LA VENGANZA
(La Ley del Talión aparece en cualquier momento)
La espada implacable de Némesis
MARACAIBO, VENEZUELA
Junio del 2007
“Cuando los dioses quieren confundir a los hombres, les dan poder y los enceguecen, hasta hacerles perder la cordura.”
Proverbio griego
Bernardo y Ofelia se habían divorciado después de diez accidentados años de un matrimonio que siempre -y así lo veían los familiares y amigos de ella- fue una equivocación. Sus temperamentos eran disímiles, sus gustos divergentes, sus ideales contrapuestos. Él era intolerante, autoritario, belicoso, amigo de las jaranas, la vida fácil y la obediencia ciega. Ella por el contrario era de ánimo calmado, sosegada, amiga del dialogo y, su inclinación a la vida austera, la hacía más destinada al claustro que al hogar.
No obstante las diferencias, la consumación del matrimonio produjo su fruto: a los nueve meses exactos nació su único hijo, al que bautizaron de acuerdo al parecer de su padre con el nombre de Lorenzo.
Lorenzo se crio como un niño díscolo, desobediente y caprichoso. Pues, lo que la madre le indicaba para que actuara correctamente, el padre lo deshacía al satisfacerle sus caprichos e inclusive induciéndolo a las malas acciones, como cuando al llegar en las noches y escuchar de labios de su hijo sobre la pelea que ese día había sostenido con algún compañero, le decía que los hombres no tenían por qué dejarse de los demás y que por cada golpe recibido él tenía que dar dos.
Además, le premiaba sus rabietas con regalos costosos y muchas veces innecesarios. También lo atiborraba de dulces, cuando le contaba que se había enfrentado triunfante a algún compañero que lo había retado. Así que Lorenzo, cuando sus padres se divorciaron e iban a separarse, decidió que él se iría con su papá, lo que le aseguraría una vida de molicie y libertinaje.
Bernardo (coronel recién retirado del Ejército cuando se vio envuelto en el delito de complicidad por omisión en una matanza de campesinos en el Tolima), al separarse de Ofelia decidió irse para Cali, de donde eran oriundos su familia y él mismo. Ofelia, por su parte, resolvió quedarse en Bogotá, su tierra natal, donde su familia había vivido desde siempre y en donde ella, desde antes de conocer a Bernardo, ya era docente en una prestigiosa universidad. Ella se quedó con la casa y él con el hijo y el automóvil.
*****
Pasaron los años, quince en total. Ofelia se había vuelto a casar, tuvo un hijo varón en su nuevo matrimonio y hacía un año que había enviudado, cuando un día recibió una llamada telefónica de Bernardo que le anunciaba que Lorenzo iba a viajar a Bogotá, con el fin de pasar unos días con ella. Esta noticia desató en Ofelia sentimientos opuestos, pues por un lado le causaba expectativa el hecho de volver a ver a su hijo mayor después de quince años de no verlo y de quien sólo tenía noticias cuando, en cada cumpleaños de él, ella lo llamaba y en donde la efusión por parte del muchacho para con la madre era lo menos preponderante, en los casi monosílabos en que se convertía la conversación. Lorenzo seguía siendo, de joven, igual de avieso que había sido desde pequeño.
De otro lado, le parecía que iba a encontrarse con un extraño, casi un desconocido de quien sólo recordaba sus pataletas y sus groserías. A decir verdad, a Ofelia no le entusiasmaba mucho la venida del ingrato hijo ausente.
*****
Llegó el día esperado. Un sábado a media mañana, Ofelia, acompañada de Sebastián, su hijo menor que a la sazón, contaba ya doce años, fue al aeropuerto a esperar a Lorenzo. Nada más verlo descender por la escalerilla del avión, lo reconoció; era idéntico a Bernardo cuando ella lo conociera, casi veintisiete años atrás. Cuando se le acercó y lo llamó por su nombre, Lorenzo le preguntó:
-¿Usted es Ofelia?
