CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

- IMPRESIONES DE ALGUNOS VIAJES -

DE VIAJE POR ALGUNAS REGIONES

Impresiones tomadas al azar, todas ceñidas al recuerdo

VALLEDUPAR, COLOMBIA

Noviembre del 2012

GUSTAVO RODRÍGUEZ GÓMEZ

Preliminares

Por qué será que cada vez que alguien quiere dar a conocer, en forma de libro, sus impresiones sobre algún tema en particular o sobre cuestiones generales, ¿siempre escribe -o pide que le escriban- los preliminares, llamados también prólogo, preámbulo, proemio, prefacio o tantas otras cosas más?

Debe ser porque quiere poner en ambiente al posible lector o, quizás, desea explicarle a ese presunto destinatario, qué pensaba cuando se decidió a poner en letras de molde esas ideas.

Pues bien, sea cualquiera la razón, ya metido en gastos, aquí va este remedo de preámbulo (o cómo quiera llamársele), en donde trataré de alcanzar ambos objetivos: el de poner en ambiente al lector y el de indicarle cuál era mi pensamiento, cuando me decidí a aburrirlo con estas descripciones que, tal vez, resulten insípidas.

No siempre resulta que el número de años vividos, tenga correlación con la cantidad de viajes realizados, puesto que éstos dependen de muchos factores; por ejemplo, la necesidad de desplazarse, la facilidad para hacerlo, el deseo de viajar, etc. Sin embargo, la trashumancia ha sido, para mí, un placer casi inherente a mi naturaleza.

Además -no obstante lo insulsas que pueden llegar a ser unas narraciones referentes a periplos- cada individuo desea, en condiciones normales, compartir sus experiencias con sus semejantes y, he ahí una buena razón para escribir sobre los viajes realizados. Al fin y al cabo, el viajar significa conocer nuevos paisajes, otras personas, diferentes costumbres y, hasta en ocasiones, idiosincrasias e idiomas distintos a aquellos en los cuales uno se crió y vivió. Además, uno conserva la remota esperanza de ser leído.

Entonces, con esta parrafada -que salió no sé cómo- queda cumplida la segunda de las posibles -o, tal vez arbitrarias- condiciones que requiere un prefacio para ver la luz.

En cuanto a la primera -el entorno en el que se desarrolla este esbozo de libro- la cosa se torna más difícil; porque, ¿cuál puede ser el ambiente en el que debe estar el lector, para enterarse de los viajes realizados por el autor? Y, a propósito de esto, ¿qué tanto puede atraerle al primero los intereses turísticos de este último?

Siendo así en verdad, entonces sobraría no solamente este proemio, sino también todo el libro. Pero, si esto último fuera cierto, entonces, ¿para qué se escribieron?

Alguna vez -en otra parodia de libro- decía que uno escribe para solaz propio y que, si de contera, lo escrito agrada al lector, pues bendito sea Dios; pero que, si no se logra el entretenimiento de la persona a quien se supone va destinado el escrito, de todas maneras habría que repetir lo que dijera el autor clásico (creo que fue Miguel de Montaignes, a propósito de sus Ensayos): «¿Cuántas veces me ha distraído este trabajo, evitándome así caer en pensamientos frívolos?»

Además, como dicen los clásicos, «Escribir, es ordenar el caos.»

Entonces, amable y paciente lector, este solo hecho -el del alejamiento de las cosas fútiles y el personal divertimiento y, además, lograr poner en cintura el embrollo en el que uno mismo se mete, por dárselas de escritor- ya son razones suficientes para desmentir la afirmación hecha unos párrafos atrás y, así, quedan justificados el libro y su preludio.

Gracias rendidas por leerme y felicitaciones por tu perseverancia y disciplina para lograr llegar hasta el final.

Gustavo Rodríguez Gómez

Valledupar, 12 de noviembre del año 2012

LA PRIMERA VEZ QUE VIAJÉ

BARRANQUILLA – CARTAGENA

NOVIEMBRE DEL AÑO 1945

“El que no sale nunca de su tierra, termina lleno de prejuicios.” Carlo Goldoni

 

Este viaje ocurrió cuando mi padre resolvió que debíamos trasladarnos a Cartagena, en razón de las angustias que sufría mi madre por la ausencia de mi hermano mayor, a la sazón estudiante de la Escuela Naval.

Cada quince días, en domingo, acompañada por uno de mis hermanos mi madre hacía el viaje Barranquilla, Cartagena, Barranquilla; el cual realizaba en un solo día. A las cinco de la mañana ya estaba mi padre con ellos en el paradero de los buses que hacían dicho recorrido en tres horas. A las nueve de la mañana, mi madre y mi hermano acompañante llegaban a la Escuela Naval, se demoraban una hora en la visita y, en las primeras horas de la tarde, ya estaban de regreso en Barranquilla.

Indudablemente, este viaje quincenal era fatigante; por eso, mi padre consiguió su traslado en la empresa, esperó a que mis hermanos terminaran el año lectivo, vendió la casa de Barranquilla, liamos nuestros bártulos y a Cartagena fuimos a parar. De ese viaje, es poco lo que recuerdo, sólo que me pareció extenuante y casi eterno.

Cuando descendimos en pleno centro de la ciudad, en la que después supe era llamada Plaza de la Matuna -donde también llegaba el ferrocarril que venía de Calamar, en el nacimiento del Canal del Dique- el sol calcinaba nuestras humanidades. Atravesamos la Puerta del Reloj y entramos al recinto amurallado; caminamos unas cuantas cuadras, que a mí me parecieron larguísimas y llegamos a la casa que mi padre ya había arrendado.

Dos horas después, arribó el camión que traía la totalidad de nuestros enseres. Entre todos, nos dedicamos a ordenar las cosas; cada cual, de acuerdo a sus capacidades; yo, por ser el menor y dada mi corta edad -estaba próximo a cumplir los seis años- sólo me encargué de cosas menudas y livianas; pero, de todas maneras, colaboré decididamente y con la mejor buena voluntad, lo que mereció el aplauso de mi padre, un beso de mi madre y una gaseosa bien helada.

