LA PLANTA MALDITA
(A veces, la envidia teje protervos caminos)
La fe nos dice que no creamos en brujas; pero en ocasiones, nos sorprenden.
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Marzo del año 2011
“Spe, enim salvi facti sumus.
Spe autem, quae videtur, non est spes;
nam quod videt quis, ¿quid sperat?:
Espero, pues hemos sido creados para la salvación.
Espero también por los que parece que no esperan;
pues mientras parezca que alguien espera, ¿ciertamente esperará?
San Pablo
Cuando, promediando el año de 1974 fui trasladado nuevamente a Bogotá, mi esposa Elisa, nuestros hijos y yo, regresamos de Cartagena y ocupamos la casa que había sido de mis suegros; ya que después de la muerte de ambos, ocurrida tres años antes en un absurdo accidente de tránsito, había pasado a ser patrimonio familiar de mi esposa y de nuestros hijos.
Ya instalados, y organizado lo referente al colegio de nuestros hijos y habiendo logrado reincorporarme a la Universidad como catedrático, retomamos las relaciones sociales con los vecinos cuya amistad -en mi caso- se remontaba a casi veinte años atrás: la época de mi noviazgo con Elisa.
Fue a finales de ese año, cuando conocimos a Julián y a Andrea, un matrimonio joven que llegó al sector, unos cinco meses después de nuestro regreso a Bogotá. Habían comprado la casa situada al frente de la nuestra y -hasta la fecha cuando culmina esta historia- estaban satisfechos de vivir allí.
La casa de Julián y Andrea, de corte un tanto victoriano, era de las más antiguas del barrio y, según le había oído decir a mi suegro, su construcción databa de principios del Siglo XX. Más aún, él aseguraba que esa había sido la primera casa del barrio Teusaquillo y que, a su alrededor, nació el que después fuera un conglomerado residencial muy especial. Su frontis era imponente, todo en piedra de mampostería; su interior también era grandioso: las paredes recubiertas, en forma más o menos alterna, de ladrillo jaspeado y estuco albeado; los techos artesonados; las escaleras amplias hechas en cedro con tallas realmente artísticas. En la sala, el comedor y la biblioteca, al igual que en los corredores y el vestíbulo, había ménsulas bajo relieve, recubiertas en madera, esparcidas aquí y allá, que sus nuevos dueños usaron para poner libros y objetos decorativos que le dieron a la casa, en conjunto, un aspecto no sólo agradable sino también armonioso.
Pronto mi esposa y Andrea se hicieron amigas y Julián y Andrea, se integraron al grupo de amigos que formábamos los habitantes de esa calle.
Olvidaba mencionar que gran parte de la armonía estética de la casa de los nuevos vecinos, era producto de los consejos de Elisa, que sabía bastante de decoración y, además, poseía un gusto exquisito para hacer armonizar muebles y objetos decorativos en general, aunque fueran de diferentes estilos, los cuales sabía ella cómo combinar.
Cuando Julián y Andrea consideraron que su casa estaba a punto, decidieron dar una fiesta a sus amigos y familiares, aprovechando su séptimo aniversario de bodas. Fuimos invitados los vecinos, lo mismo que los padres y la hermana de Andrea y el hermano de Julián y su esposa.
Todos llegamos a la hora fijada -con retrasos no muy significativos- y, luego de un recorrido por la casa, con el fin de admirarla en sus detalles, vino el brindis por la felicidad de nuestros anfitriones; brindis que me fue encargado de común acuerdo por todos.
La fiesta marchaba bien; todos, invitados y dueños de casa nos divertíamos. Unos bailaban, otros conversaban, mientras que el buen licor iba y venía, al igual que los deliciosos entremeses que preparara Andrea, con la ayuda y supervisión de Elisa.
En un momento dado, cuando regresaba del lavabo e iba en busca de un trago, Elisa se me acercó y me dijo:
-Acabo de oír, sin querer, una conversación muy rara entre Andrea y la cuñada de Julián. Me parece que se llama Ofelia.
