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HISTORIA DE UN MARINERO ENAMORADO

(Una cama vacía, es un lugar muy triste)

 

Y sólo el amor puede llenarlo de felicidad

 

MARACAIBO,  VENEZUELA

 

Diciembre del 2014

 

El problema del matrimonio es que se acaba todas las noches después de hacer el amor, y hay que volver a reconstruirlo todas las mañanas antes del desayuno.

Gabriel García Márquez

 

Ella apenas tenía dieciocho años cuando su padre murió, dejándola sola con su madre enferma y con una situación económica poco estable.

Esta situación fue aprovechada por el contramaestre Marcial Buelvas para cortejar a la hermosa Jennifer Castelar. La viuda, al ver la sólida posición del contramaestre, casi que obligó a su hija a aceptar los requiebros de Marcial.

A los dos años, cuando ella tenía veinte y él cuarentitres, se casaron y se fueron a vivir a la casa de Marcial, que estaba situada a media cuadra de la de su suegra, la cual, al ver a su hija próxima a casarse con un buen partido, había empezado a recuperar su maltrecha salud. No obstante, esa mejoría fue pasajera; pues a los tres años se agravó y murió, aunque feliz porque ya su hija había organizado su vida.

Ya instalados los recién casados y vencido el término de la licencia matrimonial, Buelvas tuvo que embarcar, pues el navío zarpaba en dos días. Más aún, este era el primer viaje de Buelvas, como contramaestre hasta los puertos asiáticos, puesto que desde cuando asumiera esa función, por muerte del antecesor, sólo habían viajado por las costas suramericanas situadas en el océano Pacífico.

El navío Elcano estaba desde hacía más de veinte años, bajo al mando del capitán Contreras, un experto lobo de mar. Antes de asumir Buelvas, el contramaestre era el viejo Ladislao Padilla, a cuyo casi hijastro, Víctor Fernández enrolara cinco años antes. El marinero Fernández era hijo adoptivo de la vieja Celina, amante de Ladislao. Ella había adoptado al pequeño Víctor desde el mismo día de su nacimiento, en razón de que la madre del recién nacido murió en el parto y el padre, un floreciente comerciante viajero, desapareció desde el mismo instante en que supo de su paternidad. Ni Celina ni Ladislao tenían hijos propios.

Fernández, quien fuera -por obvias razones- el protegido de Padilla, siguió siéndolo de Buelvas. En verdad, el muchacho a sus veinte años de edad (y cinco de estar  embarcado), era muy avezado, aprendía rápidamente, obedecía las órdenes, no protestaba, en fin, se ganaba pronto la confianza de quienes lo conocían.

****

Todo esto lo vine a saber cuando, en unas vacaciones, visité en Cartagena a una tía segunda, prima hermana de mi padre, cuyo hijo, viudo como ella, había pertenecido a la Armada Nacional y, a la sazón, era vecino del también retirado marinero Víctor Fernández, un lobo de mar de apenas unos cincuenta años de edad.

Fuel el mismo Fernández quien me contó la historia, cuando mi primo me presentó como un novel escritor que andaba en busca de buenos relatos para convertirlos en cuentos dignos de ser leídos. (Esa fue, al menos, la carta de presentación que, de mí, hiciera mi primo).

Entonces, como quiera que el ex navegante Fernández haya tomado la palabra, gustosamente se la cedo, para que al calor de unos rones, hiciera su relato, que quedó grabado en cinta magnetofónica.

****

Pues sí, joven escritor, le cuento que ese primer viaje a Asia, teniendo como contramaestre a Buelvas, fue una verdadera odisea, pues el hombre, debido a su reciente matrimonio y a su delirante amor por su esposa, era más el tiempo que dedicaba a evocarla y a escribirle cartas de amor que nunca enviaba, que el que destinaba a sus labores de navegación. Por consiguiente, yo tenía que asumir muchas de sus obligaciones, sobre todo en las horas en las que mi capitán Contreras se ausentaba del puente. Claro que debo reconocer que esta situación me favoreció enormemente, puesto que, por un lado incrementó mis posibilidades de aprendizaje y, además, aumentó la confianza que mi contramaestre depositara en mí y, también, me hizo ganar prestigio ante mi capitán.

Así las cosas, pasaron otros cinco años de mi vida. Cuando llegábamos al puerto de Cartagena, en donde pasaba las dos semanas de descanso entre cada viaje, acompañaba a mi vieja Celina, a quien quería como a una madre, lidiándole en ocasiones sus achaques, hasta que, una noche de luna llena, murió en mis brazos, reiterándome su amor. Para entonces, el viejo Ladislao llevaba más de tres años de muerto.

Entonces, me quedé solo y cuando el barco regresaba a puerto, ya ni ganas me daban de llegar a la casita del barrio Getsemaní, donde nací y me crié y a donde volvía después de cada viaje, trayéndoles regalos a mi vieja Celina y a la novia que para entonces tuviera.

El barco se convirtió en mi hogar. Tal vez por eso, en una ocasión, con motivo del quinto aniversario del matrimonio de mi contramaestre Buelvas, cuando él organizó una pequeña reunión en su casa, invitó solamente a unos pocos de la tripulación, incluidos mi capitán Contreras y yo.

En esa fiesta conocí a la esposa de Buelvas, una señora muy hermosa, de unos veinticinco años de edad -mi misma edad para entonces- con quien después trabaría una buena amistad. Esa noche, bailamos, bebimos, en fin, nos divertimos de una manera juiciosa y sana. Tal vez la presencia del capitán Contreras evitaba cualquier desaguisado.

Unos dos o tres meses después de la fiesta, cuando regresábamos de Formosa, el contramaestre enfermó. Parecía haber contraído una fiebre mala en algún prostíbulo de Hawái. El médico de a bordo lo puso en cuarentena, de tal suerte que, de acuerdo a los cálculos del facultativo, de las dos semanas de recalada en Cartagena, él debería pasar diez días a bordo.

Entonces, cuando ya habíamos pasado el castillo de San Fernando en Bocachica, Buelvas me mandó llamar.

-Muchacho, necesito pedirte un inmenso favor. Tú sabes donde vivo. Llévale a mi esposa este paquete que contiene dinero, una carta y algunos obsequios que le traje. Aunque en la carta le explico el porqué no puedo ir aún a casa, hazme el favor de contarle sobre mi estado de salud y, por favor, no le menciones por qué contraje estas fiebres.

-Señor, pierda cuidado que todo se hará como usted dice.

-Gracias, muchacho. No esperaba menos de ti.

            Así que, una vez atracó el barco y el capitán autorizó la franquicia, desembarqué, tomé un taxi que me llevara a mi casa. Allí me afeité, me bañé, me apliqué una buena loción y estrenando ropa nueva, cuando ya el sol se ocultaba me encaminé hacia el barrio San Diego, a la casa de la esposa de mi contramaestre Buelvas, dispuesto a cumplir su encargo.

            Llegué y golpee con el aldabón. Esperé un par de minutos, antes de que se abriera la puerta. Lo que nunca imaginé fue encontrarme con esa visión tan esplendorosa: la hermosa Jenny Castelar vestida con una faldita corta que medio le tapaba sus hermosas piernas y cubierta con una blusita que escasamente le cubría sus preciosos senos y una sonrisa que invitaba al éxtasis, me miraba medio divertida, tal vez, por mi cara de sorpresa.

            Cuando pude respirar, pedí disculpas por haber llegado sin anunciarme y quise devolverme, pero ella me detuvo con una frase, casi de indiferencia; pero que a mí me pareció un canto celestial:

-¿Tú no eres, acaso, el marinero protegido de mi esposo?

-Sí, señora. Marinero Víctor Fernández, para servirle a usted. Y llego así, de sorpresa porque le traigo un mensaje de su esposo. Según él me dijo, adentro hay una carta en donde le explica por qué no puede venir ahora.

-Pero bueno, muchacho, no te quedes ahí parado, sigue que hay una brisa helada y yo con esta ropa, me voy a enfermar.

-Sí, señora; perdone y gracias.

