CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

JUSTICIA DIVINA

(La desesperanza que precede al sosiego)

 

El depredador cree gozar la vida, pero sólo la está dilapidando

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Septiembre del 2005

 

“El que vive más de una vida, debe morir más de una muerte.” 

Oscar Wilde

 

Amigo lector, si alguna vez visitas un pequeño pueblo llamado Teorama, perdido en las estribaciones de los Andes orientales colombianos, cuyas calles tienen el color del bermellón y conservan la topografía de la montaña, si subes al Cerro de la Cruz y luego cruzas el torrente de la quebrada -la que desemboca en el lago, esa que se mantiene caudalosa aún en épocas de sequía- y encuentras en un promontorio de  piedras lo que hace muchos años fue una cruz de hierro, no te detengas; santíguate y luego sigue tu camino, ojalá a paso rápido.

Ese remedo de cruz señala la tumba de un hombre que fue amo y señor de la región hacia mediados del Siglo XIX y por donde pasó sólo dejó luto, llanto, tristeza y dolor.

Su historia, que escuché de labios de mi padre cuando yo era niño, la he recordado no sé por qué ni cómo y esto me ha causado tal extrañeza, que no he podido resistir la tentación de reconstruirla, más como ejercicio de recordación que como práctica literaria.

*****

El viento ululaba por entre las rendijas de la desvencijada puerta de la pequeña iglesia. El aguacero duraba ya cerca de tres horas y los postigos de las ventanas eran  azotados con tal furia por el vendaval, que el agua entraba a raudales e inundaba la única nave del templo.

A la incierta luz de un candil se alcanzaban a divisar las siluetas de dos hombres que arrodillados ante el Crucifijo del altar, imploraban la misericordia divina.

Uno de ellos, un anciano de 78 años, barba y cabellos blancos, era el padre Anselmo, párroco del pueblo. El otro, un joven de 25 años, era Venancio; un campesino de la comarca y por lo mismo feligrés del anciano sacerdote; también era aventajado alumno sabatino en la escuela del padre Anselmo, quien en esos momentos, pedía a Dios que le iluminara para poder encontrar la mejor forma de ayudar a Venancio, que a su vez rogaba al Señor le perdonara por el crimen que acababa de cometer, le permitiera aceptar la pérdida de su mujer y lo librara de la ira y el deseo de venganza de Reginaldo Vélez, gamonal del pueblo y padre de Jerónimo, a quien Venancio matara media hora antes.

El pobre campesino había llegado, en medio del torrencial aguacero, a la puerta de la casa cural, tan destartalada como el templo y había golpeado dos, tres veces, hasta cuando oyó la voz del padre Anselmo:

-Ya voy, esperen un momento.

            El sacerdote  trataba de romper la oscuridad de la noche con la luz de una vela, mientras con voz cascada, preguntaba:

-¿Quién es?

– Padre Anselmo, soy yo, Venancio. ¡Ayúdeme por amor de Dios!

-¿Qué ha pasado?

Preguntó el clérigo, mientras le franqueaba el portón a Venancio, que al entrar dejó un charco cuando se sacudió la empapada ruana.

-¿Qué te trae por acá con semejante temporal?

-Padre, acabo de matar a un hombre. Mejor dicho a un miserable.

-¿Cómo?, ¿a quién?, ¿dónde?, ¿por qué?

-Padre, maté a Jerónimo, de un machetazo, en la cantina del pueblo porque violó y asesinó a Gertrudis, mi mujer.

-¿A Jerónimo, el hijo de Reginaldo Vélez?

-Sí, padre.

-Hijo, cuéntame cómo sucedieron las cosas. Pero, entra y pasemos a la capilla. Allí podrás confesar tu culpa y pedir perdón a Dios. Tú sabes que solamente Él puede disponer de la vida de las personas.

            Pasaron por un corredor y entraron a la pequeña sacristía y de ahí a la iglesia.

-Ven, arrodillémonos ante Jesús Crucificado y dime qué pasó.

            Venancio, con la voz entrecortada por el llanto, contó al párroco cómo, esa noche al llegar de la parcela, encontró a Gertrudis desnuda, tirada en el piso y desmayada. Entonces, corrió hacia ella, se arrodilló y le levantó la cabeza y trató de reanimarla. Al poner la mano en la nuca de ella, notó un hilo de  sangre que escurría de su cabeza. Fue a la cocina y trajo un vaso de agua y una toalla empapada. Con la toalla le secó la cara, pues sudaba mucho. Al fin abrió los ojos y él le dio de beber unos sorbos de agua. Al preguntarle qué había pasado, con balbuceos le contó que Jerónimo y los dos hombres que siempre lo acompañan en sus fechorías, Jorge Alberto y Tomás, habían llegado preguntando por él.

