LAS IRONÍAS DE LA VIDA
(El destino tiene muchas formas veleidosas para sancionar la perfidia.)
Reconocimiento tardío de lo valioso.
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Febrero del año 2009
“Está probado que el hombre nunca llegó a tal extremo de endurecimiento en el mal,
que no le fuera posible procurar su rehabilitación.”
Santo Tomás de Aquino
Un día, revisando en los anaqueles de mi biblioteca, encontré un libro de edición rústica, en el cual poco había reparado antes. Al mirar la carátula y luego leer la fecha de adquisición, caí en cuenta de que pertenecía a la colección de libros que encontré en esa casa (más de cuarenta años atrás) cuando la compré en una subasta. Su título (“Las ironías de la vida”, de un escritor español del siglo XVII, no muy conocido), me llamó la atención; por eso, decidí leerlo.
Me enfrasqué en su lectura y el tema bien manejado por el autor, cuyo estilo era bastante particular aunque fácil de leer, pronto me atrapó. Cuando estaba terminando de leerlo -faltarían unas tres o cuatro páginas, tal vez- encontré una hoja de papel fino, escrita a mano, por ambos lados, con pulso firme y una caligrafía exquisita.
Terminada la lectura del libro, decidí leer de inmediato la esquela. A pesar de lo amarillenta que estaba, no era difícil descifrarla, dada la calidad de los caracteres. Asimilado su contenido, el asunto del libro pasó a segundo plano y, por eso, bajé corriendo las escaleras, para leerle a mi esposa el texto de aquélla. Cuando terminé la lectura, ella me dijo:
-Muy lindo. ¿Por qué no escribes, sobre ese tema, un artículo para el periódico?
-Es muy extenso para una cuartilla, resumirlo no es fácil y fragmentarlo en dos entregas, le haría perder la fuerza al argumento y, sobre todo, a su mensaje. Así que, más bien, voy a tratar de escribir un cuento corto con esta conmovedora historia.
Esa misma noche, pergeñé lo siguiente, tratando de no cambiarle mayor cosa al original, sólo buscando darle el giro literario requerido y procurando agregarle diálogos y pasajes que le dieran el ropaje de un cuento. Sobra decir, que me apropié del título del libro que conservó -quién sabe, por cuántos años- tan triste historia, en la cual él, omitiendo su propio nombre, sólo citaba el de su esposa, Cristina y el de su amante, Emma.
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Cuando llegó a casa esa noche, su esposa servía la cena; se acercó, la saludó y, sin siquiera besarla, le dijo:
-Tengo algo que decirte.
Cristina, silenciosamente, se sentó a comer. Él podía observar el dolor en sus ojos, como si ella presintiera lo que iba a manifestarle, aunque sus labios permanecían callados. De pronto, se dio cuenta de que los minutos pasaban, y lo apremiante qué era lo que tenían que hablar y, aun cuando no le venían las palabras a los labios, estaba seguro de que tenía que expresarle lo que le urgía decirle. Por eso, lo más suave que pudo, musitó:
-Quiero pedirte el divorcio.
Sus palabras no parecieron alterarla. Al contrario, muy tranquilamente le pregunto:
-¿Por qué?
Él trató de evadir su pregunta con su silencio, pero esto la hizo enfurecer. Al levantarse, tiró los platos y demás utensilios de comida y le gritó:
-¡No pareces un hombre! ¡Compórtate como tal y dime la verdad! ¿Por qué?
Él prefirió guardar silencio y subió a acostarse. Esa noche, ya no hablaron más; ella lloraba quedamente y él presentía que lo que más la intrigaba era saber, qué le había pasado a su matrimonio, en qué o cuándo ella había fallado, pero él no se atrevía a decir algo ni, mucho menos si ella le hubiera preguntado, habría sido capaz de darle una respuesta satisfactoria, pues no podía contarle la existencia de Emma, ni confesarle que su corazón ahora le pertenecía a otra mujer. Sentía que ya no amaba a su esposa, pero le causaba pena verla así.
Al día siguiente en su oficina, con un gran sentido de culpa y un inmenso remordimiento, redactó un acuerdo de divorcio en el que le daba la casa, el carro y el 50% de las acciones de la pequeña pero floreciente empresa que, con tesón, habían levantado, pero de la que ella se había desentendido desde hacía varios meses, sin saber él la causa de ese repentino desinterés.
Cuando en la noche, al llegar a casa le entregó el borrador, Cristina lo leyó sin pestañear; luego lo rompió en pedazos. La mujer que había estado más de quince años de su vida con él, ahora parecía una extraña. Le hacía sentir mal por todo ese tiempo y energía que ella desperdiciara, pues era algo que el infiel nunca le podría restituir; pero ahora ya no había marcha atrás, pues él estaba seguro de que amaba a Emma.
Un rato después (que a él debió parecerle una eternidad), Cristina soltó el llanto; eso era lo que él esperaba desde el principio: verla llorar; pues así se tranquilizaría un poco, ya que la idea del divorcio, que tanto le preocupaba, ahora era más clara que nunca.