Tan pronto entré, ella cerró la puerta y me condujo a una salita muy coqueta, en donde de inmediato se notaba su delicado gusto femenino.

-Siéntate y dime qué quieres tomar. ¿Jugo, gaseosa, cerveza o algo más fuerte?

-Una cerveza bien helada está bien, señora. Gracias.

-Pero bueno, deja de decirme señora a cada rato. Ya me siento anciana de tantas veces que me has llamado así. Mi nombre es Jenny y hasta  creo que somos de la misma edad. Yo tengo veinticinco y. ¿tú?

-También, señora.

-Entonces, vamos a tutearnos y dejemos tanta ceremonia para otra ocasión. Te traigo la cerveza enseguida.

-Perdone, ¿no va a abrir el paquete que le manda su esposo?

-Ahora, después que cenemos, lo abro. Por qué, ¿tendrás hambre, verdad?

Y, sin esperar respuesta, continuó:

-De todas maneras, intuyo la razón de su enfermedad. Mientras tanto, cuéntame qué mentiras inventó esta vez sobre su malestar.

Brevemente le conté lo de la enfermedad de su esposo y las prescripciones que el médico de a bordo había indicado, incluyendo lo de la cuarentena. Ella escuchaba atentamente; sin embargo, yo notaba como poco a poco su rostro se encendía y por los ojos pareciera que iban a brotar chispas. Cuando terminé, se puso en pie y con los brazos en jarra, exclamó:

-¿Qué tal esa belleza de marido que tengo? Se va casi durante tres meses, para regresar y estar conmigo al menos un par de semanas, antes de volverse a perder y, con seguridad, por andar metiéndose en cuanto prostíbulo encuentra, viene y contrae quién sabe qué enfermedad contagiosa y cree que con dinero, carticas sonsas y unos regalos, ya arregló la situación. Pues se equivoca, porque ya no me lo aguanto más y si ni siquiera ha sido capaz de dejarme embarazada en más de cinco años de infeliz matrimonio.

            Yo, que también me había puesto de pie, no sabía qué hacer ante semejante declaración íntima sobre su hogar y, menos aún, esperaba la andanada de reproches que esa bella señora barbotaba contra su esposo, mi jefe inmediato. Hubo un momento en el que le dije que me iba, que me daba pena haber sido portavoz de tan triste mensaje y que lo que más me dolía era haberla indispuesto de esa manera. Pero ella seguía despachándose contra su marido.

Iba a decirle que se calmara; mas, sin embargo, su rostro encendido, sus llameantes ojos negros y su hermosa boca fruncida en un mohín de disgusto, hicieron que me quedara callado, casi alelado, pues en verdad yo nunca había visto en mi vida una mujer más hermosa.

La expresión de mi semblante y el éxtasis que mi corazón experimentaba en ese instante, hicieron que ella se callara, se acercara donde mí y, suavizando la voz y los gestos de su cara, me dijo:

-¿Qué te pasa? ¿Por qué me miras así, como si hubieras visto un fantasma?

-Perdone usted, señora, si soy demasiado sincero; pero me he quedado hechizado con su belleza. Ahora mismo quisiera ser un famoso pintor, para poder reproducir tanta hermosura o ser el más grande de los poetas, para describir con la más bella copla todo lo que su hermosa figura inspira en este momento.

-Víctor (así es que te llamas, ¿verdad?), ¿me creerás si te digo que nunca nadie en la vida me había dicho cosas tan tiernas en tan poco tiempo?

-Perdóneme por lo que le voy a decir, señora; no se vaya a ofender. La razón es muy sencilla: es porque nadie se había enamorado tan intensamente y de una forma tan súbita de usted, como acaba de ocurrirme a mí.

-No sabes el bien que me haces con tus palabras. Lamentablemente han llegado con muchos años de retraso. Si nos hubiéramos conocido hace seis o siete años, seguramente, seríamos los seres más felices del mundo.

            Luego de decir esto, se me acercó y me abrazó, no sin que antes yo alcanzara a ver como dos lágrimas surcaban su faz. Lágrimas que rodaron por su rostro, antes de depositarse en mi cuello, donde ella había dejado reposar una de sus encendidas mejillas.

Cuando mi cuerpo hambriento de amor sintió su tentadora cercanía, no resistí el deseo de besarla y, así, eché mi cabeza hacia atrás, para poder dejar libre su cara y, antes de que ella pudiera reaccionar, aprisioné su cuello con mi mano izquierda, mientras que con la derecha enlazaba su talle y, entonces, posé mis labios sedientos en su exquisita boca.

Al principio, sentí una pequeña muestra de rechazo; pero, pronto, abrió sus labios para recibir la caricia de los míos, que solamente querían devorar todas las ansias que toda ella exultaba.

Cuando terminamos de besarnos, se separó de mí y me dijo, un tanto airada:

-¿Por qué me hiciste hacer esto? A pesar de que ya no ame a mi marido, ese beso estaba prohibido para mí. La verdad es que nunca lo he amado como debe ser. Más aún, me casé con él casi que obligada por mi madre, viuda y enferma.

-Perdóname, le dije tuteándola por vez primera. -Pero no pude resistirme a tu belleza.

-Sí. Yo también me dejé arrastrar por tus lindas palabras y tu porte distinguido. Cuando nos conocimos, en la fiesta de Marcial, me gustaste; pero supe controlarme.

-A mí, también me gustaste desde el primer momento en que te vi.

-Todo eso es muy bonito, pero no es correcto.

-Sí, tienes razón.

            Entonces nos sentamos en el sofá y me contó su vida, desde niña, cuando vivían  sus padres, hasta entonces los años más felices de su vida. Después me habló de la muerte de su padre, la enfermedad de su madre y su muerte, su apresurado y casi obligado matrimonio para, al final, contarme que Marcial no era nada de lo que parecía ser y que, muchas de las veces que llegaba a casa, después de sus largos viajes, estaba enfermo, casi siempre con enfermedades venéreas; por eso, no habían tenido hijos, pues ella evitaba estar con él en la intimidad, por temor al contagio.

            A medida que ella hablaba, se me fue encogiendo el corazón al saber de su desgracia; pues, en verdad, desde la muerte de su padre y los siguientes requiebros de Marcial, solamente había sido desdichada y, como me confesó, se casó con él, por las súplicas que su madre enferma le hiciera, temerosa de dejarla sola y desprotegida en el mundo.

            Por eso, cuando vi que sus ojos se llenaban de lágrimas, la abracé y la reconforté con palmaditas en la espalda. Ella se dejó consentir, recostada en mi pecho. Quise besarla, pero la promesa hecha hacía un par de horas, me contuvo.

            Cuando dejó de hipar, le alcé la cara que reposaba en mi pecho y le di besos en los ojos, sorbiéndome sus lágrimas que me supieron a una mezcla de miel y acíbar; luego la besé en las mejillas y, por último, en la frente. Al ver que su tristeza cedía y viendo su mirada cargada de gratitud, le ofrecí mi desinteresada amistad y le pedí que, mientras estuviera en puerto, y Marcial en cuarentena, me permitiera visitarla.

-No; porque los vecinos te verían entrar y murmurarían.

-Pero yo puedo venir tarde en la noche y llegar a tu puerta cuando me asegure de que no hay alguien espiando.

-Y, ¿a qué vendrías a esas horas?

-Pues, a conversar contigo, a hacerte compañía, a conocernos para afianzar nuestra amistad, que puede llegar a ser muy bonita.

-Bueno, pero con la condición de que nunca más me vuelvas a hablar de amor y, mucho menos, pretendas besarme a la fuerza, como lo hiciste hace rato.

-Lo prometo.

-Está bien. Ahora vete, que ya está tarde, casi es medianoche. Te espero mañana, después de las diez de la noche.