-Si hijo, soy yo.
-Ah y este jovencito, ¿quién es?
-Sebastián, tu hermano menor.
-Pero mi papá nunca me ha hablado de él.
-Él es hijo de mi segundo esposo.
-Y yo, ¿voy a vivir con su nuevo marido?
-No, hijo. Él murió el año pasado.
-Ah, bueno. Siquiera, porque no podría soportar a un extraño más. Con este mocoso basta y sobra.
-Mucho cuidado con lo dices, Lorenzo. No debes olvidar que vas a estar en mi casa y allí se respeta a la gente y se acatan las normas. De no ser así, pues piénsalo mejor antes de que las cosas se compliquen.
-Entonces, el cuartel que debería dirigir mi papá el coronel, lo dirige mi mamá la socióloga…
-Tus sarcasmos, muy de tu padre, me tienen sin cuidado. Más aún, todavía no he logrado entender por qué decidiste venir a estar conmigo estos días, por primera vez en quince años.
-Pues yo tampoco sé que bicho me picó.
-Bueno, dejemos esta discusión bizantina que no conduce a ninguna parte. Reclamemos tu equipaje y nos vamos a casa que ya es hora de almorzar.
Así lo hicieron.
Los días siguieron su marcha y pronto Lorenzo dio muestras de su carácter perezoso, pendenciero y despreciable. Cuando no era Sebastián, quien le comentaba los abusos que su medio hermano cometía en la casa, era Candelaria la empleada del servicio la que le hablaba de la forma despótica con que “el joven Lorenzo me trata…”
Dos sábados después de la llegada de Lorenzo, cuando Sebastián había ido de convivencia con sus compañeros de clase, Ofelia aprovechó luego del almuerzo para hablar con su casi desconocido hijo mayor.
-Lorenzo, llevas dos semanas aquí y no ha habido un día en que no reciba quejas sobre tu comportamiento. Mi vida y mi hogar, desde el día en que tu papá se fue contigo, habían sido un oasis, un remanso de paz y sosiego. Sin embargo, desde tu llegada todo eso se ha perdido y he vuelto a revivir la zozobra aquella, con la que todos los días llegaba a casa por la noche, cuando el infierno que me tocó vivir con tu papá y contigo también, pues no habrás olvidado las peleas diarias por las alcahueterías de Bernardo para con tu mal comportamiento en el colegio con profesores y compañeros y, aquí en la casa, conmigo y con las empleadas del servicio que se aburrían y se iban por tu maltrato. Y ¿sabes una cosa?, no quiero volver a sufrir más. El papá de Sebastián, alma bendita, nunca me hizo sufrir. Siempre fue bondadoso conmigo, me amó hasta el último día. Lástima que fuera tan mayor y, por eso tal vez, se murió pronto. Por eso hijo te pido, te exijo, te suplico si quieres, si no te vas a comportar bien, como el hombre hecho y derecho que ya eres, entonces, ve pensando en regresarte donde tu papá que, por lo que veo en ti, sigue siendo el mismo alcahueta de siempre.
-Vea Ofelia. -Jamás, desde el día en que llegó, le había dicho ‘mamá’. -Ya me cansé de sus monsergas. Ya estoy muy crecidito para sus regaños. Sin embargo, para que descanse usted, junto con su bastardo mocoso y la india de mierda que le sirve, esta misma tarde me regreso a Cali.
-Definitivamente, tú ya no podrás cambiar y veo que, aunque te llevé en el vientre y te amamanté y te amé y siempre quise educarte, no tienes nada de mí. Eres igual a tu padre; a quien, a pesar de tantos años que han transcurrido desde nuestro divorcio y de toda la felicidad que disfruté al lado del papá de Sebastián, no he podido dejar de guardarle rencor por todo el daño que me hizo y todo el sufrimiento que me produjo. Hay otra cosa de la cual quiero hablarte y es más grave que tus pataletas de niño grande que aún no ha madurado. Cuando ayer, Candelaria recogió tu ropa para lavarla, encontró una papeleta que le pareció sospechosa y me la entregó. Esta mañana, se la mostré a un profesor amigo y me dijo que era cocaína. Y, eso, sí que no te lo voy a tolerar.
