LA PICARDÍA
(Al insigne Giovanni Boccaccio, quien con casi dos siglos y medio de antelación, concibió el género picaresco, dejándonos páginas inolvidables, como “El Decamerón.”)
A veces, la inteligencia se viste con hábitos de astucia o sagacidad.
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Agosto del año 2010
«En todo encuentro erótico hay que un personaje invisible y siempre activo: la imaginación»
Octavio Paz
En la hacienda de quien se consideraba a sí mismo el dueño del pueblo y de sus alrededores -opinión que la mayoría de los habitantes del poblado compartían- entró a trabajar un nuevo peón: un muchacho de alrededor de veinticinco años, alto, de buena presencia, aunque algo taciturno. El nuevo peón se llamaba Gerardo y sus padres habían muerto diez años atrás a manos de dos de los facinerosos que cobraban las cuentas de Esteban, el amo.
Gerardo los había logrado identificar, pues oculto en el fondo del patio, tras un matorral, escuchó cuando su padre se negaba tozudamente, por enésima vez, a vender su casa situada en el marco de la plaza del pueblo. Luego tuvo que ver como su padre y su madre, eran ultimados cada uno de un balazo en la frente.
Ese mismo día Gerardo, quien una semana antes había cumplido quince años, huyó al pueblo vecino donde vivían sus abuelos paternos y allí se quedó hasta que los dos ancianos murieron: él de pena, casi un mes después de que ella falleciera de una fuerte neumonía que le ganó la batalla al médico del pueblo y a los amorosos cuidados de su esposo.
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Apurado el trago amargo de tener que velar e inhumar a sus dos abuelos con menos de treinta días de diferencia, Gerardo resolvió regresar al pueblo donde había nacido y había pasado su primera infancia. Nadie en el pueblo lo reconoció -al fin y al cabo el Gerardo que la gente recordaba era un muchachito delgado, casi esmirriado, y este era un joven fuerte, musculoso, bien plantado.
Rápido, consiguió trabajo en la hacienda del asesino intelectual de sus padres. A los pocos días descubrió que el señor feudal tenía varias concubinas entre las jóvenes más agraciadas del pueblo a quienes, según las apariencias, mantenía muy contentas en todos los aspectos de la vida.
Por lo mismo, descuidaba a Jennifer, su joven y bella esposa. Pronto, Gerardo se dio cuenta de que el matrimonio no compartía la misma alcoba. Ella había aceptado la decisión de su marido, no sólo por el genio impositivo de éste -a quien todos obedecían sin chistar- sino también porque él la había convencido de que así era mejor, para no tener que despertarla en las noches, cuando él fuera requerido por alguno de sus ayudantes, en procura de soluciones a tantas situaciones dificultosas que se presentaban a diario en la hacienda, sin importa el día o la hora que fuera; situaciones que solamente el amo y señor podía solventar. No obstante, él visitaba la alcoba matrimonial con cierta regularidad ciertas noches en el mes.
Todo esto, Gerardo lo había estado observando y almacenando en su memoria. Poco a poco, tejió su plan; pues, además de querer humillar a su nuevo patrón, era bien cierto que Jennifer era muy linda y a Gerardo le gustaba y, a veces, se deleitaba pensando en lo delicioso que sería poseer ese esbelto cuerpo y besar tan bellos labios y acariciar tan tersa piel.
Pero Gerardo sabía que también tendría que vengar la muerte de sus padres, tanto en su autor intelectual, como en los materiales, quienes aún servían al patrón; aunque en otros menesteres, pues ya no quedaban casas buenas que codiciar ni tierras fértiles que no le pertenecieran. Ahora Esteban, el patrón, había montado una gasolinera, una droguería y un súper mercado, logrando así controlar la economía del pueblo. Por eso, sus sicarios se dedicaban a cobrar las deudas que la gente del pueblo tenía con el amo.
Gerardo se dio cuenta de que el patrón visitaba a su esposa en la alcoba matrimonial los martes de cada semana. Era muy puntual: hacia las diez de la noche llegaba, daba dos golpes en la puerta y entraba; siempre con la cabeza cubierta con un sombrero alón y una inmensa ruana, siempre con las luces de la alcoba apagadas. Permanecía alrededor de hora y media, para luego salir y dirigirse a su propia alcoba. Mientras el patrón estaba adentro, las luces de la alcoba jamás se encendían.
