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LA SONRISA DEL PECADO

(Historia de un amor vedado, entre los más prohibidos)

 

Para algunos, la conciencia es un juez venal

 

MARACAIBO, VENEZUELA

 

Julio del 2006

 

“Qui facit peccatum, servus est peccati:

Cometido el pecado, se es siervo del pecado.”

San Agustín de Hipona

 

            Postrada en su lecho de muerte, Débora le hizo prometer a su hermano Benjamín que protegería a Santiago, el único hijo de ella y de su esposo Simón, quien falleciera seis  años atrás.

Por eso Benjamín, consciente de que la mejor forma de educar a su sobrino era dándole un hogar, resolvió adelantar su matrimonio con Esther, su  novia desde hacía tres años y con quien planeaba casarse dos años después.

A los dieciséis meses de muerta Débora, Esther de 26 años y Benjamín de 30 se casaron. Para entonces, Benjamín, un púber de sólo catorce años de edad, anhelaba llegar a la adolescencia para gozar de algo de libertad; pues su tío, que era un poco severo, se le asemejaba al padre que perdiera cuando apenas contaba ocho años de edad y de quien los recuerdos más nítidos, tenían que ver más con la rigurosidad que con la tolerancia.

Evidentemente, la llegada de Esther al hogar significó algunos cambios en la vida de tío y sobrino; más para éste que veía a Esther como una intrusa, que había venido a la casa para que las cosas se hicieran de acuerdo a su criterio personal, más fuerte que el de Benjamín; a quien, por el contrario, los cambios eran insustanciales ante el hecho de formar un hogar con la mujer que amaba y a quien deseaba atender con solícito y cariñoso cuidado.

Para Santiago, por el contrario, las intromisiones de su tía política en sus horas de llegada del colegio, o sus salidas para verse con sus amigos, eran bastante irritantes y, en más de una ocasión, estuvo a punto de ser grosero, en respuesta a alguna observación que Esther le hiciera. Sin embargo, conocedor del inmenso amor que su tío le profesaba a su esposa, disimulaba sus enojos y nunca se quejó ante Benjamín de lo estricta y  cargante que podía llegar a ser ella.

Así las cosas, el tiempo fue pasando y Santiago se fue acostumbrando a la rigurosa vigilancia que su tía política ejercía sobre él y ya no tomaba tan a pecho esta circunstancia, y hasta había aprendido a burlar el celo de ella o, al menos, no darle demasiada trascendencia.

Para el sábado siguiente al decimoctavo cumpleaños de Santiago, Esther le preparó una bonita reunión, a la cual invitó a los amigos y amigas de su sobrino político.

El anuncio de la reunión propició un cambio en la actitud del joven, pues le permitió darse cuenta de que las exigencias de Esther no eran producto del deseo de mortificarlo, sino que era estricta con él para así ayudar a Benjamín en su formación.

Al morir la tarde, la reunión se convirtió en baile y Santiago pudo disfrutar más aún de su fiesta. En algún momento, Benjamín le sugirió a su sobrino que bailara con Esther para que pudiera tener la oportunidad de agradecerle el haberle organizado la celebración del cumpleaños. Santiago invitó a Esther a bailar y ella aceptó complacida.

Cuando la tuvo en sus brazos sintió que algo cambiaba en su interior. La sensación de placer que le causaba tocar la espalda de ella, para luego bajar la mano hasta la cintura y volver a subirla, era algo agradable que nunca antes había experimentado; ni siquiera cuando abrazaba y besaba a algunas compañeras de clase, de quienes sabía que estaban enamoradas de él, y cualquiera de ellas habría sido feliz de ser su novia dispuesta a prodigarle amor y caricias; pero Santiago, sin saber aún por qué, no había pensado en enamorarse.

            Por eso, al experimentar ese nuevo deleite, hasta entonces desconocido por él, cayó en cuenta de que algo en su tía le agradaba y que, tal vez por eso, le mortificaba que ella fuera tan excesivamente estricta con él. También pensó que aunque nunca había visto a Esther como mujer, era indudable que ella tenía unos atractivos físicos en verdad notorios. Entonces se percató de que siempre la había visto como la tía gruñona, al parecer empecinada en no dejarlo gozar de la edad dorada del final de la pubertad y el comienzo de la adolescencia. En ese momento, todo el rencor que sentía por ella -si era que alguna vez había sido ese el sentimiento que le inspirara- desapareció para darle paso al disfrute que experimentaba al bailar con Esther.

Al terminar la pieza musical, Santiago se dio cuenta de que, poco a poco y casi sin notarlo, él y Esther habían ido estrechando el abrazo que el baile propiciaba. Más aún, notó que había sentido una erección -sensación que, estaba seguro, ella también sintió en su muslo derecho- y, por eso, tan pronto acabó la canción que estaban bailando, la soltó y sin mirarla a la cara, dio media vuelta y se fue a buscar un refresco que le ayudara a disipar la ansiedad que acababa de experimentar.

Sin embargo, la sensación de tenerla entre sus brazos, rodearle el talle, sentir su mano cálida entre la suya, advertir el perfume que exhalaban sus cabellos, experimentar el placer de tener su mejilla contra la suya y, en ocasiones, percibir el frote de un seno de Esther contra su tórax o el muslo de ella rozar su sexo, eran emociones demasiado fuertes para él y que, además, no eran fáciles de borrarlas de la mente. Por el contrario, rememorar la escena, le hacía disfrutar aún más el deleite experimentado en esos momentos que, luego, le parecieron fugaces.

El baile continuó hasta casi la media noche, sin que Santiago tuviera otra oportunidad de bailar con Esther, pues Benjamín bailó con ella el resto del tiempo.

Al día siguiente, la pareja madrugó para pasar el día con los padres de ella. Cuando Santiago se levantó al .promediar la mañana, se aseó y bajó a la cocina para  desayunar. En la puerta de la nevera encontró un escueto mensaje de Esther, en el cual  le indicaba dónde encontrar el desayuno y el almuerzo; los que sólo tenía que calentar en el horno microondas. Desayunó, y subió a su cuarto los periódicos del día; los leyó, vio televisión, hasta que el sueño lo venciera y durmió otro rato en la tarde. Al despertarse, se bañó nuevamente y bajó a calentar su almuerzo e ingerirlo.