-Cuando les dijo que yo no había llegado todavía, -continuó Venancio en medio del llanto- se rieron y se le acercaron y trataron de manosearla. Ella corrió a la cocina, pero la alcanzaron, la sujetaron entre Jorge Alberto y Tomás, y Jerónimo le quitó la ropa. Entonces la tiraron al piso y Jerónimo la violó, mientras sus dos compinches la agarraban de los pies y de las manos. Como ella todavía se resistía y los insultaba, Jerónimo le pegó varias bofetadas. Cuando terminó su canallada, los dos esbirros la soltaron y ella le mordió la oreja izquierda a Jerónimo y le arrancó un pedazo. Entonces ese miserable comenzó a darle golpes y golpes en la cara, hasta que mi Gertrudis perdió el sentido y cayó al piso. Los muy cobardes debieron creerla muerta y se fueron, dejándola como yo la encontré.

            Venancio interrumpió su relato, pues las lágrimas no le permitían seguir. Ya un poco repuesto, gracias a las palabras de consuelo del padre Anselmo, el pobre hombre siguió narrando cómo, Gertrudis después de contarle, entre sorbo y sorbo de agua, el crimen del que había sido víctima, volvió a perder el conocimiento. Luego él trató de reanimarla, pero fue inútil y, a los pocos minutos murió.  El pobre hombre, demudado el rostro por el dolor y los ojos anegados en llanto, pudo al fin continuar su relato:

-Después de abrazar y besar su cadáver, salí desesperado lleno de odio y de sed de venganza contra esos malditos que se habían aprovechado de mi mujer y me la habían asesinado. Sabía con toda seguridad que los encontraría en la cantina, celebrando su hazaña. Me fui para allá y los encontré borrachos. Me acerqué a Jerónimo y después de pegarle varios puños en la cara, saqué el machete y le dije: “Te voy a matar como a un perro, para cobrarte lo que le hiciste a mi mujer antes de asesinarla.” Con la voz velada por el alcohol me gritó: “¿Y tú quién eres, indio miserable y pobretón, para hablarme así? ¿Te olvidas de que soy tu amo y que puedo mandar que te azoten por lo que estás diciendo?” Y sacó su revólver. Pero antes de que pudiera amartillarlo, yo ya le había propinado el primer machetazo en el brazo derecho y, al segundo golpe del machete, se lo corté y enseguida le di el otro en el cuello. Cuando cayó muerto, Jorge Alberto y Tomás quisieron reaccionar, pero estaban tan borrachos, que no daban para sostenerse y fui más rápido y los maté antes de que supieran qué estaba pasando. Luego huí despavorido sin saber qué hacer, hasta que se me ocurrió venir donde usted y aquí me tiene. Por favor padre, ayúdeme, escóndame, pues Reginaldo ya debe saber quién mató a su hijo y me debe estar buscando para matarme.

-Así es, hijo mío. Ese hombre no tendrá piedad de ti y ya debe estar organizando sus cuadrillas para cazarte y cobrar la vida de su hijo. Cuéntame, ¿alguien te vio venir hacia acá?

-No creo, padre. Para entonces ya llovía a cántaros y todo fue tan rápido que, cuando salí, todos estaban mudos por la sorpresa y a nadie se le ocurrió salir detrás de mí. Todos se quedaron como pegados a sus asientos. Además, la noche ha estado tan oscura que no se ve nada de una esquina a otra. Y creo que todos debieron pensar que yo había regresado a mi cabaña a velar a Gertrudis. La verdad es que la pobrecita quedó abandonada, tal y como la encontré cuando llegué.

-Bueno -dijo el padre Anselmo- ahora tienes que esconderte. Pero no aquí pues te encontrarían fácilmente. Ya Reginaldo Vélez debe saber qué le pasó a su hijo y quién lo hizo y en estos momentos debe estar registrando el pueblo, casa por casa, hasta dar con tu paradero. Así que no demora en llegar aquí. Por eso, tienes los minutos contados. Coge mi mula que es rápida, te voy a dar una monedas y sal del pueblo, cruza el lago y piérdete en cualquiera de las aldeas más lejanas. Yo me encargaré del cadáver de Gertrudis y le daré cristiana sepultura. Ahora, vete ya, que cada minuto que pasa te pone más en peligro.

