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LA LAPIDACIÓN DE DOÑA ZORAYDA

(Cuando no hay amor recíproco, no hay trueque en la fidelidad)

 

No puedes pedir de lo que no das

 

MARACAIBO,  VENEZUELA

 

Diciembre del 2014

 

“La mujer perdona las infidelidades, pero no las olvida.

El hombre no olvida las infidelidades ni las perdona.”

Severo Catalina

 

            En noviembre de 1957 viajé a Mompox para visitar a un tío, hermano de mi madre, el cual se encontraba enfermo. Su esposa había escrito a mi madre contando el estado de ánimo en que se encontraba mi tío pues, como quiera que no hubieran podido tener hijos, se sentían muy solos.

En la época en la que había vivido con nosotros, años antes, mi tío cobró mucho cariño a nosotros sus sobrinos, sobre todo a mí. Más aún, recuerdo que al volver a Cartagena, a raíz de la muerte de mi padre, viviendo mi tío y su esposa ya en Mompox, él le pidió a mi madre que me dejara ir con ellos, que me ponían a estudiar en el colegio Pinilllos, por cierto muy afamado. Como era obvio, mi madre se negó.

Pues bien, ante el ruego de la esposa de mi tío y habida cuenta del cariño mutuo entre hermanos, aprovechando las vacaciones lectivas de fin de año viajé, de Bogotá a Cartagena en avión, de allí a Magangué en bus y de Magangué a Mompox en chalupa, descendiendo por el río Magdalena. Salí de mi casa en Bogotá a las siete de la mañana y llegué a Mompox a las cinco de la tarde del mismo día.

Para entonces, yo era un joven de dieciocho años, ya me afeitaba y lucía un pequeño bigote, de moda en la época, que acentuaba mi parecido fisonómico con mi padre, muerto siete años antes.

Cuando la pequeña embarcación fluvial atracó en el muelle de Mompox, ascendí las escalinatas del embarcadero y miré hacia poniente. El sol empezaba a ocultarse y el horizonte se teñía con una sinfonía de colores, desde el rojo hasta el violeta. Las palmeras, en esa orilla opuesta a la isla, se mecían al arrullo de las brisas de mediados de noviembre, preludio de las de diciembre, mientras que el sol de los venados resplandecía en la corriente del río y matizaba el follaje con el tinte del bermellón.

Cuando voltee a mirar, divisé a mi tía política, con su figura ya diminuta y avejentada, entrecerrando los ojos y haciendo visera con la palma de una mano, buscándome entre la veintena de pasajeros acabados de llegar. Por su sonrisa franca, supe que me había identificado.

-Tú eres Gerardo, Te reconocí porque eres el vivo retrato de tu padre. Si lucieras sombrero, serías idéntico a él.

            Nos abrazamos y le agradecí su invitación y, también, su comentario sobre el parecido entre la fisonomía de mi padre y la mía. A continuación me interesé por su salud y la de mi tío. Alcé mi maletín y, como me dijera que la casa quedaba cerca, hacia allá nos encaminamos.

-Aquí nada queda lejos, me dijo, -No hay grandes distancias como en Barranquilla y ni siquiera en Cartagena.

            Por la edad de ella, Anduvimos a paso lento, que aproveché para admirar el valor arquitectónico de las construcciones y, como a los quince minutos, llegamos a la plaza principal, la que me sorprendió por su limpieza y su belleza, netamente colonial. Palmeras, acacias, matarratones y otras variedades de árboles tropicales la adornaban y bordeaban senderos en varias direcciones, los cuales desembocaban en el centro, donde había una frondosa palmera. Enseguida, hice abstracción de la plaza y me la figuré vista desde lo alto y pensé en una inmensa Rosa de los vientos. Cada cierto tramo había bancas de cemento o de piedra, invitando al descanso.

            En el ala norte de la plaza se alzaba una iglesia, la casa cural y el cementerio. El costado oriental lo demarcaban las oficinas municipales: alcaldía, concejo y archivo local. Los otros dos costados, sur y occidental, estaban rodeados por las casas de la gente pudiente del municipio: políticos, comerciantes y hacendados. En el ala sur, estaba situada la casa de mi tío, quien (después pude constatar) era un comerciante que, si no nadaba en riquezas, al menos vivía cómodamente.

Al llegar, encontré a mi tío en la sala, sentado en una cómoda butaca con un periódico en las manos, a lado y lado sendos rimeros de ellos y, cubriendo la pila de la derecha, una mesita con un termo y un pocillo. Al verme quiso levantarse, pero yo lo detuve con un gesto de la mano.

-Tranquilo, tío, No se levante, siga sentado que yo llego hasta allá donde usted está.

-Gerardo, mijo, qué alegría verte y, sobre todo, convertido en todo un hombre. Cuando tu papá y yo nos conocimos, teníamos más o menos tu edad y él era, entonces, así como tú en este momento. Cuando un par de años después le presenté a mi hermana Elvira, tu mamá, él lucía un bigotito igual al tuyo.

