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LA ÉTICA Y LA INGENIERÍA

(Un sueño, casi utópico)

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Abril del 2000

 

No tomes por hábito el comportamiento sin reflexión.” Pitágoras

 

Siendo la ética la ciencia de las costumbres del ser humano, debe de ser la que se ocupe de los actos -racionales y libres- que éste realice, y de los criterios de distinción, entre el bien y el mal, que se deriven del acaecer de los mismos.

Pues bien, en nuestro tiempo, este discernimiento se le ha dejado sólo a la moral, reduciendo así, la ética al mero establecimiento de distinciones subjetivas que dependen del marco, no solamente cultural, sino también conceptual, en el cual se desenvuelve un determinado individuo y, por tanto, realiza su diario accionar.

Por eso, hoy se dan distinciones entre la ética política, la ética según el fin que se persiga con la realización de un acto y la ética con un enfoque axiológico.

Esto nos ha conducido a mirar la ética sólo con un fin meramente utilitarista (“el bien radica en el lucro individual”, según Jeremy Bentham), que hace derivar la realización de los actos de las personas de acuerdo con el fin en sí mismo, sin importar los medios que se utilicen para lograrlo, prohijando el principio maquiavélico que dice “el fin justifica los medios” y, así, se obtienen fines buenos a través de medios malos o metas aceptables, usando métodos reprobables. Al fin y al cabo, los utilitaristas, como su propio nombre indica, hablan de la «utilidad» de aquello que da «placer». Todos los seres humanos buscan «placer» en sus actividades de un modo u otro. Los utilitaristas consideran que una acción será tanto más benigna moralmente cuanto más placer genere a la mayor cantidad posible de gente.

Por esa separación entre la ética y la moral, se da la situación actual de mirar, a la primera, como una herramienta que permita salvaguardar el entorno y, a la segunda, como una actitud anacrónica, que bien valdría la pena revaluar por incómoda y como óbice para alcanzar los beneficios particulares por encima de los colectivos.

Y, así, encontramos profesionales (ingenieros, médicos, abogados, arquitectos, contadores, etc.), con una idoneidad a toda prueba para la práctica profesional y, muchas veces, con un marcado sentido de protección al medio ambiente, pero que pasan por encima de los principios morales, sin ningún reato de conciencia.

De ahí que todos estos esfuerzos para divorciar la ética de la moral hayan traído, como consecuencia, la formación de profesionales sin la estructura requerida por nuestro país, en estos momentos que, sin querer posar de oráculos del pesimismo, son en verdad preámbulo de la disolución de la sociedad.

Ahora bien, particularizando el panorama del ingeniero -profesional que se ocupa de aplicar y dirigir, hacia fines prácticos, los conceptos teóricos descubiertos y formulados por los científicos y, por tanto, los encargados de dirigir la utilización de la tecnología de su época- es indispensable establecer al menos un mínimo de normas éticas -así haya autores que preconicen que la normatividad debe ser jurídica y no deontológica-, que encaucen la formación del ingeniero bajo el asentamiento de dos pilares sólidos, ambos indispensables para su estructuración, a saber: la idoneidad y la ética; entendida esta última en su acepción primaria, derivada del discernimiento entre el bien y el mal; ambos tomados en forma absoluta y no aplicándola de manera relativa, para así evitar caer fácilmente en el mero utilitarismo.

Sólo así se podrán alcanzar los verdaderos objetivos de la ética: formar ciudadanos responsables (de acuerdo a Sócrates), que contribuyan a la realización del orden estatal (según Aristóteles), que tengan en cuenta que los valores morales son realidades espirituales, absolutas e inmutables (como lo preconiza Max Scheler) y que coadyuven en el bien supremo del bienestar colectivo (conforme a la doctrina de Karl Marx).

Hay que volver a la antigua escala de valores: temor de Dios, honradez, honestidad, respeto a sí mismo, respeto a los demás, respeto a la naturaleza, capacidad de servicio, justicia social, bondad, gentileza, prudencia, tolerancia, moderación, constancia, caridad…

Evitemos la decadencia moral de nuestra sociedad, rescatemos las buenas costumbres aunando la ética a la moral.