-Padre, Dios se lo pague. Deme su bendición y ruegue a Dios por mí.

            Volvieron a la sacristía. El sacerdote sacó de un cajón las monedas que había y se las dio a Venancio y lo bendijo nuevamente.

-Adiós, Venancio, ve con Dios. Cuídate mucho.

            Venancio se santiguó, salió, montó en la mula y se perdió en el manto negro de la noche, velado a ratos por los relámpagos. Aún llovía torrencialmente.

*****

Reginaldo Vélez había llegado a Teorama, treinta años atrás, una mañana de sábado (por su acento tal vez de Antioquia o el Viejo Caldas, aunque nunca se supo con certeza de qué parte de Colombia procedía), montando un caballo alazán y acompañado únicamente de dos mulas cargadas de mercancía.

Un año después, ya dominaba a la gente sencilla y noble del pueblo. Su poder derivaba del dinero que había logrado amasar vendiendo cara su mercancía, prestando dinero con usura y apropiándose de las casas y parcelas de los deudores insolventes.

El poder lo volvió prepotente y altanero y aumentó más aún su codicia. Como ayudaba a financiar las campañas electorales de los políticos del lugar, con el tiempo los concejales del pueblo todos eran personas agradecidas y leales a él y, por consiguiente, velaban por los intereses de su benefactor, quien prosperaba y acrecentaba su fortuna y su poder. El alcalde de turno era nombrado entre gente escogida por él, lo mismo que el juez.

Para respaldar su voluntad contaba con el servicio de unos cuantos delincuentes, reclutados entre los de peor calaña del pueblo. Su lealtad la obtenía gracias al temor que les infundía el saberlo protegido por el poder de las autoridades locales, además de la crueldad que lo acreditaba como un ser sin un ápice de bondad.

A los cinco años de haber llegado al pueblo y cuando hacía cuatro que lo había convertido en su feudo, resolvió desposarse con la niña más linda de Teorama, Laura Lina Alcina; para lo cual mandó matar a Tobías Vergel, su novio de siempre. Cuando calculó que Laura Lina había pasado el luto y ya no lloraba a Tobías, empezó a enviarle flores y a cortejarla en serio; habló con el padre de ella y al año se casaron.

En el tiempo justo nació Jerónimo. Cumplida la misión de darle un heredero al déspota local, Laura Lina perdió el atractivo para su marido, quien desde el embarazo de ella, había comenzado a desear y a tomar para sí a cuanta jovencita se le ponía a su alcance.

Muchos padres, para proteger a sus hijas, tuvieron que mandarlas a San Calixto o Convención, dos pueblos cercanos pero ajenos a las influencias del tirano.

Un día, cuando Laura Lina lo sorprendió con una de las doncellas de la hacienda y le reclamó y lo maldijo, él sin titubear, desenfundó el arma de la cual nunca se desprendía, le disparó y la mató.

El juez y el alcalde, fieles a su patrón, echaron tierra al caso catalogándolo como un suicidio.

Y así como tomaba por la fuerza a las mujeres que deseaba, terminó también por apropiarse de las tierras que codiciaba.

Primero hacía que sus lacayos visitaran al dueño de la parcela, hacienda o casa ambicionada y ofrecieran un precio modesto por ella. Si el dueño accedía, casi siempre por temor, se cerraba el negocio ante el notario, nombrado también gracias a las influencias de Reginaldo Vélez. Si el dueño de la tierra codiciada se negaba a vender, empezaba a sufrir el hostigamiento soterrado del gamonal: sus reses se perdían o eran envenenadas, las fuentes de agua se le secaban, las hipotecas lo ahogaban, hasta que terminaba cediendo y malvendía sus tierras al dueño del feudo.

Si, no obstante lo anterior, el dueño de la tierra puesta en la mira codiciosa del amo del pueblo, persistía en su negativa de entregar lo que le pertenecía en derecho, el día menos pensado, por una discusión inventada con cualquier pretexto por los hombres armados del déspota, era retado a duelo y a mansalva era asesinado. Y entonces, el notario y el juez legalizaban el traspaso de las tierras, merced a falsas hipotecas.