-Eso dice mi mamá y lo mismo me comentó hace un rato la tía Carlina.

-Cuéntame cómo están todos allá. Elvira, mis sobrinos y mis sobrinas. ¿Cómo les está yendo en Bogotá?

            Le di cuenta sobre cada uno de los miembros de mi hogar y después le entregué la carta que mi madre le enviaba y, a la tía Carlina le di el paquete que mi mamá y mis hermanas le mandaron.

            Después de la cena, conversamos un buen rato y mi tío, al ver que yo observaba en forma alterna, con cierta curiosidad, los dos rimeros de periódicos, me explicó que la prensa llegaba los jueves, la de Bogotá, Barranquilla y Cartagena, toda junta la de una semana. Él los leía en orden, sin importar que algunas noticias ya hubieran perdido importancia y otras se repitieran; pera era, me dijo, la única forma de no vivir aislado del mundo.

 Satisfecha mi inquietud, me preguntó si había traído algo de lo escrito por mí, en prosa y en verso, pues mi mamá en una carta anterior, donde le avisaba de mi viaje, le había contado mi afición a leer y a escribir y los avances que, según ella (alma noble) yo había logrado en garabatear cuartillas.

-Sí, tío. Ella me recomendó que así lo hiciera, sabiendo que a usted le agradaría conocer mis supuestos adelantos en el tema.

-A ver, hijo, léeme algo de eso.

            Fui al cuarto que la tía me había asignado y saqué del maletín la carpeta que contenía mis osados intentos literarios. Elegí unos dos o tres poemas, otros tantos cuentos y un ensayo y se los leí. Al terminar, se quitó las gafas, abrió los ojos y me dijo:

-Todo está muy bonito, pero debes pulir el estilo y, también, aumentar tu vocabulario. Recuérdame mañana para regalarte un diccionario de sinónimos, que fue de tu padre y que él mismo me obsequió cuando supo que a mí me gustaba escribir. Ahora vamos a dormir. Huelga decirte que mi biblioteca está a tu disposición. No será tan grande ni de igual calidad a la que tuvo tu padre, pero contiene una que otra cosa de interés y de gran mérito.

-Gracias, tío. Ya había pensado pedirle permiso para husmear en ese tesoro.

-Es todo tuyo, hijo. Tu tía y yo vamos a descansar; todas las puertas y ventanas ya están cerradas. No olvides apagar las luces de la biblioteca y las del corredor, antes de acostarte. Hasta mañana y que descanses.

-Hasta mañana tío, hasta mañana tía.

Busqué en la biblioteca y elegí “A la sombra de las muchachas en flor”, de la obra de Marcel Proust. Apagué luces y me fui para el cuarto. El despertador que me dejara la tía sobre el nochero, marcaba las ocho y veinte. Además, había un termo con tinto, una jarra de agua, un pocillo y un vaso. Así aperado, me puse la pijama y me metí en la cama a leer.

            Leí y leí, y el tiempo pasó. Cuando ya había leído treinta páginas y había  consumido un vaso de agua y dos pocillos de tinto, vi que el reloj marcaba las once y cincuenta de la noche. Entonces resolví apagar la luz e intentar dormir.

            Recuerdo que llevaría unos cinco minutos rezando mis oraciones de la noche, cuando oí unos gritos que parecían venir desde muy lejos, pues así era lo poco audibles que se sentían. Me asomé a la ventana y corrí ligeramente la cortina. Entonces vi que, del cementerio, salía una especie de procesión, en la cual  ocho individuos vestidos como soldados de la Colonia, rodeados de una veintena más que portaban sendas antorchas y usaban uniformes similares a los de los portadores, llevaban (con cierta inclinación, como si quisieran exponer la víctima a la ignominia), en unas andas de madera el cuerpo de una mujer, cubierto a tramos por una sábana hecha girones, que dejaba descubierto, allá un seno, más acá un brazo, allí una pierna. La mujer parecía estar muerta

            Tratando de conservar la cordura, para no dejarme abatir por el terror, hice la señal de la cruz sobre mi frente, mi boca y mi pecho y seguí observando la extraña procesión. Cuando ésta llegó a la puerta de la plaza situada al frente de la casa de mi tío y que, de manera insólita, estaba cercada por barrotes metálicos (diferente a la que yo conociera esa tarde, sin ningún tipo de verja), uno de los soldados, el que parecía comandar a los sayones, sacó de la faltriquera un manojo de llaves y abrió el candado que enlazaba una cadena. Otro sayón se acercó, quitó candado y cadena y abrió la reja.

La procesión entró a la plaza y caminó directamente hasta el centro de la misma. Allí, en un poste (que tampoco estaba a mi llegada), amarraron a la mujer, le arrancaron el pedazo de sábana que medio la cubría y tomando piedras de un montículo situado a dos metros de distancia, fueron pasando en orden, para lanzarle peñascos al rostro y al cuerpo de la indefensa víctima.