-Sí, se llama Ofelia y ¿qué fue lo que oíste?
-Ofelia le decía a Andrea que le iba a regalar unas gotitas mágicas para que rociara una hermosa mata que después le traería. Que con la protección de esas gotas, Julián jamás la abandonaría.
-Y ¿qué dijo Andrea?
-Que no. Que ella no creía en esas cosas y que, además, ella y Julián se amaban y eran muy felices y que, en sus siete años de matrimonio y casi diez de conocerse, él jamás le había dado motivos para dudar de su amor y de su fidelidad. Agregó que lo único que empañaba un poco su felicidad era la falta de un hijo. Entonces la cuñada insistió y le dijo: “¿Ves cómo una mujer que le llegue a dar un hijo a Julián, te lo puede arrebatar? Por eso es bueno que te asegures; además una linda mata en el vestíbulo no le hace daño a nadie y sí adorna mucho.”
-Y, ¿qué pasó?
-Andrea se rindió y aceptó el frasco de las gotas mágicas y subió a guardarlo mientras llega la mata.
-Bueno, en verdad esas cosas son inocuas. No hacen ningún bien, pero tampoco perjudican.
-No sabemos. No se te olvide que el objetivo es mantener sumiso a Julián.
-Y tú, ¿eres tan ingenua, como para creer en esas tonterías?
-Se han visto tantas cosas. Y no olvides aquello de que “no hay que creer en brujas, pero de que las hay, las hay.” Además, recuerda los cuentos sobre duendes que mi mamá -alma bendita – nos contaba. Y la tal Ofelia, no me inspira confianza.
Elisa calló y yo no insistí más en el asunto. La fiesta siguió en la misma tónica de cordialidad y buena atención. Cuando ya era un poco más de medianoche, los papás de Andrea y su hermana se despidieron y, detrás de ellos, otros vecinos hicieron lo mismo, agradeciendo cada cual a los anfitriones por el rato tan agradable que habían pasado, sin olvidar felicitarlos por la casa tan linda que tenían y desearles que la disfrutaran en paz y armonía, rodeados de su amor.
Los últimos en salir fuimos Elisa y yo, pues mi esposa se empeñó en no darle oportunidad a Ofelia de seguir incidiendo en el ánimo de Andrea contra Julián.
Pasaron los días y, como dos semanas después de la fiesta, una noche estando ya acostados y yo algo rendido, pues había tenido mucho ajetreo en la universidad después de un día pesado en la oficina, Elisa me comentó:
-Imagínate que la mata que la cuñada de Julián le prometió a Andrea, ya floreció, y hace apenas cuatro días que se la trajo y ella misma la sembró y la regó con las gotas mágicas.
-Mujer, por Dios, no le des tanta importancia a esto. Es probable que la mata ya estuviera avanzada en su desarrollo, cuando esa señora la trajo. O, tal vez, esas gotas no son más que un potente abono.
-O, más bien, es algo relacionado con la brujería. Te repito, esa Ofelia no me inspira confianza.
-No será que, por esa desconfianza que le tienes, ¿todo lo relacionado con ella te parece raro?
-No. No es eso. Yo no sé si es la mirada o la forma como dice las cosas. A veces, noto algo de envidia en sus palabras, cuando se refiere a lo hermosa que es la casa de Julián y Andrea. El otro día alabó la belleza de Andrea, pero lo dijo de una manera insidiosa, como si le dolieran la juventud y la hermosura de su concuñada.
-¿No estarás exagerando?
-Te digo que no. Tres o cuatro veces he tenido oportunidad de tratarla y siempre me ha dado la impresión de que algo maligno encierra. No sé, si en su figura, en sus gestos o en sus palabras.
-Bueno, vamos a dejar esto de ese tamaño. No tiene sentido seguir discutiendo por algo que no nos consta y que, además, puede hacernos caer en juicios temerarios.
-Como quieras. Hasta mañana.
-Hasta mañana, que descanses y logres olvidarte de las brujerías de Ofelia.