Mientras almorzaba, evocó el baile con Esther y entonces recordó que había soñado con ella. En el sueño la besaba y la acariciaba, mientras ella correspondía a sus manifestaciones amorosas. Ese recuerdo le hizo esbozar una sonrisa de placer. Cuando sus tíos llegaron, él había salido a visitar a unas amigas.

Los días pasaron sin que nada nuevo e importante ocurriera, salvo que Esther se mantuvo un tanto esquiva con él y no hubo oportunidad ni de hablar, ni sentirse vigilado por ella.

*****

En una ocasión, tres meses después de su cumpleaños, Santiago llegó del colegio más temprano que de costumbre. Para entonces, cursaba el último año del bachillerato. Al  llegar a la casa, tal como lo previera, Esther estaba sola; era la primera vez, en esos tres últimos meses, que eso ocurría, ya que habitualmente Benjamín llegaba temprano a casa, en tanto él se quedaba de visita donde alguno de sus compañeros de clase.

Luego de dejar sus libros en la alcoba, bajó en busca de un refrigerio. A través del ojo de buey de la puerta de vaivén de la cocina, alcanzó a divisar a su tía política; por eso, detuvo el impulso y sin abrir la puerta, se quedó contemplándola.

Su esbelto cuerpo resaltaba esplendorosamente debajo de la corta falda que dejaba al descubierto sus torneadas piernas, hasta una cuarta encima de las rodillas. El generoso busto destacaba más aún, gracias al descote de la blusa. Su hermoso rostro estaba enmarcado por el cabello que caía en cascadas hasta los desnudos hombros. Sus bien delineadas cejas y sus largas pestañas, daban a sus lindos ojos una profundidad que, en ese momento, le pareció a Santiago de tristeza y de ensimismamiento. Sus carnosos y entreabiertos labios, sólo invitaban al beso. “Realmente, pensó Santiago, Esther es una mujer muy hermosa.”

Luego de contemplarla un buen rato, mientras ella preparaba la cena y trasegaba de un lado para otro en la cocina, él quiso saludarla; pero pensó que si entraba de improviso, la asustaría y prefirió regresar al pie de la escalera; desde allí empezó a silbar y a cantar, para que ella se percatara de su presencia en la casa.

-¿Eres tú, Santiago?

-Sí tía, soy yo.

            Entró a la cocina, luciendo su mejor sonrisa; la que le salió de manera espontánea, pues en verdad el placer de verla tan hermosa y tan cerca y, sobre todo, saber que estaban solos en la casa, le agradaba sobre manera y, además, le daba la oportunidad de manifestarle lo que estaba sintiendo por ella; pues durante esos tres meses, desde la noche de su cumpleaños, sus sueños se repetían cada vez con mayor intensidad, cada vez con más pasión y erotismo. Además, desde esa noche, él no desaprovechaba ocasión para, con mucho disimulo, observarla y reafirmarse en su concepto sobre lo bella que era y de cómo sería de placentero besar sus carnosos y hermosos labios, tal como lo hacía cada noche en sueños. Por eso, decidido,  se acercó, la tomó por el talle y la besó en la mejilla, muy cerca de los labios. Luego, retirando su rostro para mirarla mejor, le dijo:

-¿Cómo está mi hermosa tía?

-Bien, Y, eso, ¿qué haces tan temprano en casa?

-No tuvimos la última clase y quise llegar pronto para estar contigo y conversar un rato,  pues quiero decirte algo.

-¿Qué quieres decirme?

-Tía, no he podido olvidar ese momento tan feliz, cuando bailamos.

-¿Por qué? No sé a qué te refieres.

-Yo nunca había sentido lo que sentí cuando bailé contigo.

-Sigo sin entender.

-Tía, esa ha sido la noche más feliz de mi vida.

-¿Por un simple baile?

-No, tía. No fue un simple baile. Esa ha sido la primera y única vez en que te he tenido tan cerca de mí. Tenerte en mis brazos, sentir tu aliento en mi mejilla, sentir tu cuerpo pegado al mío, fue para mí la dicha más enorme que he podido experimentar.

-Santiago, me asustas. ¿Qué me estás insinuando?

-Tía, tengo que confesarte que me he enamorado de ti. Desde esa noche no hago otra cosa que ansiar que mis sueños se hagan realidad. Todas las noches sueño que te beso y te acaricio. Las últimas noches, en mis sueños, hacemos el amor y juramos amarnos por siempre.

-¿Qué estás diciendo, muchacho loco?

            Como quiera que Santiago, mientras le hablaba, no hubiera dejado de estrecharle el talle, aprovechó el estupor que sus palabras causaran en Esther y, con la otra mano, la tomó por la nuca, le acercó la cara y la besó en la boca. La sorpresa en ella fue tal, que no atinó a hacer nada de inmediato y así él saboreó más sus dulces labios. Pero, Esther reaccionó y la sorpresa se convirtió en pudor y se deshizo rápidamente del abrazo al que estaba sometida y, alterada, le dijo:

-¡Nunca jamás se te vuelva a ocurrir decirme esas locuras y, muchos menos, me vuelvas a besar! Si esto volviera a pasar, me tocaría contarle a tu tío de tu atrevimiento y tu falta de respeto. Además, ¿así es como le agradeces todo lo que él hace por ti?

-Pero tía, si la noche que bailamos, yo sentí que tú también disfrutabas esos momentos de intimidad y cercanía que estábamos teniendo.

-No sé qué me pasó esa noche. Más aún, pensé que era algo propio de tu juventud. De todas maneras, olvidemos todo esto.

-¿Te da miedo hacerle caso a los impulsos de tu cuerpo y de tu ser y corresponder a mi  amor y a mi pasión y tener que entregarte a mis caricias que, de seguro, te subyugarían?

-¡Ah!, además de atrevido, me resultó fantoche el jovencito. Te vas ya a hacer las tareas,  que tu tío no demora en llegar y no quiero que me encuentre alterada y, si me pregunta el  porqué, tendré que contarle la verdad.

-Pero, tía…

-No hay peros que valgan. Te sales ya de la cocina. Por favor, ten compasión de mí, no me sometas a una situación tan delicada. Además, ¿no te das cuenta de que con tu actitud, me ultrajas?