Ya instalados, al día siguiente madrugamos a conocer el mar y la playa y, de paso, las murallas. El espectáculo de esa inmensidad marina que fluía y refluía, me llenó de asombro; de inmediato, atosigué a mi padre con preguntas sobre infinidad de inquietudes que brotaban casi que espontáneamente de mi aún pequeño entendimiento. Él, con la paciencia y la sapiencia que siempre lo caracterizaron, iba respondiendo uno a uno cada interrogante; mientras tanto, mi madre, mis hermanas y mis hermanos, retozaban de lo lindo en la playa.

Esa tarde, hubo visita colectiva a la Escuela Naval; oficiales, suboficiales y estudiantes, compañeros de mi hermano, hicieron bromas ante ese multitudinario encuentro. Éramos diez personas unidas por un fuerte abrazo; la alegría era indescriptible y no era para menos, pues hacía casi un año que no nos veíamos con el hermano mayor; salvo mi madre y el penúltimo de mis hermanos que, lo visitaban cada quince días.

Pasada la emoción inicial y puestos al tanto de todas las nuevas, fuimos a dar un paseo por las instalaciones; todo estaba limpio, todo era reluciente, cada cosa estaba en su lugar; los senderos adoquinados, los prados recortados, los arbustos podados; no había nada que desentonara. Los salones de clase, los laboratorios, la plaza de armas, los corredores, todo, absolutamente todo, era un dechado de orden y limpieza.

Al caer la tarde, regresamos a nuestro nuevo hogar; allí, dentro de la modestia característica de nuestro nivel social, las cosas también relucían, todo estaba en orden, el olor a limpieza destacaba de inmediato.

Al día siguiente, al caer la tarde, nuevo paseo a la playa; después un recorrido por las murallas y, en la noche, después de una cena frugal -como era la usanza en nuestro hogar paterno- una visita al centro amurallado, para conocer las reliquias coloniales, los vetustos edificios con zaguanes inmensos y casi lóbregos; en fin, ver parte de nuestra historia patria; al fin y al cabo, veníamos de una ciudad joven, con una memoria corta, pues en medio siglo de existencia, eran pequeños sus anales, pero su desarrollo  majestuoso.

Así fueron pasando los días, mientras el año acababa y permitía el inicio de uno nuevo, para que los hermanos menores y la menor de mis hermanas entraran al colegio; a mí, no me cogía ningún afán, pues aún no tenía la edad reglamentaria -siete años- para poder empezar a estudiar.

FIN

MIS SIGUIENTES VIAJES

CARTAGENA, BARRANQUILLA, CARTAGENA

DE MARZO A DICIEMBRE, DESDE 1947 HASTA 1949

“Si no escalas la montaña, jamás podrás disfrutar el paisaje”. Pablo Neruda.

 

Para comienzos del año 1947, la Dirección de Marina decidió trasladar la Escuela Naval para Barraquilla; para ese entonces, mi hermano mayor ya había salido y estaba destinado en uno de los navíos, el ARC Caldas; pero al segundo de mis hermanos le había picado el gusanillo de la Marina y, a regañadientes -tanto por parte de mi padre, como del Director de la Escuela- logró ingresar.

Entonces, los viajes quincenales que mi madre y uno de mis hermanos realizaban para visitar al mayor de nosotros en Cartagena, se trocaron por la ruta inversa, para poder ver al segundo en Barranquilla. Para entonces, mi padre consideró que yo podía ser un buen acompañante y me turnaba con el hermano que me precede -el penúltimo de nosotros- para ir a Barranquilla, para acompañar a nuestra madre en su amoroso y comprometido deseo de ver a su otro hijo.

La primera vez que acompañé a mi madre, decidí disfrutar del viaje y concentré mi atención en la carretera, con el fin de ver qué sitios de interés había. En realidad, la mayoría estaba constituida por pequeños caseríos, cuya única vía pavimentada era la carretera que los atravesaba; el resto eran polvorientas calles por donde circulaban burros, cerdos, perros, niños desnudos que jugaban entre ellos y con los perros y, por último, campesinos que voceaban sus productos de pan coger.

Por tanto, la llegada a Barranquilla fue un consuelo; ver sus calles pavimentadas y limpias de basura (era la época cuando las empresas públicas de la ciudad, según me aclaró después mi padre -cuando le hice el comentario- eran modelo en el país), me pareció como volver a la civilización.

El taxi que nos llevó desde el Paseo Bolívar -en pleno centro de la ciudad- hasta la Base Naval, me permitió solazarme al contemplar las amplias avenidas, las hermosas residencias, los jardines cuajados de flores; en fin, como si estuviera conociendo mi ciudad natal y, al compararla con Cartagena, encontré que la modernidad hacía de Barranquilla una verdadera metrópoli.

Una vez llegamos a la Base Naval (bueno, mi hermano me aclaró luego que no era una base naval, sino fluvial), después de los abrazos y la puesta al día en cuanto a noticias de la familia se refiere, mi hermano nos llevó a conocer las instalaciones; que, aunque modernas, no eran tan suntuosas como las de Cartagena. Almorzamos en el casino y, hacia las dos de la tarde, salimos a tomar un taxi que nos condujo -esta vez, a través de la zona industrial- hasta el Paseo de Bolívar, donde nos embarcamos para Cartagena.

El viaje de regreso ya no tenía para mí el mismo interés que el de ida; así que pronto me dormí y sólo me desperté cuando mi madre me indicó que habíamos llegado a la Plaza de la Matuna.

Mi padre, solícito, estaba esperándonos; recibió con un beso a mi madre y, a mí me dio un abrazo y me pasó la mano por los cabellos, como era su costumbre cuando quería mostrarse cariñoso conmigo. Cuando llegamos a casa, estaba oscureciendo.

Para ese entonces, ya mi padre había construido, en un barrio de clase media, una linda casa quinta, que era nuestro orgullo.