Todo este saqueo inhumano era ignorado por las autoridades leales al gamonal y cubierto con el manto de la impunidad. Tanto que, si en el fingido duelo, la víctima de Reginaldo Vélez mataba al esbirro de turno, todo el peso de la Ley le caía encima y era apresado, juzgado y condenado con celeridad y sólo recuperaba la libertad a cambio de la cesión de su parcela, hacienda o casa.

Si a pesar de todo, continuaba tozudamente negándose a vender, el juez y el notario daban validez a pagarés o hipotecas ficticias y el pobre hombre perdía, no sólo su libertad, sino también su tierra.

Este fue el modelo de padre y hombre con el cual creció Jerónimo. Para él, un deseo, un capricho, debían ser satisfechos de inmediato. De pequeño, aprendió que una buena pataleta era el mejor mecanismo para lograr lo que deseaba si al primer pedido le era negado. De joven, pronto supo que las armas le daban poder y con él podía sojuzgar a la gente y le facilitaban obtener lo que quería.

Cuando consiguió de su padre la patente de corzo para depredar en el pueblo y sus contornos, tomó a su servicio a Jorge Alberto y a Tomás, dos hermanos rústicos, que solamente sabían montar a caballo, disparar un arma y obedecer ciegamente a su amo. Los esbirros perfectos para un ser tan desenfrenado y despreciable como Jerónimo, copia exacta de su padre en lo moral y lo espiritual. O, mejor aún, en la carencia absoluta de valores morales y espiritualidad alguna.

En los momentos en donde empieza esta historia, el pueblo respiraba, trabajaba, descansaba, comía, dormía, en una palabra, vivía, de acuerdo a los caprichos y a los vaivenes temperamentales de Reginaldo Vélez y de su hijo Jerónimo.

En una ocasión, cuando el padre Anselmo mencionó, desde el pequeño púlpito en una homilía dominical, las palabras de Jesús, “… no se mueve ni la hoja de un árbol, sin la voluntad de mi Padre…”, en el pueblo dijeron socarronamente que sus amos, Reginaldo y Jerónimo, eran como Dios.

*****

El padre Anselmo volvió a la capilla y nuevamente se arrodilló ante el altar para impetrar la ayuda divina para Venancio. Esperaba que, mientras tanto, escampara antes de la aurora, para poder ir hasta la cabaña y cumplir la promesa que le hiciera al pobre hombre de arreglar y sepultar el cadáver de Gertrudis.

Estaba en esas, cuando oyó un fuerte estrépito a sus espaldas. Al volver el rostro vio como Reginaldo Vélez, montado a caballo y seguido de su ejército particular, todos armados hasta los dientes y acompañados de una jauría de perros rabiosos que jadeaban, ladraban y perturbaban sin control, entraban al templo, profanándolo e irrespetándolo con su presencia ominosa e irreverente.

-¿Por qué entran así  a la Casa de Dios?

Dijo el padre Anselmo, tratando de darle a su voz un tono de serenidad, no carente de  autoridad.

-Busco al asesino de mi hijo. Busco a ese campesino mugriento, maloliente e ignorante, que debe pagar con su vida  el haber  tenido la osadía de enfrentarse a mi Jerónimo y asesinarlo brutalmente.

-Y, ¿por qué lo buscas aquí?

-Porque hay quienes dicen que lo vieron llegar a tu sucia puerta hace un rato y parece que después salió montado en una mula que es tuya. Y si todo eso es cierto, tú eres su cómplice y te voy a matar, a menos que me digas para dónde se fue.

-Y por eso, ¿tienes que profanar la casa de Dios?

-Lo hago, porque me da la gana. Y ya me vas a decir lo que quiero saber y si no me satisface tu respuesta, te mato y te cuelgo del altar de tu dios.

-Si lo haces, Dios perdonará mis culpas y te las cargará en el Libro de la vida y, cuando mueras, tendrás que pagar por un crimen adicional a todos los que has cometido en este pueblo, atormentado por tu codicia y tu cruel comportamiento.

-Tu dios me tiene sin cuidado y aun cuando no creo en él, sí suelo cumplir lo que digo y si no me dices ya para dónde se fue el asesino de mi hijo, te juro que de inmediato mando soltar mis perros para que te destrocen y te callen esa lengua viperina que no sabes controlar, cura de mierda.