Así transcurrieron cerca de tres meses desde cuando Gerardo empezara a fraguar la primera parte de su plan. Todos los martes, él se apostaba desde las nueve de la noche (cuando tenía la certeza de que ya todos los peones estaban durmiendo) detrás de la cortina de uno de los balcones que había en el pasillo que conducía a la alcoba del ama. Hacia media noche, cuando Esteban, hacía rato que había salido con el sombrero alón calado hasta los ojos y embozado en la ruana, Gerardo se retiraba al galpón que servía de dormitorio a los peones y, silenciosamente, se acostaba.
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Una noche de martes, ya eran más de las diez y media y el patrón no aparecía. Entonces, Gerardo con mucho disimulo se enteró de que el amo se había ido para el pueblo desde las primeras horas de la noche y había mandado razón de que se demoraba, pues tenía asuntos importantes que tratar. Con el tiempo, se llegó a saber que eran asuntos de faldas: una nueva conquista del amo.
Con la buena nueva de que Esteban, no llegaría a tiempo, Gerardo -que ya tenía todo preparado- bajó de una buhardilla cercana una ruana y un sombrero, que para tal efecto había guardado desde hacía meses. Disfrazado, se acercó a la puerta de su ama, tocó dos veces y entró. Jennifer estaba esperando a su marido y, como era la costumbre, se dejó poseer. Sólo la sorprendió la fogosidad de quien creyera era su esposo y el hecho insólito de que pidiera repetir; cosa que logró sin problemas. Así, después de poseer a Jennifer en dos ocasiones, Gerardo, se vistió, se caló el sombrero alón, se puso la ruana y salió, no sin antes darle un beso apasionado a la que había sido durante más de medio año su sueño y su pasión. Ella, asombrada, sonrió no sin cierta coquetería.
Gerardo, sigilosamente, guardó su disfraz y bajó al galpón y se acostó. Por supuesto, los nervios no le dejaban conciliar el sueño. Por un lado, el haber satisfecho su deseo de poseer a tan hermosa criatura le llenaba la mente de miles de extravíos y, por otro lado, no dejaba de asustarle el hecho de que su patrón algún día descubriera el engaño.
Mientras tanto, poco antes de la media noche, Esteban llegó a la hacienda un tanto frustrado, porque si bien había logrado un acuerdo con su nueva conquista, no había podido hacerla suya desde esa primera vez, tal como era lo usual. Todo esto, además de contrariarlo, lo había dejado insatisfecho y no queriendo ir donde alguna de sus concubinas y, acordándose además de que aún era martes por la noche, llegó a la hacienda con la firme intención de visitar a su esposa y calmar con ella las ansias frustradas que traía.
Se aseó un poco, se caló el sombrero y embozado en la ruana, llegó al cuarto matrimonial. Tocó dos veces y entró. Con la luz apagada se dirigió a la cama, se acostó y decidió despertar a su esposa con caricias. No se sorprendió mayormente al encontrarla dormida y desnuda, pues pensó que su pobre ángel lo había esperado pacientemente hasta que el sueño la rindió.
Adormilada todavía, descubrió en la oscuridad la silueta de su marido. Pasmada de que, después de haberlo complacido dos veces y haber quedado ella exhausta pero dichosa, él todavía quisiera más, le preguntó:
-¿Cómo? Después de una noche tan fogosa, mi esposo ¿quiere repetir? ¿Es que está tomando alguna medicina especial que lo ha puesto tan fuerte? Porque, en verdad, yo estoy rendida; es la primera vez en cuatro años que lo hacemos dos veces en una misma noche. Necesité más de media hora para reponerme de la sorpresa. Por supuesto que quedé encantada; pero por esta noche, aunque fue como ninguna, es suficiente.
La primera reacción de Esteban, fue coger a golpes a su mujer, pues él no comprendía cómo ella no había notado la suplantación. No obstante, pronto cayó en cuenta de que la oscuridad era prácticamente total y, además, ellos nunca hablaban mientras hacían el amor. Por eso, se calmó y no queriendo hacer volar la imaginación de su esposa y mucho menos ponerla a hacer comparaciones que lo desfavorecieran, prefirió desistir de sus iniciales arrebatos y le dijo:
-Tienes razón. Por hoy es suficiente. Olvida que quise importunarte. Buenas noches.