Mientras Ofelia decía estas últimas palabras, Lorenzo había permanecido con la cabeza gacha. Ella pensó que estaría meditándolas; por eso, cuando se levantó y sin decir nada se fue para la cocina, creyó que iba conmovido. Ella no pudo ver que su rostro había empalidecido y que su mirada estaba cargada de odio y de desprecio. Por eso cuando casi enseguida regresó con un vaso de agua en la mano izquierda y la derecha oculta detrás de la espalda, ella no se sorprendió. Sin embargo, la sonrisa casi sardónica que traía la asustó.
Él terminó de tomarse el vaso de agua sin cambiar de posición; luego se acercó a una mesita que estaba al lado de la poltrona donde había permanecido Ofelia y allí dejó el vaso casi vacío y, de improviso, se ladeó y sin darle tiempo a reaccionar sacó la mano derecha de detrás de la espalda y blandiendo un enorme cuchillo de cocina, le propinó dieciséis puñaladas, mientras barbotaba las palabras más obscenas que podamos imaginar. La pobre mujer no alcanzó ni a dar un solo gemido. Con la primera puñalada que le asestara en el corazón, perdió el sentido y la vida se le escapó.
Con la camisa salpicada de sangre y el cuchillo chorreando, Lorenzo se dirigió al cuarto de Candelaria que en ese momento reposaba, tal como acostumbraba hacerlo todas las tardes y, entrando sigilosamente le atravesó el tórax de una puñalada y repitió veinte veces más el acuchillamiento. Al igual que lo había hecho con su madre, a la empleada la zahirió verbalmente con las palabras más vulgares de su vocabulario de albañal.
Después subió al cuarto que ocupaba, se desvistió, se bañó, se puso ropa limpia, armó la maleta y tomando la ropa ensangrentada, bajó al garaje, luego de tomar de la consola las llaves del carro. Abrió el baúl y metió la ropa, pero en su afán no se dio cuenta de que había quedado una manga de la camisa por fuera. Enseguida se subió al automóvil, lo prendió y quiso abrir con la señal electrónica la puerta del garaje, pero no le funcionó. Contrariado, trató de abrirla manualmente y lo único que consiguió fue trabarla.
Por eso, tomó el maletín de mano, volvió a la sala y, sin dirigir ni una mirada al cadáver de la madre, franqueó la puerta de la casa, salió a la calle y tomó un taxi que lo llevó al aeropuerto. Allí separó cupo para el siguiente vuelo a Cali. Tan pronto oyó el llamado subió al avión, se acomodó en la silla y entonces notó que se había llevado las llaves del carro de Ofelia y que había dejado la maleta en el baúl del carro. Frunció los hombros y se durmió.
*****
Cuando el domingo en la tarde, Sebastián regresó de su paseo, nada más abrir la puerta de la calle, sintió el fuerte olor que emanaban la sangre y el cadáver. Cuando miró en derredor, vio a su madre muerta, la sangre ya coagulada en el tórax y el cuello. Se acercó desesperado y a pesar del olor tan penetrante la abrazó y lloró.
Cuando se desahogó, subió al segundo piso y encontró todo en orden y desierto. Al bajar, notó el rastro de sangre; por eso, fue a la cocina y de ahí pasó al cuarto de Candelaria. También se sorprendió al ver el cuerpo destrozado de la pobre mujer. Volvió al segundo piso y entró al cuarto que ocupaba Lorenzo y en seguida notó que éste se había marchado. Entonces fue adonde los vecinos de al lado, quienes, al enterarse de la tragedia, llamaron de inmediato a la Policía.
