LA PAJARERA
(¿Ficción o crónica? Cada cual elija el género.)
De intrigas coloniales y otros asuntos nacidos en la imaginación.
NUEVA YORK, EE. UU.
Febrero del año 2010
“Mi Padre hace salir Su sol sobre buenos y malos, sobre pobres y ricos;
pero también, sobre justos e injustos hace caer Su lluvia.
Y todos, Lo verán el día del juicio.”
Jesús de Nazareth
Estando con mi esposa de visita en Nueva York donde la familia de mi hijo mayor, cuyo primogénito nos había hecho bisabuelos, un día en el que la nieve caía copiosamente y afuera había una temperatura de menos 2°, decidí ponerme a inventar algo de historia y qué mejor que aquello que hiciera referencia a la época de los descubrimientos, la conquista, la colonia y la independencia.
Sin embargo, no quise aventurarme con los episodios de la historia de lo que hoy en día es mi país; pues, al fin y al cabo, podía terminar hiriendo susceptibilidades de algún eventual lector en el mañana, Por eso, me ingenié para construir esta leyenda que, dentro de un siglo, o acaso antes, bien podría tomarse por válida.
Si, al terminar, no te gustó este cuento, apreciado lector o amable lectora, al menos dale crédito a mi inventiva. Además, no olvides lo que dice en su final el libro de Los Macabeos: “Si lo leído no te satisface plenamente, la culpa puede ser mía; pero también podría ser tuya. Pues, el placer de escribir y el encanto de leer, son similares al deleite que produce saborear un buen vino o, por el contrario, degustar un exquisito vaso de agua fresca, ya que todo depende del paladar de cada cual o, dicho de otra forma, del arte de quien escribe o del que lee, porque allí está implícito el goce que se anhela encontrar.”
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El jueves 25 de septiembre del año de gracia de 1493, Cristóbal Colón emprendió desde Cádiz, su segundo viaje al Nuevo Mundo, convencido todavía de que viajaba hacia Catay.
En ese viaje lo acompañaba Don Alonso de Ojeda, quien seis años más tarde, junto a Juan de la Cosa y Américo Vespucio, exploraría la Costa Caribe, desde la actual Guayana Francesa hasta la Península de la Guajira, pasando por el Lago de Maracaibo y todo el litoral de la actual República de Venezuela, a la que bautizara así, cuando los palafitos del Lago de Maracaibo le recordaron a Venecia.
Al avistar la punta de la costa guajira, que desde el océano se asemejaba a un bergantín, Don Alonso de inmediato la bautizó con el nombre de Cabo de la Vela.
En ese, su primer viaje, Ojeda avistó junto a Colón, en la madrugada del jueves 16 de octubre del 1493, la isla que el Gran Almirante bautizara enseguida como La Deseada.
Al continuar su viaje dos días después, rumbo sureste-noroeste, al amanecer del siguiente martes, 21 del mismo mes, estando Ojeda en el puente de la nave capitana, vio una pequeña isla que él mismo bautizó al momento con el nombre de La Pajarera, en razón del inmenso monolito que destacaba por encima de la frondosa arbolada de la isla y cuyas laderas acanaladas, la hacían parecerse -vista desde alta mar- al artificio usado para guardar pájaros en cautiverio.
Avisado Colón, subió al puente y al ver la extraña forma de la montaña, con sus estrías cuasi simétricas, estuvo de acuerdo con el nombre dado por Ojeda a la isla; la cual quedó marcada de inmediato en la carta náutica, como equidistante entre las islas Anegada y San Martín, en pleno Mar Caribe. No obstante, cuando en el 1496, Cristóbal Colón desembarcó en Cádiz y, antes de presentarse ante los Reyes Católicos, quiso revisar sus cartas marineras, no encontró la correspondiente a la de las islas Anegada, La Pajarera y San Martín. Pensando en un traspapeleo, no le dio más importancia al hecho.
Alonso de Ojeda, después de haber permanecido por siete años y dos meses más en el Nuevo Mundo y haber hecho varios viajes exploratorios a las costas del Caribe, regresó a España, en donde dio cuenta de sus descubrimientos, sus hazañas y sus conquistas, omitiendo adrede el hallazgo de La Pajarera.