-Tú puedes matarme y yo no podré hacer nada para detener tu furia, pero por mí no vas a saber para donde se fue Venancio, otra víctima del asesino que era  tu hijo, igual o peor que tú.

-¡Diego, Fabio, Obdulio, Andrés, Sabas!, ¡suelten ya los perros y que acaben con este cura loco, atrevido y bruto que no sabe respetar a su amo!

            Ya los lacayos se aprestaban para cumplir las órdenes de su patrón, cuando otro de ellos entró al templo, diciendo:

-Patrón, patrón, que vieron al Venancio montarse en una barca para cruzar el lago.

-¿Cuándo?

-Hace menos de cinco minutos, señor. Si nos damos prisa, lo podemos alcanzar en una de sus lanchas rápidas.

-Vamos. Por esta vez, te salvaste, cura imbécil. Pero ya regresaré para cobrarte tu osadía y tu atrevimiento y así enseñarte quién es el verdadero amo aquí.

Y diciendo esto, y haciendo el mismo estruendo que al entrar, partió el pequeño pero fuertemente armado ejército personal de Reginaldo Vélez, a la sazón amo y señor de Teorama, dispuesto a dar caza al asesino del cruel heredero del feudo.

Por el estrépito que hiciera al salir con sus matones, y alborozado por la noticia sobre Venancio, no le puso atención a las últimas palabras del sacerdote, que le reconvenía su vida de crimen y de depredación.

Adelante iba el amo, atrás sus vasallos. En un minuto llegaron al pequeño muelle. El primero era Reginaldo Vélez, quien saltó del caballo antes de que éste detuviera totalmente el paso.

Con la misma prisa se subió a un bote, uno de los tantos de su propiedad amarrados a los pontones del embarcadero. Dos remeros lo acompañaban. A la luz de un relámpago, vio como Venancio llegaba al otro lado del lago.

-Apurémonos, que aún podemos alcanzarlo.

-Sí, patrón.

            El bote partió y al comienzo se deslizó sin problemas por la superficie del agua. A la luz de otro relámpago, Reginaldo Vélez vio como Venancio se internaba a caballo por el camino hacia San Calixto.

-Allá va ese miserable. Apurémonos.

-Sí, patrón.

Y siguieron remando. El aguacero no amainaba. De pronto el agua del lago se encrespó y un viento huracanado comenzó a azotar el rostro de los tres navegantes. La barca subía por la cresta de una elevada ola, para luego descender a la sima que la misma ola formaba en su depresión. El agua lluvia y la del lago empezaron a inundar el interior del bote.

            En uno de esos sube y baja, uno de los lacayos perdió el equilibrio y cayó al lago, ahogándose en segundos. Reginaldo Vélez se aferró al remo que dejara el náufrago y trató de ayudar a impulsar la barca.

En la siguiente arremetida de las olas, el otro remero corrió la misma suerte de su compañero. Reginaldo Vélez quedó solo, mas no perdió su presencia de ánimo. Al fin y al cabo hacía treinta años que dominaba la comarca y todos se plegaban a sus órdenes, siempre había sido obedecido; por tanto, había olvidado lo que significaba  un contratiempo.

No obstante, al cabo de un rato de bregar contra el huracán y, viendo que la otra orilla del lago, en vez de hacerse más próxima, seguía distante, empezó a sentir pánico.

Por eso, se aferró con ambas manos al remo y sacando fuerza del incipiente pavor bogó con fuerza.

            La barca volvió a ser sacudida una y otra vez por el vaivén de las olas; las cuales, al menos eso le parecía al improvisado remero, eran cada vez más altas.

Repentinamente sintió que la barca no se posaba sobre la superficie del lago, sino que volaba por los aires, el viento silbaba en sus oídos, el vendaval golpeaba su rostro.

No pudo más y cerró los ojos. Entonces oyó las súplicas de sus víctimas, el llanto de las viudas y de los huérfanos junto a los muertos que él y sus hombres dejaban al paso de su carrera de codicia y desenfreno. Escuchó también los reproches de Laura Lina  Alcina, cuando todavía él le permitía censurarle sus acciones aunque no hiciera caso de sus reconvenciones. Oyó a su esposa moribunda, decirle sus postrimeras palabras, antes expirar:

-Maldito, ya no tienes salvación. Este libertinaje te llevará a sufrir un cruel pero merecido castigo.

