquel y yo nos hemos separado para siempre.

– No creemos en esas separaciones de ustedes; ya otras veces les ha ocurrido lo mismo; dijo alguno de los del grupo.

– No; esta es vez es diferente. Yo me casé, hace dos meses, con una novia que tenía desde hacía más de un año.

– ¿Cómo? Fue la pregunta que hicieron todos a una.

– Como lo oyen.

– Y, ¿quién es ella?

– Ustedes no la conocen. Ella no es de por acá.

Mintió Ricardo para proteger la identidad de Esperanza; ya que, lo que menos quería la pareja, era que  Raquel se enterara de su amor. Un rato después se disolvió la reunión y cada uno se fue para su respectiva oficina.

Unos diez minutos más tarde, cuando Ricardo estaba firmando unos documentos, su secretaria le anunció que Raquel quería hablar con él; ya se iba a hacer negar, cuando Raquel entró como una tromba.

– ¡Eres un verdadero hijo de puta! Te casaste, ¡maldito!

– Raquel, no quiero escándalos en la oficina; yo voy esta noche a tu casa y te lo explico todo.

– Yo no quiero tus explicaciones; te las puedes meter por donde te quepan; sólo quiero saber quién es la zorra  que te atrapó; para ir a sacarle los ojos.

– Te repito, por última vez, que no quiero escándalos; si no quieres explicaciones, pues no te las doy; pero, te me vas de la oficina. Además, tengo que salir urgentemente. Y otra cosa, mi esposa es una mujer digna, ella no es ninguna zorra así que la respetas.

– Yo le digo zorra a la que me plazca y, ni tú ni nadie, me va a impedir que me vengue de ambos, malditos de mierda.

Mientras decía las últimas palabras, Raquel trató de abalanzarse sobre Ricardo; seguramente para  abofetearlo o arañarlo; pero, él lo impidió, tomándola de las manos y le dijo:

– Si no te vas inmediatamente, llamo a seguridad para que te saquen; en verdad no quiero ser violento contigo; pero, si me obligas, no me quedará otro remedio. Además, te advierto que no quiero verte más por acá; no sea que tenga que botarte de la empresa, por escandalosa.

Estas palabras y la actitud decidida que vio en Ricardo, hicieron que Raquel se aplacara un poco; sin embargo, al salir, lo hizo dando un portazo.

*****

Dos semanas después, la secretaria de Ricardo le avisó que Raquel quería hablar con él, por teléfono. Ricardo le mandó decir que luego la llamaba; pero ella insistió en que era algo urgente y que, por favor, pasara al teléfono.

– Aló; ¿qué quieres? Le dijo él.

– Sólo quiero saber cuándo vas a ir por tus cosas; pues, me están estorbando.

– Esta noche voy por ellas.

– No. Hoy no vayas; mejor ve pasado mañana; sucede que estas dos noches voy a llegar tarde a la casa.

– Muy bien; entonces, voy pasado mañana, en la noche; como a eso de las siete.

Ricardo colgó el teléfono y respiró aliviado, al pensar que eso significaba que Raquel ya estaba un poco más calmada. “Con el tiempo, me irá olvidando”, pensó él un tanto complacido.

Dos días después, tal como lo habían acordado, Ricardo llegó a la casa de Raquel, alrededor de las siete de la noche, con la intención de retirar sus pertenencias, para llevarlas al apartamento que compartía con Esperanza; pensando, así, cerrar definitivamente ese capítulo de su vida.

– Sigue. -Le dijo ella, cuando le abrió la puerta.

– Gracias. -Le contestó Ricardo y entró.

No había alcanzado a transponer completamente la puerta, cuando sintió un mazazo en la nuca, que lo derribó. Cuando cayó, había perdido el conocimiento.

Dos hombres salieron de detrás de la puerta y lo cargaron y, al amparo de la oscuridad, lo subieron a la parte trasera de su propio automóvil; para luego conducirlo hacia las canteras del noroccidente de la ciudad, cercanas a la Vía 40, por los lados de las cementeras.

Ya en descampado, lo bajaron del carro y, con la misma maza con que lo habían golpeado en la nuca, le pegaron en ambas piernas, fracturándoselas. Además, lo volvieron a golpear en la cabeza.