En el 1508, luego de recibir el nombramiento como gobernador de Nueva Andalucía, la Corona lo envió nuevamente a la Indias Occidentales, con la misión de arribar a tierra firme para explorar más el litoral de lo que hoy son Colombia y Venezuela. Sin embargo, al llegar a las Antillas, antes de derivar hacia el sur, quiso visitar La Pajarera. Atento en el puente, una alborada divisó su isla, emergiendo dentro de la bruma mañanera, majestuosa con su imponente promontorio y sus laderas estriadas, producto tal vez de aluviones seculares.
Emocionado dio fe de la similitud entre la forma de la isla y una gigantesca jaula. Inmediatamente agradeció a Dios por haberla encontrado quince años atrás, y por haberlo iluminado para bautizarla de manera tan original; pero por sobre todo, se felicitó interiormente a sí mismo por haberle surgido en ese entonces, la idea de escamotear su presencia a la Corona. “Así, podré ser el amo y señor de sus riquezas.”, pensó prendado de “su” isla.
Feliz con su redescubrimiento, esa mañana del viernes 5 de octubre del 1508, bajó y en dos chalupas, acompañado de veinte hombres armados, desembarcó y en un claro que la maleza y la selva habían dejado, a sólo 300 metros de la playa y a tiro de honda de las faldas del inmenso promontorio estriado, estableció el sitio donde se fundaría una ciudad a la que se bautizaría como Ciudad Ojeda. (*)
Dos días después, antes de zarpar para el continente con el fin de cumplir la real misión, dejó a 30 hombres dotados de alimentos, agua y pertrechos, al mando del teniente Luís Vélez de Guevara, quien debía llevar a feliz término la organización y el gobierno de la isla, incluido el sometimiento de los nativos, si los había y, por supuesto, la fundación de la ciudad.
Don Alonso de Ojeda, después de muchas aventuras llenas de éxitos, mas también de vicisitudes, murió en Santo Domingo en el 1515, sin poder volver a La Pajarera e, irónicamente, sin haber logrado ser jamás “su amo y señor”.
Entre tanto, Vélez de Guevara había conquistado la totalidad de la isla, masacrando a la población aborigen; sólo ordenó respetar la vida de los varones jóvenes, los adolescentes y los niños, con el fin de esclavizarlos para así tener mano de obra gratuita y fiel, a fuerza de despotismo. También preservó la vida de las mujeres jóvenes, con el objetivo de establecer uniones maritales entre sus hombres y ellas; pero también con el fin de que las parejas indígenas siguieran procreándole futuros esclavos. Eso sí, reservó para él, a las diez aborígenes más hermosas para desfogar su ansiedad libidinosa.
Cuando Ojeda moría, ya Vélez de Guevara era el amo y señor de La Pajarera. En el 1516, cuando supo de la muerte de quien fuera su superior jerárquico ocho años antes, viajó a España -cargado de tesoros para la Corona- ignorante de la trampa de Ojeda sobre la realidad de la isla.
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(*) No confundirla con la homónima venezolana, fundada el 19 de enero de 1937 por el presidente Eleazar López Contreras.
Al dar cuenta de su existencia, logró del Regente Fernando de Aragón, con el apoyo del Cardenal Cisneros, el otorgamiento de la cédula real que lo confirmaba como gobernador a perpetuidad de La Pajarera, con potestad de testar a favor de sus descendientes.
En su viaje de regreso, Luís Vélez de Guevara llevó dos capellanes para que convirtieran y bautizaran a la población indígena y, además, legitimaran la enorme cantidad de uniones libres entre conquistadores y nativas que para la época existían en la isla.
Ya con cédula real en mano, siguió gobernando con mano férrea, casi despótica, la que consideraba su isla personal, su pequeño reino; pues aunque tributaba regularmente a la Corona española, también era cierto que en La Pajarera se hacía solamente lo que Vélez de Guevara autorizara; absteniéndose todos de hacer lo contrario, so pena de muerte sin fórmula de juicio.
Más aún, valido de su guardia pretoriana -que le era absolutamente fiel, merced a las canonjías de que gozaban sus miembros, por la liberalidad de su amo- todo intento de rebeldía era castigado severamente. Y ni qué decir de aquellos que amenazaran con denunciar la situación a España: la suerte de estos infelices quedaba echada y su destino era el patíbulo.