-Tía, yo no he querido ultrajarte ni ofenderte. Te amo demasiado para hacerlo. Yo creí que como me había enamorado de ti, tú también habrías de sentir algo por mí.

-Yo te quiero; pero como a un hijo, como a un sobrino.

-Pero si los dos sabemos que nuestro parentesco es solamente por afinidad. Tú sólo eres la mujer de mi tío.

-Por eso precisamente, ¡me debes respetar! Vamos, ¡fuera!

            Con esta fuerte frase, Esther remató la peligrosa conversación y, con el dedo índice de la mano derecha, le señaló la puerta de salida.

            Santiago salió triste y perturbado. El castillo de naipes que había armado en su mente fantasiosa, durante sus noches de ensueño y de vigilia, se había derrumbado.

            Unas pocas palabras de ella, habían hecho rodar por tierra todas sus ilusiones. Apenado y cabizbajo, subió las escaleras y se encerró en su alcoba, decidido a no bajar a cenar; sabía que no podría mirar a los ojos a su tío y, mucho menos, podría sostener la mirada de Esther. Más aún, la sola presencia de ella lo pondría tan nervioso, que se delataría fácilmente.

            Cuando una hora más tarde, Benjamín lo llamó para la cena, se hizo el dormido y, cuando su tío insistió, le mintió diciéndole que le dolía la cabeza.

            Pasaron dos semanas, durante las cuales Santiago no tuvo oportunidad alguna de hablar a solas con Esther, salvo el saludo cotidiano, y siempre en presencia de Benjamín; pues ella no volvió a darle ocasión de que se le acercara si su esposo estaba ausente. En las tardes, cuando él volvía de clases, ella estaba encerrada en su alcoba o había salido de compras. Fueron dos semanas de tortura para Santiago. En clases, en las horas de descanso, o en casa, cuando trataba de conciliar el sueño, a toda hora, no hacía otra cosa que pensar en ella, en lo hermosa que era, en lo mucho que la amaba y la deseaba; pero, sobre todo, en lo inalcanzable que estaba para él. Pensaba mucho también en esa tarde, cuando la besó, cuando la tuvo en sus brazos, cuando él pensó que ella iba a corresponderle a su apasionado beso. Porque Santiago había alcanzado a entrever ese fugaz instante en el que ella estuvo a punto de entreabrir sus labios, para darle cabida al placer de saborear mutuamente la caricia del primer beso.

            Por supuesto, su nivel académico descendió y, cuando llevó, al finalizar el bimestre, el boletín de calificaciones, los resultados eran pésimos. Su tío lo llamó y le preguntó, intrigado:

-¿Qué te pasó? ¿Por qué ese bajón en las calificaciones? A propósito, últimamente te he notado como ausente. ¿Será que hay alguna noviecita por ahí?

-No, tío. No es nada de eso.

-Entonces, ¿qué es? ¿Acaso estás enfermo? Porque, si es así, vamos donde el médico.

-No, tío. Yo me siento bien; palabra que sí.

-Entonces, cuéntame qué te pasa. Esto tiene que ser que te has enamorado. Si lo sabré yo. Vamos, sé franco conmigo. No te dé pena. O, mejor, ¿prefieres contarle a Esther?

-No, señor; no hay necesidad de meter a Esther en esto. Sí, usted tiene razón, me he enamorado; pero ella no me corresponde y por eso mi desazón y mi falta de concentración en mis deberes.

-Ya lo sabía, si yo también tuve tu edad y te digo que enamorarse es bueno; el amor es un sentimiento que llena el corazón de alegría y anima a luchar por las cosas, hasta las más  triviales; pero debe concernir a ambos: si el enamorado es uno y ella es indiferente a ese amor, uno sufre. Entonces, hay que cambiar las tácticas para lograr interesar a la persona amada. De todas maneras, esas circunstancias no deben alejarte de tus responsabilidades; por consiguiente, no puedes dejar que esta situación interfiera con tus estudios. Recuerda que ahora lo prioritario para ti, es terminar el bachillerato, para que puedas entrar a la universidad; ya sólo falta un bimestre y luego, el grado. Entonces, cuando estés en la universidad, esa niña te mirará con otros ojos y, hasta puede que se enamore de ti y así te verás doblemente recompensado.

-Sí, tío; tiene razón. Le prometo que seguiré sus consejos y en estos meses que faltan, me recupero.

-Bueno, mijo, eso espero. Esta es la primera vez que traes calificaciones malas.

-Sí señor.

El año lectivo terminó y Santiago había vuelto por sus fueros académicos. Se aplicó tanto, que recuperó su nivel y retomó el primer puesto que siempre había ocupado.

Como premio de grado, y en vista del empeño demostrado, Benjamín le regaló un viaje a Cartagena y, como él mismo tenía pendiente el disfrute de dos años de vacaciones, arreglaron todo y viajaron los tres a conocer tan hermosa ciudad y a disfrutar de un mes de merecido descanso.

*****

            Llegaron y se alojaron en un hotel modesto, cercano a la playa. Para evitar el bullicio de la gente y el acoso de los vendedores, eligieron uno situado en un barrio del norte geográfico de la ciudad, y allí tomaron dos habitaciones contiguas. La tarde del día en que llegaron, luego de organizar sus bártulos, fueron a la playa para gozar de las delicias del mar.

            Ver a Esther en un diminuto traje de dos piezas, fue para Santiago un verdadero placer. En su fuero interno, se regocijaba al saberla objeto único de su amor y de saber, también que ella conocía lo profundo que era ese sentimiento. No obstante la emoción, él supo disimular para que su tío no pudiera percatarse de las miradas de admiración y devoción con que el enamorado joven devoraba, literalmente, a la hermosa Esther; quien, por su parte, se dio cuenta de cómo la observaba Santiago y, a pesar de que eso le causaba alguna incomodidad, al ver que el joven sabía disimular su fascinación, le agradeció con una sonrisa que Santiago, como siempre, mal interpretó.

            Como de los tres, el único que sabía nadar era él, de inmediato se ofreció para enseñar a Benjamín y a Esther los rudimentos necesarios que les permitiera, al menos, flotar sobre las olas y desplazarse, así fuera por cortos trechos.

            Y, diciendo y haciendo, pusieron manos a la obra. Benjamín fue el primero; por eso, Santiago pidió la colaboración de Esther.