Sin embargo, el amo -a sabiendas de que había un traidor en la casa y que él tenía que descubrirlo y hacerle pagar con su vida la osadía- comprendió que lo que menos necesitaba era un escándalo de esas proporciones. Esto tenía que arreglarlo él solo con el maldito granuja que se le había gozado a su mujer de manera tan astuta. No obstante él presentía que el culpable se delataría por el nerviosismo que acomete a todo aquel que acaba de realizar una tropelía.
Por consiguiente bajó al dormitorio de los capataces. Allí no encontró nada sospechoso, pues todos cinco dormían a pierna suelta. Entonces fue al galpón de los peones. Sin encender las luces, fue repasando uno a uno los catres, tocando levemente a cada uno. De pronto se encontró con alguien a quien el corazón se le quería salir del pecho. “Éste es el bellaco”, pensó y quiso ahí mismo dar cuenta de su humanidad. Pero lo pensó mejor y se dijo: “Si lo mato aquí mismo, mi esposa sospechará, atará cabos y todos me preguntarán por qué lo hice y no puedo contar la deshonra que este miserable me ha infligido. Entonces, voy a marcarlo y mañana, cuando me dé la cara, ya veré cómo me deshago de él, sin que nadie -sobre todo, mi esposa- sepa quién lo mató y por qué.”
Sacó una navaja del bolsillo y con mucha suavidad le afeitó la patilla derecha. Con esa señal, estaba seguro de que al día siguiente, descubriría al culpable. Con estos pensamientos en mente, se fue a su alcoba y se acostó.
Gerardo, que se sintió muerto cuando el patrón le tocó el pecho, esperó a que éste se fuera y enseguida se levantó, sacó su propia navaja y, teniendo más cuidado que el que tuvo su patrón con él, rasuró la patilla derecha de todos y cada uno de sus compañeros.
Al día siguiente, bien temprano el capataz encargado, los despertó con la orden de formarse ante el patrón que quería pasar revista a su vestimenta.
A la media hora, Esteban bajó al patio principal y encontró a todo el personal (capataces y peones) formado. Cuando lo vieron llegar, se estaban preguntando uno a otro el porqué de esa extraña revisión. Hizo la pantomima de revisar como estaban vestidos, en qué estado se encontraban las botas y las armas. Solamente Gerardo reparó en la disimulada mirada del patrón hacia la patilla derecha de cada uno de ellos. También, él fue el único en columbrar el gesto de sorpresa de Esteban al ver que todos los peones tenían la misma mutilación. Aturdido, sólo atinó a decir:
-Entre ustedes hay uno que sabe lo que busco. Espero que se cuide.
Cabizbajo, el patrón se retiró, consciente de que el bellaco y marrullero que había hecho suya a su mujer, se la acababa de jugar nuevamente. Y lo que era peor, no podía hacer ni decir nada, sin ponerse en evidencia. Y no dejaba de asustarlo, tanto el escarnio público como los pensamientos y los sentimientos de su mujer, si conocía la verdad.
Cuando el capataz de turno deshizo la formación, todos se preguntaban qué había querido decir el patrón. Empero, ninguno tenía la respuesta. Sólo Gerardo la sabía y él no iba a vender su alma al diablo.
Pasaron varios meses sin que Gerardo volviera a aparecer por el pasillo de la alcoba de Jennifer. Aun cuando esa primera vez lo había dejado extasiado y con deseos de regresar, decidió que, al menos por ahora, no podía volver a tentar la suerte. Sin embargo, en ocasiones el deseo trataba de ganar la partida a la prudencia; pero Gerardo sabía que aún le quedaban pendientes las dos últimas partes de su plan. Esto es, cobrar con sangre la vida de sus padres; pues sabía que las autoridades del pueblo eran sumisas al amo.
Un día, casi al año de haber regresado, Gerardo iba camino del pueblo; venía de una hacienda cercana de hacer una diligencia al patrón, cuando vio dos cadáveres tirados a la vera del camino. Enseguida los reconoció: eran los asesinos materiales de su papá y de su mamá. Y aunque se malhayó de inmediato de que el destino se le adelantara, comprendió que no era conveniente que lo encontraran en la escena del crimen. Por eso se regresó y vagó durante más de una hora por el bosque.