            Escuchó también las últimas palabras que el padre Anselmo le dirigiera, cuando obcecado salía del pequeño y destartalado templo, tras la pista de Venancio:

-Dios que todo  lo ve y todo lo sabe, es misericordioso, pero también es justo. Si me matas, perdonará mis pecados y los cargará en tu cuenta, como ya debe haberlo hecho cada vez que un inocente ha muerto por tu culpa.

            Y oyó su propia voz, cuando, haciendo todo el estruendo posible, dejaba la humilde capilla:

-¡No creo en ese dios de tus altares, no quiero creer en tu dios, nunca creeré en ningún dios; mis únicos dioses son el poder y el dinero!

Y Reginaldo Vélez tembló. Abrió los ojos y vio que remaba en el aire; la barca hacía círculos en el centro del lago, sin tocar el agua y por tanto sin avanzar a la otra orilla.

Frente a él, un barquero desconocido sostenía el timón del bote, mientras sonreía satánicamente.

No pudo más y perdió el sentido.

*****

            Cuando Reginaldo Vélez despertó, el sol empezaba a despuntar en el horizonte. Observó a su alrededor y vio que estaba acostado en la hierba a varios metros del muelle. La ropa la tenía seca. Buscó a sus hombres, a los caballos, pero no vio a nadie.

No llevaba arma alguna al cinto, se palpó los bolsillos y, al verse desarmado, se sintió desprotegido, como desnudo. Era la primera vez, en treinta años, que se encontraba sin un arma al alcance de su mano. Se sintió sorprendido.

            Entonces recordó el espantoso anuncio que le habían dado la noche pasada:

-Patrón, el indio Venancio mató a don Jerónimo.

            Rememoró su desesperación, su dolor al saber la noticia, la búsqueda del asesino casa por casa, con la sumisión de los habitantes del pueblo acostumbrados a obedecer sin chistar sus órdenes.

Recordó también las reconvenciones del cura, el único que hasta ahora se le enfrentara; luego, la salida del templo y la llegada al embarcadero.

Después se acordó de ese viaje endemoniado en la barca, la tormenta, el vendaval, la sonrisa luciferina del extraño barquero y, luego, el vacío.

            No; todo debió ser un sueño; mejor aún, una pesadilla. Nada de eso debió de ocurrir en realidad, ni siquiera la muerte de Jerónimo. Ante la idea de que su hijo viviera, sonrió complacido.

-Sí, así debió ser. Todo es producto de un sueño. Mi ropa está seca y, aun cuando estoy desarmado y no está mi gente ni los caballos, todo esto lo he soñado. Sin embargo, ¿qué hago en el muelle, al otro del lado pueblo, lejos de mi hacienda? Bueno, vamos para allá a averiguar la verdad.

            Como no había cabalgadura alguna a la mano, echó a andar a pie.

-Una buena caminata no me hará mal, pensó. -Aún soy fuerte, a pesar de mis sesenta años.

Y pensando y haciendo, desanduvo a pie el camino que hiciera a caballo la noche inmediatamente anterior y cuyo recuerdo le atenazaba el alma.

            A medida que avanzaba, algo raro notaba en el paisaje. Sin embargo, no lograba precisar en qué consistía el ligero cambio.

Pronto, ante la perspectiva de ver a su hijo -pues cada vez se afianzaba más en la idea del sueño- desechó el cambio aparente que notaba en la campiña. Rápido avistó las primeras viviendas del pueblo.

Se alegró y al llegar a la primera de ellas, golpeó fuerte en la puerta con la palma abierta de su mano derecha.

Ya el sol había salido totalmente e inundaba con sus rayos las calles del pueblo. “De mi feudo, como dicen a mis espaldas mis enemigos”, pensó y sonrió con satisfacción y malicia.

            Como nadie viniera pronto a abrir, volvió a golpear; esta vez con más fuerza. Una joven de rostro agraciado, a quien él no recordaba haber visto antes, le abrió la puerta. “Debe ser nueva en el pueblo”, pensó rápidamente.

-¿Quién es usted y por qué golpea con violencia la puerta, a estas horas de la mañana?, preguntó la joven, visiblemente alterada.

-Se ve que no eres de por aquí, que no me conoces.

            La joven, sorprendida, no respondió. Por lo cual, tratando de esbozar una sonrisa presuntuosa, le dijo:

-Yo soy Reginaldo, Reginaldo Vélez, el dueño de este pueblo y sus contornos.