            Cuando salí de casa de Jenny, me sentía el hombre más feliz del mundo. Me fui para mi casa, sintiendo que el corazón quería salírseme del pecho, pues era mucha la emoción que me embargaba al recordar el beso que nos dimos (porque ella había correspondido y yo estaba seguro de que lo había disfrutado, aunque su pundonor la hiciera protestar). Entonces sonreí y mi dicha aumentó. Porque, en verdad desde el día cuando la conocí, me enamoré de ella; por eso, mi acicalamiento para ir a llevarle el encargo de su marido; por eso, mi alelamiento cuando me abrió la puerta, ligerita de ropas; por eso, quedé como idiotizado cuando, al protestar contra Marcial, su rostro adquirió figura de diosa; por eso, la besé y, con ese beso, quise entregarle mi vida entera, aunque para mí, ahora, sólo era una quimera.

            Pensando en Jenny, en su hermosura y en el sabor a ambrosía que su preciosa boca exhalara al besarme (sabor que había dejado impregnado en todo mi ser), llegué a mi casa.

            Recordé que no había cenado (ya que la promesa de Jenny, se quedó en el aire); entonces preparé algo ligero que acompañé con una cerveza helada y, al rato, me acosté. Enseguida me dormí y soñé que Jenny y yo hacíamos el amor. Debió ser el último sueño, porque cuando sonó el despertador, aún sentía el disfrute de sus besos y de sus caricias.

            Luego de asearme, me fui para el barco. A las nueve, satisfechas las labores de contramaestre encargado, fui a la enfermería del barco, donde encontré a Marcial ansioso.

-¿Le entregaste el encargo a mi mujer?, fue el saludo con el que me recibió.

-Sí, señor.

-Y, ¿qué dijo?

-Se entristeció y me dio las gracias.

-Y, ¿no te hizo seguir?

-Sí, señor. Me brindó un jugo, me agradeció el favor y me despidió.

-Ah, bueno y, ella, ¿cómo está?

-Bien, señor; aunque la vi muy triste.

-Pobrecita mía.

-Permiso, señor, para retirarme, pues usted sabe que estoy a cargo.

-Bien muchacho, gracias.

-De nada, señor.

            Cuando salí de la enfermería, yo mismo me sorprendí de la tranquilidad con que le había mentido a mi contramaestre; pero era que yo no podía permitir que Marcial pudiera abrigar la más mínima sospecha de la amistad que había nacido entre Jenny y yo y, mucho menos aún, que yo la amara y no que no le era indiferente a ella.

            Ese día se me hizo eterno; no veía la hora de salir para esperar las diez de la noche e irme a visitar a mi amada. Porque así ella me hubiera exigido respeto (y yo estaba dispuesto a cumplirlo), yo no perdía las esperanzas de conquistarla y hacerla mía.

            Cuando llegó la hora, la ansiedad me devoraba. Parecía un quinceañero que va a visitar a su primera novia. De ahí que cruzara a toda prisa las calles entre Getsemaní y San Diego y, solamente cuando llegué a la esquina de su casa, me detuve para serenarme un poco y disminuir la impaciencia.

            Golpee con la aldaba y, a los pocos minutos, me abrió la puerta; antes de traspasar el umbral, miré a ambos lados de la calle, para asegurarme de la ausencia de curiosos.

            Estaba vestida de una manera decorosa, con una falda hasta las rodillas y una blusa que sólo le dejaba al descubierto sus hermosos brazos. No obstante su casi monacal vestuario, estaba bella, hermosa, esplendorosa. Nos dimos sendos besos en las mejillas como dos viejos amigos, nos sentamos en el sofá y nos contamos lo que cada uno había hecho durante el día. Le hablé de la ansiedad con la que esperé la llegada de las diez de la noche y me reprochó.

-Si no tratas de refrenar tus impulsos, tendrás que irte y no volver.

Me dijo seria, aunque noté (no sé si fruto de mi amor por ella) un dejo de tristeza en sus palabras y más aún en su mirada.

-Perdóname, pero es tan difícil olvidar ese beso que nos dimos anoche y, todavía más imposible, acallar mi amor.

-Pues te va a tocar hacerlo; porque la alternativa sería no volver a recibirte. Tienes que hacer todo el esfuerzo que sea necesario; no olvides que soy una mujer casada y, aunque no sea del todo feliz, eso no me autoriza para caer en el adulterio.

-Que fea palabra para denominar un amor tan grande como el que tú sabes que siento por ti.

-Fea y todo lo que quieras, pero así se llama esa situación irregular en la que cae una mujer casada, cuando se deja arrastrar por el amor de un hombre distinto a su esposo.

-Muy bonita la lección de moral; pero ésta, ¿no se le debe aplicar también a tu marido?

-Sí, pero el hecho de que el hombre sea infiel, no autoriza a su mujer para serlo.

-Me rindo; al fin y al cabo, estas cosas de la religión nunca han sido mi fuerte.

            Después de esta corta conversación, que yo sabía no tendría final (dadas las convicciones que ella esgrimía), resolví cambiar de tema y le conté mi conversación en la mañana, con Marcial. Ella se rió cuando le narré a su marido mi versión de la visita en la noche anterior y, cuando le mencioné lo de su tristeza por la enfermedad de él y su exclamación (“pobrecita mía”), estalló en una sonora carcajada.

-Ja, ja, ja. En verdad tú sí que eres recursivo para decir mentiras. Así será cuando dices que me amas.

-A ti, jamás te mentiría, aun cuando el decir la verdad significara perderte para siempre y no olvides que tú eres lo más importante en mi vida. Después del amor que le tuve a la vieja Celina, nunca había amado a  alguien más.

-Y, ¿quién es la vieja Celina? Si se puede saber.

-Claro que sí.

            Y, a continuación, le relaté mi vida, sin omitir ningún detalle; ni siquiera el ominoso desconocimiento sobre la identidad de mi padre. A medida que avanzaba en mi narración (la que le hice en forma cronológica, basando mis primeros años en lo que me contaba la vieja Celina), ella, al ver cómo había sido de triste mi infancia (salvo los cuidados de mi madre adoptiva), se enterneció y me abrazó. Al finalizar, cuando alzó el rostro y me miró, vi que estaba llorando. Su mirada, cargada de ternura, me conmovió y la estreché aún más entre mis brazos.

            Semanas después (y perdone, joven escritor que me adelante un instante en mi relato), estando a bordo parado en la cubierta, cuando íbamos rumbo al Japón, una noche mientras la luna rielaba en el Pacífico, recordé esa escena y juré que algún día, así ya fuéramos unos ancianos, Jenny sería mi mujer.

            Porque, en ese momento, cuando vi la tristeza reflejada en su rostro y la ternura que su mirada desbordaba por mí, supe que ella también me amaba. Sin embargo, por ese mismo amor, resolví no volver a cortejarla, entre tanto ella no lo permitiera.

            Las noches siguientes, mientras Marcial continuaba en cuarentena, seguí visitándola. Sin embargo, los encuentros se limitaban a conversar sobre nuestras vidas, los momentos de alegría, los de tristeza, los de angustia, los de esperanza, en fin todo aquello que hace que la vida sea lo que es, para que les podamos hacer los esguinces necesarios a los momentos difíciles y, de igual manera, podamos disfrutar los de solaz.

            Esas ocho noches, fueron para mí alma un tormento, al tener que ver a los ojos a mi adorada Jenny, evitando dejar traslucir todo el amor que se me salía por los poros.

            La noche anterior al día en que Marcial sería dado de alta y tendría permiso para no ir al barco hasta cuando fuéramos a zarpar, estuvimos, varias veces durante algunos instantes en silencio, mirándonos a los ojos, como si quisiéramos dejar grabada en la retina de cada uno, como con tinta indeleble, el rostro del otro.

            En un momento dado, cuando ya faltaba poco para que nos despidiéramos, el amor pudo más que toda norma, que toda talanquera moral y, como si hubiéramos estado de acuerdo, ambos prorrumpimos en un “te amo”, cargado de pasión y nos fundimos en un estrecho abrazo y nos besamos, buscando, en ese beso, dejar el ama enamorada de cada uno de nosotros. Ella se dejó llevar del amor que sentía por mí y correspondió a mi caricia mimosa con todo el fuego de su corazón que, yo estaba seguro, no había amado nunca a nadie. Por mi parte, la felicidad de saberme correspondido con igual intensidad, hacía que en ese beso (que, tal vez, sería el último), le quisiera entregar todo el amor que mi alma albergaba por ella.