Cuando todos hubieron pasado, el que parecía ser el jefe, se acercó a aquélla para comprobar si ya había expirado. Parece ser que aún vivía, porque sacó una daga del cinto y, con ella, atravesó el tórax de la desnuda mujer. A continuación, se armó la procesión y desfiló en sentido contrario, hasta entrar al cementerio, cuyas puertas se cerraron.

A la luz de la última antorcha, alcancé a divisar la figura de un soldado que, sentado a la entrada de la plaza, lloraba.

Terminada la lúgubre escena, las luces artificiales de la plaza se encendieron nuevamente y ésta tomó el aspecto que yo le conociera en la tarde, cuando la vi por primera vez. La figura del doliente soldado también había desaparecido.

Cerré la cortina, me acosté y, con el corazón palpitando como queriendo salirse del pecho, recé todas las oraciones que mi madre me enseñara en la niñez. El sueño, esquivo al principio, al fin llegó y me dormí.

Cuando desperté, recordé la escena de medianoche y, como quiera que dudara de su ocurrencia, me asomé a la ventana y observé la plaza. Todo estaba tal como yo la conociera al llegar.

Después de bañarme, llegué al comedor, donde mis tíos ya estaban desayunando.

-Buenos días, tíos. Qué pena, me cogió el sueño porque leí hasta tarde.

-No se preocupe, mijo. Ya le sirvo el desayuno.

-Termine tranquilamente tía, que yo espero.

            Cuando la tía se levantó para ir a la cocina a prepararme el desayuno, y mi tío y yo quedamos solos en el comedor, le conté sobre la visión de la que había sido testigo.

-Ah, es que ayer fue 15 de noviembre. Cada vez que esa fecha cae en viernes, ocurre ese fenómeno. Cuenta la leyenda que el hecho real ocurrió el viernes 15 de noviembre del año 1657. Ahora cuando desayunes y tu tía se ocupe de los quehaceres de la casa, nos vamos para la biblioteca. Llevas papel y lápiz y allí te cuento la historia; al menos, parte de ella. Pues el resto, la tienes que investigar en el archivo municipal. Ya te indicaré dónde debes buscar. Cuando leas las crónicas de esa época, yo te ayudo a llenar, con base en mis recuerdos sobre la tradición de la leyenda, los vacíos que encuentres.

            La curiosidad me apremiaba, pues la historia prometía ser muy interesante. Así que desayuné y, provisto de lápiz y papel, fui con mi tío a la biblioteca y allí él me contó la parte inicial de la leyenda, trozos de  la intermedia y el tramo final.

-Ahora vas al archivo municipal, te identificas como mi sobrino para que el bibliotecario te dé acceso a los archivos y buscas en las crónicas de mediados de noviembre del año 1657. Allí encontrarás lo que ocurrió con la señora, cuyo espíritu viste anoche sufrir nuevamente el suplicio. Toma atenta nota de todo lo que puedas y, cuando armes toda la historia, podrás escribir un relato muy interesante. Ojalá yo pueda vivir para leerlo.

-Gracias, tío. Me voy pronto para que me alcance el tiempo.

            Con las anotaciones de lo que mi tío me contó, llegué al archivo municipal e hice tal como él me indicara, Fácilmente, con la ayuda de un auxiliar que el bibliotecario puso a mi disposición, encontré las crónicas que buscaba.

            Me acomodé en una mesa y empecé a tomar nota de todo el andamiaje de tan interesante y conspicua historia, que trataré de describir lo mejor que pueda.

****

            En el año de gracia del Señor, 1650, nombrado por el Señor Presidente de la Real Audiencia, Don Juan Fernández de Córdoba y Coalla, llegó a la aldea de Santa Cruz de Mompox, procedente de Santafé, capital del Nuevo Reino de Granada, el Señor Corregidor Regio, Don Fernando de Alarcón y Villalba, conde de Villarrubia, acompañado de su joven esposa, la condesa Doña Zoraida de Mier y de la Torre. Don Fernando frisaba los treinta años de edad y Doña Zoraida contaba veinticuatro

            Don Fernando era un apuesto español, oriundo de Madrid que, al ostentar el título  de Corregidor Regio, pasaba a ser amo de vida y hacienda en todo el territorio de la isla. Había sido nombrado dado su carácter fuerte e inflexible que se requería en ese puerto,  paso obligado desde Cartagena, de todo el avituallamiento del interior de Nueva Granada.

            Su señora esposa Doña Zoraida, madrileña también, era una hermosa mujer de porte altivo, aunque su trato era suave como el de una princesa y, generalmente, daba muestras de su talante bondadoso.

            El Alguacil Mayor, el señor Joaquín Bermúdez, como auxiliar del corregidor y su reemplazo en las ausencias temporales, le tenía lista la servidumbre para Don Fernando y Doña Zoraida. Este séquito estaba compuesto por los de siempre: mestizos, indios, mulatos, zambos, negros, españoles pobres, etc.