Al día siguiente, llegó a casa más tarde que de costumbre, pues la visita cotidiana a Emma la había demorado adrede y encontró a su esposa, escribiendo algo, sentada en la mesa, donde habitualmente había dibujado sus esbozos, cuando hacía parte de la empresa. Él no había cenado, porque había pasado un día de mucho ajetreo en la oficina y tenía más sueño que hambre; por eso se retiró a dormir.
Despertó en algún momento y miró el reloj: era más de medianoche y ella todavía seguía escribiendo. La cesta al lado de su mesa de trabajo, estaba rebosante de bolas de papel desechado. En verdad a él esto no le importó, sólo se acomodó de nuevo en la cama y volvió a conciliar el sueño.
En la mañana, cuando bajó a desayunar, Cristina le presentó en una pequeña hoja sus condiciones para aceptar el divorcio: No quería nada de él, sólo necesitaba un mes antes de firmar el consentimiento; simplemente le pedía que en ese mes trataran de vivir una vida lo más normal posible. Sus razones eran simples: el único hijo del matrimonio, un niño de apenas nueve años, tenía exámenes finales durante ese mes y no lo quería mortificar con la noticia sobre la frustración del matrimonio de sus padres.
Esto era algo que a él le había dado vueltas en la cabeza y, por eso, le dijo que estaba de acuerdo. Pero había más, Cristina le pedía que se acordara cómo la cargó el día de la boda. Su antojo lo sorprendió y se lo hizo saber. Con serenidad absoluta, ella le aclaró:
-Quiero que cada día de este mes, que empieza mañana, caminemos asidos del brazo desde nuestro cuarto hasta el final del patio y luego me alces en brazos y me sientes en la mecedora que hay debajo de la acacia. Es todo lo que te pido. No es demasiado exigir, ¿verdad?
Él pensó que Cristina se había vuelto loca, pero decidió aceptar este raro requisito, con tal de que el tiempo pasara sin peleas ni malos momentos y, sobre todo, sin sobresaltos para su pequeño hijo.
Cuando esa noche le contó a Emma las condiciones que había puesto su esposa, ella se rio mucho y pensó que todo eso era muy absurdo y, agregó, en tono burlón:
-No importan los trucos que se invente esa loca, tiene que aceptar la realidad de que su matrimonio fracasó y ustedes se van a divorciar.
Amaneció el primer día del mes y con él el comienzo del exótico trato propuesto por Cristina.
Desde unos meses antes de expresarle sus intenciones de divorcio, no habían vuelto a tener ningún contacto íntimo; por tanto, el primer día cuando la tomó del brazo para avanzar hacia el patio, se le hizo un poco difícil, pues su cercanía le perturbaba, máxime que, por ser ambos de la misma estatura, sus cabezas se rozaban. El hijo los vio e, ingenuamente feliz, aplaudió al verlos y dijo:
-Papá, me da gusto de que todavía quieras mucho a mi mamá.
Sus palabras causaron en él un dolor inmenso. Sin embargo, logró reponerse pronto. Desde la habitación hasta el fondo del patio, caminaron como quince metros, ella asida a él. Cristina cerró los ojos y le recordó quedamente al oído que no le mencionara al niño lo del divorcio. Sus palabras le hicieron sentir muy incómodo, pero él asintió con la cabeza y, como ya llegaban a la acacia, la alzó, la sentó en la mecedora y se fue para la oficina.
El segundo día fue un poco más fácil; cuando Cristina se recargó ligeramente en su hombro, él podía oler la fragancia del cabello de ella. Entonces, ladeó la cara y la miró. Se dio cuenta de que desde hacía mucho tiempo no le ponía tanta atención a la que, hasta unos diez u once meses antes, había sido su mujer.
También notó con sorpresa, que ya no era tan joven, pues vio unas arrugas en su cara, y su pelo ya mostraba canas. Con pesar, concluyó que ese era el precio del matrimonio y, por un minuto, se culpó por ser el responsable de eso.
El tercer día no hubo dificultades. Más aún, la dejó asirse con fuerza a su brazo y, al cargarla, dejó que le rodeara el cuello y pusiera su cabeza en el pecho de él. Ese día disfrutó mejor de la fragancia que exhalaba su cabello recién lavado…
Al cuarto día mientras caminaban, y más cuando la cargó, sintió que renacía un poco la intimidad. Antes de depositarla en la mecedora, reconoció -no sin cierta tristeza- que esta era la mujer que le había dado cerca de quince años de su vida, con total abnegación y absoluto desinterés.
Durante los días quinto y sexto, se dio cuenta de que el sentimiento de desapego desaparecía. No le mencionó nada de eso a Emma. Conforme pasaban los días, se le hacía más fácil acompañarla hasta el fin del patio y alzarla.
Ingenuamente, pensó: “Quizás el ejercicio de cargarla diariamente, me está haciendo más fuerte.”
Una mañana -ya casi terminaba el mes- la vio buscando un vestido para ponerse, pero no encontraba uno que le quedara bien. Sólo suspiró y dijo:
-Todos los vestidos me quedan grandes. No sé qué ponerme.