FIN

TERCERA ETAPA DE VIAJES

CARTAGENA, BARRANQUILLA, BOGOTÁ

DICIEMBRE DE 1952

“Viajar, vuelve a los hombres discretos.” Miguel de Cervantes Saavedra

Concluidos los estudios de mi segundo hermano en la Escuela Naval -perdón, fluvial-, se acabaron los pretextos para viajar a Barranquilla; así que quedé anclado en la Ciudad Heroica, durante esos tres años. En el entretanto, en el hogar ocurrieron hechos significativos, algunos gozosos, como el matrimonio de mi hermana mayor, los viajes de mis dos hermanos mayores al extranjero y la consiguiente traída de obsequios y los relatos sobre tierras desconocidas para nosotros, sus hermanos menores; relatos llenos de narraciones exóticas, salpicadas de misterio e interés.

Y algo para mí extraordinario que marcó el rumbo de mi existencia: haber aprendido a leer sin ayuda alguna y, sobre todo, haberse desato en mi alma los deseos irrefrenables por leer y leer, cada vez más.

Pero también hubo acontecimientos dolorosos -yo diría, más bien catastróficos- como lo fue la muerte de mi padre. (En algún otro relato, detallo lo que esa desgracia significó en nuestras vidas).

Además, fue la época de mi ingreso al seminario de Cartagena y la posterior salida, pues no me amañé; tal vez por la ausencia de mi madre -para entonces, viuda-, pues sólo me la dejaban ver los domingos.

Ese fue el período cuando, en las vacaciones de mitad de año, viajé con mis dos hermanas solteras hasta Mompox, la isla situada en medio del río Magdalena; allí vivía con su esposa, desde tiempo atrás, un hermano de mi madre.

El viaje hasta Magangué lo hicimos por carretera y pudimos conocer gran parte de las llamadas sabanas de Bolívar y, de este municipio hasta Mompox, nos trasladamos en una barcaza adaptada para transportar pasajeros. En esa ciudad colonial estuvimos dos semanas; admiramos su arquitectura de época y conocimos su original trazado (tres largas calles que atraviesan la isla de norte a sur, cortadas cada cierto trecho (80 ó 90 metros) por callejones para formar una treintena de manzanas formadas por casas casi todas ellas de bahareque y tapia pisada con techo de zinc, cubierto con palmas. Algunas pocas de estas casas (como la de mi tío), estaban construidas con adobe o ladrillo y tejas de cemento o barro cocido.

El centro administrativo y comercial de la ciudad, situado en la parte más ancha de la isla en donde se encuentran reliquias coloniales realmente hermosas, como la iglesia de Santa Bárbara, verdadera joya de la arquitectura de esa época, cuando Mompox estaba en el cruce de caminos entre Cartagena y Santa Fe.

Durante el año de 1952 la Marina trasladó a mis hermanos mayores a Bogotá (uno después del otro) y hacia allá nos encaminamos mi madre, mis dos hermanas solteras y los tres hijos menores.

Ese fue, quizás, el primer viaje memorable en mi corta vida. Primero, deshicimos, con trasteo a bordo, el recorrido de Cartagena a Barranquilla; allí estuvimos dos semanas, mientras zarpaba el buque de la Naviera Colombiana, bautizado con el alegórico nombre de “Monserrate”.

El 7 de diciembre, a las diez de la mañana -irónicamente el día del segundo aniversario de la muerte de mi padre- dejamos el puerto de Barranquilla y empezamos a remontar el río Magdalena; la travesía, por demás esplendorosa, duró ocho días exactos.

Una vez la sirena del barco anunció la salida y la del puerto le dio la despedida, cuando ya la tripulación había soltado amarras, el buque se deslizó suavemente, como si en vez de atravesarla, estuviera más bien besando la corriente del río.

Durante ese primer día, avistamos los puertos pertenecientes a los departamentos de Atlántico y Magdalena: Campo de la Cruz, Palmar de Varela, Sabanagrande, Plato, Tamalameque y otros cuyos nombres se me escapan. Como quiera que el buque viajaba por la mitad del cauce, fue poco lo que se pudo observar de estos pueblos; casi todos parecidos: canoas de pescadores, barcazas para transportar pasajeros entre puertos aledaños, puestos de comida al aire libre, etc.

Al amanecer del día 8, segundo del viaje, atracamos en el puerto de Magangué, perteneciente al Departamento de Bolívar. Allí pudimos recordar, mis hermanas y yo, nuestro viaje a la isla de Mompox, la cual avistamos unas horas después.

El tercer día de viaje nos permitió arribar a Puerto Wilches, luego de haber pasado por El Banco, La Gloria y Gamarra. Ya en el Departamento de Santander, llegamos a Barrancabermeja, el gran puerto petrolero, Eso ocurrió al caer el sol en el quinto día; allí, el buque hizo escala y nos permitió a los pasajeros bajar y conocer, así fuera de prisa, las instalaciones de la refinería más importante del país.

Al amanecer del sexto día, llegamos a Puerto Berrío, en el Departamento de Antioquia y durante ese día y el siguiente (séptimo del recorrido), avanzamos hasta concluir, al amanecer del domingo 14 de diciembre del año 1952, hacia las seis de la mañana, nuestro viaje por río; el buque lanzó sus amarras en el muelle fluvial de Puerto Salgar, municipio perteneciente al Departamento de Cundinamarca y situado exactamente al frente de La Dorada, puerto ribereño adscrito al Departamento de Caldas.

Luego de bajar los bártulos y consignarlos en el tren que saldría una hora después, desayunamos en la cafetería de la estación, para entonces abordar el ferrocarril  que nos conduciría hasta Bogotá, en plena planicie cundiboyacense.

Pero antes de saber cómo continuó el viaje en tren hasta Bogotá, devolvámonos un poco para conocer algunos detalles del viaje a bordo del vapor Monserrate.

Durante los ochos días que duró la travesía, las horas pasaban de manera por demás agradables. A las ocho en punto, desayuno que se prolongaba por una hora, pues el capitán, individuo jovial, hacía amenizar el momento con lecturas picarescas, a cargo de lectores espontáneos.

Recuerdo perfectamente el día en que mi madre me instó para que leyera; venciendo el miedo, me acerqué al capitán y le pedí el favor de dejarme leer, pues ese día estaba anunciada la lectura de un capítulo de “El Lazarillo de Tormes”.