Al llegar nuevamente al sitio donde encontrara muertos al par de asesinos, ya los cadáveres habían sido recogidos, pues unos peones los descubrieron y dieron aviso. Cuando Gerardo llegó a la hacienda, oyó los comentarios sobre las posibles causas de la muerte de estos viejos compañeros. La versión más corriente hablaba de venganzas de alguien de uno de los pueblos vecinos, pues allí esos dos eran tenidos como pájaros de cuenta.
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Pasó más o menos un año completo, antes de que Gerardo se decidiera a visitar nuevamente a Jennifer, la que cada día estaba más hermosa, cada día le gustaba más y cada día añoraba más la deliciosa noche que pasó con ella.
Como sabía que no podría ser en martes, decidió su plan para un jueves. Así, dos días antes de la fecha fijada, mientras el patrón visitaba a la esposa, recogió del desván la ruana y el sombrero, los limpió y los volvió a guardar.
Ese jueves, se presentó puntualmente a las diez de la noche; dio los dos golpes consabidos y entró. Jennifer se sorprendió por lo inusitado de la visita de Esteban, en día diferente al martes. Sin embargo, no dijo nada, pues sabía lo irascible que era su marido y lo violento que se ponía cuando alguien le contradecía o le hacía algún tipo de observación.
Desde el primer momento de la posesión, Jennifer descubrió que no era con su marido con quien estaba haciendo el amor y quiso protestar; pero Gerardo, la colmó de besos y caricias, sin dejar de penetrarla y así acalló los escrúpulos del ama.
Al terminar, ella de inmediato encendió la luz y al reconocer a Gerardo, primero se sorprendió y luego con una sonrisa maliciosa le dijo:
-Maldito, tú fuiste el mismo de hace más de un año. A pesar de que al principio creí que era mi marido, rápidamente caí en cuenta de que tenía que ser un hombre joven, que no me dejó oportunidad ni deseos de protestar. Pero como cuando él llegó, más tarde esa noche con ganas de poseerme, le hice notar lo sorprendida que estaba con sus nuevos ímpetus y no dijo nada, comprendí que no podía rechazarlo sin exponerme; entonces, le hice la comedia de que él, aun cuando no lo hacíamos más que una vez por semana, seguía siendo un amante fogoso, pero que no era bueno sobrepasarse. Lo que él siempre ha ignorado es que como yo ya sabía lo de sus concubinas, no me dio ninguna aprensión aceptar a un amante. Lo que nunca imaginé fue que el osado y valiente fueras tú, aunque en mis fantasías así lo deseaba. Pues, la verdad, una vez desde mi ventana, pude observarte mientras partías unos troncos y me pareciste atractivo; después, en otra ocasión, mi marido te mandó a ensillarme la yegua y te vi más de cerca y me gustaste. Por eso, desde esa noche, desee que alguna vez volvieras.
Mientras ella hablaba, Gerardo no salía de su asombro; pues todo esperaba, menos que a ella, él también le agradara. Cuando ella terminó de hablar, le dijo:
-No sabes cuánto desee esa primera noche; no te imaginas cómo la preparé. Desde el primer día que te vi me enamoré de ti. Esa noche, fue mi primera noche feliz en toda mi vida. Estos meses, han sido de tortura para mí.
-¿Por qué no habías vuelto?
Gerardo le resumió lo de las indagaciones fallidas del patrón, lo que le ocasionó un ataque de risa a ella. Así siguieron hablando más de media hora, antes de volver a hacer el amor. Más tarde, repitieron. Eran más de las cuatro de la mañana, cuando Gerardo salió de la alcoba de Jennifer, feliz como nadie, pero con el tiempo justo para llegar al galpón y hacerse el dormido cuando el capataz de turno llegó a despertar a los peones.
Aun cuando durante el día el sueño trató de vencerlo varias veces y sólo gracias a repetidas dosis de fuerte tinto logró estar medio despabilado, no por eso dejó de congratularse por todo lo ocurrido con su ama la pasada noche. Y lo mejor: habían acordado que, como el patrón sólo iba los martes, cualquiera otra noche que él deseara visitarla, sería bien recibido. La única precaución corría a cargo de la hora; lo mejor sería después de media noche y sólo hasta la una y media o dos. Considerando que ese tiempo era más que suficiente, quedó sellado el pacto de amor.