-Tío, póngase bocarriba y usted, tía, sujételo con firmeza por la espalda, que yo me encargo de sostenerlo por la cintura, para que él pueda sentirse seguro. Cuando yo le avise, le va soltando poco a poco la presión de la espalda, que yo haré lo mismo con su cintura y, así, cuando menos lo piense, estará flotando. Esa será la primera lección; después le tocará a usted, tía.

            Así lo hicieron y, después de varios intentos, Benjamín ya podía sostenerse bocarriba sobre las olas, sin hundirse. Luego le tocó a Esther el turno de aprender a flotar.

            Cuando la tuvo asida por la cintura, Santiago sintió que una corriente le cruzaba la espina dorsal y hasta tuvo deseos de mover la mano para disfrutar, así fuera un instante, el contacto de las bien moldeadas caderas de Esther. Pero, al pensar que la reacción de ella pudiera ponerlo en evidencia, desistió de inmediato de su malsano propósito. Después de ensayar varias veces -dos o tres más que Benjamín- Esther también aprendió a flotar.

            Luego vino la lección para que aprendieran a flotar bocabajo. También Benjamín pasó de primero. La acción se repitió varias veces y Santiago ocupó la misma posición de antes; es decir, lo sostuvo por el abdomen, mientras que Esther lo sujetaba por los hombros. Cuando ya pudo flotar solo, le tocó el turno a Esther. Pero ella, al ver que Santiago tendría que asirla por el vientre, cambió de posición para que fuera Benjamín quien la tomara por el talle. Así, la pareja tomó sus dos primeras lecciones de natación.

-Mañana ensayaremos el desplazamiento bocabajo y en estilo libre. Por lo pronto, sigan ensayando  lo que aprendieron; entre tanto, yo nado un poco.

Dijo el novel instructor mientras se alejaba para dejar de contemplar y admirar el hermoso y esbelto cuerpo de Esther; pues ya se le volvía irresistible su visión y temía que le sobreviniera una erección.

Después de disfrutar varias horas de la brisa marina y de las delicias de la playa y, también haber saboreado los frutos del mar, regresaron al hotel. La pareja entró a su alcoba y Santiago a la suya. Se bañaron para sacarse la sal y la arena y, hacia las seis de la tarde, se encontraron para salir a conocer la ciudad. En la noche, después de cenar, bailaron un rato.

Cuando Benjamín le dijo a Santiago que sacara a bailar a Esther, ella alcanzó a mostrar un dejo de preocupación que pasó desapercibido para su esposo. Rápidamente Santiago, que había alcanzado a columbrar el gesto de  ella, la tomó de la mano y la llevó a la pista, antes de que su tío pudiera entrever algo y Esther pudiera negarse a bailar con él, lo que lo privaría del placer tantas veces anhelado de poder estrecharla nuevamente en sus brazos y, así, saborear otra vez esos instantes de placer, que disfrutara el ya casi lejano día de su cumpleaños y que él no había podido olvidar.

Por eso, cuando la tuvo asida por la cintura y logró que los senos de ella se estrecharan contra su tórax, le dijo casi en un susurro:

-Esther, déjame tenerte así tan cerca de mí. Déjame disfrutar de este instante maravilloso. Aunque nunca pueda hacerte mía, tenerte ahora entre mis brazos y sentir tu cuerpo, ese cuerpo que hoy admiré en ese diminuto bikini, pegado al mío, me llena de felicidad y me hace sentir el hombre más afortunado del mundo.

-Por favor, Santiago, no me pongas en aprietos con tu tío. Si él llegara a sospechar siquiera  de tu malsano deseo, seguro que no te lo perdonaría y, es posible, que llegara a culparme a mí, atribuyéndome provocaciones que yo nunca he motivado. Además, para mí, no deja de ser embarazoso el que tú me tengas apretada contra ti, de esta manera. Al fin y al cabo, yo no soy de hierro. Tú eres un muchacho muy apuesto al que le deben sobrar admiradoras. Entonces, ¿por qué me pones en estos aprietos? No tentemos al diablo. ¿Por qué no te consigues una novia de tu edad y te olvidas de mí como mujer?

-Porque me gustas mucho, porque te amo, porque te deseo. Para que lo sepas, mi amor y mi pasión son tan grandes que, en estos momentos, me importa poco que seas la mujer de mi tío. Para mí, eres el ser más adorable que he conocido. Ninguna mujer ha despertado en mí los sentimientos que guardo en mi corazón y que son solamente para ti, porque únicamente tú los inspiras.

-Pero tú sabes que eso no puede ser, eso es pecado; además, es una traición hacia tu tío, el hombre más noble y bueno que tú y yo podamos conocer en la vida.

-Tía, contéstame algo con absoluta sinceridad, independientemente de lo que yo sienta por ti y de mis ansias por poseerte: Alguna vez, ¿tú has pensado en amarme? ¿Alguna vez he estado en tus sueños?

-Te voy a ser sincera. Ya te dije que eres muy atractivo y que yo no soy de hierro. Sí, he soñado contigo y, despierta, me he acordado del beso que me diste a la fuerza. Pero, hay algo que yo conozco y se llama moral, se llama decencia y una mujer decente, no se entrega al primero que la requiebre. Además, te cuento esto, para que sepas que te quiero, pero nunca permitiré que me arrastres a una traición hacia mi esposo. Yo a él lo amo. Juré amarlo hasta el día de mi muerte y, por un instante de placer, no voy a romper mi juramento y a vivir al resto de mi vida, arrepentida de algo horrendo que me impida mirar a tu tío a los ojos, con mirada inocente y no, con la mirada del pecado. Así que olvídate de mí como mujer. Mírame como lo que soy: la esposa de tu tío.

-Esther, lo que me pides es imposible. Te has metido de tal manera en mi corazón, en mi mente y en mi alma, que solamente con la muerte podré dejar de amarte y de desearte. Pues, aunque te poseyera, seguiría deseándote cada día más y más.

            La canción que bailaban llegó al final y él tuvo que callar y llevarla a la mesa, donde Benjamín los esperaba con una copa de licor en la mano. Sirvió un trago a su esposa y otro a su sobrino, mientras le decía a ella:

-Pensé que esa canción no iba a acabar, pues tengo ganas de bailar contigo.