            Estuvimos a punto de hacer el amor, pero en el último segundo, su moral la hizo reaccionar y, con tristeza, me dijo:

-Víctor, si ahora me entregara a ti, como lo deseo con toda el alma y sé que también es tu anhelo, nunca más podría mirarme a los ojos, sin sentir que he faltado a las lecciones de moral que mis padres me inculcaron desde niña. Por eso, vete, por favor; que si Dios así lo dispuso, algún día seré tuya para siempre.

            Con el corazón oprimido por el dolor y el alma a punto de desgarrarse, nos dimos  el último beso, menos ardiente que el anterior, pero no por eso, menos cargado de pasión y, sobre todo, de amor.

            Cuando a la mañana siguiente llegué al barco, Marcial ya hacía dos horas que había desembarcado. Si he de ser sincero, debo confesar que sentí rabia, celos, animadversión por Marcial. Olvidé que él había sido mi protector cuando murió el viejo Ladislao, desconocí todo lo que Marcial me había ayudado para alcanzar una posición de mando entre la tripulación. En ese momento, yo era el tercero a bordo, después del capitán y del contramaestre y, todo eso, en gran parte se lo debía a Marcial. Sin embargo, ese día él era mi rival, él era el obstáculo que se interponía entre Jenny y yo; por existir él, Jenny no podía ser mía. Entonces, desee que Marcial muriera. Con ese pensamiento, pude sobrellevar los tres días previos a la partida del barco.

            Cuando esa mañana, el contramaestre abordó el navío, primero sentí rabia porque aún vivía; pero después, cuando vi su cara de amargura y de resentimiento, me alegré;  porque la única causa posible a ese estado de ánimo, rayano con la depresión, solamente podía tener una causa y, esa no podría ser otra que el desprecio que Jenny debió manifestarle cuando lo vio y la frialdad con que debió tratarlo esos, para mí, eternos días.

            Con esos pensamientos de alegría, porque sabía que el desdén de Jenny, más que la enfermedad venérea de Marcial, tenía como origen su reciente amor por mí, me dediqué a las labores propias para la zarpada del barco.

            Mientras que no hubimos pasado el Canal de Panamá, Marcial estuvo reservado, cariacontecido, con un desánimo tal que, en varias ocasiones, me tocó auxiliarlo en sus labores de contramaestre. Por supuesto, toda esta situación por la que atravesaba el pobre hombre, era para mí, motivo de júbilo.

            Cuando atracamos en Buenaventura, me convidó a unas cervezas.

-Necesito confiarte algo, muchacho.

            Buscamos un bar cercano al puerto. Nos acomodamos en una mesa y pidió una botella de ron.

-Perdón, señor; pero pensé que íbamos a tomar cerveza.

-Tranquilo, muchacho. Sucede que tengo algo entre pecho y espalda y si no lo cuento, me va a explotar y, de pronto, hasta cometo una locura. Pero necesito ánimos para hacerlo y solamente unas buenas dosis de ron me darán fuerzas para ser totalmente sincero contigo.

            Ese extraño preámbulo me inquietó un poco y hasta alcancé a pensar: “será que  ¿Marcial sospecha algo?, o será que ¿Jenny  le contó todo?” Sin embargo, el hombre no decía nada. Sólo cuando hubimos consumido la quinta copa de ron, soltó la lengua.

-Voy a empezar por el principio. Así que, muchacho, ponme atención.

            Y, entonces, me contó todo lo que yo ya sabía: cómo conoció a Jenny, cómo se enamoró de ella y cómo logró hacerla su esposa. Para ese momento ya habíamos consumido la primera botella de ron. Entonces pidió la segunda. Tres tragos más, Marcial me hizo la terrible confesión, cuyo contenido yo conocía en parte:

-Muchacho, en estos casi seis años de matrimonio, sólo he estado con Jenny, en la intimidad, durante la luna de miel. El resto de las noches que he podido pasar con ella (que han sido pocas, por culpa de mi maldito trabajo), no hemos podido hacer el amor, por mis enfermedades venéreas. Ahora, ¿te das cuenta de mi desgracia? Amo a la mujer más adorable del mundo, por la que daría la vida si fuera preciso; pero no la puedo hacer feliz y, lo que es peor, ella no me ama; ella me desprecia, ella me esquiva, porque dice que yo no soy más que un viejo sifilítico, que se ha pasado la vida entre prostitutas. En esos tres días que estuve en mi casa, después de más de tres meses ausente, ni siquiera tuvo una palabra de cariño por mí. Más aún, creo que estuvo más despreciativa que nunca.

            Así como algunas palabras de la confesión de Marcial, sobre su casi ninguna intimidad con Jenny, me alegraron, otras me produjeron pesar. Sentí lástima por el pobre hombre, pues amaba a la mujer equivocada.

            Después vino lo peor, pues me confesó que sospechaba de la fidelidad de su mujer.

-Bah, digo mi mujer, pero no lo es; solamente es la mujer con la que me casé. La mujer de uno es la que se acuesta con uno porque quiere que así sea; hace el amor con uno porque lo ama a uno, porque es incapaz de rechazarlo. Pero cuando surge otro hombre en la vida de la mujer que uno ama, suceden todas esas cosas que te digo que Jenny hace conmigo.

-Señor, perdone que me inmiscuya en sus asuntos, pero como usted se ha sincerado conmigo, creo que espera una opinión de mi parte.

-Así es, muchacho, habla con confianza.

-Señor, usted dijo que lleva años sin hacer el amor con su esposa, porque su vida en lupanares lo ha enfermado y ella lo sabe y es razón suficiente para que lo rechace. Así que eso le quita peso a su sospecha sobre la fidelidad de ella.

-Vamos, muchacho y tú, ¿qué sabes de infidelidades?, si tú apenas te estás asomando a la vida y a todas sus infamias y desventuras.

-No crea, señor; no piense que por mi juventud no he sufrido. Yo también sé de desamores y, si la señora Jenny está aún con usted, es porque todavía lo ama.

            Pronunciar estas últimas palabras me causó desazón; porque yo sabía que Jenny ya no amaba a Marcial, me amaba a mí. Pero yo no podía poner en entredicho su honradez y arriesgar su seguridad y, conociendo lo violento que podía llegar a ser Marcial, debía a toda costa evitar cualquier suspicacia de su parte y, así, salvaguardar la integridad de mi amada. Por eso y para rehuir cualquier palabra inoportuna de mi parte, que pudiera llevar a mi rival a atar cabos, le dije que no bebiéramos más, que al día siguiente nos esperaban arduas tareas.

            Por fin logré convencerlo y, una vez consumimos la segunda botella, salimos del bar y nos fuimos directo para el Elcano. No obstante, en todos los días siguientes estuve atento de las actitudes de Marcial, evitando cualquier oportunidad de que me invitara a beber, pues no dejaba de temer la ocasión en que lograra sacarme alguna información sobre esos diez días en los que él estuvo en cuarentena, mientras que yo gozaba de libertad para moverme por la ciudad, máxime cuando él mismo me había pedido que visitara a su linda esposa.

            No obstante las dudas de Marcial sobre la fidelidad de Jenny, yo no dudaba ni un ápice de su honorabilidad; no sólo por la forma en que eludió que hiciéramos el amor, sino, y sobre todo, por los besos que nos dimos y las lágrimas que derramó cuando nos hicimos confidencias y, además, por su profesión de amor cuando nos despedimos,

            Es probable amigo escritor que, usted y también alguien que lea mi historia cuando usted la publique, consideren que yo era muy iluso al pensar de esa manera y, más aún,  meter las manos al fuego por una mujer a la que apenas conocía y a la que solamente había logrado robarle unos besos que, por muy ardientes que hubiesen sido, no representaban nada a la hora de probar la integridad de cualquier ser humano. Y ni siquiera las declaraciones de amor son pruebas fehacientes cuando se quiere demostrar la existencia de éste.

            Sin embargo, para mí, todo esto eran sobradas razones para no dudar de mi amada.