Los meses pasaron y Elisa parecía que me hubiera hecho caso, pues llevaba semanas sin mencionar las “sortilegios” de Ofelia. Sin embargo, un viernes cuando llegué fatigado de la universidad, pues había tenido que realizar tres exámenes finales, en sendos grupos de primer semestre -en donde los alumnos no han logrado salir del cascarón del bachillerato y todavía tratan de hacer trampas, lo que hace tediosa y pesada la vigilancia- el saludo que me dio Elisa fue el de que Andrea había estado esa tarde en casa, llorando porque le había encontrado a Julián, entre unas facturas de agua y luz, un recibo, de un par de meses atrás, de lo que parecía ser un motel.
Además, le había contado que esas facturas de servicios, estaban sin cancelar y tenían vencidas las fechas correspondientes. Y como si todo eso fuera poco, cerca de las cinco y media, había llamado el abogado de una agencia de cobranzas para exigir el pago de unas deudas de Julián. Para rematar el cuadro, mi esposa dijo:
-¿Te das cuenta, de que todo esto es producto de las hechicerías de Ofelia?
-Pero, ¿cómo puedes asegurar eso, mujer?
-Ah, si ellos hasta hace poco vivían en armonía y sin aprietos de ninguna especie.
-Y, según tu criterio, ¿todo es producto de las encantamientos de Ofelia?
-Ajá. No es sino sumar dos más dos.
-Definitivamente, estás obsesionada con ese asunto,
-Pues, para que lo sepas, ya puse sobre aviso a Andrea. Le conté de mis sospechas y ella estuvo de acuerdo.
-Y, cuéntame, ¿cómo van a hacer para conjurar el maleficio?
-No te burles, que esto es algo muy serio.
-Si no me burlo. Sólo te hice la pregunta obvia. Pues, se supone que si hay brujería, debe haber un conjuro que la neutralice.
-Búrlate. Como, al fin y al cabo, no es a ti al que han embrujado. Ni es tu casa la que está en peligro.
-Hagamos algo sensato. Más tarde vamos donde ellos y vemos a ver en qué podemos ayudar.
Así fue; Elisa llamó a Andrea y le contó lo de nuestra conversación y cómo estábamos prestos a ayudarles. Andrea nos agradeció nuestra generosidad y quedó en que nos avisaría cuando Julián llegara, para que fuéramos a visitarlos. Sin embargo, esa noche, ella no llamó; seguramente Julián llegó tarde.
Al día siguiente, cuando salí a recoger el periódico, vi que Julián llegaba en un taxi. Por prudencia, me hice el que no había notado nada y me entré a la casa. Después de almuerzo, Andrea llamó a Elisa para contarle que Julián pensaba irse de la casa. De inmediato, cruzamos la calle y llegamos cuando Julián bajaba con una pequeña maleta en la mano derecha. Me lo llevé hacia el patio y le dije, entre risas:
-¿Te vas de viaje?, fue lo único que se me ocurrió preguntar.
-No, solamente me gusta hacer ejercicio dentro de la casa, cargando maletas.
-Hombre, como chiste está muy bueno, pero no es necesario el sarcasmo.
-Perdona, pero me voy de la casa.
-Y, eso ¿por qué?
-Me fastidié de las cantaletas de Andrea, de sus monsergas, de su quejadera, en fin, me cansé de todo.
-Pero, si ustedes vivían felices hasta hace unos pocos días.
-Eso es lo que parecía. La verdad es que, de pronto, empecé a cogerle fastidio a todo lo que ella hacía o decía. Después me enredé con la secretaria del jefe de Contabilidad y una cosa llevó a la otra y este mes terminé endeudándome para comprarle un apartamentico decente.
-Perdona que me meta en tus asuntos; pero ayer Andrea le contó a Elisa, lo del recibo del motel y lo de tus deudas. Por favor, no le vayas a reclamar por esto; tú sabes que ellas dos se cuentan todo. Más aún, Elisa tiene su propia teoría sobre toda esta situación.
-¿Cómo así? ¿De qué teoría me hablas?