-Esperemos otra canción; esa no me gusta.

Un rato después, Benjamín y Esther salieron a bailar. A diferencia de Santiago, que la llevó al otro extremo de la pista, Benjamín se quedó cerca de la mesa que ocupaban. Santiago, interiormente, agradeció a su tío, ya que así pudo contemplar a Esther y sonreírle cuando estaba de frente a él. Cuando el baile hacía que ella le diera la espalda, él esperaba que su tío se distrajera, para mirar con satisfacción el esbelto cuerpo de su tía política.

Pacientemente esperó hasta que Benjamín tuvo que ir al baño y, tomando a Esther de las manos, la invitó a bailar; ella inicialmente rehusó; pero, al ver que su esposo regresaba, no quiso dar pie a confusiones y salió a bailar con Santiago. Sin embargo, esta vez no se dejó apretar de él, aunque insistiera de palabra y de hecho.

-Es mejor así; evitemos que un contacto físico tan cercano, te alborote.

            Él reanudó sus proposiciones de amor, hasta que ella le impuso silencio, so pena de tener que dejarlo bailar solo, pues no quería seguir oyendo tantas locuras.

-Está bien, me resigno a no hacerte mía, pero no me alejes de ti.; no me huyas, como lo has hecho durante todos estos meses. Acaso, ¿no te das cuenta de que, con sólo mirarte, vivo? O, tal vez, ¿ignoras que tu sola presencia alimenta mi alma? Que cuando te niegas a verme, ¿me siento morir?

            Ante esa expresión de amor, brotada de un corazón que parecía sincero, Esther se conmovió y cometió el peor error de su vida, pues acercó su mejilla a la de Santiago y dejó que su cuerpo se ciñera al de él, para luego decirle:

-Pobrecito mío. Como has sufrido por mi culpa. Yo también te amo, pero no puede ser. Contentémonos con amarnos en secreto, solacémonos en saber que nuestros corazones se pertenecen mutuamente, pero no echemos a rodar una bola de nieve que después no podríamos detener y en su caída nos arrastraría a un abismo de vergüenza y de deshonra y, en él, sumiríamos también a Benjamín y, no se te olvide nunca, ¡él no merece eso!

-Pero, ¿qué hago? ¿Vas a permitir que me consuma en esta agonía por no tenerte? Acaso, ¿no te aflige mi situación?

-Claro que me duele verte sufrir, pero no puedo hacer nada para aliviar tu tormento. Además, yo también sufro.

-Sí puedes. Si aceptaras ser mía, aunque fuera por una sola vez, el recuerdo de esa ocasión me permitiría vivir feliz el resto de mi existencia.

-¿Te das cuenta de lo que me estás pidiendo? Tú quieres deshonrarme. Además, al aceptar lo que me propones, jamás podría volver a ver a los ojos a mi esposo. Ni siquiera podría yo misma volver a vivir en paz. El remordimiento me atormentaría por el resto de mi vida.

En ese momento terminó la pieza musical que había estado sonando y cuya melodía se había perdido para la pareja. Esther se deshizo del abrazo con el que, por  torpeza de ella, Santiago la tenía aprisionada y volvieron a la mesa, donde los esperaba Benjamín que, inocente del drama que se tejía a sus espaldas, los recibió con una sonrisa que dejó estupefacto a Santiago y, a Esther, no hizo sino aumentarle la desazón.

            Santiago, ofreció una copa de vino a su esposa y un trago de ron a Benjamín, que lo apuró de un solo sorbo y se fue para la barra y pidió otro trago de ron. “Del más fuerte que tenga”, le aclaró al mesero. Éste, intrigado ante la juventud del cliente, sonrió cuando le sirvió lo que le había pedido.

            Permanecieron otra hora en la discoteca y, un poco cansados pero aparentemente felices todos tres, regresaron al hotel. Los días pasaron sin que Santiago tuviera oportunidad de hablar a solas con Esther, pues ella no dejaba que Benjamín se le separara un solo instante, cuando estaban los tres juntos.

*****

            Cuando ya quedaban solamente dos días de vacaciones, Benjamín fue al centro de la ciudad a confirmar los tiquetes de regreso a Neiva. Al pasar por la habitación de Santiago y comentarle que iba a salir y si lo quería acompañar, el joven vio, en ésta, la ocasión que esperaba ansiosamente desde hacía más de dos semanas y, rápidamente, se excusó alegando dolor de cabeza.

            Tan pronto como vio, por la ventana del cuarto que ocupaba, que su tío abordaba un taxi, salió y pulsó el picaporte de la puerta del cuarto de su tía. Al sentir que cedía, entró y encontró a Esther que, ligera de ropas, descansaba reclinada en la cama.

-¿Cómo estás?

-Y eso, ¿qué haces aquí? Benjamín me dijo que iba contigo al centro a lo de los pasajes.

-Sí, él me invitó, pero yo me excusé; le dije que tenía dolor de cabeza. Pensé que ésta es la oportunidad que estábamos esperando.

-¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que pretendes?

-No crees que ahora que estamos solos y disponemos de, por lo menos, una hora para nosotros, ¿debemos aprovechar la ocasión y poner en claro nuestros sentimientos?

            Y diciendo esto, Santiago se sentó en el borde de la cama y, como Esther se hubiera incorporado al verlo entrar, le quedó fácil tomarla de la nuca, aproximar su cara a la de él y darle un beso, del que ella quiso zafarse; mas la presión que el joven ejercía era más poderosa que sus escasas fuerzas ya mermadas por la incómoda posición en la que se encontraba.

            Cuando Esther sintió la caricia de Santiago en sus labios y pudo medir la pasión con que él la besaba, perdió el control de su voluntad y no opuso más resistencia. Al fin y al cabo, ella se había enamorado de Santiago y, en los últimos días -cuando trataba de conciliar el sueño- no había hecho otra cosa que luchar contra su conciencia, pues las palabras que Santiago le dijera, cuando bailaron en la discoteca la noche de su llegada a Cartagena, la habían perturbado enormemente. Entonces, cedió a la tentación y devolvió el beso apasionado que el joven le estaba dando, y en el que ella sentía todo el fuego de ese arrebato negado, pero no por eso menos deseado.