Titubeando al principio, con repetición de palabras o frases mal leídas, logré tomar el rumbo y salir airoso con la lectura del capítulo elegido por el capitán.

Al levantar las mesas, cada pasajero podía disfrutar de su tiempo y, así, mientras uno de mis hermanos (el mayor de los tres varones que hacíamos el viaje) acompañado de una enfermera pereirana a quien conociera a las pocas horas de haber zarpado, se iba a la popa del buque (según él a leer poesías), mi otro hermano y yo (ambos púberes), disfrutábamos del paisaje y también nos entreteníamos viendo a algunos pasajeros mayores pescar desde lo más alto de la cubierta.

En una ocasión (tal vez el cuarto día de viaje), vimos a nuestro hermano besándose con la joven pereirana cuando entraban al camarote de ella; del cual sólo salieron cuando llegó la hora del almuerzo. En la tarde, le quisimos averiguar por su visita al camarote de la enfermera, pero nos ahuyentó con cajas destempladas.

El almuerzo siempre era suculento; las viandas cambiaban de un día para otro; una vez era pescado frito, otra carne asada o, si no, lengua en salsa y, así, cada día variaba el menú, tanto del almuerzo como de la cena. La diferencia estribaba en que, después de la última comida del día, una pequeña orquesta de apenas 7 u 8 músicos,   amenizaba las noches, interpretando aires colombianos de sus diversas regiones, al igual que mambos, boleros, danzones y otros aires del Caribe. Algunas parejas (entre esas, mi hermano y su amiguita pereirana) bailaban hasta la última hora, cuando la orquesta suspendía su actuación y las luces de la pista se apagaban.

Mi madre y mis dos hermanas ocupaban un camarote y mis dos hermanos y yo ocupábamos otro; cuando llegaba la hora de dormir, mi hermano, al que yo le sigo, y yo estábamos rendidos; en tanto que el mayor de los tres, llegaba después de medianoche, cuando ya había disfrutado de la compañía de la enfermera; como quiera que la vez que descubrimos su relación con esta niña, nos dio un buen rapapolvo, nunca nos atrevimos a hablarle de sus llegadas tardes. Solamente, cuando ya hubimos llegado a la adolescencia, viviendo en Bogotá, nos comentó sobre sus amoríos con la bella enfermera.

Ahora sí, retomemos el viaje a Bogotá; esta vez durante el recorrido en ferrocarril, desde Puerto Salgar hasta la capital del país. Como ya se vio antes, el tren partió hacia las siete de la mañana.

El paisaje, a medida que dejábamos la hoya del río Magdalena y se iniciaba el ascenso, cambió como por ensalmo: los pastos más verdes que antes, los árboles más frondosos, los hatos ganaderos más grandes y con reses más robustas; en fin, se notaba la exuberancia de la naturaleza. También las poblaciones tenían otro aspecto: como mejor trazadas, mejor cuidadas, más apacibles; en una palabra, más acogedoras.

Pero no sólo el paisaje cambiaba a medida que ascendíamos la cordillera Central; el clima se iba haciendo más frío y, para nosotros habituados al calor de la costa caribe, era algo no solamente novedoso, sino sobrecogedor; tanto, que rápidamente hubimos de ponernos ropa más adecuada para el helaje que se colaba por entre las ventanas del vagón, no obstante estar cerradas.

Sin embargo, la belleza del paisaje se sobreponía a la inclemencia del tiempo y, por eso, éste no nos impidió disfrutar de aquél.

Cuando el reloj marcó las siete de la noche, el tren estaba entrando a la Estación de la Sabana, en Bogotá, punto final de nuestro viaje.

Allí, estaban nuestros dos hermanos mayores, vestidos de civil, esperándonos.  Después de los abrazos fraternales, luego de que hubieran estrechado en sus brazos a nuestra madre y haber depositado en su frente el beso filial, nos encaminamos hacia los dos carros oficiales que nos estaban esperando; entre los maleteros del ferrocarril y un par de grumetes, nuestros bártulos fueron acomodados en los baúles de los automóviles.

Después de media hora de atravesar la ciudad, llegamos a la pensión donde se alojaban nuestros hermanos. Allí fuimos recibidos con mucha atención por parte del administrador, su esposa y las dos hijas. Una vez acomodamos los enseres en las habitaciones que nuestros hermanos habían separado para nosotros, bajamos al comedor y allí disfrutamos de una cena santafereña: chocolate caliente, almojábanas, queso, huevos revueltos, panecillos exquisitos y mantequilla.

De esa cena, guardo un recuerdo imborrable. Sucede que en el año 1951 el penúltimo de mis hermanos (el de la pereirana), había estado de excursión en Bogotá por cuenta del Colegio San Pedro Claver de Cartagena, en el cual estaba terminando su bachillerato. Al regresar, mi hermano (el penúltimo) y yo lo atiborramos a preguntas sobre cómo era Bogotá y, si en verdad, era tan fría como nos había contado nuestro cuñado (el esposo de la hermana mayor).

Como para quitarse de encima tanta preguntadera, nos dijo que “Bogotá era tan fría, que a uno le servían las bebidas calientes y si no se las tomaba enseguida, cuando quisiera ingerirlas, ya se habían enfriado.”

Pues bien, la noche de nuestra llegada a Bogotá, cuando la esposa del administrador y sus hijas nos sirvieron el chocolate humeante, yo recordé las palabras de mi hermano y, como tenía tanto frío, no quise esperar a que se fuera a enfriar la bebida y lo que yo necesitaba en ese momento era calentarme. Así que, ni corto ni perezoso, tomé entre mis manos el pocillo caliente y me lo llevé a los labios y me tomé un buen sorbo de chocolate, el cual aún estaba hirviendo y, por consiguiente me ardí la lengua y dos gruesos lagrimones rodaron por mis mejillas.

Cuando, pasados unos días, comenté el dislate, todos se rieron de mi ingenuidad y cada vez que se acordaban de mi candidez, me hacían objeto de sus burlas.