            Como quiera que dentro de las posesiones adscritas por derecho propio del Señor Corregidor, estaba la mejor hacienda de la isla, donde se cultivaban árboles frutales, allí estaban asignados preferencialmente negros e indios.

            Para el servicio de la casa se designó a mulatos y mestizos, de la siguiente manera: las mujeres, como camareras de Doña Zoraida y los hombres para el trabajo en las caballerizas, salvo un mestizo que fungiría como ayuda de cámara del Señor Corregidor y, otros más (mulatos ellos), para atender los demás menesteres de la casona, como coloquialmente llamaban en el pueblo, la vivienda del Señor Corregidor.

            El Alguacil, previendo algunas urgencias de su señor, reservó para uso de éste a las mestizas y mulatas más hermosas (cuatro en total) y les destinó como vivienda las cuatro mejores barracas. Cuando Don Fernando conoció la distribución del personal, hecha por el Alguacil y visitó su serrallo, lo felicitó.

            Dentro de las mulatas del serrallo, había una, la más linda de todas, llamada Apolonia, hermana gemela de Apolinar, quien, por ojeriza del Alguacil Mayor, trabajaría en la hacienda.

Pronto, Don Fernando se aficionó a Apolonia y era a la que visitaba con más frecuencia, exactamente dos días a la semana: lunes y viernes, pues los martes y jueves  estaban destinados para Doña Zoraida. Las otras tres mulatas del serrallo, se alternarían en el disfrute de su señor, los restantes días de la semana.

La casona del señor Corregidor ocupaba el lugar donde hoy se encuentra el cementerio. En la parte frontal, luego de atravesar los jardines, cubiertos de cuidado prado y una hermosa arboleda, senderos adoquinados, amoblados aquí y allá con bancas, unas de piedra y otras de mármol,  y plantas que se alternaban para mantener florido el lugar, se llegaba a una amplia terraza y, al cruzar la puerta principal, se encontraban los salones para recibir visitas y para las reuniones sociales. Luego había dos extensos corredores, perpendiculares entre sí que formaban una imaginaria ‘T’, que separaban el área social de las alcobas. Dichos  corredores estaban adornados con hermosas plantas y jarrones con flores cultivadas en los jardines de la casona; también había pinturas y adornos que completaban la decoración del lugar; aquí y allá estaban distribuidos sillones y canapés que invitaban al reposo.

Como amos de vidas y haciendas, y siguiendo la usanza de la corte y sus remedos de ultramar, el Señor Corregidor y su esposa no compartían alcoba y cada una estaba situada en extremos opuestos del ala destinada a los dormitorios, cuyas puertas se abrían a la ‘T’ del corredor. Los cuartos intermedios estaban reservados para los ocasionales huéspedes.

A continuación y colindando con la pared posterior de las alcobas, se encontraba el área de servicio: cocina, lavandería y bodega para el pienso de las cabalgaduras; esta bodega quedaba situada detrás del dormitorio de Doña Zoraida.

Después de cruzar un inmenso patio, se encontraban las barracas de la servidumbre y, al final, las caballerizas.

Cuando pasados unos meses de haber tomado posesión de su condición de favorita, Apolonia, segura de la preferencia de que gozaba ante su amo, consiguió que éste trasladara a su hermano Apolinar al cuidado de la bodega del forraje de las bestias.

Al cumplir el primer año en su destino, Don Fernando vivía satisfecho, pues todo estaba en su lugar, cada cual desempeñaba correctamente sus funciones, no había quejas hacia el personal y, su propia lealtad hacia la Corona ya había merecido el reconocimiento desde Santafé. Su esposa ya se había acostumbrado al calor del trópico, y el arreglo en el serrallo funcionaba a la perfección. Más aún, Doña Zoraida estaba complacida con el servicio de las esclavas que la atendían personalmente (todas ellas, sin saberlo el ama, integrantes del serrallo). Así, Apolonia era la encargada de prepararle el baño a su señora con las sales aromáticas correspondientes al día de la semana, tenerle lista la ropa que el ama eligiera, al igual que los perfumes del día. Una de las otras mulatas se encargaba del cuidado de la ropa de su señora, otra de peinarla y hacerle los masajes que ella requiriera y la última tendía la cama y organizaba la alcoba.

Pero, en algún momento debía de saltar la liebre y, esta vez, empezó con un descuido de Apolonia, quien, pese a la advertencia del amo hacia todas las mulatas del serrallo, en el sentido de que no quería hijos bastardos, la negra bruta quedó embarazada. Cuando al tercer mes, se disiparon las dudas, empezó su martirio, ya que durante el día debía permanecer fajada, lo mismo que las noches de  lunes y viernes, cuando su amo la visitaba. Afortunadamente para ella, éste nunca le había pedido que se desnudara totalmente y, así, pudo ocultar durante tres meses más  su estado.