****

            Como quiera que ya se hubiera hecho tarde, hubiéramos consumido una botella de ron y al primo se le cerraban los ojos por el sueño, nos despedimos con el compromiso de continuar al día siguiente, sábado, desde temprano.

            Ya estábamos terminando el desayuno mi tía, mi primo, sus hijas y yo, cuando sonó el timbre de la puerta. Una de las primas se levantó a abrirle al viejo lobo de mar, Víctor Fernández.

-Amigo escritor, hoy vamos a empezar más temprano, para ver si terminamos hoy mismo. Quiero que conozca a mi esposa y a mis hijos; ella dice que cuando terminemos sale; antes no. Y, yo, sólo vivo para complacerla.

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            Cuando regresamos del viaje al Japón, durante el cual, milagrosamente Marcial no visitó ningún burdel, se desató la hecatombe. Al día siguiente del desembarco, el contramaestre llegó, casi a mediodía como una tromba y en plena cubierta me encuelló.

-Maldito, tú eres el culpable de que mi esposa me desprecie. Todo el cuento de que no se acostaba conmigo desde hacía años, lo inventé para ver si caías en la trampa. Porque desde el maldito día en que te pedí que le llevaras un encargo, ella se enamoró de ti. Así que confiésalo infeliz o, si no, te pego un tiro. Ella ya me dijo la verdad.

            Yo, cuando le vi esgrimir la pistola, amartillarla y apuntarme con ella, me asusté. No obstante, recordando lo que Jenny me contara sobre su desgraciado matrimonio, y creyéndole a ella y no a él, pensé, “si le digo que sí, que Jenny y yo nos amamos (así no haya pasado nada entre los dos), de todas maneras me mata y después va y la mata a ella. Pero si le juro que no es así, al menos puedo salvar la vida de ambos.” Por eso, le juré que nada de lo que creía podía ser cierto. Que todo podían ser solas coincidencias.

-No, maldito. Anoche, en vista de que, a pesar de jurarle que me había abstenido de todo lupanar, se negó a que hiciéramos el amor, cuando le hablé de mis sospechas sobre su fidelidad, me dijo que no la molestara, porque yo sabía muy bien que ella no me amaba, pero que ese desamor no la llevaría a la infidelidad. Entonces, esta mañana madrugué sabiendo dónde debía averiguar, porque la vecina de enfrente, desde siempre, ha recibido pagos míos por espiar a esa zorra. Sin yo preguntarle, me contó que un miserable al que describió como a ti, todas las noches de mi cuarentena, la visitó desde las diez hasta pasada la medianoche. Tiempo suficiente como para que se revolcaran en la cama, mi cama.

-Señor, le juro. Usted está equivocado. Sí, yo visité a su esposa, pero jamás hicimos algo indebido. Solamente conversábamos, yo le contaba de mi vida y ella de la suya; pero nada más. Primero, ella es una dama a carta cabal y, segundo, es su esposa. Más aún, dentro de lo que ella me contó de su vida, nunca mencionó su vida íntima. Era apenas natural, ella es una señora que se hace respetar.

            El hombre me soltó del cuello, guardó la pistola, rezongó y, al ver a algunos marineros que se hacían los sonsos, pero no perdían detalle de la escena, les gritó:

-¿Qué pasó, imbéciles? A trabajar, que para eso se les paga. Esto no es de su incumbencia y al que encuentre murmurando sobre este incidente o haciéndose el marica, le parto la cara y lo hago despedir. ¡Fuera, manada de holgazanes!

            En seguida me miró y me dijo:

-¿Me juras por la vieja Celina que lo que me has dicho es la verdad?

            Haciendo de tripas, corazón y con algo de remordimiento con la memoria de mi querida vieja Celina y, todo por salvar la honra de Jenny, su vida y mi propio pellejo, juré en falso.

-Sí, señor, le juro; esa es la pura verdad.

-Porque te conozco desde cuando eras un miserable pillo como de diez años y porque de alguna manera he ayudado a criarte, te creo y porque, a pesar de que Jenny no me quiera, tú tienes razón, ella es una dama. La zorra es la bellaca vecina de enfrente.

            Salvado ese incidente, busqué la forma de contarle a Jenny todo lo ocurrido esa mañana. Así que le escribí una carta y le pagué a un recadero del muelle, en quien podía confiar, para que la llevara a la dirección que aparecía en el sobre y la tirara por debajo de la puerta.

            Como a los tres días, recibí respuesta de mi adorada. En su cariñosa esquela, que me dejó en la ayudantía del puerto, me decía que me amaba, que ya no podía esperar más, que Marcial hasta la había amenazado con la pistola esa noche cuando ella se negó una vez más a hacer el amor con él. Agregó que pensaba vender la casa que le dejaran sus padres a la familia a la que se la tenía arrendada, que estaba interesada en comprarla; así que cerraría negocio con ellos, de tal manera que cuando el barco regresara del próximo viaje, ella ya se hubiera mudado de casa.

Usando el mismo recadero de antes, le respondí, reiterándole mi amor y mis deseos de que viviéramos juntos. Que cuando supiera del arribo del buque, me diera su nueva dirección. También le dije que, por precaución, yo conservaría unos meses más la casa de Getsemaní, pero que después la vendería y así podría montar un negocio y dejar la vida de altamar y que, mientras cristalizábamos nuestro anhelo de vivir juntos, yo la visitaría cuando el barco atracara en Cartagena y podríamos vivir como marido y mujer. Por último, le recomendaba que debiéramos guardar mucho sigilo, porque Marcial o su espía, podrían sospechar y así malograr nuestros planes.

Al día siguiente, cuando vi la señal convenida con el auxiliar del ayudante del puerto, bajé a tierra y recogí la carta de mi Jenny, en donde me decía cuánto ansiaba nuestra vida en común y que haríamos las cosas así como yo le indicaba. Remataba su misiva, enviándome besos y que esperara noticias cuando se hubiera trasladado a su nueva casa, “nuestra casa”, decía.

El navío zarpó rumbo a Filipinas, lo que significaba un viaje de tres meses. Yo me alegré, porque eso le daba más tiempo a Jenny para vender la casa y mudarse. La travesía fue igual a cualquiera otra, salvo que ya no me confiaba demasiado en Marcial; por lo mismo traté de eludir la bajada en algunos puertos. En aquellos que eran pequeños y, por consiguiente, tenían pocos sitios dónde ir, hacía que mi capitán (que ya estaba enterado del incidente en cubierta con el contramaestre) me asignara alguna tarea que me ocupara a bordo y así evitaba cualquier invitación de Marcial a beber. Cuando era un puerto grande y Marcial invitaba, salíamos juntos varios de la tripulación.

El Elcano atracó en Cartagena a los ochentisiete días de haber partido. Ese día hubo franquicia y yo me dirigí, como tantas veces, a mi casa de Getsemaní; no sin antes, recoger el mensaje que, yo sabía, me había dejado mi amada. Tan pronto estuve solo en mi casa, lo leí ávidamente; me decía que me amaba, que me esperaba ansiosa y, por último, me daba su dirección en Turbaco. Ya me había duchado y vestido, presto a salir, en busca de mi felicidad, cuando sentí que aporreaban el portón del zaguán.

-¡Ya voy!

Grité cuando oí nuevamente los porrazos en la entrada. Apenas había corrido el cerrojo, cuando de un empellón Marcial empujó la puerta y entró con la pistola en la mano derecha.

-¿Dónde está? Quiero verle la cara a esa perra que se fugó de la casa. La vecina me contó que a las dos semanas de haber zarpado, llego un camión y se llevó lo que le pertenecía. Lamentablemente no pudo seguir al camión, pero yo sospecho que está aquí y, si no está aquí, tú sabes dónde está, porque tú eres su maldito confidente,

-Señor, le juro que no sé dónde está la señora Jenny.

-No me jures nada, alcahueta de mierda. Además qué señora ni que ocho cuartos, una verdadera señora no abandona a su marido. Sobre todo escapándose como una ladrona, furtivamente.

            No sabiendo qué decirle, me callé.