Para terminar esta añoranza de nuestro viaje a Bogotá, digamos que un mes después ya vivíamos en un confortable apartamento, cercano a la Dirección de Marina, en pleno centro colonial y yo estaba matriculado en el glorioso Colegio Mayor de San Bartolomé, en donde estudié todo el bachillerato y a cuya época corresponden todos los felices recuerdos de mi adolescencia, la etapa más feliz en la vida de la mayoría de los seres humanos.

FIN

RUMBO A NUEVA YORK

VALLEDUPAR, BOGOTÁ, NUEVA YORK

OCTUBRE DEL AÑO 2009

 “El mundo es un libro y aquellos que no viajan sólo leen una página”. San Agustín

Nos encontramos, mi esposa y yo, en el aeropuerto Alfonso López de la ciudad de Valledupar, tras habernos despedido de nuestro hijo y de nuestro nieto al salir de casa,   llenos de ilusiones y esperanzas; pero sí que también de aprensiones ante la expectativa del viaje. No sólo por éste en sí mismo, sino (y sobre todo) por su objetivo: visitar a nuestro hijo mayor y a su familia, a quienes no vemos desde hace más de quince años.

Ya estamos esperando que llamen a abordar el avión que nos llevará a Bogotá. Ya nos fue inspeccionado el equipaje (cosa por cosa, bolsa por bolsa, objeto por objeto: nada escapó a los ojos de lince de los funcionarios de aduanas) y también nos fueron ratificadas las reservas; de igual manera, fueron revisados los pasaportes, se confirmaron las visas y se llenaron los trámites de rigor; por último las maletas fueron selladas y puestas en el montacargas que habrá de trasportarlas hasta la bodega del avión. Se nos ha avisado que las volveremos a ver cuando lleguemos a Nueva York.

En una hora, aproximadamente, saldremos para Bogotá, en donde haremos el trasbordo para el vuelo a nuestro destino final. En este momento, surge un nuevo motivo de satisfacción: ya tenemos los pasabordos para los dos vuelos. Ya es un hecho nuestro viaje.

No obstante, hay en nosotros un poco de ansiedad, algo de nerviosismo y mucha alegría. Es nuestro primer viaje a Nueva York y la ansiedad es consecuencia del hecho de que vamos a ver, después de muchos años de ausencia, a nuestro hijo mayor. También volveremos a ver a nuestros nietos y a nuestra nuera y conoceremos a nuestros pequeños bisnietos y a la nuera de nuestro hijo mayor. He ahí los motivos de  la ansiedad y la alegría.

El nerviosismo lo produce el paso por la oficina de inmigración en Nueva York, porque no sabemos cuánto tiempo de estadía nos autorice el oficial correspondiente y, como nuestra expectativa es de permanecer al menos cinco meses, cualquier permiso inferior a éste, sería frustrante. Ansiamos permanecer al menos cinco meses, porque no solamente queremos disfrutar de la compañía de nuestro hijo y de su familia el mayor tiempo posible, para resarcirnos de tan larga ausencia, sino que además desearíamos disfrutar de algo que en el trópico desconocemos: el otoño, las nevadas y el preludio de la primavera.

Acaban de llamar para el abordaje. La emoción crece, la ansiedad también. Bueno, ya es la hora de partir. Nos despedimos de nuestra hija que nos ha acompañado hasta el aeropuerto. Los besos y los abrazos y las recomendaciones son muchos y mutuos.

El vuelo transcurre normalmente y ya estamos en Bogotá. Nos congratulamos, pues el vuelo sucedió sin contratiempos; el avión despegó a la hora precisa y aterrizó exactamente en el tiempo previsto, según itinerario. No hubo el mínimo sobresalto.

Un bus de Avianca nos lleva del Puente Aéreo al Aeropuerto Internacional El Dorado. Hasta el momento, 9:50 de la noche, todo ha ocurrido dentro de la mayor normalidad. Pasamos por la oficina de emigración, donde se encontró todo en orden, sellaron nuestros pasaportes y, en menos de quince minutos, estamos en la sala Nº 7, esperando a que nos llamen para abordar el Air-Bus de Avianca que nos trasladará a Nueva York.

Es el momento de hacer una reflexión, para agradecer a Dios, por todo lo sucedido hasta el momento. No ha habido el menor contratiempo. Más aún, haciendo una retrospectiva hasta llegar al día en el que solicitamos las visas, encontramos que todo ha salido a pedir de boca, ya que el visado de nuestros pasaportes se realizó -en la embajada de Estados Unidos en Bogotá- sin el más mínimo sobresalto. Más aún, nuestro nervosismo inicial, a causa de una eventual negativa por parte del cónsul, no fue más que un aspaviento de parte nuestra; pues, luego de dos o tres preguntas de rigor, el funcionario selló nuestros pasaportes y nos felicitó..

Hecho el razonamiento anterior, encontramos que ya ha bajado un poco la tensión ante la expectativa natural que esta experiencia suscita en mi esposa y en mí. Nos vamos haciendo poco a poco a la idea de que dentro de 6 ó 7 horas, estaremos estrechando en los brazos a nuestro hijo y a su familia.

Hace un rato nos llamó desde Valledupar nuestra hija, para saber cómo habíamos llegado. Luego de enterarse de que estábamos bien y comentarnos, además, que allá todo está en orden, nos dijo que su hermano mayor le había telefoneado desde Nueva York, para contarle que desbordaba de alegría al pensar que sólo unas pocas horas nos separaban del encuentro. También le dijo que la emoción, con seguridad, le perturbaría el sueño.

Por mi parte, me he trazado el propósito de sosegarme -yo que de hecho, soy tranquilo- pues, aunque comparto las mismas sensaciones, me preocupa más el estado de ánimo de mi esposa; pues sé que la emoción que sentirá al ver a nuestro hijo será tan grande, que temo por su salud. Ella es muy sensible; más aún, hace unos momentos me dijo que le dolía la cabeza; con toda seguridad, como consecuencia de la tensión que genera la expectativa. Por eso, tengo que calmarla y le digo que más bien  le dé gracias a Dios por esta oportunidad que nos depara. Oportunidad que pensamos -ya sobre esto habíamos hablado en el vuelo a Bogotá- no fuera a ser posible y, menos, que se fuera a dar tan pronto. Pero se dio; gracias a Dios y al amor y a la dedicación de nuestra hija que nos hizo este regalo con motivo de nuestro 50º aniversario de bodas.