Luego, lo subieron al automóvil, rociaron su rostro y su ropa con el contenido de una botella de licor y, poniendo el auto en neutro, lo dejaron caer por un barranco. El carro bajó dando tumbos y, al final quedó en el fondo de la cantera.

Cuando vieron que su labor estaba completa, los criminales se subieron en una motocicleta, que estaba escondida en un matorral y se introdujeron en el tráfico denso de la ciudad, tomando rumbo desconocido.

*****

Cuando el reloj del comedor dio las diez de la noche, Esperanza no aguantó más y, desesperada, luego de haber llamado, cerca de las ocho a la empresa y haberle asegurado el celador de que Ricardo había salido a las seis y media, resolvió ir a buscarlo; por lo cual, subió a su automóvil; pero, cuando iba a salir, se preguntó por dónde empezaría la búsqueda. Entonces, recordó que Ricardo le había dicho que iría, esa noche, donde Raquel por sus cosas.

– ¿Será que todavía está en casa de mi  mamá?

Volvió a interrogarse. Y sin pensarlo nuevamente, tomó el rumbo de la casa de Raquel. Cuando llegó, haciéndose la desentendida, comenzó a hablar de cosas intrascendentes, después de que Raquel se asombrara de esa visita inesperada; de pronto la mamá notó algo raro en el aspecto de Esperanza y le dijo:

– Y tú, ¿qué tienes? Te noto algo gorda; como ancha de caderas. Acaso, ¿estás embarazada?

Esperanza iba a decir que no; pero, lo pensó mejor y se dio cuenta de que no valía la pena negarlo; por eso le contestó con un simple sí.

– Y, ¿cuándo te casaste? ¿Por qué no me había enterado de nada? ¿Tan poco te importo en la vida que, un hecho tan trascendental, me lo ocultas?

– No, mamá; yo no me he casado.

Mintió Esperanza, sabiendo que no podía darle demasiada información a Raquel, sin caer en el riesgo de que ella se enterara de todo.

– Y, ¿entonces, de quién es el hijo que esperas?

– De un médico, compañero del hospital; llevo varios meses viviendo con él. Volvió a mentir Esperanza.

– ¿Cuándo me lo presentas?

– Un día de estos; sucede que él es un poco tímido y, además, piensa que como no estamos casados…

– Tonterías; tienes que traerlo; para que yo lo conozca.

– Sí, mamá; cualquier noche venimos a hacerte la visita; y, ¿dónde está Ricardo? ¿No ha llegado todavía?

– No me hables de ese infeliz; es un desgraciado maldito; imagínate que se casó; quién sabe con qué zorra.

– ¿Cómo así? ¿Ricardo se casó? Dijo Esperanza, haciéndose la desentendida.

– Si, el muy hijo de puta se lo tenía callado y sólo  lo supe hasta hace una semana.

– Y, ¿dónde vive? Entonces, ¿no se hablan?

– No tengo ni idea donde vivirá ese hijo de perra. Y, en cuanto a hablar, apenas si le dirijo la palabra en la empresa. Mintió, a su vez, Raquel.

– Bueno, mamá, me tengo que ir; mañana temprano tengo turno en el hospital.

Cuando Esperanza subió al auto, dio rienda suelta a su desesperación. ¿Dónde podría estar Ricardo? Él no era hombre de parranda; además, el celador de la empresa le había dicho que Ricardo había salido temprano y solo. Pensó en ir a la Policía; pero ¿qué diría? Angustiada, volvió al apartamento y le rogó a Dios para que protegiera a Ricardo de todo peligro y lo llevara sano a salvo a su lado.

Por fin, el sueño la rindió. Cuando se despertó, ya estaba amaneciendo el nuevo día. Presurosa, se bañó, se vistió y, sin desayunar, se fue para el hospital porque, en efecto, tenía turno temprano.

*****

Apenas empezaba a tratar a los primeros pacientes de urgencias, cuando llegó una ambulancia de la Policía con un herido de gravedad; los agentes que lo traían, dijeron que parecía estar muerto; lo habían encontrado unos obreros de una de las cementeras,  en el fondo de una cantera; parecía que había sufrido un accidente; tal vez  conducía borracho y se había salido de la vía, yendo a parar al fondo del barranco.