Fue entonces, cuando él cayó en cuenta de por qué se le hacía tan fácil cargarla: estaba perdiendo peso y estaba muy, pero muy, delgada.
De repente entendió la razón: estaba así por tanto dolor y amargura que había en su corazón por culpa de él. Inconscientemente, pero con cierta deferencia, le tocó la frente y le acarició el rostro. Su pequeño hijo llegaba en ese momento al vestíbulo y, riendo, dijo:
-Papá, ya es hora de que caminen y cargues a mamá.
Se le había hecho costumbre ver todos los días a sus padres caminar juntos hasta el fondo del patio, para luego admirar cómo su papá cargaba a su mamá. Cristina le dio un fuerte abrazo al niño, pero el esposo infiel decidió mirar hacia otro lado, por temor a que esta conmovedora escena le hiciera cambiar de planes. Entonces, la asió del brazo, la condujo hasta la acacia, para después cargarla; en ese momento no se pudo contener y la sujetó un instante entre los brazos; la mano de ella, como otras veces, acarició su cuello y él la apretó fuerte (tal como recordaba haberlo hecho el día de su matrimonio.)
Sin embargo, al verla tan delgada y tan débil, le invadió la tristeza. Ese día, con ella en sus brazos, sintió un nudo en la garganta y casi no se podía mover. El niño ya se había ido a la escuela. Entonces, la abrazó más fuerte y le dijo:
-Nunca me había dado cuenta de que a nuestra vida en común le hiciera falta algo así. Algo tan sencillo y tan íntimo como este tierno abrazo.
Cuando la bajó, notó en sus labios una leve y agradable sonrisa y, turbado, se fue a trabajar; ni siquiera se dio cuenta si había cerrado la puerta de la casa. Su gran temor era que, en cualquier momento, fuera a cambiar de opinión. Sin embargo, por el camino no hizo más que cavilar. Antes de llegar a la oficina, recapacitó y se fue para donde Emma, subió las escaleras, con un afán inusitado. Cuando ella abrió la puerta, él le dijo sin siquiera saludarla:
-Lo siento mucho, pero ya no me voy a divorciar.
Emma no salía de su estupor. No podía creer lo que él le decía; hasta le tocó la frente y le preguntó si tenía fiebre. Él, quitó la mano de ella y le dijo:
-Lo siento Emma; te lo repito, ya no me voy a divorciar. Me he dado cuenta de que mi matrimonio estaba fracasando porque yo nunca había sabido apreciar los pequeños detalles de mi vida junto a mi esposa, y no porque ya no la amara. Ahora me doy cuenta de que cuando me casé y la cargué por vez primera, esa debió ser mi responsabilidad hasta el día en que la muerte nos separara. Más aún, siento que todavía la amo.
Emma, al oírle hablar así, reaccionó y le dio una fuerte bofetada y, llorando, lo sacó de su apartamento y cerró la puerta, golpeándole la espalda. Corriendo él bajó las escaleras y se fue de ahí para siempre.
Paró en una floristería y ordenó un bonito ramo para su esposa. La chica le preguntó que quería poner en la tarjeta. Sonriendo, dichoso escribió: «Siempre te llevaré en mis brazos, hasta que la muerte nos separe.»
Esa noche, cuando llegó a casa con las flores en una mano y una sonrisa en los labios, subió feliz a la alcoba para darle a su esposa, la buena nueva de que ya no se quería divorciar, porque la amaba con toda el alma, como nunca antes lo había entendido.
Sin embargo, cuando abrió la puerta, fue solamente para encontrar a su esposa en su cama, muerta; parecía dormida y una leve sonrisa se dibujaba en sus yertos pero aún hermosos labios. El niño se había quedado dormido al pie del lecho materno, ignorando tal vez la tragedia.
Él, apesadumbrado, se sentó en el borde de la cama y lloró; lloró por su esposa muerta, lloró por la felicidad que le había arrebatado, lloró por no haber logrado comprender la abnegación y el inmenso amor que Cristina siempre había sentido por él; en fin, lloró por no haberla hecho feliz, por no haberle dicho cuánto la amaba, cuánto la respetaba, cómo eran de inmensas su admiración y su adoración hacia ella.
Entonces, enjugó las lágrimas y, tomándole una mano, le dijo: “Amor mío, los pequeños detalles son los que dan fuerza y firmeza a una relación. No es la mansión, ni el coche, ni las propiedades o el dinero en el banco. Todas estas cosas son superfluas y crean un falso sentido de felicidad que disfraza la realidad. Por eso, no te pude hacer feliz, porque muy tarde entendí que tú vivías para darme toda la felicidad que tu inmenso amor por mí te animaba a dispensarme. Aun cuando sea desde la eternidad, perdóname por no haber sabido apreciar nuestro mutuo amor. Ésta, ha sido la mayor ironía de mi vida: volver a descubrir mi amor por ti, el día en el que te pierdo para siempre. Nuevamente, perdóname.”
FIN