Pronto llegó la patrulla con dos agentes, el oficial que los comandaba, un investigador especial y el médico forense; rápido, se hizo el levantamiento de los cadáveres. Mientras tanto, los agentes revisaron la vivienda en busca de pistas y el oficial investigador interrogó a Sebastián y a los vecinos. Uno de los agentes, al revisar el garaje, reparó en la manga ensangrentada de la camisa. Cuando avisó, Sebastián que lo acompañaba, reconoció que la camisa era de su medio hermano. Las autoridades pensaron que dentro del baúl estaría el cadáver y pidieron las llaves para abrirlo. Después de buscarlas infructuosamente, decidieron forzar la cerradura, para darse cuenta de que allí no había ningún muerto y en ese momento pensaron en que el joven pudiera haber sido secuestrado. Pero Sebastián les recordó que éste se había ido por su propia cuenta, ya que la ropa toda había desaparecido. Entonces Sebastián ilustró al investigador sobre la existencia del primer matrimonio de Ofelia. Buscaron su agenda y encontraron las señas de Bernardo en Cali y procedieron a trasladar de inmediato, a la Policía y a la Fiscalía regionales, los pormenores del crimen.
Cuando las autoridades caleñas, el lunes en la mañana llegaron a la casa de Bernardo, Lorenzo no estaba. Pasada la sorpresa, el padre corroboró el viaje de su hijo el sábado en la noche en la ruta Bogotá Cali, después de haber estado un par de semanas visitando a la madre, a quien no veía desde hacía quince años. Aclaró que a las horas en que se calculaba que se había cometido el doble asesinato, su hijo volaba a Cali o ya había descendido del avión.
-No entiendo lo de su aclaración, sobre la hora del vuelo de su hijo, dijo el oficial de la Fiscalía.
Mientras tanto, los policías que revisaban el cuarto de Lorenzo, pues el teniente ya había sospechado en razón de lo sorpresivo de su regreso, prendieron las alarmas cuando encontraron en uno de los pantalones de Lorenzo la llave del carro de Ofelia. Luego, al revisar el maletín, encontraron el arma homicida.
Dentro de su espíritu proclive a la alcahuetería en todo lo que hiciera su hijo, Bernardo trató de avisarle a través del celular, pero las autoridades no le dieron oportunidad de hacerlo.
Hacia medio día llegó Lorenzo. Las autoridades, con la certeza de haber dado con el doble asesino, habían hecho retirar las patrullas y habían apostado a dos agentes vestidos de civil enfrente de la casa de Bernardo. Tan pronto entró, lo detuvieron, lo esposaron, le leyeron sus derechos y lo trasladaron a los patios de la Fiscalía.
Un mes después Lorenzo fue juzgado, hallado culpable por matricidio y homicidio en primera instancia, agravados de sevicia y alevosía. El juez lo condenó a veinticinco años de prisión, sin derecho a excarcelación antes de cumplir la totalidad de la condena.
No obstante, Bernardo movió sus influencias y consiguió un año después la apelación de la sentencia. Consiguió también, gracias al tráfico de influencias en el cual era un experto, que el nuevo juicio le tocara a un juez amigo. Éste en su carácter venal le rebajó la condena a sólo cuatro años y a purgarla en una colonia agrícola de rehabilitación.
Cuando Sebastián se enteró de lo injusto de la sentencia, juró que cuando el asesino de su madre recobrara la libertad, él que para entonces ya sería mayor de edad se vengaría del doble asesinato.
*****
Los cuatro años de prisión de Lorenzo pasaron. El día en que fue dejado en libertad, Bernardo lo esperaba en la puerta de la colonia de rehabilitación. Se abrazaron y como Bernardo notara que su hijo había engordado, se lo hizo saber.
-La buena vida, viejo. Fue su cínica respuesta.