-Habla, maldito. Porque, si no, te mato.

-Tendrá que matarme, señor. Porque en verdad, le repito, no sé dónde está la señora Jenny.

-Y dale con lo de señora. Pero, bueno, si para ti sigue siendo una señora, allá tú. A mí, lo único que me interesa es encontrarla, para pegarle un tiro a ella y otro al miserable que me la robó. Así, que desembucha.

-Pues, en verdad no sé que irá a hacer, señor; pero yo sé tanto como usted.

-Ya veremos, maldito traidor.

            Marcial guardó el arma, me empujó contra la pared, dio media vuelta y se fue. En vista del cariz que había tomado el asunto, resolví no ir esa noche donde Jenny, presumiendo que Marcial estaría espiándome y me seguiría y todos los planes con mi amada se irían al traste y, lo peor, su integridad correría peligro. Por eso decidí ir al bar de la esquina y quedarme allí un par de horas, antes de recogerme.

            En efecto, al salir de mi casa de inmediato vi el taxi en la otra esquina. Sabiendo quién lo ocupaba, me hice el desentendido y me dirigía al bar. Al instante, entró Marcial mirando a todas parte, buscándome, hasta que me vio. Cuando se acercó, lo increpé:

-Oiga, Marcial, ¿usted me está siguiendo?

-¿Cómo así que Marcial? Para ti, muchacho, yo soy señor.

-Ni muchacho, ni señor; eso en el barco; aquí, afuera, usted es Marcial y yo soy Víctor;  pero no contestó mi pregunta, ¿me está siguiendo?

-Ah, conque esas tenemos. El muchacho ya se cree el gran hombre y abusa de la confianza de su superior.

-Le repito, usted es mi jefe a bordo; en tierra, somos iguales. Pero no se haga el pendejo y contésteme, ¿me está siguiendo? Pero, ¿sabe qué? Haga lo que le dé la gana.

            Parándome de la mesa, pedí que ya no me trajeran la cerveza que había solicitado y salí. Caminé hasta el Camellón de los Mártires, para obligarlo a seguirme a pie y, cuando lo vi aparecer en la esquina del antiguo convento, me subí al taxi que acababa de parar y me dirigí al sector amurallado.

            Allí, busqué un bar discreto y me tomé unas tres o cuatro cervezas. Luego me devolví para mi casa, después de tomar una decisión definitiva, para quitarme de encima la vigilancia de Marcial y sacarlo, de una vez por todas, de la vida de Jenny y de la mía.

            Al día siguiente madrugué y me dirigí al barco, a sabiendas de que encontraría al capitán y así fue. Llegué a su oficina, toqué, entorné la puerta, asomé la cabeza y pedí permiso para entrar.

-Siga, Fernández. Y, eso, ¿por qué madrugó? Cuénteme en qué lo puedo ayudar.

-Gracias, mi capitán. Debo poner en su conocimiento una situación que, de embarazosa, se ha convertido en fastidiosa y, ahora, hasta peligrosa se ha vuelto.

            A continuación, narré al capitán las amenazas de Marcial, la escena de la noche inmediatamente anterior, el acoso y el espionaje al que me tenía sometido. Todo, sin mencionar en ningún momento, mi amor por Jenny y el de ella por mí. Por último, le pedí permiso para solicitar mi desembarque del Elcano.

-Me enteré del incidente ocurrido al regreso del Japón y me aterra lo que me ha contado sobre lo sucedido anoche. En verdad, Marcial es buen marinero, sabe su oficio, pero es camorrista. Y si cada vez que atraque el barco en Cartagena, lo va a amenazar, entonces lo mejor es que ponga tierra de por medio entre usted y él. Por eso, le voy a autorizar el trámite del retiro, pero usted, ¿qué va a hacer? ¿A qué se va a dedicar?

-No sé, mi capitán. Por lo pronto, una vez esté definitivamente en tierra, buscaré una habitación, lejos de Cartagena, donde vivir. Así, me quitaré de encima ese molesto acecho de Marcial. Cuando el barco vuelva a zarpar, venderé mi casa de Getsemaní y compraré en otra parte. Luego buscaré destino en otro navío o simplemente montaré algún negocio que me permita vivir holgadamente.

-Bien, tenga el formulario de retiro, llénelo, se lo firmo y va a las oficinas de la naviera, para que le liquiden sus últimas mesadas y sus prestaciones sociales.

-Mi capitán, muchas gracias por su comprensión y por su ayuda.

El capitán Contreras se levantó de su silla cuando me hubo dado la hoja de retiro, rodeó el escritorio, se acercó donde mí y me abrazó, mientras me decía:

-Fernández, no sabe cuándo lamento su decisión, pero la acepto en pro de su seguridad. Afortunadamente, esa pobre muchacha ya logró escapar. Si alguna vez la ve, dele mis cordiales saludos. Tome, esta es mi tarjeta personal; allí están la dirección de mi casa aquí en Cartagena y el número telefónico; si alguna vez necesita ayuda, no dude en llamarme. Muchos éxitos en su vida futura. Ah, me olvidaba de recomendarle que no se despida de la tripulación, pues eso le ayudaría a Marcial a acortar la ventaja que, ahora  mismo, usted le está sacando.

-Capitán, siempre lo recordaré con cariño y gratitud.

            Una vez llené el formulario de retiro y el capitán lo firmó, fui a mi camarote y saqué mis pertenencias. Bajé al muelle y pedí un taxi que me llevara a La Matuna, donde están las oficinas de la naviera.

Al momento de salir en el taxi de las instalaciones del muelle, alcancé a divisar a Marcial que llegaba en otro vehículo público. Por precaución, me agaché para que no pudiera divisarme.

Una hora después, salía de las oficinas con un cheque de gran valor entre el bolsillo. Fui al banco, lo deposité y saqué algo de efectivo. Luego fui a mi casa y preparé una maleta con ropa para dos semanas, pensando en no volver hasta el próximo viaje del navío. Después, en un taxi, me dirigí a Turbaco, tomando las precauciones debidas para evitar cualquier celada de Marcial.

Hice parar el carro público una cuadra antes de la dirección que Jenny me diera, pues quería darle la sorpresa. Cuando, caminando, llegué, encontré que la nomenclatura correspondía a una tienda. Me acerqué al mostrador y, fingiendo la voz, dije:

-Buenos días, ¿aquí hay bombones?

-Un momento, ya voy, pero aquí no hay bombones. ¿Qué más se le ofrece?

-Y ese precioso bombón que sale, ¿qué significa?, dije sin disimular la voz.

-¡Mi cielo, eres tú! Corazón mío, al fin llegaste.

            Y dándole la vuelta al mostrador, salió, se lanzó en mis brazos y me cubrió de besos en la cara y en el cuello. Cuando llegó a la boca, ésta la esperaba ansiosa y, allí, en ese beso, recuperamos los meses perdidos por la necesaria ausencia.

            La puse al tanto de las novedades, sin omitir detalles; pues una de las consignas que habíamos establecido en nuestra relación, desde el primer día en que juramos amarnos hasta la muerte, fue la de no mentirnos nunca, sin importar las consecuencias que acarreara la verdad.

            Cuando le conté de las amenazas de Marcial y, cómo me había apuntado otra vez con la pistola, me volvió a besar.

            Ella, a su vez, me contó lo de la venta de su casa, la compra de la de Turbaco, la adecuación de la tienda y, cómo, cada mañana se despertaba esperanzada en que fuera el último día de nuestra separación.

            A continuación, nos dedicamos a planear nuestra vida en común. Decidimos que la casa de Getsemaní no la venderíamos, sino que la arrendaríamos, para tener otra fuente de ingresos y, que  con el producto de mi liquidación, abasteceríamos mejor la tienda; dejando, de todas maneras, un saldo para eventualidades.

            Cuando, a las dos semanas de mi retiro, llamé al capitán, me confirmó que en dos días el Elcano zarparía para Hawái, en una travesía de más de tres meses. Eso me permitió ir a Cartagena, desocupar mi casa, arreglarla e inscribirla en una agencia de arrendamientos. El cheque mensual me lo depositarían en mi cuenta bancaria. Así, nuestros viajes a Cartagena, quedarían restringidos a lo estrictamente indispensable.