Y, entonces, nuevamente la suerte vino en su auxilio, pues Don Fernando fue llamado desde Santafé y rápidamente preparó viaje. Todos sabían que el amo y señor de Mompox no regresaría antes de cinco o seis meses, pues solamente remontando el Magdalena en chalupa impulsada por los esclavos negros, tardaría un par de meses y casi otro tanto regresando, más el tiempo que lo retuvieran los asuntos en Santafé, eso lo retendría por gran parte del año que empezaba.

Los restantes meses de embarazo logró sortearlos Apolonia, sin que el ama descubriera su secreto. Pero como la criatura debía nacer, así lo hizo y Doña Zoraida supo que había un nuevo ser en la casona. Pasadas unas semanas, el ama quiso conocer al recién nacido. Como Apolonia se diera mañas para evitar el tener que levárselo a Doña Zoraida, ésta le ordenó que si no lo hacía de inmediato, harían que le dieran de azotes; por tanto, la mulata no tuvo otra posibilidad que darle a conocer el niño a su ama.

Tan pronto la señora vio el rostro del pequeño, supo el porqué de la reticencia de la esclava para mostrárselo. El niño, de tez un poco más clara que la de su madre, tenía la misma frente amplia, la nariz y el mentón de Don Fernando. La semejanza era tan evidente que Doña Zoraida mandó salir de su alcoba a las demás mulatas. Cuando quedaron a solas, le espetó la pregunta que Apolonia más temía:

-¿Quién es el padre de esta criatura?

            Como la madre callara y bajara la cabeza, el ama repitió la pregunta. En vista de la obstinación de la esclava, la señora le dijo:

-¿No quieres hablar? Si en un minuto no lo haces, te mando a azotar.

            La mulata, al ver los ojos furibundos de su ama, respondió, casi en un susurro:

-El amo Don Fernando.

-No escuché bien.

-El Señor Corregidor, mi ama.

            Ésta le cruzó la cara a su esclava, con dos bofetadas, y le dijo:

-¿Fernando sabía que le ibas a parir un hijo?

-No señora.

-Pues jamás lo sabrá. Si eso llega a ocurrir, te mando a matar a ti y a tu bastardo. Ahora vete y no quiero volver a verte nunca más.

            Cruzando por su mente una idea perversa y, antes de que la esclava saliera, le ordenó, “dile a tu hermano que venga.” Éste, que era de porte gallardo (como linda era su hermana), había atraído las simpatías del ama y, de simple caballerizo lo había ascendido a cochero favorito. Cuando el ama quería dar un paseo por la isla o deseaba visitar la hacienda, llamaba a Apolinar, le mandaba enjaezar su caballo preferido y montada en un calesín, se dejaba conducir por su auriga.

            A veces, le permitía que la llevara hasta el otro extremo de la isla, totalmente deshabitado y, mientras ella leía, recostada a una palmera, le permitía que él hiciera ejercicios con el torso desnudo. Cuando él no la miraba, ella se extasiaba contemplando a su esclavo.

            A los pocos minutos de ser llamado, se presentó Apolinar.

-A sus órdenes, ama.

-Pon mucha atención. Con absoluto sigilo, vas a construir, detrás del dosel de mi cama,  una entrada que comunique la bodega del heno con esta alcoba. Esa puerta debe quedar totalmente disimulada y solamente tú y yo sabremos de su existencia. Cuando todo esté listo, me avisas. Ojalá no tardes más de un par de días en hacer ese importante trabajo.

-Sí, mi ama.

-Ven acá, acércate, haz una reverencia y bésame la mano.

            El esclavo hizo lo que su ama le ordenaba hacer. No obstante, al salir al corredor, se rascó la cabeza, cómo preguntándose qué diablos quería su señora.

            Apolinar se dedicó a la tarea y, al día siguiente en la noche, la había concluido. Se presentó ante su ama, le informó y ella inspeccionó la obra. Satisfecha, le dijo:

-Ahora te vas a dar el mejor baño del que hayas disfrutado nunca, te vistes y vuelves acá. Para esto último, usarás la entrada secreta, pues vamos a probar su eficiencia.

-Sí, mi ama.

            A la media hora, Doña Zoraida oyó un ligero ruido detrás del dosel de su cama, sonrió y dijo:

-Sigue y harás lo que yo te diga. Lo que suceda en esta alcoba, también es un secreto entre tú y yo. No olvides que la traición se paga con la vida.

-Sí, mi ama.

            Cuando Apolinar bordeó la cama de su señora, sólo atinó a abrir la boca y no era para menos: Doña Zoraida, totalmente desnuda, lo esperaba con los brazos abiertos y en sus labios una sonrisa que invitaba al pecado.

-Ven desvístete y tómame, pero no de cualquier manera; hazme sentir la mujer más amada, más deseada del mundo. Por favor, emplea conmigo todas las artes que conozcas sobre el amor.

