LA CABAÑA MISTERIOSA
(Dulzura sobrenatural, descanso de eternidad)
¿Sueños o recuerdos?
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Enero del 2013
“El amor es una bella flor, pero hay que tener coraje para ir a buscarla…”
Henri Beyle, Stendhal
Como el auto se varara a mitad de camino, me tocó seguir a pie; no obstante, después de varias horas, no avistaba aún el objeto de mi búsqueda; cuando por fin le vi, el cansancio me agobiaba, las rodillas me dolían, las piernas me flaqueaban; en fin, no me sentía con alientos para seguir avanzando. Más aún, me resbalé en una piedra, caí y me lastimé las rodillas.
Sin embargo, la cabaña ya era más visible; unos pasos más y llegaría a su pórtico; así que, sacando fuerzas del agotamiento, logré arrastrarme hasta el umbral de la puerta. Como pude, la golpeé con la punta del zapato y me desmayé
Cuando desperté, lo primero que vi fue su bello rostro; sus ojos, negros como la noche, me miraban con algo de sorpresa no exenta de interés; los ensortijados cabellos enmarcaban su rostro de diosa; sus labios sólo podían invitar al beso.
Solícitamente me cuidó durante dos días y tres noches; cuando me vio restablecido, me indicó dónde estaba el baño, me entregó una barra de jabón, una toalla y ropa limpia. Ya aseado y vestido decentemente, me senté y disfruté de su compañía y de una suculenta cena que devolvió las fuerzas a mi débil organismo.
Durante el resto de la velada, conversamos al calor de unos vinos. Me contó que su padre había viajado por provisiones al pueblo, distante tres días a lomo de mula y que regresaría al día siguiente poco después del alba.
Por mi parte, le conté que había venido desde la ciudad, en busca de información para escribir una crónica sobre los fantasmas que la gente decía que habitaban en el bosque cercano.
Cuando agotamos la segunda botella de vino, sin mediar ningún gesto, nos entrelazamos las manos, luego me dejó acariciarle su hermoso rostro, para terminar abrazados prodigándonos unos ardientes besos, que pronto encendieron el fuego de la pasión.
Al despuntar la aurora, sentí que me despertaba con un leve toque de su mano en mi hombro y me conminaba a abandonar la cabaña, pues su padre podía llegar en cualquier momento y nadie podría aplacar su furia. Me vestí y me despedí, prometiéndole regresar un mes después, cuando su padre volviera a viajar.
El beso del adiós se habría prolongado más aún, de no haber sido por su premura en desasirse de mis brazos y, literalmente, sacarme de la cabaña.
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Pasaron tres meses sin que me fuera posible, por asuntos del periódico, volver a la cabaña del bosque, donde mi misteriosa amada me estaría esperando.
Cuando lo hice, la sorpresa fue grande al encontrar que allí sólo había ruinas, que la maleza apenas dejaba entrever. Con el ánimo de aclarar el misterio, regresé al pueblo y en el almacén mayor pregunté por la hermosa mujer de la cabaña.
El dependiente, un viejito muy amable, me contestó que, hacía diez años la cabaña había sido arrasada por la creciente del río cercano que habitualmente no era peligroso, pero que en esa ocasión se había desbordado, ocasionando desastres por doquier y, lo que era aún peor, jamás se encontraron rastros de los habitantes de la zona.
F I N