Entre risas, y tomándonos unas cervezas que Julián había destapado, le conté todo el tinglado que mi mujer había desarrollado desde el día de la inauguración de la casa de ellos, casi un año antes.
Julián y yo reíamos sobre la teoría del embrujo en manos de Ofelia, cuando llegaron las señoras. Andrea, furiosa, sólo atinó a decir:
-Y es que la fuga de este sinvergüenza, ¿es motivo de risas?
-No mujer; es que Pedro me está contando de las brujerías de Ofelia.
-Y es que aún, ¿quedan dudas? Preguntó Elisa, medio enojada.
-Pero entonces, la embrujada fue Andrea, porque ella fue la que empezó a cambiar.
-No seas cínico, que aquí la única persona infiel y sinvergüenza, has sido tú.
-Perdonen que me meta. Dije yo. -Pero creo que la solución no está en los reclamos, sino en mirar que hay qué hacer para solucionar este problema.
-Pues yo ya le rogué que no se fuera; que dejara esas tonterías que yo estaba dispuesta a olvidar y perdonarle.
-Yo insisto. Terció nuevamente Elisa. -Pero el problema no es de Julián y mucho menos de Andrea. El problema es de la casa que ha sido embrujada. ¿Por qué no se deshacen de la mata del vestíbulo del segundo piso? Esa que Ofelia les regaló recién que inauguraron la casa. Allí está todo el problema. Ensayemos, salgan de esa mata y esperemos a ver qué resultados da el experimento. Al fin y al cabo, después que esa mata floreció, empezaron los problemas entre ustedes. O, ¿es mentira?
-No, así es. Dijo Andrea.
-¿Entonces?
-Pues, la verdad es que yo quiero irme; no soporto más la atmósfera que se respira aquí. También quiero experimentar un poco, a ver si es libertad lo que deseo.
-Pues yo no voy a rogarte más. Si te vas, ni pienses en volver. Y olvídate de mí.
Julián me tendió la mano y yo se la estreché, tocó levemente en el hombro a Elisa, a guisa de despedida y a Andrea le dijo un seco “Adiós.”
Los tres nos entramos a la casa y nos sentamos en la sala. Yo con la cabeza gacha, un tanto triste por la suerte que corrían nuestros amigos. Cuando levanté la vista, Andrea se enjugaba las lágrimas, mientras que Elisa le daba palmaditas en la espalda.
Un rato después, Elisa dijo:
-Vamos a botar la maldita mata.
-Sí, ¿pero qué hacemos con ella?
-Muy sencillo, Pedro nos acompaña a llevarla en el carro hasta la carretera a Chía y allí la botamos.
-Manos a la obra, dijo Andrea.
Yo, solícito, ayudé a bajar la un tanto pesada matera y con el mismo esfuerzo, la montamos en el baúl del carro y partimos a coger la autopista del norte. Cuando regresamos a Bogotá, ya estaba oscureciendo.
Al dar vuelta en la esquina de la calle donde vivíamos, vimos la humareda que salía por la ojiva de la escalera, a la altura del segundo piso de la casa de Andrea. Lo primero que se nos ocurrió fue pensar en un incendio. Aceleré el carro, pues la calle estaba vacía y, en segundos, bajamos del carro. Andrea abrió rápidamente la puerta principal y yo me precipité por la escalera. Al llegar al vestíbulo, me detuve sorprendido. Del lugar donde, durante casi un año, había estado la matera salía un humo viscoso y fétido. Tan fuerte era el olor, que instintivamente me tapé la nariz. En ese instante, Elisa y Andrea habían llegado y también se sorprendieron por la extraña manifestación de la malhadada matera o, para ser más preciso, de la planta maldita.
Cuando quise comentarles la situación tan rara que estábamos observando, ya las dos mujeres, como si se hubieran puesto de acuerdo, estaban llamando por teléfono a la Iglesia de Santa Ana. Cuando se comunicaron, le contaron brevemente al párroco lo que había pasado. El sacerdote les dijo que de inmediato iba para allá, confirmó la dirección y Elisa colgó el auricular.