            Con esa orden en mente, Apolinar se desvistió y procedió a complacer a su ama, la cual le correspondió como nunca antes ninguna negra, india, mulata, zamba o mestiza hubiera retribuido la satisfacción que él les deparaba.

            Cuando el día clareaba, Doña Zoraida, con un mohín de placer, le dijo a su esclavo y ahora, también, su amante:

-Vístete, tómate el día y te espero a la noche.

            Durante los casi tres meses que demoró Don Fernando en regresar a Mompox, el ama y su esclavo fueron amantes contumaces, pues ni una sola noche, de lunes a domingo, entre las nueve y las doce, él faltó a la cita, ni ella dejó de disfrutar cada minuto de placer prohibido.

            Como quiera que su esposo le hubiera ordenado que se cuidara de no quedar embarazada, pues no quería hijos criollos, ella siguió practicando normalmente sus métodos anticonceptivos.

            El miércoles que el amo llegó, en un descuido de todos, favorecido por el revuelo  del acontecimiento, Doña Zoraida alcanzó a decirle en un susurro a Apolinar que lo esperaba después de medianoche.

            Don Fernando recibió los saludos de su esposa y las reverencias de la servidumbre, incluidos el Alguacil Mayor y la soldadesca, disfrutándolos como cualquier príncipe de la corona; totalmente gustoso al ver el amor que despertaba entre sus súbditos.

            Esa noche, fiel a sus normas, recordó que le tocaba visitar a una mulatita que, aunque linda, aún le faltaba algo de garbo. No obstante, decidido a no romper las reglas ni la armonía, cumplió. A las once, cuando la fiesta de recibimiento concluyó y todos se recogieron, él fue a buscar a su esclava de turno, dispuesto a practicar con ella algo que había aprendido en la capital en una noche de desenfreno cortesano.

            Por su parte, Doña Zoraida esperó a su mulato, quien puntual llegó pasadas las doce de la noche. Sin saberlo el amo, su esposa estaba practicando algo nuevo que Apolinar le quería enseñar.

            A la noche siguiente, le tocó el turno a Doña Zoraida. Cuando el amo se presentó y la poseyó, al terminar ella le dijo:

-Los turnos siguen iguales, ¿verdad?

-No entiendo.

-No os preocupéis, que yo me entiendo.

            Como siempre, al terminar Fernando se levantó, se subió el calzón y salió de la alcoba de Doña Zoraida, sin siquiera despedirse, a diferencia de Apolinar que, antes de salir, besaba a su señora y le prometía, para la siguiente noche, más amor.

            Así pasó otro año. El niño de Apolonia, de cuya existencia el amo no tenía noticia, había crecido, ya caminaba y hablaba. Para que su padre no fuera a sospechar, la mayor parte del tiempo la pasaba con una zamba, muy amiga de Apolonia, a quien el ama, por complacer a Apolinar, ya había perdonado, mas no le permitió seguir siendo su camarera.

Y el tiempo siguió su curso.

            La noche del jueves 14 de noviembre del año 1657, el Señor Corregidor y su señora tuvieron una reunión social en la casona, pues era el cumpleaños del amo. Los vinos y las viandas abundaron y los pocos españoles de posición económica acomodada, residentes en la isla, junto con sus esposas fueron invitados. Cuando casi eran las doce de la noche, Doña Zoraida pidió permiso para retirarse, pues se sentía cansada. En realidad su premura obedecía al hecho de que, desde hacía varios meses los martes y jueves, Apolinar la visitaba después de medianoche, siempre usando la puerta falsa. La razón estaba en que ningún de los dos podía ya pasar más de un día sin hacerse el amor.

Pues bien, cuando hacia las doce y cuarto el último invitado se fue, Don Fernando, a quien los humos del alcohol le habían subido la lívido, decidió visitar a su esposa.

Cuando él abrió la puerta y entró, el cuadro lo dejó horrorizado: Doña Zoraida, totalmente desnuda, en posición decúbito prono dorsal, era penetrada con furor por un mulato.

            Su única reacción fue la de sacar la daga y apuñalear por la espalda al traidor y, luego de un manotón tirar su cuerpo al suelo. Doña Zoraida no repuesta aún de la sorpresa, sólo atinó a seguir la curva que describía la caída del cuerpo exánime de su amante y ver cómo, al caer de espaldas, la daga le atravesaba el tórax y salía por el pecho. Entonces, volteó para ver la puerta de entrada de su alcoba y, al ver a su esposo, con el rostro congestionado por la ira, sólo se le ocurrió tomar la sábana y cubrir su pecaminosa desnudez.

-¡Zorra, ramera! Debería ahogarte con mis propias manos; pero, eso no lavaría mi deshonra. De todos modos, debo castigar tu cuerpo maldito. Levántate, ¡perra!