Esperanza ordenó que condujeran la camilla a la sala de urgencias; cuando ella levantó la sábana que cubría el rostro del paciente, casi se desmaya al reconocer en éste a su esposo.

De inmediato y con una presencia de ánimo formidable, lo atendió; enseguida notó que, aunque débil y dificultosamente, Ricardo respiraba; el examen que le practicó y las radiografías que le hicieron, le permitieron diagnosticar politraumatismo en las piernas y, además, trauma craneal. Ricardo estaba en coma y, de inmediato, fue trasladado al quirófano.

Lo primero que se le hizo fue practicarle cirugía en el hueso parietal derecho, pues éste por el trauma, estaba haciendo presión sobre la masa encefálica; a continuación, le hicieron tracción en las piernas. Luego fue remitido a la sala de cuidados intensivos.

Esperanza se encargó de todo y, a partir de ese momento, empezó a cuidarlo con todo su amor y todo el esmero que su incipiente práctica médica le permitía. No se separaba ni un momento del lado de su amado esposo.

Su primer impulso, al ver que Ricardo se encontraba estable, aunque en estado delicado, fue el de avisarle a Raquel; pero lo pensó mejor y decidió ocultarle la realidad a su mamá; pues ésta, podría de pronto ir a visitar a Ricardo y con su suspicacia lograr sospechar la verdad sobre su matrimonio. Además, como los compañeros de Ricardo lo visitaban de noche, llegaban cuando ya ella había salido para su apartamento. De manera que, en ningún momento, Raquel podía relacionar a Esperanza con Ricardo.

Pasó una semana y Ricardo no salía del estado de coma en que se encontraba sumido.

En un momento dado, los compañeros de Esperanza le recomendaron que debía darse reposo diario, pues parecía como si hubiera olvidado su estado de gravidez; por lo que ella resolvió aceptar que Ricardo fuera atendido por el médico al que le correspondiera cada turno y, así, ella poder recuperarse y no poner en peligro a su bebé; que sería lo único que le quedaría de Ricardo si, Dios no lo fuera a permitir, él fallecía.

Por eso, aceptó los tres días de permiso que le dieron y, aunque no dejó de ir a la clínica y permanecer durante el día al lado de Ricardo, por lo menos se alivió un poco de la tensión y, eso, le permitió recuperarse anímicamente.

Cuando volvió a asumir sus turnos, consiguió que la destinaran a la unidad de cuidados intensivos; allí permanecía de seis de la mañana a seis de la tarde, pendiente de su esposo.

Arrimaba una silla y se sentaba a su lado y le hablaba. Le hablaba de su amor, de cómo sentía que toda su vida lo había amado, de cómo su vida había cambiado desde el momento en el cual él le jurara amor.

Le hablaba, también, del hijo que esperaban; de cómo esa criatura no podría vivir sin conocer a su padre. Le decía que, por favor, volviera  a la vida; que lo hiciera por ella, por su bebé…

Pero Ricardo no la oía; la ciencia médica lo mantenía vivo, pero sumido en el mundo de la inconsciencia. Ricardo seguía en un estado de coma profundo.

*****

A todas éstas, al día siguiente del atentado contra Ricardo, Raquel había llegado a su trabajo, aparentando normalidad. Cuando en la empresa se supo lo del accidente, se apresuró a expresar su odio y, aprovechando el corro matinal, dijo, para todo aquel que quisiera escucharla:

– Eso no fue más que un castigo de Dios, para ese hijo de perra. A lo mejor estaba borracho cuando se cayó al barranco; seguramente la zorra de su mujer ya lo tiene aburrido. Lástima que no se hubiera muerto de una vez.

Los presentes se miraron y algunos no dejaron de expresar su disconformidad  con Raquel; quien al ver que su rencor no encontraba eco en nadie, pero que de todas maneras parecía estar libre de sospechas sobre la verdadera causa del accidente de Ricardo, se alejó  del grupo y se fue para su oficina.