Cinco minutos después llegó el padre con un monaguillo. Se colocó roquete y estola y, abriendo el breviario, rezó unas oraciones; luego asperjó con agua bendita el redondel dejado por la matera.
Cuando las primeras gotas de agua bendita tocaron la madera del piso, se oyeron unos lamentos, como si alguien se estuviera quemando; lamentos que poco a poco se fueron apagando, hasta convertirse en un susurro muy lejano, para luego desaparecer. Todos los presentes, fuimos testigos de la visión de una sombra que salió del redondel de la matera y se precipitó por la ojiva de la escalera. Mientras aún se escuchaban los gemidos, unas volutas de humo blanco, con un aroma a jazmines, reemplazaron el humo viscoso y fétido del principio.
Terminada esa especie de exorcismo, le agradecimos al sacerdote su bondad y lo despedimos. Para entonces, Andrea no pudo aguantar el llanto y, como una niña desvalida y abandonada, lloró. Seguramente lloró por el abandono de Julián, por la envidia de Ofelia; pero también debió llorar de miedo, de terror, al saber que durante casi un año, había convivido con una criatura diabólica.
Dos semanas después, temprano en la mañana, llegó un inspector de policía, acompañado de dos gendarmes y, guiados por un abogado, procedió a embargar la casa y todo lo que contuviera. Elisa me llamó de inmediato y me puso al corriente.
-Dile al inspector que ya va para allá el abogado de la familia, con el fin de conciliar el asunto. Que, por favor, no proceda hasta que yo haya llegado.
En menos de veinte minutos logré sortear el tráfico de media mañana, entre el centro de Bogotá y el barrio Teusaquillo. Me presenté ante el inspector y el abogado demandante -quien resultó ser un ex alumno mío- y les puse al corriente de la situación de mi pobre cliente. Al notar la deferencia de quien fuera mi alumno en sus últimos años de carrera, le presioné un poco para que nos diera un plazo para concertar el pago de la deuda. Logrado el objetivo y conjurado el bochorno del embargo, Andrea invitó a todos a degustar un tinto. A los agentes y al inspector se les pagaron los emolumentos de la diligencia y los despedimos muy cordialmente. Luego me ofrecí a llevar a mi colega y ex alumno hasta su bufete, no sin antes agradecerle su amable gesto.
Cuando llegué a almorzar, encontré a Andrea todavía llorando por el percance sufrido, pues parecía que aún no se había repuesto del susto de perder todo lo material, luego de haber perdido a su esposo (pues, ella no abrigaba esperanzas de que Julián regresara).
Con paciencia y cariño, logramos que Andrea se tranquilizara. Más aún, le recordé que había que contactar a Julián para que diera fechas de pago para poder cerrar el trato con el abogado demandante y, así, finiquitar el incidente.
Esa noche, cuando llegué temprano a casa, pues no era día de clases, Elisa me contó que Andrea había llamado a Julián a su oficina y habían conversado sobre el asunto; el cual parecía tener buenos augurios, pues Julián le aseguró que iba a vender el apartamento que, en mala hora había adquirido y que con el importe de la venta, cancelaría el total de la deuda. También le dijo que lo esperara el viernes en la noche, para que conversaran, pues había resuelto dejar a la mujer con la que se enredara y deseaba pedirle perdón y permiso para volver a casa de manera definitiva.
Aproximadamente, dos semanas después del incidente del embargo judicial, Julián regresó contrito al hogar del que nunca debiera haberse ido. Ese fin de semana, se reunieron con sus grandes amigos -Elisa y yo- y luego de congratularlos por su reconciliación y los buenos augurios sobre su felicidad y armonía, fuimos a un restaurante, en donde cenamos y departimos alegremente.
Cuando, dos horas después, los dejamos en la puerta de su casa, antes de entrar nosotros a la nuestra, vimos como Andrea y Julián se abrazaban y se besaban en señal de perdón y olvido.
FIN