La sala de abordaje está repleta. Son las 10:15 de la noche y ya hay más de 100 personas y todavía siguen llegando más. Se ve toda clase de rostros, la mayoría de latinos; pero no faltan los asiáticos, los anglosajones, los negros; al igual que también vemos árabes e israelíes. Algunos lucen tranquilos, deben de ser los más avezados; otros dormitan o, al menos, eso parece. El de más allá, toma fotos y no falta el que filma la escena; mientras que yo, osado que soy, trato de describirla. Pero, ¡qué bah! Me falta capacidad para pintar con palabras el enorme barullo que hay en esos instantes, previos al abordaje. Unos se sientan; otros se paran, caminan y vuelven a sentarse. A algunos se les nota la desazón. Sobre todo a los más jóvenes y, de los niños, ni hablar; ellos corren, saltan, gritan, piden agua, helado y mil cosas más que su infantil excitación les suscita. Por el contrario, las niñas están tranquilas; sólo algunas pequeñitas, lloran; tal vez asustadas por tanto alboroto. En fin, la sala Nº 7, se me asemeja a lo más parecido a la imagen que, en mi infancia, me forjé de la Torre de Babel. La actividad es permanente, las conversaciones hacen que la sala parezca un panal, pues el murmullo de las voces y el trasegar de los viajeros dan la sensación de cientos de abejas que, laboriosas con el batir de sus alas, producen cera y miel.

Por fin han llamado para pasar al Air-Bus. El orden es el punto preponderante; llaman por hileras. Claro que la persona encargada de hacerlo, habla  de filas y eso confunde a varios, entre ellos a mí. Una vez salvada la confusión de hileras por filas, me doy cuenta de que llaman de atrás hacia delante, de tal manera que el avión se llene en ese orden, evitando así la congestión. Ya instalados, noto que la comodidad a bordo es asombrosa y la atención, por parte de la tripulación, agradable sobre manera. Una vez completo el pasaje y todos ya acomodados, el capitán da la bienvenida y se inicia el vuelo. La comodidad tan plácida del avión, con sus reclinables y mullidos asientos, invita al descanso y al sosiego. Hay una pantalla de televisión en el espaldar de cada silla delantera, con un menú diverso y grato. Sin embargo, al poco rato, luego de curiosear con la parrilla de la programación, mi esposa y yo preferimos conversar e intercambiar impresiones, hasta que el sueño nos vence: primero a ella y luego a mí.

Viajamos toda la noche; despegamos a las 11:20 p. m. y aterrizamos, en el aeropuerto John F. Kennedy, del condado de Queens, a las 4:20 a. m. (5:20, hora local), tal como nos fuera anunciado por el capitán en el saludo inicial. El vuelo estuvo tranquilo, casi apacible, salvo algunas turbulencias al cruzar el Mar Caribe, un poco antes de sobrevolar Jamaica.

Descendemos del Air-Bus y llegamos a la sala de inmigración: un inmenso espacio en donde fácilmente podrían caber varios cientos de personas. Hay varias ventanillas de atención: unas para residentes, otra para diplomáticos, unas más para ciudadanos norteamericanos y el resto (cerca de veinte) para turistas. La fila nuestra -la de turistas- avanza con cierta lentitud, pues hasta el momento sólo hay dos cónsules atendiendo y, además se les da prelación a los ancianos, a los enfermos que se desplazan en sillas de ruedas y a las embarazadas y a las que llevan niños de brazos.

Al cabo de unos diez minutos, llegan tres cónsules más y, entonces, el oficial que organiza el acceso, nos hace pasar -a mi esposa y a mí- a la ventanilla en donde atiende un cónsul joven y amable.

-Good morning, nos dice.

-Good morning, le respondemos.

Al preguntarnos el motivo del viaje, le explicamos en nuestro precario inglés que viajamos por turismo, debido a nuestro próximo 50º aniversario de bodas. Luego de consultar en el sistema, nos felicita, sella nuestros pasaportes con permiso de seis meses de estadía y nos dice:

-Welcome to U. S. A.

-Thank you, le respondemos y, felices, salimos a reclamar nuestras maletas, no sin antes darnos un beso y un abrazo de congratulación.

Pronto pasa nuestro equipaje, lo recogemos y franqueamos la puerta de acceso al control de aduanas. Allí, dos uniformados -hombre y mujer- nos saludan y tras un par de preguntas sobre el contenido de las maletas, nos dejan salir. Entramos a la sala de llegada y, casi de inmediato, diviso a mi hijo y a mi nieto y se lo hago saber a mi esposa. Para ese momento, ellos ya nos han columbrado. Los abrazos y los besos son por demás efusivos; la alegría, que todos cuatro desbordamos, es inmensa.

            ¡Parece mentira que ya estemos en Nueva York! Y todavía es más extraordinario que tengamos enfrente a nuestro hijo y a nuestro nieto, y que sea verdad que los estemos estrechando en los brazos.

            Ellos toman las maletas y nos dirigimos al automóvil del nieto, un carro último modelo de color y líneas discretos. Todo el trayecto desde el aeropuerto John F. Kennedy hasta Long Island, se nos va en darnos razones mutuas de los seres queridos.  Es tanto el derroche de felicidad, que ni siquiera ponemos atención a las maravillas arquitectónicas, representadas en construcciones, autopistas y puentes, que vamos atravesando. Toda nuestra atención está puesta en estas dos queridas personas a quienes no veíamos tiempos ha.