Los esbirros de dicha guardia, tenían informantes en todas partes; por consiguiente, Vélez de Guevara sabía todo lo que pasaba y lo que se planeaba -y casi lo que se pensaba- en su dominio. Con el conocimiento de unos pocos, cuya fidelidad había superado las más rigurosas pruebas, contaba este déspota con la ayuda de algunos aborígenes que le servían como espías entre sus mismos congéneres; estos traidores (hombres y mujeres), merced a un poco de gracia de su amo, vendían a quien fuera, sin importar si con la delación llevaban al cadalso al incriminado, así fuera su propio padre o madre u otro familiar o allegado. Para que este espionaje, basado en la felonía, permaneciera oculto a los ojos de los habitantes de Ciudad Ojeda, los delatores sólo iban de noche al palacio del gobernador Vélez de Guevara e ingresaban por una puerta falsa situada en la parte trasera de la heredad del régimen.
La esclavitud de los indígenas, pasados pocos años, terminó por ser considerada como algo normal para toda la población, tanto blanca como mestiza o aborigen. Por eso, La Pajarera fue la única posesión del Nuevo Reino, donde no hubo esclavos africanos y, por consiguiente, cuando murieron los últimos miembros de la tripulación original, víctimas casi siempre de la vida desenfrenada que llevaban, en la isla sólo había mestizos e indígenas.
Llegó un momento en la historia de La Pajarera, en el cual el único blanco era Don Luís, su amo y señor, último subalterno de los que Ojeda dejara en la isla, en esa remota mañana del viernes 5 de octubre del 1508.
El gobernador Vélez de Guevara murió ya anciano, sobreviviendo con creces a todos sus compañeros de tripulación. Dejó dos hijos que tuvo con su favorita, la que fuera otrora la nativa más hermosa de su serrallo y, en efecto, de toda la isla y con quien se había casado en el 1521, cuando estuvo terminada la iglesia que había mandado construir en Ciudad Ojeda y que se constituyó en una verdadera joya, gracias a los artesonados en madera, logrados merced a la labor de un maestro que había llegado con los capellanes.
Una vez pasaron los funerales de Don Luís Vélez de Guevara (que duraron ocho días, antes de inhumarlo en el mausoleo que para tal efecto había mandado erigir), el mayor de sus dos hijos, de nombre Bartolomé, asumió el mando absoluto en Ciudad Ojeda -y de hecho, en toda La Pajarera- sin tener en cuenta a su hermano menor, llamado Santiago, quien se molestó y al cabo de unos meses, en compañía de un nutrido grupo de partidarios suyos, junto con sus familiares y todos sus bártulos, se fueron para el lado septentrional de la isla en donde, luego de un tiempo prudencial, fundaron una ciudad a la que bautizaron como Santiago de la Pajarera. La viuda de Luís Vélez de Guevara, para entonces una anciana ya sexagenaria, siguió a su hijo menor.
A la sazón, en el resto de los territorios del Nuevo Mundo, se consolidaba la conquista española e iniciaba el período de la Colonia con todo su rigor para con los aborígenes y los esclavos negros, amén de la sujeción y vasallaje que, con mano inflexible, las autoridades virreinales, los encomenderos y los alcabaleros mantenían a criollos, mestizos, indígenas, negros, mulatos, zambos y demás súbditos de la Corona.
Los hermanos Bartolomé y Santiago, hijos únicos de Luís Vélez de Guevara (conquistador e impulsador de la economía en La Pajarera y su amo y señor vitalicio), nunca más se reconciliaron.
El mayor de los dos quiso, en más de una ocasión, avasallar a su hermano menor. En otras, pretendió acercársele enviándole emisarios con mensajes fraternales que Santiago devolvía sin siquiera abrirlos.
Poco a poco, Santiago de la Pajarera, se había convertido en una ciudad amurallada, una verdadera fortificación inexpugnable, cuyo límite por el lado sur, lo constituían las faldas del monolito que inspirara a Don Alonso de Ojeda para bautizar la isla y por el norte, la protegía el océano. Cada costado tenía una sola puerta de acceso, fuertemente protegida; además, en diferentes puntos equidistantes, había garitas de vigilancia.