Tres noches después, estando en su casa, recibió la visita de los autores materiales del crimen; quienes iban a cobrar el resto de su paga. Raquel les canceló lo que les adeudaba y les pidió que desaparecieran, por si de pronto a la Policía se le daba por investigar sobre el supuesto accidente de Ricardo.

Raquel, convencida de que su venganza se estaba cumpliendo y ella permanecía impune, siguió su vida normal. Sin embargo, semanas después, se presentaron sus cómplices y le exigieron más dinero para guardar silencio. Ella, con sangre fría, les dijo que si la denunciaban, ellos también caerían; pues los implicaría como autores materiales y, que además, todavía faltaba trabajo por hacer; pues no se podía permitir que Ricardo recobrara el conocimiento y la denunciara; lo que la obligaría a arrastrarlos con ella.

Con el rabo entre las piernas, los hampones se fueron, no sin antes Raquel advertirles que debían permanecer en contacto, por si se precisaba nuevamente de sus servicios.

*****

Pasaron los días y se volvieron semanas y Ricardo seguía en estado de coma; hubo un momento, hacia la quinta semana de su hospitalización, en el cual y, tras muchas palabras de amor por parte de Esperanza, él abrió los ojos y movió ligeramente los dedos de su mano derecha.

Esperanza, no dejándose llevar del júbilo, lo examinó y le habló:

– Amor mío, soy yo, Esperanza, tu esposa.

Ricardo seguía sumido en la inconsciencia; sin embargo, cerró los ojos y los volvió a abrir.

Entonces, Esperanza le habló nuevamente:

– Si me escuchas, mueve los dedos de tu mano derecha.

Nada; Ricardo no movió ni un solo músculo de su cuerpo.

– Por favor, si me oyes, abre los ojos; suplicó Esperanza.

Desconsolada, vio que Ricardo no daba señales del salir del estado de coma.

Cuando, más tarde, vino el neurólogo, ella le contó lo sucedido.

– Es un buen síntoma; dijo el especialista. – Siga hablándole; insista en lograr que haga movimientos que involucren su voluntad.

Esperanza, en los días subsiguientes, continuó hablándole; todo su amor, toda su ternura, la inspiraban para implorarle que hiciera un esfuerzo supremo y volviera a la vida; que, por favor, no la fuera a dejar sola; pues, si él se moría, ella también moriría; para ella sería imposible seguir viviendo sin su presencia, sin sus caricias, sin su amor.

Volvieron a pasar los días y Ricardo no presentaba signos favorables de recuperación; por lo que ella, cada día, perdía más y más la ilusión de volverlo a la vida. A  veces le rogaba a Dios; otras veces se apenaba y no se atrevía a pedirle a Él por la salud de Ricardo; pues pensaba, equivocadamente, que se trataba de un castigo divino.

*****

Mientras tanto, Raquel se había enterado de que Ricardo estaba en el mismo hospital donde trabajaba Esperanza. Por ésta, sabía que Ricardo no hacía progresos en su recuperación; mas, sin embargo, le preocupaba que el desenlace se demorara.

Por eso, trató de localizar a los que habían sido sus cómplices en el atentado contra Ricardo; pero no los encontró, a pesar de haber hecho las pesquisas necesarias; ni siquiera la persona que le había servido de enlace, le pudo informar sobre el paradero de los maleantes.

Semanas después, un sábado, Esperanza la visitó y Raquel le preguntó por la salud de Ricardo.

– Hace unos días trató de abrir los ojos y movió ligeramente los dedos de la mano derecha; el neurólogo dice que eso es buen síntoma.

Le contestó Esperanza; quien, por estar entretenida mirando hacia la ventana de la calle, no vio el gesto de preocupación de su madre.

– ¿Qué turno tienes la semana entrante?, dijo Raquel haciéndose la desentendida.

– De seis de la mañana a seis de la tarde; ¿por qué?

– Por nada; ¿todavía estás en la unidad de cuidados intensivos?

– Sí.

– Ah…

Siguieron hablando de otras cosas, del embarazo de Esperanza, del sitio donde vivía con el padre de su hijo, del trabajo de Raquel y otros temas diferentes; sin saber cada una que, la otra, le ocultaba sus verdaderos pensamientos.