            Abrió los labios y permitió que él penetrara en su boca y la saboreara, y la dejara también disfrutar a ella de las mieles del amor prohibido. Del beso pasaron a las caricias y de éstas al acto de desnudarse mutuamente.

Cuando lo lograron, no sin cierta dificultad, pues no habían dejado de prodigarse los besos más deliciosos que alguna vez Santiago hubiera experimentado en su corta existencia, hicieron el amor. Primero el recorrió con sus labios todo el cuerpo de ella; saboreó el dulce de sus senos y el néctar de su sexo. Luego la poseyó, mientras ella, que también había explorado con sus labios la anatomía de él, disfrutaba del placer ilícito. Cuando terminaron, después de que ella alcanzara varias veces el clímax, continuaron entrelazados en un tierno abrazo.

Después de que pasaran unos veinte minutos, Esther tomó la iniciativa y, acariciando con destreza a su joven amante, logró que él nuevamente la hiciera suya. Como esta vez Santiago demorara más tiempo en alcanzar su propia cúspide del placer, ella pudo gozar más todavía de esa experiencia que la vida acababa de depararle, muchos de cuyos goces, ella desconocía.

Luego, al ver que ya había pasado más de una hora desde cuando Benjamín se hubiera ido, Esther se levantó y se metió al baño, no sin antes apurar a Santiago para que se vistiera y se fuera para su cuarto, pues su tío no demoraría en llegar.

Santiago salió del cuarto de sus tíos, sintiéndose el hombre más feliz del universo. Los besos y las caricias que mutuamente se habían prodigado él y Esther, eran infinitamente más placenteros de lo que había imaginado en sueños. Poseerla había sido lo más hermoso que le había ocurrido en su aún corta existencia. Era algo que, así no volviera a ocurrir nunca más, sería suficiente para vivir agradecido con la vida por el resto de sus días. Entró a su cuarto y se acostó; no quiso bañarse de inmediato, para poder conservar en su piel, durante otro rato, el sabor y el olor de ella. Ahora sí que estaba seguro de amarla y de que ella le correspondía con toda la pasión que su hermoso corazón albergaba.

            En el frenesí que le suscitaba el recuerdo de lo que acaba de suceder entre él y Esther, se prometió a sí mismo que nunca amaría a ninguna otra mujer. Ella y solamente ella, sería su amada por el resto de su vida.

            Esa noche, cuando bajaron a cenar al restaurante del hotel, él notó en ella una sonrisa diferente. Era como si en su interior estuviera disfrutando todavía del rato de amor ilícito que habían tenido en la tarde; era como si aún saboreara las caricias y los besos íntimos que él le diera. “Esas son -pensó él- la mirada y la sonrisa del pecado, de las cuales me  hablara una vez mi confesor, cuando le conté de mi prohibido amor por Esther.”

            Lo que no notó ninguno de los dos fue que, a Benjamín, también le pareciera extraña y hasta un tanto lujuriosa la sonrisa que Esther lucía esa noche y, en más de una ocasión, la miró intrigado; pero como quiera que ella no tenía la mirada puesta en nada en particular, Benjamín pensó que su esposa estaría divagando.

            Sin embargo, se prometió que, cuando regresaran al cuarto del hotel, le preguntaría el porqué de esa cara de satisfacción que le hacía brillar más sus hermosos ojos negros y que, además, la hacía lucir más bella que nunca.

            Por su parte, Santiago supo disimular ante Benjamín y, aunque la actitud un tanto licenciosa de ella lo distrajera, él trataba de llevar el hilo de la conversación que sostenía su tío, ignorante absoluto de todo lo que había sucedido esa tarde. Y, sin dejar de conversar, Benjamín buscaba como halagar a Esther que, él no lo sabía, estaba en otro mundo.

            Después de cenar, salieron a pasear por la ciudad amurallada. Benjamín alquiló un coche tirado por caballos y disfrutaron de un hermoso e inolvidable paseo nocturno. Cuando Benjamín volteaba la cara para admirar algún monumento o edificio, Esther sentada al lado de su esposo y Santiago en frente de ellos, aprovechaban ese fugaz instante para mirarse con embeleso. Y no faltaron las ocasiones en las cuales él le acariciaba los muslos y ella lo dejaba hacer.

            A la siguiente noche, la última antes de regresar a la vida real y cotidiana, Benjamín quiso que bajaran un rato a la discoteca, como para despedir esas vacaciones tan placenteras que habían disfrutado. (Él, ignorante de todo, no pudo ver la mirada cómplice que se dieron su esposa y su sobrino, cuando mencionó lo de “vacaciones tan placenteras”).

            Allí, Esther y Santiago tuvieron nuevamente la oportunidad de abrazarse, acariciarse y besarse mientras bailaban en la pista, lejos de la mirada confiada de Benjamín, pues no solamente había muchas parejas, sino que ellos supieron alejarse lo más distante posible de la mesa que ocupaban los tres. Así que se besaron y se juraron amor mutuo y hasta hicieron planes para cuando regresaran a casa.

            Entre uno y otro baile, llegó un momento en el cual él experimentó una erección y al notarla ella, le sugirió que, como Benjamín estaba un poco tomado, subiera al cuarto que ella lo seguiría luego. Así lo hicieron y pudieron despedirse de Cartagena con otro momento de amor. Después ella bajó, encontró a su marido adormilado, lo hizo despabilarse y, cuando él preguntó por Santiago, ella le dijo que hacía rato él se había ido a dormir. Entonces, subieron a su cuarto y cuando se acostaron y él quiso hacerle el amor, ella se disculpó alegando que, por los tragos, tenía dolor de cabeza.

*****

            Regresaron a casa y la vida aparentemente siguió igual. Benjamín volvió a su oficina, Santiago inició sus estudios universitarios y Esther regresó a los quehaceres del hogar. Sin embargo, hubo cambios que a Benjamín le parecieron naturales. Por ejemplo, Santiago no volvió a llegar tarde a casa; dejó de frecuentar entre semana a sus amigos, alegando que tenía que estudiar mucho, pues la universidad era exigente; pero era para poder disfrutar todo el tiempo libre con Esther. Todas las tardes, cuando Santiago llegaba de clases, se retiraban al cuarto de él y hacían el amor, al menos una vez; ninguno de los dos amantes aceptaba dejar pasar un día -de lunes a viernes- sin amarse.

