LA NIÑA QUE VIO A DIOS.
(Los alcances de la fe y del amor)
Quienes se van, dejan dolor en el alma y una tumba en el camino
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Mayo del 2003
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros, y envió a Su Hijo en propiciación por nuestros pecados.
San Juan Evangelista
El dolor agobiaba su corazón y el llanto la hacía lanzar gemidos entrecortados. Para ella, una niña de apenas diez años, el mundo se le acababa. Su madre, su bondadosa madre, había muerto hacía unos momentos, víctima de una prolongada enfermedad que, durante más de diez meses, la había tenido postrada en la cama de un hospital.
Hacía ocho días, los médicos le habían dado salida, en razón de lo incurable de su enfermedad y se habían declarado impotentes para sanarla. Por eso, desde ese día, ante la desalentadora noticia, la niña de esta historia y su padre, se dedicaron a cuidarla y mimarla, y a pedirle a Dios que la sanara, que la hiciera mejorar de su enfermedad.
El día anterior a su fallecimiento había amanecido mejor; padre e hija se regocijaron y le dieron gracias a Dios por esa súbita y milagrosa recuperación. Ella, en especial, agradecía a Dios que hubiera oído sus ruegos y, así, se lo hizo saber a su padre.
Por eso el fatal desenlace les pareció inesperado, pues ellos confiaban en una mejoría, paulatina pero segura.
De ahí que en los momentos siguientes a la muerte de su madre, ella comprendiera a su padre que, adolorido, renegaba de su suerte y amargamente recriminaba a Dios por haber permitido que las cosas sucedieran de esa manera.
El pobre hombre lloraba y caminaba de un lado para otro de la habitación, se mesaba los cabellos y, en instantes, se detenía y con el llanto anegándole los ojos, decía:
-¿Por qué, Dios mío, por qué?
Su hija, al verlo así y darse cuenta de que el dolor de su padre era más grande y más cruel que el de ella, imploró a Dios para que se compadeciera de él y lo hiciera entrar en razón; pues la niña temía que su padre enloqueciera de dolor.
Entonces cerró los ojos y, con fe y esperanza y amor, rezó, pidiendo a Dios que le diera las palabras precisas para consolar a su padre y Él lo ayudara a salir del trance en que se encontraba.
Cuando instantes después, al terminar su súplica, abrió los ojos vio que al lado de su padre estaba Jesucristo, abrazándolo y con palabras cariñosas lo consolaba.
Pensando que era víctima de una alucinación, la niña cerró nuevamente los ojos. Cuando volvió a abrirlos, su padre estaba más tranquilo y ya no maldecía. Por el contrario, ella alcanzó a oír, cuando su padre, conmovido, decía:
-¡Señor!, que se haga Tu divina voluntad y no la mía.
FIN