Por fin, antes de caer la tarde, Esperanza se despidió de su mamá y se fue para su apartamento.

Durante el domingo, Raquel fraguó su plan; el cual puso en práctica al día siguiente. Ese lunes llegó del trabajo a la hora acostumbrada; cenó y esperó a que fueran las diez de la noche y, sigilosamente, teniendo cuidado de no ser vista por algún vecino, salió caminando para el hospital; a donde llegó después de las once de la noche; esperó hasta que el vigilante se descuidara y subió por las escaleras hasta la unidad de cuidados intensivos; observó por la ventanilla y vio que en el interior había un médico y una enfermera; por lo cual se ocultó detrás de una columna y esperó  pacientemente hasta que, cerca de la medianoche, vio salir al médico; volvió a observar por la ventanilla y vio que la enfermera dormía, apoyada la cabeza encima de un escritorio.

Encontrando la ocasión propicia, no dudó un instante y se introdujo en la unidad de cuidados intensivos. Se dirigió a la cama en donde estaba Ricardo y, decidida, tomó una almohada que estaba a los pies de éste y rápidamente se la colocó en el rostro, después de quitarle la mascarilla de oxígeno, asfixiándolo en segundos. Cuando vio que Ricardo no respiraba, volvió a dejar todo, mascarilla y almohada  en su sitio.

Con las mismas precauciones con que había entrado, salió y llegó al primer piso y, rápidamente, salió a la calle sin darse cuenta de que un médico, que venía de la sala de cirugía, la había visto salir y, pareciéndole extraño que a esas horas hubiera personas particulares dentro del hospital, le avisó al vigilante que salió corriendo detrás de ella; pero cuando quiso alcanzar la calle, ya Raquel había doblado la esquina, perdiéndose en la oscuridad de la noche.

*****

Cuando Esperanza llegó a su casa, la noche de ese lunes, estaba tan fatigada que cayó rendida, una vez se hubo acostado, después de una cena frugal.

En sueños sintió sonar el teléfono y medio dormida descolgó el auricular, mientras observaba  que el reloj de la mesita de noche  marcaba la una de la mañana. Solamente se despertó por completo, cuando el médico de turno del hospital le gritó que  viniera pronto, porque Ricardo estaba muy grave.

Diez minutos después, Esperanza entraba a la unidad de cuidados intensivos, para encontrar que Ricardo había fallecido, sin estar ella con él, aparentemente de un paro respiratorio.

Pintar su dolor, tratar de narrar su desesperación y su angustia, no es fácil; sólo digamos que ella tomó el cuerpo exánime de Ricardo para abrazarlo y besarlo y cubrirle el rostro con sus lágrimas.

Poco a poco, se fue serenando y cayó en un letargo; tal vez a causa del inmenso dolor que sentía que le oprimía el corazón o quizás, tal vez, también por el tranquilizante que le diera el médico de turno y que ella tomó casi sin darse cuenta.

En ese sopor permaneció durante la velación y durante la ceremonia del  sepelio. Solamente, cuando volvió a su apartamento, después de la inhumación, volvió a la realidad para notar, con inmensa tristeza, que estaba sola. Su amor, su gran amor, el único amor de su vida, se había ido y para siempre. Ya  nunca más volvería a saborear sus besos, ni a sentir sus caricias, ni nunca más volvería a solazarse contemplándolo mientras él le hablaba. Entonces cayó en cuenta de que, a pesar de conocer a Ricardo por más de nueve años, en su vida marital solamente habían convivido unas pocas semanas, dos o tal vez tres, nada más.

Con el paso de los días resolvió tranquilizarse en beneficio del  hijo que esperaba y sería, estaba segura, un varón que se parecería mucho a Ricardo. Por las noches, cuando volvía del hospital, recordaba los bellos momentos pasados junto a él, desde cuando se conocieran, siendo ella todavía una adolescente. Durante ese recorrido mental por su vida, se apenó por su mamá, por haberle robado el amor de Ricardo y como él y ella habían llevado, durante los últimos meses, una vida doble.