            En cada ocasión, lo hacían como si fuera la primera vez, o como si fuera a ser la última. El interés mutuo por entregarse hasta el cansancio, era igual al mostrado aquella tarde en Cartagena, la víspera del regreso a Neiva; como si pensaran que la vida les fuera a negar otra oportunidad más adelante. Por eso, el frenesí con que se amaban, parecía aumentar con el tiempo.

            Así, siguieron rodando las semanas y los meses, que no tardaron en convertirse en años, hasta cuando llegó el grado de Santiago como profesional. Su tío lo colmó de regalos que incluían un tiquete de ida y vuelta a San Andrés, más el valor del hospedaje y los demás gastos que el viaje ocasionara. No obstante, el mejor regalo se lo reservaba Esther el día del grado en las horas de la mañana.

            Al poco rato de irse Benjamín para su oficina, los dos amantes se encerraron en el cuarto de él e hicieron el amor dos veces; al finalizar, mientras reposaban acostados, sabedores de que tenían toda la mañana por delante, ella le hizo prometer que ni siquiera trataría de conquistar a alguna hermosa joven en San Andrés.

-Pero, ¿tú eres capaz de pensar que a mí me pueda interesar una mujer distinta a ti?

-Ese es mi temor constante, que te canses de mí y te enamores de una mujer de tu edad. Sobre todo ahora que vas a empezar a trabajar y, entonces, conocerás otro mundo y a otras personas.

-Te juro que eso nunca va a pasar. Te amaré hasta el último día de mi vida. Te amaré, ¡así tú ya no me ames!

-¡Eso jamás ocurrirá! Contigo he saboreado el verdadero amor. Contigo, el amor tiene un sabor diferente. Pues no sé si es por lo prohibido o porque sencillamente tú me has llevado a otras dimensiones del amor que yo desconocía. Pero la verdad es que cada día  te ansío más, te amo más.

            Como aún era media mañana, luego de un corto reposo, volvieron a amarse. Allí, ambos entregaron, si eso era posible, toda la pasión que sus cuerpos, sus mentes y sus almas albergaban.

            Santiago fue a su paseo y regresó a trabajar en un buen banco y la relación clandestina entre los dos fogosos amantes siguió igual de intensa. Cada oportunidad que se les presentaba, la aprovechaban; hasta que lograron establecer, a las pocas semanas, un horario para amarse. Como Benjamín trabajaba en el horario habitual de oficina, hasta las seis de la tarde y Santiago lo hacía en jornada continua hasta las cuatro, llegaba a casa a las cuatro y media, dos horas antes que su tío, lo que significaba el tiempo preciso para disfrutar con Esther del amor prohibido que cada día aumentaba.

            Él llegaba y mientras subía las escaleras se quitaba la chaqueta y la corbata y entraba al cuarto, donde ella lo esperaba vestida con una minúscula falda, tal como él le pidiera alguna vez y una blusa transparente, cada día de colores diferentes, sin nada debajo de ellas, toda mimosa y ardiente.

            Mientras se besaban, él con una mano debajo de la blusa le acariciaba los senos y con la otra le mimaba el pubis. Pronto, ella estallaba de felicidad y de placer; luego hacían el amor, cada día de una forma diferente, adoptando poses distintas cada vez, para romper cualquier monotonía.

            Nuevamente los años pasaron, más rápido según los vehementes e incansables amantes; doce en total, desde cuando Esther y Santiago descubrieran su mutuo amor; apenas cuatro menos de lo que ella y Benjamín llevaran de casados.

            Una tarde, Benjamín tuvo un pequeño trastorno en la oficina y, la secretaria y los asistentes, lo llevaron de urgencia al médico de la empresa. Cuando el facultativo le mencionó la existencia de una lesión cardiaca, él le comentó que, desde hacía una semana, venía sintiendo hacia media noche dolores en el tórax, los que se acentuaban hasta el amanecer, cuando se disipaban solos, así como habían llegado.

-Y, ¿alguien de su casa, conoce estos síntomas?

-No, médico; no he querido sobresaltar a mi esposa con estas tonterías.

-Pues yo no las llamaría tonterías. Aquí hay una dolencia que viene formándose, según mi diagnóstico, desde hace algunos años. A propósito, ¿qué edad tiene?

-Casi 47 años, doctor.

-Bueno, pues a pesar de que todavía tiene juventud, esto es delicado. Voy a ordenarle una serie de exámenes clínicos y de laboratorio y, cuando tenga los resultados, se viene de inmediato a consulta. Le repito, ¡esto que usted tiene, es de cuidado!

            Esa aciaga tarde, Benjamín llegó a su casa cerca de las cinco. Cuando iba subiendo las escaleras, con calma para no fatigarse, alcanzó a oír que, del cuarto de su sobrino salían unos gemidos femeninos que se mezclaban con frases amorosas, aunque un tanto inaudibles, dichas por Santiago. “Esther debió salir y este muchacho aprovechó la tarde para divertirse. Después lo reconvendré por esto.” Pensaba Benjamín.

            Al llegar al final de la escalera y alcanzar el rellano, cercano a la puerta del cuarto de Santiago, distinguió la voz de Esther que, melindrosa, le juraba amor a Santiago y le pedía que la saciara más y más.

            Su sorpresa dio paso a la angustia y, para asegurarse, se asomó a la entreabierta puerta, que los imprudentes amantes habían dejado apenas entornada; la escena lo dejó helado: Esther y Santiago, totalmente desnudos, hacían el amor de una manera desenfrenada. Ella, sentada encima de él, se le entregaba con un frenesí de placer y de pasión, como nunca lo había hecho con él en sus diecisiete años de matrimonio.

            No pudo más; su corazón parecía querer estallarle en el pecho; el agudo dolor le quitaba el aliento, quiso gritar y no pudo. Se alcanzó a llevar la mano al tórax, antes de caer al piso, inconsciente.

            Los amantes, entregados a su lujuriosa y delirante pasión, no escucharon nada. Cuando media hora después, al salir ella del cuarto de Santiago, encontró el cadáver de Benjamín tendido en la puerta de la habitación del pecado.

            El grito que pegó, atrajo a su amante y la sorpresa fue mayúscula y el estupor inenarrable. Era evidente que Benjamín los había sorprendido en el lujurioso acto y la pena y el dolor lo habían matado.