            Satisfecho el primer apremio de información sobre hermanos y hermana, cuñadas, sobrinos y sobrinas, tíos y tías, y demás familiares, nuestro hijo nos hace caer en cuenta de que ya llegamos al pueblito (hamlet, le llaman ellos, un equivalente a nuestros suburbios) en donde vive con su familia. Sólo cuarenta minutos hemos tardado en recorrer el largo trecho desde el aeropuerto. Tomamos la oreja de un puente y entramos al pueblo. A pesar de ser apenas las 7:00 a. m. de un domingo de comienzos de otoño, ya se ve algo de movimiento en sus pavimentadas calles; las hermosas casas, los organizados jardines, con árboles que aún conservan sus hojas verdes (aunque de un verde desvaído), junto a otros con su follaje ya morado, ya amarillo, más el verde de los pinos perennes, dan unos hermosos tonos al paisaje.

Mi hijo y su familia viven en una casa de estilo semi californiano; una confortable edificación de dos pisos, dividida en dos apartamentos: uno en cada planta. En el primer piso, viven mi hijo, mi nuera y mi nieta; en el segundo, mi nieto, su esposa y nuestros pequeños bisnietos: un par de angelitos, cuya sola presencia es motivo de regocijo y felicidad. El recibimiento de la nuera, la nieta y la esposa del nieto, repiten en nosotros la sensación de regocijo vivida en el aeropuerto.

Nos comunicamos con Colombia, para informar de nuestra llegada. Luego, desayunamos, siempre sin dejar de dar o recibir noticias de la familia toda. Mientras tanto, deshacemos las maletas, repartimos los regalos y las sorpresas que les hemos traído, tomamos un reconfortante baño y nos recostamos un rato para descansar, no sólo de los trajines del viaje, sino también de tantas emociones juntas y continuas. El día se nos va conversando sobre todas las cosas (buenas o desagradables) vividas durante esos años de ausencia. Es evidente que todos hacemos énfasis en las primeras, tratando de soslayar -de ser posible- los momentos tristes o desapacibles transcurridos en esos largos años de separación, sin perder de vista la objetividad de la realidad… Cada cual está consciente de que ya habrá tiempo (disponemos de casi seis meses) para ponernos al día con respecto a las vicisitudes ocurridas.

Al día siguiente, lunes, salimos a conocer el pueblito (hamlet), donde viven mi hijo y su familia, distante una hora de Queens y dos de Manhattan. Realmente se trata de una pequeña ciudad, con todas las comodidades de cualquier ciudad grande. Nos cuentan que tiene su ayuntamiento, cuerpo de bomberos, estaciones de policía, correos y telégrafos, hospitales, clínicas, escuelas, colegios, universidades, supermercados, restaurantes, salas de cine, teatros, museos, bibliotecas y demás  entidades necesarias para el confort de un ciudadano del siglo XXI.

Los días se deslizan dentro de una comodidad absoluta, pues nuestro hijo y su familia se desviven por atendernos. Son solícitos y atentos, casi hasta el extremo. Con frecuencia, y aprovechando que aún no ha entrado el frío agudo de finales de otoño y el del propio invierno (que nos cuentan es de temer), vamos con nuestro hijo o nuestra nuera a los centros comerciales a acompañarlos a hacer compras o, en ocasiones, a otros sitios de interés. Eso nos permite conocer mejor, no sólo la ciudad, sino también a su gente.

No deja de sorprendernos el hecho de que haya algunos supermercados y almacenes en donde no hay cajeros humanos; el cliente deposita la mercancía en un mostrador, frente al cual está el cajero automático. Cada artículo se desliza frente al lector de código de barras y se le pone en una bolsa; cuando termina la marcación de carga, el cliente va introduciendo el dinero en una de dos ranuras -una para billetes y otra para monedas.- La máquina va acreditando el dinero pagado y hace el balance inmediato, para indicarle al cliente cuánto debe aún. Cuando termina la operación -saldo igual a cero; pues si hay que dar vuelto, el cajero lo hace automáticamente- las bolsas se desplazan por una cinta sinfín y, al final de ésta, son liberadas para que el cliente las tome y pueda salir del almacén.

Termina el mes y debo diligenciar la prueba de supervivencia para enviársela a mi hijo en Valledupar, para que me cobre la pensión. Ese es un buen pretexto para desplazarnos hasta Manhattan; vamos en carro, por una superautopista hasta Queens, importante distrito de la ciudad de Nueva York, en donde -nos cuentan- hay considerable número de colombianos y de latinos en general. Tras una hora de viaje confortable, llegamos a Roosevelt Avenue y después de dejar el carro en un parqueadero, vamos a la estación para coger el tren que nos ha de llevar a Central Station, en pleno corazón de Manhattan.

Los tiquetes se adquieren en un dispensador automático, en el cual se indica el destino del viaje. El tren no solamente es cómodo, sino que además es de una puntualidad asombrosa. Tras 45 minutos de viaje, llegamos al túnel bajo el East River. A pesar del ruido del tren, se alcanza a escuchar (aunque quedamente) el bullicio de la ciudad que hierve de actividad a esa hora de la mañana (11:15)

El arribo a Central Station, en la Calle 42 con Park Avenue, es sorprendente; la amplitud, la magnificencia, el orden, el civismo, parecen ser lo usual, no obstante la cantidad de gente que se desplaza, de manera ordenada, de un sitio a otro. Tomamos fotos desde diversos ángulos, salimos y por la 42, buscamos Madison Avenue y subimos por ésta hasta la Calle 44, directo al consulado colombiano. Allí, de manera eficiente de parte del personal consular, tramito -sin costo alguno de mi parte- la supervivencia y la autorización de cobro, las cuales porteamos enseguida a Valledupar, Colombia.

Luego de almorzar en un restaurante de comida rápida (un McDonald’s, tal vez), caminamos por la Calle 42 hasta Broadway. Al pasar por el Museo de Cera de Madame Tussaud, tomamos más fotos; yo poso al lado de la imagen de Morgan Freeman, a quien con gesto de camaradería, le paso el brazo sobre los hombros. Después caminamos por Times Square; allí encontramos a varios agentes de la policía metropolitana, con sendos caballos de alzada impresionante; la toma de fotos se repite; luego recorremos otras calles céntricas (bueno, aquí en Manhattan, todo es céntrico) y, hacia las tres de la tarde, decidimos el regreso, pues nuestro hijo tiene una cita de trabajo con un cliente.