-Está loco.

Dijo la joven y le tiró la puerta en las narices. Como Reginaldo Vélez insistiera en golpear la puerta, la joven le gritó desde adentro:

-Si sigue molestando, le echo los perros y llamo a los gendarmes.

            Reginaldo Vélez instintivamente se llevó la mano derecha al cinto en busca del revólver. Al recordar que estaba desarmado, decidió seguir su camino.

Tres, cuatro, cinco casas más adelante, obtuvo el mismo o parecido resultado: en cada vivienda, a cuya puerta golpeó, le llamaron loco cuando se identificó. Por tanto, decidió irse directo para su hacienda.

            Caminó cerca de una hora. Por fin llegó, pero le sorprendió el cambio que se veía en ella. Era evidente. Ni siquiera estaban sus iniciales grabadas en el portalón. Tampoco estaba en las caballerizas su caballo predilecto, el alazán -siempre los había preferido de esa raza.- Más aún, no reconocía a ninguno de los ejemplares que, pacientemente, comían el pienso de la mañana.

En ese momento recordó cómo, cuándo montaba en su caballo alazán y sin tener sujetas las riendas, era capaz de saborear un pocillo de delicioso café negro, sin que el noble bruto le hiciera derramar ni la más mínima gota, mientras que sus vasallos aplaudían de manera rastrera y sonreían servilmente.

También rememoró las veces en que, en la pileta que había hecho construir en la hacienda, se bañaba acompañado de la concubina favorita, mientras que los siervos aplaudían sus zambullidas y demás piruetas que hacía.

            Retomando el hilo del misterio que se le presentaba con los cambios en el entorno, trataba de descifrar el enigma, luego de asegurarse de no haber errado el rumbo, cuando alguien le gritó por detrás:

-¡Alto ahí! ¿Quién es usted? Dé la vuelta despacio, sin intentar algún truco, pues le estoy apuntando a la cabeza con  una escopeta.

            Reginaldo Vélez se dio vuelta y enfrentó a un individuo al que nunca había visto en su vida. Sorprendido, le dijo:

-Perdón, parece que equivoqué el camino. Yo estoy buscando la hacienda “La Abundancia”

-Así se llamaba esta heredad. Mi abuelo me contaba, cuando yo era niño, que él conoció al último dueño, un miserable asesino que asoló la región y explotó a los habitantes del pueblo y, según decían, hace como 50 años se lo llevó el diablo. Perdón, pero usted ¿quién es?

-No importa, joven, no importa… Parece que he equivocado el camino. Con su permiso.

*****

Días después, unos campesinos encontraron, cerca al torrente de la quebrada, caudalosa aún en épocas de sequía, el cadáver de un desconocido que se había cortado las venas del brazo izquierdo con un vidrio de botella y murió desangrado sin que nadie pudiera prestarle ayuda.

Luego que corrió la noticia, varios vecinos del pueblo testificaron haberlo visto deambular por sus calles y decir que era Reginaldo Vélez, quien había sido el terror de la comarca en la época de los abuelos, medio siglo antes; pero que, según contaban los más ancianos, el diablo se lo había llevado, para tranquilidad y paz de toda la gente buena de la región.

Cuando buscaron en sus bolsillos en pos de algún indicio que permitiera su identificación, solamente encontraron una carta de muchos pliegos, en donde relataba su tormentosa vida en Teorama.

Allí, en ese escrito, al final pedía perdón a Dios y a la gente del pueblo por todos los crímenes y las tropelías que había cometido.

Sin embargo, como se había suicidado, no le hicieron honras fúnebres ni se le enterró en el pequeño y humilde cementerio del pueblo, por lo que algún buen samaritano decidió enterrarlo en el mismo sitio donde puso fin a su vida, cubrió con piedras la improvisada tumba y puso un remedo de cruz encima, para señalar el lugar donde reposaba el cadáver de tan siniestro personaje que por donde pasó, sólo dejó luto, llanto, tristeza y dolor.

Dicen que en una tormenta, de las habituales en la región, un rayo destrozó el crucero de la improvisada cruz, quemó la hierba que cubría la tumba y se produjo una pequeña hoguera que sólo el torrencial aguacero, logro apagar.

La leyenda fue difundida y no faltó quien agregara que todos, hasta las aves de rapiña, eludían la improvisada cruz (mientras existió) y buscaban otro sitio donde posarse.

 

FIN