La entrada y salida de la ciudad, se hacía bajo autorización de un salvoconducto firmado por el Jefe de Policía, único responsable ante el Gobernador Santiago Vélez de Guevara de los actos migratorios en la ciudad. Así se evitaba el ingreso de presuntos espías desde Ciudad Ojeda. Con el paso del tiempo, y ya muerto el hermano desertor, esta situación drástica de control, se fue morigerando poco a poco, hasta desaparecer.
De todas maneras, cada uno de los hermanos había establecido en su respectiva ciudad, una especie de monarquía; por eso, en ambas ciudades y en los territorios que caían bajo la influencia de Ciudad Ojeda, la condición social se consolidaba tal como la diseñara Luís Vélez de Guevara: en la cúspide del poder, el Gobernador asesorado por un consejo elegido por él mismo; a continuación, nombrado por el Gobernador, un grupo de expertos que hacían las veces de secretarios para atender las diversas áreas de gobierno, auxiliados a su vez por personal de confianza, elegido con el visto bueno del amo y señor.
Caso aparte era el del Jefe de la Guardia personal del Gobernador, pues ejercía las veces de Jefe de Policía y Comandante de la Milicia. Por todo esto, este individuo debía de ser un servidor fiel al Gobernador. Evidentemente, esta fidelidad -la mar de las veces- era recompensada con prebendas espléndidas. Abajo, estaban los siervos; vale decir, los indígenas y los mestizos más pobres.
El área rural de Ciudad Ojeda -Santiago de La Pajarera era totalmente urbana- estaba dividida en dos pequeños feudos (uno al oriente y otro al occidente de la ciudad) cada uno al mando de un individuo que, gracias a méritos evaluados por el Gobernador, mereciera ese honor; pues el feudal, terminaba siendo una especie de réplica en pequeño del propio gobernador de la ciudad, cuya única preocupación sería la de tributar de manera escrupulosa a su amo y señor; ya que, en caso contrario, sería destituido, enjuiciado y condenado a la pena capital, por estafa, abuso de confianza y traición.
Cuenta una leyenda que, en una ocasión, el señor feudal de oriente, en una expedición en la que trataba de acercarse a la ciudad de Santiago, con el ánimo de espiar para su señor, encontró en la ladera de la montaña una especie de abertura, de cuya presencia jamás se había percatado; al acercarse a ella, observó que se trataba de la entrada a una caverna, cuyo interior estaba iluminado por los rayos del sol de mediodía que, perpendiculares, parecían entrar por la cúspide del cerro. De inmediato se sorprendió al ver que el suelo de la cueva estaba cubierto de pequeños fragmentos de piezas de oro, plata y piedras preciosas.
De inmediato pensó en despedir a la comitiva, para así poder apropiarse del tesoro cuando más tarde regresara él solo; sin embargo, cuando quiso salir, vio que uno de sus esbirros estaba también dentro del misterioso recinto. Su primera idea fue la de matarlo; pero el secuaz ya había divisado el tesoro y sorprendido, al ver que los rayos del sol se ocultaban como por ensalmo, retrocedió a tiempo, pues la grieta de entrada a la caverna se estaba cerrando por sí sola, dejando prisionero al avaro señor feudal.
El esbirro, movido por la codicia, calló a sus compañeros el hallazgo. No obstante mencionó el hecho del encerramiento de su amo; el cual fue dado por desaparecido, luego de muchos días de búsquedas infructuosas.
Cuando semanas después el testigo del portento, regresó solo, no le fue dado encontrar la entrada a la prodigiosa cueva. Volvió innumerables veces y el resultado siempre fue el mismo: la oculta abertura, jamás apareció.
Al pasar los años y envejecer este individuo, contó a su hijo la maravilla que había descubierto. Al principio el hijo creyó; pero cuando, a su vez, quiso encontrar la cueva, desistió al ver que todo debió haber sido una alucinación de su padre. Sin embargo, la leyenda pasó de generación en generación por muchos años.
Volviendo a la historia de los hijos de Don Luís Vélez de Guevara, la enemistad de los dos hermanos, por supuesto, trascendió al ámbito de cada una de las dos ciudades, y se propagó por generaciones de tal suerte que, durante casi todo el período colonial sufrido en el resto del Nuevo Mundo, ambas funcionaron como dos estados absolutamente independientes, desvinculado el uno del otro.