            Doña Zoraida, trémula por el horror que le causaba haber sido descubierta en traición, se puso a llorar.

            Entonces, Don Fernando, de un manotón la bajó de la cama, tomó la sábana y con un cuchillo la rasgó e hizo una tira con un pedazo de ella; luego amarró a su esposa a los barrotes de la cama y, quitándose el cinturón, la azotó diez, quince veces, hasta quedar exhausto. Luego, salió y se dirigió a su alcoba y se encerró.

            Al día siguiente, cuando la mulata encargada del baño del ama -la que había reemplazado a Apolonia, casi año y medio antes- entró al dormitorio, soltó el cestillo en el que traía las sales aromáticas y los perfumes para su señora, cuando vio a ésta, desnuda, flagelada y amarrada a los barrotes de la cama. Enseguida reparó en el cadáver de Apolinar y, corriendo, fue a avisarles a las otras mulatas del serrallo.

            Entre todas, lavaron el cuerpo de su señora, le untaron ungüentos, la perfumaron y la acostaron en la cama y, para no maltratarla con la fricción de la ropa, la dejaron desnuda y la taparon con una sábana limpia. El cadáver de Apolinar no lo tocaron, pues esa era labor del Alguacil Mayor, ya que allí se había asesinado a un hombre.

            Entre tanto, Don Fernando se despertó y, al verse vestido con el traje del día  anterior, arrugado y desaseado, recordó el suceso de la noche en la alcoba de su esposa. Se bañó, se vistió y fue a la escena del horror. Allí encontró las cosas tal como las dejaran las esclavas. Su primera conclusión fue que ya todos los de la servidumbre sabían lo sucedido y habrían sacado conclusiones. Por eso, ordenó clausurar la alcoba, fue a su despacho, juzgó y dictó sentencia:

Como quiera que repudio a Zoraida de Mier y de la Torre, quien fuera mi esposa, por la afrenta cometida, yo Don Fernando de Alarcón y Villalba, Corregidor Regio, considerando que así como la injuria fue triple, triple debe de ser el castigo, porque:

1- Mi honor fue mancillado.

2- El cómplice del acto, por ser esclavo, aumentó el escarnio.

3- La evidente divulgación del escándalo, convirtió en insulto el reprobable acto.

Por tanto, tomo estas disposiciones:

1- La ofensa debe ser lavada con la lapidación de la adúltera y sus despojos  quedarán expuestos a la infamia pública durante veinticuatro horas.

2- El cadáver del esclavo, tal como se encuentra, será arrojado al río para ser pasto de los cocodrilos.

3- El cuerpo de la adúltera, antes de ser lapidado, será entregado al Alguacil Mayor para que, junto con sus hombres, haga uso de él, para que así muera, tal como quiso vivir, entregando su cuerpo a otro distinto a su legítimo esposo.

Enseguida lacró la hoja que contenía el veredicto, puso su sello e hizo llamar al Alguacil Mayor, lo puso al tanto de la situación, le entregó la sentencia, le dijo que la leyera y le ordenó un absoluto cumplimiento de la misma.

-Son las siete y media de la mañana. Si la tercera parte de la resolución se inicia a las nueve de la mañana y debe concluir a las once de la noche, para que el primer punto se realice antes de las doce, quiere decir que tenéis catorce horas para ejecutar el punto tres. ¿De cuántos hombres disponéis?

-De veintisiete, señor.

-Buen número. Eso quiere decir que son veintiocho y cada uno de vosotros tiene media hora para hacer lo que le plazca con el cuerpo de esa ramera adúltera. No os preocupéis  que ya la repudié y, por tanto, no es mi esposa. Qué todo se haga como está dispuesto en este edicto, que tiene fuerza de ley. Mandadme a un hombre de vuestra confianza para que prepare mi viaje a Santafé, donde renunciaré y regresaré a Madrid. Vos, Señor Alguacil Mayor quedáis a cargo hasta que la Corona designe mi sucesor.

-Así se hará, señor.

-Podéis iros para iniciar el cumplimiento de lo ordenado.

-Permiso, señor.

            Media hora después, a las ocho, el cadáver de Apolinar era lanzado al río, por el lado norte de la isla, su parte más habitada. A la misma hora, Don Fernando subía en la chalupa que lo llevaría hasta Honda y de allí, en lomo de mula, hasta Santafé.

            Mientras tanto, el Alguacil Mayor ya había establecido el orden en el que él y sus hombres cumplirían el punto tres. Cuando los formó para comunicarles la sentencia, casi todos sonrieron con lascivia, unos pocos fruncieron el ceño en señal de pesar y uno de ellos apellidado García, el más joven y el más apuesto, levantó la mano, para pedir permiso para hablar.

-Hablad soldado. ¿Qué quiere?

-Señor, deseo expresar mi desacuerdo con la orden de quien ya no es el Corregidor; pero, sobre todo, manifiesto mi intención de no participar en ese abominable acto que significa violentar el cuerpo de una dama indefensa.

