CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

LA DESPEDIDA

(La muerte es sólo una transición)

 

Un cuento que soñé

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Enero de 1999

 

“La muerte no nos roba los seres amados. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente.”

François Mauriac

 

El autobús escolar bajaba raudo por la avenida que conducía a los suburbios de la ciudad; sus ocupantes, niños de la sección primaria del exclusivo Colegio Hebreo de Barranquilla, viajaban jubilosos; era el último viernes de clases, antes de salir a vacaciones de mitad del año lectivo.  Por eso, iban cantando; el conductor seguía el ritmo de la música, golpeando suavemente con las manos el volante del vehículo. En un momento, levantó la vista para contemplar a través del espejo retrovisor a sus pequeños pasajeros y compartir con ellos la alegría que éstos reflejaban en su canto; fue apenas un instante, fracciones de segundos, tal vez; suficientes como para no ver a tiempo al ciclista que, imprudentemente, se pasaba el semáforo en rojo.

El conductor reaccionó y, para no atropellar al ciclista, dio un viraje tratando de subir el autobús a un solar desocupado que se encontraba en la esquina de su mano derecha; pero lo hizo con tan mala suerte, que fue a estrellarse contra un poste, hecho de un pedazo de riel de algo más de tres metros de alto y una de cuyas aristas cortó en dos el autobús escolar dejando, a su paso, los cadáveres destrozados de los niños que se atravesaban en su recorrido.

Momentos más tarde, cuando las autoridades llegaron al lugar del accidente, encontraron los cuerpos mutilados de siete pequeños escolares, cuyas edades oscilaban entre los seis y los nueve años. Entre ellos encontraron el cadáver del niño Samuel Saad, de ocho años de edad.

 

*****

Cuando ya caía la tarde, ignorando la tragedia, me presenté en la casa de don Salomón Saad, para dictarles la clase de Informática a sus dos hijas adolescentes;  encontré que el dolor y la pena ensombrecían a sus ocupantes.

Todo era llanto y desesperación en la familia; Rebeca y Ruth, las hermanas de Samuel, doña Sara y doña Esther, madre y abuela respectivamente, lloraban desconsoladas.

La servidumbre caminaba sigilosamente, como no queriendo molestar, ni siquiera con su presencia, a las dolientes mujeres.

Cuando me enteré del motivo del llanto y del desconsuelo de la familia, me acerqué a doña Sara para presentarle mis condolencias. Al preguntarle si don Salomón ya sabía, me contestó que no; pues no había querido avisarle todavía, para evitarle que condujera, desde la fábrica a la casa, en estado de desesperación.

-¿Y si se entera por la radio? –le pregunté.

-Cuando conduce, él sólo escucha música brillante.

Rato después llegó don Salomón y al preguntar por la razón del llanto de su familia y contarle doña Sara el motivo del mismo, él les recriminó su alharaca, diciéndoles que en el cruce, situado a unas diez cuadras de la casa, había encontrado a Samuel y que por el camino, el niño le había contado lo del accidente; que, al preguntarle por su maletín escolar, le había contestado que lo había perdido.

La felicidad de las mujeres fue indescriptible; ansiosas preguntaron por el niño y don Salomón les respondió que lo había dejado en el automóvil amarrándose los cordones de los zapatos.

Al correr, presurosas hacia el auto, lo hallaron vacío y en el asiento de al lado del conductor, encontraron el maletín de Samuel y, encima de éste, una rosa roja. Un olor a jazmines inundaba el ambiente…

 

F I N