Sin embargo, en Santiago de la Pajarera, habida cuenta del sentir mestizo de todos los pobladores -del Gobernador hacia abajo- la esclavitud nunca existió y, así, cada labor realizada tenía una remuneración, bien en dinero, bien en especies.
En cambio, Bartolomé Vélez de Guevara, olvidó pronto -sobre todo después de la deserción de su nativa madre- su condición de híbrido y dictó un decreto, mediante el cual todos los hijos de españoles y aborígenes, serían considerados como criollos, dando como resultado que, a partir de ese momento, en Ciudad Ojeda sólo había amos y siervos; estos últimos -todos de raza indígena pura- sometidos a la condición de esclavos.
Esta situación social prevaleció durante todos los siglos siguientes, pues el delfín de Ciudad Ojeda y todos los que le sucedieron en la Gobernación -casi se podría decir, en el trono- no le cambiaron un ápice al decreto de su ancestro Don Bartolomé. Más aún, fueron tan fieles a la tradición que cada heredero, al nacer, era bautizado con el mismo nombre de su padre, añadiéndole el numeral consecutivo en el árbol genealógico.
En tanto que en Santiago de la Pajarera, como quiera que Santiago Vélez de Guevara no tuvo hijos varones, sino sólo dos hijas, la sucesión se estableció -cuando Santiago sintió que estaba próximo a dejar este mundo- mediante elección entre los miembros más ancianos del Consejo. Esta norma quedó establecida para siempre.
Por eso cuando -siglos después de los hechos narrados- empezaron a llegar noticias sobre la independencia de las colonias, hubo revuelos en Ciudad Ojeda, mas no en Santiago de la Pajarera. Para entonces, las rivalidades y el encono entre las dos ciudades se habían olvidado y existían intercambios, no sólo comerciales, sino también culturales entre éstas.
Cuando en Ciudad Ojeda, los nativos de raza totalmente indígena supieron de estos levantamientos independentistas, ahogados por la situación de esclavitud que aún vivían, buscaron la forma de huir, atravesar la isla -ya surcada entonces por un buen camino que bordeaba la playa- y llegar a Santiago de la Pajarera, donde eran bien recibidos, con el fin de engrosar las filas de su incipiente ejército, en previsión de cualquier tipo de invasión, por parte de las potencias europeas, desde cualquiera de las islas del Caribe o desde tierra firme.
Con el paso de los años, casi a mediados del siglo XIX, y cuando ya casi todas las colonias se habían independizado de España, el Gobernador de Santiago de la Pajarera, decidió tomar por asalto a Ciudad Ojeda con el fin de establecer una sola nación en la isla y lograr hacerla fuerte en el concierto caribe.
Reunido el ejército santiaguero, al mando de buenos estrategas formados en las colonias del continente, invadió Ciudad Ojeda, tras vencer a la escuálida milicia ojedana, cuya estructura seguía siendo la misma que Don Luís Vélez de Guevara le diera a principios del siglo XVI. La ciudad fue derrotada y Bartolomé IX, al igual que los demás dirigentes, juzgados y condenados por el delito de opresión y esclavización a la que tenían sometida a la mayoría de la población (casi el 90%) y la incorporaron como segunda ciudad de la recién independizada isla de La Pajarera, dándole la condición de primer puerto marítimo de la misma.
Quedó abolida la esclavitud, muchos años antes que en otras naciones del continente y se le dio una constitución republicana al país que, a partir de entonces, comenzó a llamarse República Independiente de la Pajarera, con capital en Santiago.
La economía del país era totalmente agrícola y piscícola; como tal, exportaba tabaco, café, ajonjolí y melaza para la refinación del azúcar. Tenía una producción reducida de productos terminados que les permitían a sus habitantes disfrutar de una vida cómoda. Sus importaciones se limitaban a la compra de maquinaria industrial. Su ganadería era poca, apenas suficiente para abastecer de carne y leche y sus derivados a los habitantes del país, lo mismo que el producto de la pesca que en su totalidad era artesanal.
Para el año 1878, La Pajarera contaba con una población de casi tres millones de habitantes, mestizos e indígenas, que vivían en armonía gozando de los derechos fundamentales consagrados en su constitución política. Para entonces, la educación era gratuita y obligatoria, al igual que los servicios de salud. El derecho al trabajo y a vivienda digna, también estaban consagrados en la Carta.