             A los tres meses de estar haciendo vida marital, Jenny me dio la feliz sorpresa de su embarazo. Si antes la mimaba, ahora sí que era verdad que la ternura se desaforó en mí. Sólo faltaba que no la dejara caminar y siempre la llevara en brazos. Para mí, ella era la fuente de mi felicidad, el cumplimiento de un sueño que, un año antes, me parecía imposible, punto menos que una quimera irrealizable.

            Haciendo otro paréntesis, apreciado escritor, le cuento que, en los veinticinco años que llevamos juntos, jamás, óigame bien, jamás le he dado un disgusto; jamás he dejado de consentirla, de amarla, de adorarla y, de ella, sólo puedo decirle que es el modelo de esposa que todo hombre desearía: cariñosa, atenta, detallista, en fin, no hay deseo que no me satisfaga.

            Pero sigamos con la historia. El embarazo siguió su curso normal y, a los nueve meses, nació Víctor Fernández Castelar. Quien hoy en día, a sus veinticuatro años cumplidos, acaba de terminar su carrera de ingeniero químico y trabaja con una empresa petrolera en Mamonal. Tiene una novia linda (no tan preciosa como la madre de él) con quien, seguramente, se casará en unos años más.

            A los dos años de nacido Víctor, mi hermosa Jenny volvió a quedar embarazada. Esta vez, Dios nos aumentó el premio al darnos una hija. La pequeña Jenny, que ya es una mujer de veintidós años y está terminando su carrera de medicina.

            Sin embargo, no todo ha sido miel sobre hojuelas en estos veinticinco años de dicha. Pues, le cuento que, cuando llevábamos como siete años juntos, gozando de nuestro amor y de la felicidad que nos deparaba nuestro hogar, bendecido con la presencia de nuestros hermosos hijos, quiso el destino que un sábado (que por tercos, vinimos a Cartagena a hacer compras), cuando salíamos de un almacén listos para regresarnos para Turbaco, salió, no sabemos de dónde, Marcial armado de su ya sempiterna pistola, nos encañó y empezó a barbotar en su lenguaje de cloaca:

-Ah, entonces era verdad. La zorra se fugó con este miserable traidor, embustero, embaucador e hijueputa. Y estos deben ser sus bastardos. Así quería cogerlos, so malnacidos. Ahora mismo, se suben al furgón que está estacionado en frente de ustedes. Si no lo hacen, empiezo a disparar y mato de una a los dos bastardos. Así que andando, par de miserables traidores.

            Los niños, de cinco y tres años, no salían de su asombro y sólo atinaban a llorar, abrazados a las faldas de su madre.

            Yo, tratando de ganar tiempo y buscando apaciguar a esa fiera inmunda, le dije:

-Marcial, cálmese. Los niños son dos inocentes criaturas que no tienen ninguna culpa. Jenny también es inocente, pues yo la seduje, la acosé tanto y le mentí tanto sobre usted que, por fin, cayó en mis redes. Así que déjelos ir y lléveme a mí, que soy el único culpable.

-Socarrón de mierda, quieres embaucarme con tu palabrería, como aquella vez que me juraste que, entre esta zorra y tú, no había nada y sucede que, para entonces, ya eran amantes. Así que silencio. Tú, perra asquerosa, calla a esos mocosos o los callo yo de un balazo y, vamos, arriba del furgón que los espera con ansia, bellacos.

            En vista de que todavía no se podía hacer algo, subimos al furgón; sobre todo después de que Marcial me pegara con la punta de la pistola, haciéndome sangrar el pómulo izquierdo. Primero los niños, después Jenny y, de último yo, nos encaramamos al vehículo. Cuando todos estábamos arriba, Marcial cerró la puerta desde afuera e, instantes después, arrancó, sin saber nosotros donde nos llevaba.

            Después de dar vueltas por cerca de veinte minutos, el vehículo se detuvo, se abrió la puerta del chofer y oímos la voz de Marcial que llamaba a una tal Roquelina.

El portón del garaje debió abrirse, pues sentimos que el furgón entraba, se detenía y  Marcial bajaba para abrir la puerta trasera.

-Abajo todos. Y no intenten ninguna treta, porque esta pistola se dispara sola.

-Tranquilo, Marcial; que yo no voy a poner en peligro la vida de los seres que más amo.

-Más te vale, bellaco. Porque estoy dispuesto a jugarme el todo por el todo, pero, de que me vengo de su traición, no les quede la menor duda.

-Marcial, allí no hubo traición, todo fue producto de tu mala vida, llena de lupanares y vicio.

-Cállate, imbécil, no me des excusas para dispararte, así la venganza no le realice en el orden que deseo. Primero los mocosos, después tú y, por último esa zorra; porque antes de matarla, la voy a violar, para que sepa cómo sufrí esos malditos años en que estuvo casada conmigo. Y que se prepare, porque la violación tendrá todo el sadismo que aprendí en los prostíbulos de Tailandia, donde sí saben combinar el sexo y la tortura.

            Mientras ese infeliz vociferaba, yo miraba a mi amada Jenny que, en tanto lloraba, sólo atinaba a taparles los oídos a nuestros pequeños hijos. Entonces le apreté un hombro, como única forma de darle ánimos, de prodigarle esperanza.

            En esas se asomó la tal Roquelina y, al reconocer a Jenny, empezó a burlarse de ella:

-Pero si es la duquesa en persona, la princesa que nunca soportó la presencia de nosotras, sus vecinas pobres. Si desde chiquita, su puta madre y el imbécil de su padre, le prohibían jugar con nosotras. Ahora te tenemos en nuestras manos. Mi amor, dijo mirando a Marcial, alcancé a oír que la vas a violar y de qué manera. Yo no quiero perderme ese espectáculo. Pero te sugiero que no mates todavía al marinerito; déjalo que observe cómo te despachas con la zorra de su mujer.

-Tienes razón. Pero, primero vamos a atar a esta linda familia al palo de jobo del patio de atrás.

            Cuando estuvimos atados y con pocas esperanzas de sobrevivir a la barbarie de ese desquiciado, le pregunté a Jenny de dónde conocía a la tal Roquelina.

-Es la dueña de esta casa. Ella era la que me espiaba por orden de ese animal.

-Ah, con razón tanta sevicia y tanto odio. Ahora comprendo por qué trabajaba para Marcial.

            Las horas pasaban y el día ya declinaba. Con cada minuto se escapaba más y más la posibilidad de salir indemnes de la crueldad de ese chiflado.

            Lo que ignorábamos era que, mientras el demente nos secuestraba, una pareja había observado toda la escena. Según contaban después, al principio pensaron en el rodaje de una película, pero al no ver cámaras y observar cómo ese loco me pegó en la cara, no les quedó dudas sobre la condición delictiva del caso. Entonces anotaron las placas del furgón, se subieron a su carro y, a prudente distancia, lo siguieron. Cuando vieron dónde entraban, dieron aviso a la policía y la condujeron al lugar donde estábamos cautivos.

            Por eso, cuando oímos los golpes en la puerta principal y los gritos de “Policía nacional, ¡abran la puerta!”, sentimos un alivio. Sin embargo, el temor de que, en un último acto de insania y al saberse perdidos, cualquiera de esos dos locos, nos mataran, me entró el pánico. Sólo que Marcial, tratando de asumir su papel de hombre, salió a abrir la puerta, después de tirar la pistola en la alberca.

-¿Dónde están los cautivos?

-¿De qué cautivos me habla, oficial?

-De los que trajo en el furgón.

-Oficial está equivocado, aquí no hay nadie cautivo.

-No me entretenga más y déjeme seguir a inspeccionar la vivienda.

            En ese momento, Jenny gritó pidiendo auxilio y, Roquelina ya se le abalanzaba con un enorme chuchillo de cocina, para acallarla, cuando uno de los oficiales le disparó, matándola en el acto.

-Mi teniente, aquí en el patio están los secuestrados.

