EN LA NOCHE DE BRUJAS
(Porque, de que las hay, las hay)
Nunca tientes a la suerte, pues no sabes qué esconde ella en su manga
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Enero del 2004
“A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa…”
Edgar Allan Poe
La noche había cerrado. En la mayoría de las viviendas de la pequeña ciudad, todos dormían. En la casa de Guillermo, un joven de apenas veinte años quien se encontraba reunido con sus primos y primas, había luces prendidas en la sala y en el pórtico. Era la víspera de Todos los Santos, llamada también la noche de las brujas. Al calor de unos vinos, los jóvenes adolescentes se narraban historias de muertos, aparecidos, fantasmas y trasgos.
Todos estaban impresionados, menos Lucía la prima recién llegada de Londres, quien se reía de cada una de los cuentos que sus primos referían y con los cuales lograban que las primas buscaran refugio en los brazos de ellos.
En un momento dado, le tocó nuevamente el turno a Guillermo y entonces él refirió con lujo de detalles el cuento de un aparecido que, portando la cabeza en la mano izquierda y una espada en la derecha, cabalgaba en un corcel negro, matando a quien se le atravesara en su camino.
-La leyenda, agregó Guillermo, también dice que después de matarla, el descabezado deposita el cadáver de su víctima en la casa de ésta.
Todos, menos Lucía, quedaron conmovidos con la historia. Antes de que sus primos y primas hubieran pasado el susto, Lucía soltó una sonora carcajada y les dijo:
– Definitivamente todos ustedes son un hatajo de miedosos y de ingenuos. ¿Cómo pueden creer y, lo que es peor, asustarse con una tontería de esas en plena mitad del siglo XX?
Guillermo, muy serio, le respondió que la historia del descabezado era cierta y que precisamente esa noche ocurriría cuando el reloj de la iglesia, próxima al cementerio, diera las doce campanadas.
La reunión continuó con otras narraciones del mismo cariz hasta que, poco a poco, se fue disolviendo. Al final, cuando ya eran las once y treinta, solamente quedaron Guillermo y Lucía en la sala, consumiendo las últimas copas de vino antes de ir a dormir.
La atracción entre ellos era recíproca. Más aún, desde antes de viajar Lucía a Londres dos años atrás, ya habían tenido su romance, que se truncó precisamente al viajar ella. Esa noche, el romance resurgió y al calor de los vinos los recuerdos se avivaron y muy pronto se entregaron a los abrazos, las caricias y los besos.
Luego de un rato, Guillermo le propuso a Lucía que fueran a su alcoba. Ella le preguntó, a su vez, que si él sería capaz de ir sin miedo al encuentro del descabezado. A lo cual él le dijo que cuál sería su recompensa si lo hacía.
-¿Qué es lo que más deseas en este momento?, preguntó Lucía.
-¡Hacerte mía!, fue la inmediata respuesta de Guillermo.
-Pues anda a la puerta del cementerio a las doce en punto y regresa y, cuando lo hayas hecho, te complaceré.
Guillermo miró su reloj de pulso y vio que ya iban a ser las doce y resuelto abrió la puerta y salió a la calle, no sin antes decirle a Lucía:
-Voy a cumplir mi parte del compromiso y a mi regreso espero que cumplas la tuya.
Ella, enviándole un beso con la punta de los dedos de la mano derecha, le guiñó un ojo en señal de aprobación.
Guillermo salió y Lucía entró a la alcoba que compartía con una de sus primas. Muy pronto, tal vez por efectos del vino quedó dormida, confiada en que al regresar Guillermo, éste vendría a buscarla para llevarla a su alcoba.
El nuevo día amaneció y los primeros rayos del sol, al filtrarse entre las cortinas de la ventana, despertaron a Lucía, quien de inmediato recordó la promesa hecha a Guillermo la noche anterior. Enseguida se sorprendió de que su enamorado no hubiera ido a despertarla al regresar pasada la medianoche, para poder cumplir su promesa de amor.
Rápidamente se aseó y fue al cuarto de Guillermo a buscarlo, para preguntarle por qué la había dejado esperando. Cuando Lucía abrió la puerta de la alcoba de su primo, la brisa que entraba por la ventana abierta de par en par le inundó el rostro.
De inmediato se rehízo y lanzó un grito de horror, para luego caer desmayada al piso, cuando vio junto a la cama, el cadáver de Guillermo bañado en un charco de sangre y, a un lado, su cabeza exánime.
FIN