El tiempo siguió pasando y el romance entre Gerardo y Jennifer aumentaba. Ya él sabía que su amada no podía tener hijos, pues Esteban, era estéril. Por eso, desde que era la amante de Gerardo, ella se cuidaba de no quedar embarazada.
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Así transcurrió más de un año hasta que, un buen día, el patrón se enfermó. La maldad, la vida disipada, los desórdenes, todo había contribuido a mermar su salud; amén de que el paso de los años, de manera inexorable, iban haciendo mella en su organismo, no obstante la vitalidad que había tenido en los años mozos.
La noche anterior al día de su muerte, recibió en medio de la agonía, aunque asombrado, la visita del peón más novato de su hacienda. Averiguado por señas sobre el porqué de la visita, Gerardo le dijo:
-¿Se acuerda de la pareja que usted mandó asesinar hace quince años, sólo para robarles la casa que tenían en la acera occidental de la plaza del pueblo? ¿Sí? Pues ellos eran mis padres. ¿Se acuerda también de la noche en que le afeitó la patilla derecha al peón que había hecho el amor dos veces con su esposa y que no pudo descubrir quién era? ¿Sí? Pues era yo. Y, lo mejor de todo, desde hace más de un año, somos amantes
El anciano asesino y depredador quiso protestar y llamar a sus perros guardianes, pero Gerardo no se lo permitió. Con mano férrea lo mantuvo acostado, hasta que el infeliz delincuente y mayor mentiroso del pueblo, perdió el conocimiento. Esa madrugada falleció, sin recuperar el sentido.
Cuando murió, el pueblo descansó y las concubinas -diez en total- quisieron hacer valer derechos que ante la ley de la época no poseían. Sin embargo, Jennifer que se sabía la dueña de todo, no quiso ser mezquina y las recompensó dándoles la fortuna que, de manera deshonesta, había amasado Esteban. Sólo se quedó con la hacienda y un par de casas del pueblo, despidió a los matones que estaban al servicio del amo, dejando a los que solamente desempeñaban labores agrícolas.
Al poco tiempo Gerardo fue nombrado administrador general y, con el paso de los meses, se convirtió en el consorte de la dueña de la hacienda. Ya no necesitaban ocultar su amor, así que pronto todos, en la hacienda y en el pueblo, se enteraron de su noviazgo y de su próxima boda.
Para ese día, Jennifer tenía mes y medio de embarazo y eran muy felices. Fue entonces cuando Gerardo supo que Esteban, al ver que los padres de Jennifer no eran gustosos de que él la pretendiera, valiéndose de mañas los había mandado para la capital, donde los viejitos -pues para ese entonces ya habían pasado del medio siglo- se enfermaron y murieron. Ella sólo se enteró de su orfandad, cuando su desalmado marido estaba agonizando; pues antes, la mantuvo engañada con cartas que él hacía falsificar.
Al cumplir diez años de casados, ya tenían dos hijos, un niño y una hermosa niña que parecía la foto de Jennifer cuando tenía esa edad. Para entonces, vendieron la hacienda y se fueron a vivir a la que había sido la casa donde nació Gerardo; la cual, al morir el señor feudal, Jennifer se la había devuelto a su verdadero propietario; pues no se debe olvidar que como los padres de él fueron asesinados por orden de Esteban, éste se apropió de la vivienda cuando Gerardo huyó para donde sus abuelos. La casa de los padres de Jennifer -la otra propiedad que ella conservó- quedó destinada para el primero de sus hijos que se casara; entre tanto, quedaría arrendada.
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Cuando el cronista que recogió esta historia fue al pueblo donde nacieron Gerardo y Jennifer, en busca de reportajes interesantes propios de la región, se encontró con esta historia, llena de despojos, mas también henchida de amor y algo de picardía; esta última llevada a cabo con mucha inteligencia y algo de humor.
Para entonces, Gerardo y Jennifer eran unos abuelos felices que vivían con la hija menor recién casada y el esposo de ésta, mientras el hijo mayor disfrutaba con su esposa y sus hijos, de la vivienda que había sido de su mamá, y él había heredado.
Gerardo, para terminar su narración, contó al cronista que durante los últimos años se habían alegrado, él y Jennifer, de que el destino hubiera segado la vida de los asesinos de los padres de él y verdugos de los padres de ella, sin que ninguno de ellos dos, se hubieran tenido que manchar las manos de sangre.
FIN