-García, vamos por partes. Vuestro desacuerdo con una orden que tiene el carácter de ley, se puede considerar traición y eso lo resolveremos mañana. En cuanto a lo de no querer participar del festín es cosa vuestra, pero me queda la duda de si a vos os gustan las mujeres.         

            Los que habían acogido, lo que el Alguacil Mayor calificó de festín, soltaron una carcajada. Y no faltó quien dijera palabras procaces. En tanto, García dijo:

-Señor, el que no me llame la atención violar a una mujer indefensa, no desdice de mi hombría. Permiso para retirarme.

            El alguacil Mayor iba a reprender al soldado García, cuando cayó en cuenta de que la deserción de éste, significaba un turno adicional para él mismo. Entonces lo dejó ir.

-Bien, soldados ya es la hora de empezar el convite. Ya cada uno sabe en qué momento le toca. Espero que no haya perturbaciones, pues los culpables del desorden quedarán descalificados y sus turnos se les cederán a los primeros. Por ejemplo, la deserción de García, me regala una repetición y, en verdad, ese bocado lo ansío desde hace siete años.

            Diciendo esto entró a la alcoba de Doña Zoraida, quien yacía cubierta con la sábana que las mulatas le dejasen al lavar y curar las señales de la flagelación que Don Fernando le propinara. El Alguacil Mayor quitó la sábana y al ver el cuerpo desnuda de esa mujer a la que había deseado durante tantos años, la besó en la boca y en otras partes de su cuerpo. Al notar que Doña Zoraida abría los ojos, sin siquiera desvestirse la poseyó frenéticamente, mientras le decía frases soeces y humillantes, entre las cuales, las menos fuertes, eran algo como:

-¿Dónde quedó vuestra altivez, aquella con la que rechazabais cada uno de mis requiebros? Pero, en cambio, no tuvisteis pudor para entregaros a un infeliz esclavo, miserable ramera.

Mientras el Alguacil Mayor desahogaba su resentimiento y su lascivia, su víctima lloraba.

Así, pasaron las horas y cada miembro de la soldadesca hizo lo suyo, algunos con cierta delicadeza, habida cuenta del respeto con el que siempre habían visto a su señora; mientras que otros, la mayoría, aprovechaban el resquemor, producto de la diferencia de clases, para solazarse en la posesión de quien había sido tan orgullosa dama.

Como todo se hiciera en orden, a las diez y media de la noche, el Alguacil Mayor hizo que una de las mulatas lavara el cuerpo de su antigua señora, para él volver a poseerla. Para entonces, la pobre mujer había perdido el conocimiento.

Cuando el reloj de la iglesia de la plaza daba las once campanadas, el Alguacil Mayor salió acomodándose su vestimenta, se atusó el bigote y ordenó cubrir el cuerpo de la víctima con lo que quedaba de la sábana que dejara Don Fernando al azotarla.

Luego subieron el exhausto cuerpo de Doña Zoraida a unas andas de madera que habían estado preparadas desde temprana hora e iniciaron el cortejo hacia la plaza.

El Alguacil Mayor precedía la marcha, ocho hombres cargaban las andas y los dieciocho restantes, con antorchas encendidas, rodeaban a los portadores. Al final, como a diez metros de distancia del degradante cortejo, iba García sin preocuparse por ocultar sus lágrimas.

La abyecta marcha llegó a la plaza y el Alguacil Mayor abrió el candado que aseguraba la cadena de la verja; un soldado quitó el candado y la cadena, los portadores llevaron su infausta carga hasta la mitad de la plaza, bajaron de las andas el desmayado cuerpo de Doña Zoraida, le quitaron el pedazo de sábana que medio lo cubría, lo ataron al poste de expiación, donde se acostumbraba ajusticiar a los esclavos rebeldes y, haciendo una fila por orden jerárquico, fueron pasando, uno a uno y, a una distancia de dos metros,  apedrearon a la indefensa víctima. Algunos apuntaban a la cabeza, otros a diferentes partes del cuerpo y, unos pocos, a sus pies.

Cuando hubo pasado el último, el Alguacil Mayor, que había lanzado la primera piedra, se acercó al cuerpo exánime de Doña Zoraida, para auscultarlo en busca de alguna señal de vida. Al notar que su corazón aún palpitaba, sacó la daga del cinto y le asestó una puñalada en el desnudo pecho a la indefensa mujer. Luego, desanduvieron el camino y se adentraron en la casona.

García, que había permanecido sollozando, en la esquina más oscura de la plaza, al ver pasar al último de sus compañeros se levantó, entró y se acercó al cadáver de quien fuera su ama y señora y, con una jofaina llena de agua, lavó su recién fallecido cuerpo. Después depositó un casto beso en la maltrecha frente y, a continuación sin dejar de llorar, después de persignarse, se suicidó hundiendo su propia daga en su afligido corazón.

 

F I N