Vamos a Penn Station, situada en la Séptima Avenida con Calle 31, y tomamos el subway que atraviesa medio Manhattan, cruza el túnel bajo el East River y desanda el camino hasta Roosevelt Avenue, en Queens. Caminamos hasta el parqueadero, tomamos el carro y nos devolvemos para la casa. Cerca de las seis de la tarde, llegamos, un poco extenuados, pero felices después de haber conocido y disfrutado parte lo que han dado en llamar, con justa razón, “La gran manzana”. La próxima visita a esa fabulosa metrópoli, queda programada para dentro de 30 días.

El otoño avanza lentamente y tiñe de gris no sólo las mañanas, sino además las tardes; el ocaso se apresura, pues a las cinco ya oscurece y solamente aclara hacia las 9 de la mañana del día siguiente. Y así como aumenta la duración de la obscuridad, también se acentúa el frío. Dentro de la casa, la calefacción permite tener un ambiente agradable, de alrededor de 20º C; pero afuera, en la calle, la temperatura puede bajar hasta los 2 ó 3º C. Por eso, es obvio que uno prefiera el agradable calor interior a ese intenso frío exterior. Por consiguiente, el hambre se hace recurrente y hay que tomar cuatro o cinco alimentos al día. No obstante lo crudo del clima, el ambiente es agradable y el paisaje que se divisa desde las ventanas es hermoso: ya casi no hay árboles con hojas verdes; muchas se han tornado moradas y la mayoría ya ha adquirido una tonalidad amarilla clara. No se ve una sola mata con flores.

Las salidas, por consiguiente, escasean. Salvo para ir de compras o a misa o, en ocasiones, a acompañarlos en alguna diligencia; siempre pensando en conocer y, de todas maneras, disfrutar del hermoso espectáculo del otoño, en compañía de los seres queridos.

Ya hemos conocido a algunos de los amigos de nuestro hijo y su familia; la mayoría compuesta por latinos: colombianos, peruanos, ecuatorianos, puertorriqueños, dominicanos, etc. Todos nos muestran una deferencia que nos emociona, pues sabemos que ésta es el reflejo del cariño que sienten por nuestro hijo y su familia. Más aún, cada una de estas maravillosas personas, han llegado -el día de conocernos- cargados de regalos para mi esposa y para mí.

En las mañanas, mientras mi esposa ayuda a la nuera en los trajines hogareños, yo aprovecho y leo el correo electrónico, escribo algunas cosas, leo o simplemente veo televisión. A pesar de la aparente inercia, los días se pasan rápidamente, más pronto de lo que uno quisiera; pues es innegable que, aun cuando se extraña el trasegar cotidiano de Colombia, uno desearía que estas vacaciones nunca acabaran.

La siguiente vez que visitamos Manhattan, hacemos el recorrido completo en tren. Es domingo y nos acompaña el nieto. Nuestro hijo nos lleva en carro hasta la estación más próxima del pueblito y allí, a la hora exacta marcada en el tablero electrónico de la estación, abordamos el tren elevado y nos extasiamos contemplando la campiña llena de chamizos, pues pareciera que los árboles todos se hubieran muerto. No hay una sola hoja. La estación se encuentra en sus finales y el invierno ya se presiente; el frío es sumamente intenso y no se puede descuidar el abrigo; así, pantalón y abrigo gruesos nos resguardan el cuerpo; gorro, bufanda y guantes, para abrigarnos cabeza y cara, y ni qué decir de las dobles medias de lana que protejan los pies.

Cada quince o treinta minutos cruzamos un pueblito; todos con un trazado producto de una excelente planificación. En algunos, alcanza uno a columbrar el ayuntamiento, la biblioteca municipal, las oficinas de una compañía de seguros, un banco, etc.

En una hora y tres cuartos, descendemos en Penn Station. Allí tomamos el subway y vamos hasta el muelle donde habremos en embarcarnos en el ferry que nos lleve hasta la Estatua de la Libertad. Con el orden habitual, los pasajeros embarcamos y, cuando suena el silbato, el ferry deja la dársena y se dirige, a través del río Hudson a buscar el canal que le permita salir a la bahía de Nueva York y encontrar en su parte alta, la isla de Bedloe o isla de la Libertad, cercana a la isla de Ellis. Si el recorrido por la desembocadura del Hudson fue emocionante, la vista de la Estatua es portentosa. En realidad, uno se conmueve al ver esa gigantesca mole coronada por la figura de una monumental mujer que en la mano derecha sostiene la luz que simboliza la libertad de todo ser humano y en su brazo izquierdo sostiene lo que debe ser un tratado de leyes.

El ferry circunda la isla de Bedloe y atraca en la de Ellis, pues el monumento está en reparación. Allí desembarcamos y trasbordamos al bote de regreso. Todo el recorrido lo hacemos en una hora. Salimos del desembarcadero en la parte sur de Manhattan y tomamos a pie, para conocer la parte llamada “Downtown”, cercana al corazón financiero de la ciudad, del país y del mundo. Luego de pasar por Trinity Church, conocer su cementerio, en donde alcanza uno a vislumbrar lápidas fechadas en el siglo XVI, nos enrumbamos hacia Wall Street, un complejo de edificios en piedra y mármol; de allí pasamos por la Biblioteca Pública, una compleja estructura del tamaño de una manzana, a la cual no hay acceso, pues le están haciendo mantenimiento.

Después de almorzar, buscamos una estación del subway y vamos a China Town, un verdadero mercado de curiosidades. Recorremos sus almacenes, comprando una que otra cosa.

Regresamos, pasadas las cinco de la tarde y, otra en vez en Penn Station, abordamos el tren que nos devuelva a casa. Nuestro hijo nos está esperando y cansados, pero contentos, llegamos hacia las siete de la noche a repartir los regalos que el nieto, de manera abundante, y nosotros -no tan abundante- les hemos comprado a todos. Cenamos, jugamos un rato a las cartas y, hacia media noche nos vamos a dormir, felices con esa nueva experiencia. Parece mentira, pero ya han pasado dos meses desde cuando llegáramos.