-Eso es verdad. Vamos a celebrar este acontecimiento.
Subieron al automóvil, después de poner el morral de Lorenzo en el asiento trasero y se fueron para la ciudad. Iban hablando tan animadamente que jamás se percataron de un viejo campero que los seguía a prudente distancia. Lorenzo hacía reír a su papá con las travesuras que jugaba a los compañeros de prisión y a algunos guardas.
Era tanto lo que se reían que cuando el viejo campero se les adelantó y se les atravesó en la carretera, casi se estrellan contra el viejo automotor, del cual ya bajaba un hombre joven armado con una escopeta de cañón recortado, la que sujetaba con la firmeza de sus enguantadas manos. Antes de que pudieran reaccionar, el hombre armado ya estaba apuntando a Lorenzo con la escopeta, cuyo cañón estaba en la sien de éste.
-Abajo, par de hijueputas.
Inicialmente padre e hijo pensaron en un atraco. Por eso, Bernardo, tratando de ganar presencia de ánimo, le dijo:
-No nos mate, joven. Llévese el carro, tome el dinero de mi billetera, pero no nos haga daño.
-Tírense al suelo, boca abajo y las manos en la nuca, antes de que empiece a disparar, hijueputas de mierda.
Cuando los tuvo en el suelo, los ató con una cuerda que sacó del morral que llevaba en la espalda. Luego los hizo poner de pie y los sacó de la carretera; entonces los amarró a un árbol y regresó a la carretera para ocultar los vehículos.
Al volver donde sus prisioneros, los desató del árbol y los hizo poner de rodillas y dirigiéndose a Lorenzo, le dijo:
-Ahora sí, hijueputa, vas a pagar caro el asesinato de mi madre que, no sé por qué aberración del destino, también era la tuya.
-Ah, pero si es el bastardo mocoso. ¿Cómo es que te llamas?
Sebastián, en respuesta a su cinismo, le propinó un culatazo que le partió dos dientes y le espetó:
-A callar, hijueputa, perro sarnoso. Primero vas a ver morir al, ese sí, bastardo de tu padre. Que, por lo que mi madre me contaba, ha sido después de ti el ser más despreciable del mundo.
Hasta ese momento, Bernardo no había dicho nada; pero ante el sorpresivo giro que habían tomado las cosas, pensó que tal vez acudiendo al amor que ese muchacho parecía sentir por Ofelia, podría mover alguna fibra sensible de su corazón. Por eso, le dijo:
.-Hijo, por la memoria de tu madre a quien tanto amaste, por favor, no vayas a cometer una locura.
-No me llame hijo, perro hijueputa. La locura la cometió este animal, el engendro de su hijo. Mi madre, el único daño que le había causado fue parirlo, aunque hubiera sido mejor que hubiera parido a una serpiente venenosa. Y como esta basura mató a mi madre, que también era la de él y además mató a otra inocente mujer que tampoco le había hecho daño alguno, va a ver como yo destrozo el cuerpo vivo de su padre.
Y diciendo esto, sacó del morral un cuchillo grande y con él fue cortando, pedazo a pedazo, el cuerpo de Bernardo. De nada valieron las lamentaciones de éste, ni las súplicas de Lorenzo. Cuando terminó con el padre hizo lo mismo con el hijo. Luego cavó una fosa profunda y allí enterró los pedazos de cadáveres.
Después, se limpió las manos, se sacudió la ropa, sacó a la carretera el carro de Bernardo y lo condujo varios kilómetros hacia Cali, lo metió entre unos matorrales y allí lo dejó abandonado. Regresó a pie al sitio donde había enterrado los despojos de Bernardo y de Lorenzo, sacó su campero y buscó la ruta Cali Bogotá. Cuando, dos días después, llegó a su casa, quemó la ropa que traía puesta, se afeitó, se bañó, se vistió y luego se emborrachó.
F I N