            Enseguida entraron tres miembros de la Policía, uno de ellos encañonando a Marcial que ya estaba esposado. El agente que le disparó a Roquelina ya nos estaba soltando, primero a los niños, luego a Jenny y después a mí.

-Gracias, señores oficiales por su oportuna intervención. Nos han salvado la vida. Este loco nos iba a matar.

-Mentira, oficial. Yo sólo los estaba asustando para que me pagaran una deuda vieja.

-No trate de engañar a la autoridad porque su cómplice, al verse perdida, quiso matar a la señora. Esa no parece la forma de asustar a alguien. Además, el juez será quien dictamine la gravedad del delito cometido, de cuya comisión tenemos testigos y a quienes les deben la vida, queridos amigos.

Remató el oficial dirigiéndose a nosotros, que nos encontrábamos abrazados reconfortándonos, como si todavía fuera mentira que hubiéramos escapado de las garras de ese criminal demente.

A Marcial lo juzgaron prontamente y el juez lo sentenció a veinte años de cárcel, por los delitos de secuestro e intento de homicidio. Como desde la captura lo habían enviado a la prisión de Ternera, allí continuó preso hasta cuando lo mataron de una cuchillada en una riña entre reclusos, cuando apenas llevaba dos años purgando su condena.

Habían pasado unos cuantos meses, desde la muerte de Marcial, cuando llegó a nuestra casa en Turbaco copia del edicto en donde emplazaban a Jenny a presentarse en un juzgado civil, “como única heredera (en razón de ser la esposa legítima) de las dos propiedades que el finado Marcial Buelvas poseía en el barrio San Diego de la ciudad de Cartagena.”

Jenny se sorprendió cuando leyó “dos propiedades”, si Marcial siempre le había hablado de una. Después, cuando supo que la segunda casa, era la que supuestamente había sido de Roquelina, quiso rechazar la heredad, en razón de que en la primera había sido desgraciada y, en la segunda, casi perdemos la vida, ella y los únicos seres que amaba.

Yo, terminé convenciéndola de que lo uno nada tenía que ver con lo otro. Al final, le di un argumento que la persuadió definitivamente:

-Recuerda que en la primera casa, nos besamos por primera vez y nos dimos cuenta de que nos amábamos y, allí, nacimos para nuestra vida futura. En la segunda, nuestras vidas fueron salvadas del martirio y, en esa casa, renacimos. Entonces, gracias a esas dos casas, hoy tenemos nuestro amor, que nunca morirá. Sólo se extinguirá el día en que ambos estemos sepultados bajo la losa fría.

Finalizado el proceso, inscribimos las dos casas en la misma agencia que administraba la de Getsemaní. Después de esto quisimos que nuestras cuatro casas figuraran, por partes iguales, a nombre de nuestros dos amados hijos.

-Ésta, donde vivimos, la compramos con el producto de la venta de la de Turbaco, pues desaparecido Marcial, se acabaron los motivos de incertidumbre en nuestras vidas y decidimos volver a la ciudad donde ambos nacimos, nos criamos, nos conocimos y nos besamos por vez primera.

-Ah, me olvidaba contarle que, al año de muerto Marcial, nos casamos por la Iglesia.

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            Hasta aquí, estimado escritor, llega la historia de este marinero que, el día que se enamoró, descubrió que esa mujer era el amor de su vida, y no se equivocó.

            Al llegar a este punto, apagué la grabadora de cinta y le di las gracias a Víctor. De inmediato, él respondió:

-No señor; aquí el que debe dar las gracias soy yo. Por varios motivos: uno, porque he podido contar la historia de mi amor a alguien que sé que la va a dar a conocer en otros ámbitos; dos, porque he logrado darle una dimensión a esa, que estoy seguro, es una bella historia de amor y, tres, porque en ella, le grito al mundo la magnitud de mi amor por Jenny.

-En verdad, don Víctor, el verdadero narrador ha sido usted. Yo me limitaré a trascribirla y entregársela al editor, que la pondrá en circulación y, así lograr el primero de sus objetivos. Los dos restantes, también son merito suyo.

-Bueno, no vamos a discutir por asuntos de semántica. Ahora que ya terminamos, es el momento de presentarle al amor de mis amores, a mi siempre idolatrada Jenny.

-Cuando se publique esta historia y su esposa la lea, lo va a querer más aún.

-Que así sea, si eso es posible, remató el ex marinero.

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            A continuación me invitó a ir hasta su casa, para presentarme a su esposa, de cuya belleza había hecho exaltadas ponderaciones. Mientras cruzamos la calle, me dijo sonriendo:

-Por favor, no se vaya a enamorar de mi esposa y, si eso ocurre, le ruego que lo disimule.

-Pierda cuidado, don Víctor, que yo sabré respetar.

-Es que mi amada Jenny., a pesar de tener ya cincuenta años, es tan bella como cuando tenía treinta.

-Tranquilo, que yo también estoy felizmente casado.

-Amigo escritor, todo este último diálogo entre usted y yo únicamente tuvo como objeto matar el tiempo. Olvide lo que acabamos de hablar. Ya llegamos. Ahora voy a tocar la puerta, pues aunque tengo llaves, no las uso; utilizo la aldaba que había en la casa de Marcial. Cuando compramos esta casa, yo mismo la trasladé, pues la noche que abracé y bese a mi amada Jenny por primera vez, esa aldaba me había abierto la puerta de la felicidad; entonces, cada vez que la uso, me acuerdo de esa feliz y definitiva noche de mi vida. Todos estos mismos pensamientos, Jenny los comparte conmigo y disfrutamos de las mismas evocaciones.

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            Víctor dio dos aldabonazos, contó hasta tres y dio un tercero; a los pocos instantes, abrió la puerta una mujer otoñal, hermosa como ninguna que yo hubiera visto antes. Sus ojos, su respingada nariz, sus labios carnosos, su aún esbelto talle, sus torneadas piernas (pues llevaba falda hasta unos pocos centímetros arriba de la rodilla), en fin, hasta el peinado que lucía, todo la hacía aparecer como una postal de película.

            Yo traté de disimular, tras un fingido ataque de tos, la sorpresa que significó conocer a Jenny. Víctor hizo las presentaciones y, eso, alivió un poco mi tensión; pues cuando ella extendió su diestra para saludarme, ya me había repuesto de la admiración que me causó ver tanta belleza en una mujer madura.

-Siga, joven; siéntase en su casa.

-Gracias, señora.

            Seguimos a la sala, nos sentamos y, solícita, Jenny me preguntó:

-¿Qué desea tomar, jugo, gaseosa, cerveza o algo más fuerte?

-Una cerveza bien helada está bien, señora. Gracias.

            Ella volteó a mirar a Víctor y se sonrieron. Al ver mi cara de asombro, ella aclaró:

-Ese fue el primer diálogo que sostuvimos Víctor y yo, cuando nos conocimos. Y yo le dije que dejara de decirme señora, que mi nombre era Jenny. Eso mismo le pido a usted.

-Como guste, Jenny.

            Conversamos un rato, después disfrutamos de un delicioso almuerzo y, en el entre tanto, llegaron los hijos de Víctor y Jenny. El joven era la misma figura del padre y la jovencita, la madre con la mitad de la vida de ésta.

            Cuando empezaba a oscurecer, me despedí, con la promesa de volver cuando tuviera la historia lista antes de entregarla a mi editor. Ellos querían revisarla, por si faltaba o sobraba algo. Me pareció justo y así se los aseguré.

-Nos avisa con tiempo, para prepararle una habitación e ir a esperarlo al aeropuerto.

-Gracias, Víctor y Jenny. Así se hará.

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            Ya tengo lista la narración impresa, con título, subtítulo, epígrafe, prólogo y epílogo. Ya les avisé a Víctor y a Jenny que mañana viajo a Cartagena con el borrador para que lo revisen. Es viernes a las diez de la noche. Estoy en mi apartamento, donde vivo solo, pues le mentí a Víctor cuando le dije que era casado.

            Mañana volveré a ver a Jenny y el nerviosismo me acosa, como si todavía tuviera dieciocho años y ella quince…

F I N