El presidente y los miembros de la Asamblea legislativa, como también el gobernador de cada una de las dos ciudades, eran elegidos por cinco años, mediante voto popular ejercido por todos los mayores de veintiún años, tanto hombres como mujeres.
Los candidatos eran seleccionados entre los mayores de 50 años, siempre y cuando no tuvieran antecedentes penales y, para el caso de presidente y gobernadores, que no hubieran ejercido antes el mismo cargo.
El área rural estaba dividida en parcelas que eran explotadas de manera comunitaria, en forma rotativa por grupos de familias, cuyos integrantes eran expertos agrícolas por generaciones.
La Pajarera era, para esas calendas, lo más parecido a la cristalización de la Utopía de Tomás Moro. Allí, salvo los enfermos desahuciados y sus familiares, los deudos de los recién fallecidos y una que otra persona que sufriera de alguna penalidad, los habitantes de la isla vivían felices.
El viernes 13 de abril del año 1878, amaneció como todos los demás de la temporada: al despuntar el día, cayó un pequeño aguacero que amainó hacia las 7 de una mañana brumosa. A las 8, los habitantes de ambas ciudades y los de las dos aldeas anexas a Ciudad Ojeda -en La Pajarera jamás se fundaron otras poblaciones- ya se encontraban dedicados a sus labores cotidianas y todo auguraba como el comienzo de un día normal.
Sin embargo, cuando los relojes marcaban las 9:17 minutos, todos sintieron como si una enorme bomba hubiera explotado, el cielo se encendió cual si fuera ya medio día y pronto se sintió un ruido infernal, parecido al que produce un inmenso y caudaloso río (que no los había en La Pajarera, pues su hidrografía sólo constaba de pequeños riachuelos) desbordado que, al salirse de cauce, amenazara con llevarse todo por delante.
Los más audaces, salieron a las calles. El terror se pintó en sus rostros. No era para menos: de la cima del monolito salían chorros de lava ardiente que se deslizaban por sus acanaladas laderas y ya empezaban a invadir las primeras calles de ambas ciudades y las dos pequeñas aldeas.
El pánico era general y no había escapatoria alguna, pues ni siquiera el mar era propicio, ya que el huracán que viajaba con derrotero oriente occidente, en minutos hizo que sus olas se encresparan, alcanzando alturas de hasta 30 o más metros, para luego estrellarse contra el malecón y anegar la avenida circundante a la playa, tanto en Ciudad Ojeda como en la capital para que, luego de dos días, inundara calles y avenidas, solidificando así la lava del volcán, cuya erupción había amainado después de cubrir toda la isla. Para ese momento, las dos pequeñas aldeas ya habían sido borradas del mapa.
Los casi tres millones de habitantes perecieron, muchos abrasados por la lava, otros ahogados en el mar, cuando temerariamente quisieron tomarlo como ruta de escape. Como en ninguna de las dos ciudades había edificaciones altas -todas eran construcciones de un solo piso- no hubo forma de escapar a la acción de la lava, que alcanzó alturas de hasta cinco metros.
Unas dos docenas de pescadores, que se encontraban mar adentro en la parte sur de la isla, alcanzaron a divisar la catástrofe y cómo donde se hallaban, el mar estaba calmo, no zozobraron.
Asustados, izaron las velas y pusieron rumbo a San Martín en busca de ayuda, la cual no fue posible obtener, puesto que los habitantes de dicha isla vivían en condiciones precarias, casi primitivas; pues sus tres o cuatro aldeas, estaban habitadas sólo por pescadores.
Cuentan las crónicas -alimentadas con el relato de los pescadores oriundos de La Pajarera que lograron salvarse- que la erupción duró alrededor de 50 horas y, cuando terminó, de la isla solamente quedó el promontorio monolítico con sus laderas acanaladas, semejando una inmensa jaula en un desierto de lava cristalizada.
El lunes 14 de enero de 1907, cuando un sismo azotó la isla de Jamaica y un incendio asoló a Kingston su capital, el epicentro quedó registrado en las coordenadas de La Pajarera (18º Lat. N, 64º Long. W), la cual se hundió en lo profundo del mar Caribe, llevándose no sólo la exótica belleza de su monolito acanalado, sino también la historia de la isla que futuros arqueólogos habrían podido descubrir.
FIN