            Pasado el momento de pánico, Esther ya rehecha de la sorpresa, le dijo a Santiago:

-Levémoslo a la cama y llamemos a su médico.

            Así lo hicieron y cuando el médico de la empresa se presentó, ella le contó que Benjamín había llegado temprano de la oficina y se había acostado. Que antes de hacerlo le contó que le dolía ligeramente el pecho. Ella bajó a prepararle un agua aromática y, al llegar a la alcoba y tratar de dársela, lo encontró sin sentido. En ese momento, había llegado Santiago y entre ambos trataron de reanimarlo, pero tristemente comprendieron que Benjamín estaba muerto. El médico, con base en la consulta que le realizara en la tarde, certificó que la muerte había ocurrido por un infarto fulminante del miocardio.

            Durante el sepelio y los días subsiguientes, cuando los familiares de ella, los amigos de la pareja y los compañeros de trabajo de Santiago, venían a visitarlos, los dos amantes se mantuvieron discretamente separados y se les veía muy compungidos. Esto último era verdad, pues no dejaban de sentirse culpables por la muerte del pobre y engañado Benjamín.

            Sin embargo, a la semana siguiente, volvieron a hacer el amor, sintiéndose algo extraños después de no haberlo hecho durante cerca de diez días; algo inusual en ellos que solamente habían descansado, en su actividad amorosa, los fines de semana y los días festivos.

            A partir de allí, siguieron haciendo vida marital mientras les duró la vida sexual activa.

            Santiago cumplió la promesa de no serle infiel, la que le hiciera muchos años antes, cuando viajó a San Andrés al graduarse como profesional. Ella, por su parte, estaba tan enamorada de él -como nunca lo había estado, según sus propias palabras- que jamás se le ocurrió hacerle a su amante, lo que no dudó en hacerle a su esposo.

            Nunca los vecinos ni las amistades ni los familiares de Esther, llegaron a sospechar siquiera de la relación casi incestuosa que había entre Santiago y Esther. Siempre se expresaron su tormentoso amor en privado; en público, se comportaban como si fueran tía y sobrino.

            Sólo una vez tuvieron un disgusto en su relación y sucedió en vida de Benjamín. Había llegado de Estados Unidos una sobrina de ella, de la misma edad de Santiago y, éste, fue el encargado de atender a la joven viajera.

            Al principio, él lo hizo por compromiso; pero, con el paso de los días, surgió entre los dos una camaradería que no le gustaba nada a Esther, aun cuando se veía obligada a disimular, pues no había momento alguno para poder reprocharle al traidor, esa amistad que a ella le parecía nociva.

            Hasta que se le presentó la ocasión de hacerlo: Benjamín ya dormía cuando los jóvenes llegaron de su recorrido nocturno; Esther esperó en la biblioteca y cuando calculó que su sobrina había entrado a la alcoba, se metió a la de Santiago y le hizo el reclamo. Él juró que nada había pasado, ni nada pasaría entre Emilce -esa era el nombre de la joven- y él. Pero los celos no daban espacio a la confianza y, entonces, Santiago tuvo que poseerla de rapidez, para calmarle la furia y la pasión que la devoraban.

            Sin embargo, la relación de amistad entre los dos jóvenes seguía creciendo. El viernes de la segunda semana de la estadía de Emilce -víspera de su regreso a Estados Unidos- cuando, ya casi de madrugada, regresaban de cenar y bailar, al subir la escalera y llegar al rellano, se dieron un beso de despedida. Esther, que estaba oculta en la oscuridad de la sala, subió al cuarto de Santiago y le hizo una escena de celos. Él trató de negar todo, pero como ella insistiera, terminó confesando que se habían acostado, pero que sólo había sido sexo.

            Ella se quiso morir, le dio puñetazos en el pecho, lo llamó de mil maneras y salió iracunda para su cuarto. Allí cogió unas píldoras somníferas, fue a la sala e ingirió una manotada y las bajó con un vaso de licor.

            En la madrugada, como Benjamín la hubiera notado algo extraña al principio de la noche, quiso despertarla, pero no fue posible. Estaba totalmente inconsciente. Llamó de emergencia una ambulancia y la trasladaron a la clínica. Antes de salir, él vio el frasco de soporíferos en la mesa de noche y lo llevó consigo. Antes de que el médico la examinara, Benjamín le mostró el frasco de píldoras y le contó sobre su sospecha y éste ordenó un lavado estomacal que le salvó la vida.

            Cuando fue dada de alta, Benjamín quiso saber el porqué de esa decisión funesta. Ella le respondió que las había tomado porque llevaba varias noches sin dormir bien.

-Pero, ¿tantas?

-No sé. Me tomé primero dos y, como no me hicieron efecto tomé más. Lo siento.

-Pues yo te sentí levantar varias veces, pero tenía tanto sueño que no te puse atención. Perdóname.

            Esther nunca supo si Benjamín le creyó o no. Al fin y al cabo, él siguió igual de solícito y amable con ella, como era lo habitual. Pero ella sí necesitó varios meses para perdonar a Santiago, su traidor amante.

Él llegaba puntual, a las cuatro y media y, a veces, encontraba cerrado con llave el cuarto de ella o, si no, había salido y regresaba a las seis y media con Benjamín, negándole así cualquiera oportunidad de explicarse.

            Sólo el paso del tiempo y una carta que él le escribiera pidiéndole perdón y jurándole amor eterno y que, para entregársela, tuvo que demorar su salida hacia el trabajo ese viernes en la mañana, lograron ablandar el corazón de ella.

            El lunes siguiente por la tarde, como siempre él llegó a las cuatro y media. Cuando subió con la corbata y el saco en la mano, vio abierta la puerta de la alcoba de ella y la de él cerrada. Se asomó y no había nadie. Pensó que, como siempre, Esther habría salido. Desilusionado pasó a su cuarto; casi se desmaya cuando la vio parada al pie de la cama, esperándolo, vestida con una faldita roja y una blusa blanca transparente, sin nada debajo. Entonces, hicieron el amor igual o, tal vez, con más frenesí que el primer día y nuevamente se juraron amor hasta el día de la muerte.

            Esa noche, durante la cena, Benjamín había vuelto a ver en el rostro de Esther, la sonrisa del pecado.

 

F I N