Una noche, durante esas miradas retrospectivas a su vida, pensó que sería bueno hablar con Raquel y, ahora que Ricardo ya no estaba para separarlas, abrirle el corazón y contarle la verdad, para así buscar su perdón y volver a estar juntas, como antes; entonces cayó en cuenta de que su mamá no había asistido al velorio ni al entierro de Ricardo.

“¿Tanto lo odiaba? ¿O sería que no supo de su fallecimiento? O, más bien, ¿no ha sido capaz de perdonarlo?” Se preguntó intrigada, para luego tomar el teléfono y cuando Raquel contestó y se hubieron saludado, le dijo:

– ¿Por qué no fuiste al entierro de Ricardo?

– ¿Ricardo se murió? ¿Cuándo? ¿Y hasta ahora me lo dices?

– No se me había ocurrido pensar que no te enteraras en la empresa; pensé que no habías ido por rencor.

– En verdad, ese hijo de perra no me interesa. Y me alegro de la suerte que corrió. No merecía otra.

– ¿Mamá, qué dices? ¿Cómo puedes ser tan cruel?, dijo Esperanza prorrumpiendo en llanto.

– ¿Tanto lo querías? Al fin y al cabo, él no era nada tuyo, sólo fue para ti una especie de padrastro.

– Ay, mamá; tú no sabes nada de nada.

– ¿Qué quieres decir?

– Mamá, el hijo que espero es de Ricardo; él y yo nos habíamos casado.

– . . .

– ¡Mamá! ¡Mamá! Contesta, por favor. ¿Qué pasa? ¿Por qué no me hablas?

En ese momento, Esperanza se dio cuenta de que Raquel había colgado el teléfono al otro extremo de la línea. Asustada, pensó en ir hasta la casa de su madre para explicarle; entonces, recordó que ella tenía su dirección y que en algún momento se presentaría.

*****

Rato después, se presentó Raquel por primera vez en el apartamento de Esperanza; venia hecha un basilisco; aporreó la puerta y tan pronto como Esperanza le franqueara la entrada la emprendió a golpes contra su hija.

– Eres el ser más despreciable del mundo, ¡maldita! Y maldito el hijo que llevas en las entrañas.

– Mamá, déjame explicarte. . .

– ¿Cómo pudieron hacerme esto?

– Pero mamá. . .

– De haber sabido que era contigo con quien se había casado ese hijo de puta,  los habría matado a ambos y no solamente a él.

– ¿Qué estás diciendo, mamá?

– Lo que oyes, maldita perra; yo mandé matar a ese infeliz y, como no murió en el atentado, yo misma lo ahogué hace dos semanas. Lo hice porque me engañó. Y ahora cuando sé que fue contigo, también te voy a matar a ti y a ese engendro de mierda que llevas en el vientre.

– ¡No, mamá; a mi hijo no!

Ciega de la ira, Raquel se abalanzó sobre Esperanza, blandiendo un enorme cuchillo, que había extraído del bolso que colgaba de su hombro izquierdo y, sin medir las consecuencias, acuchilló a su hija una y otra y otra vez. . .

Cuando los vecinos, alertados por los gritos de Esperanza, acudieron presurosos, Raquel seguía apuñalando el cuerpo sin vida de su hija.

*****

Durante el juicio, los compañeros de Ricardo, el médico que vio a una extraña mujer salir del hospital la noche en que aquél murió y otros testigos más que la fiscalía hábilmente encontró, llenaron de argumentos suficientes al juez, como para hallar a Raquel culpable del triple crimen y, apoyado en el dictamen psiquiátrico, decidió que la acusada estaba poseída, desde tiempo atrás, de vesania iracunda y la sentenció a ser encerrada de por  vida en el sanatorio mental anexo a la cárcel de mujeres.

Meses después de la sentencia, Raquel se ahorcó usando, para ello, la sábana del camastro de su celda. Al pie del cual se encontró una carta en donde lo confesaba todo.

Años después, leyendo la prensa de la época, encontré un resumen del caso e, intrigado, a partir de él, resolví investigar para atar los cabos sueltos y, así, poder escribir esta historia de un amor imposible, condenado desde un principio, por ser casi pecaminoso. . .

 

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