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EN EL FONDO DEL ABISMO

(Allí, en estos momentos, se encuentra nuestra pobre patria)

 

VALLEDUPAR, COLOMBIA

 

Mayo del 2000

 

“El hombre es un lobo para el hombre.” Thomas Hobbes

 

Cómo si la corrupción administrativa, la impunidad, el narcotráfico, la desaparición forzada, el secuestro, la extorsión, el tráfico de influencias, el sicariato y tantas otras modalidades de delincuencia -cuya enumeración ya se ha vuelto reiterativa entre nosotros- no nos tuvieran suficientemente sumidos en la sima de la vergüenza, el crimen cometido hace dos días contra una señora en Chiquinquirá, ha terminado por enlodarnos más aún ante la opinión mundial y llevarnos, ante la misma, como un país habitado por la peor especie humana jamás imaginada, ni siquiera por los más grandes maestros de la ficción.

Somos actualmente peor que los cafres, como dijera una vez el Maestro Echandía; en verdad, somos peores que los caníbales.

Pues, no es sólo el hecho -de por sí reprobable- de segarle la vida a un ser humano, quien quiera que éste sea: hombre o mujer; niño, adulto o anciano; rico o pobre; analfabeta o culto; poderoso o menesteroso; de nuestros afectos o contrario a ellos.

Lo más execrable del caso es haber puesto en el potro de la tortura a una persona indefensa; porque eso fue lo que se hizo con esa pobre mujer: colocarle una bomba de tiempo al cuello y dejarla a la buena de Dios.

Porque hay crímenes de crímenes. Matar a una persona de un balazo, demuestra menos saña que mutilarla; un homicidio accidental es menos grave que uno premeditado; la violación a una mujer adulta es menos aborrecible que la cometida a una niña.

Por eso, dejar deambular a una persona con una bomba al cuello, la cual no puede desactivarse ni ser quitada, indica una insania y una perversión que van más allá de lo tolerable por una nación civilizada. Es probable que ni en la Uganda de Amín Dadá, se hubieran visto casos así.

Pero de todo esto, lo más triste fue la reacción de la mayoría de la gente: los actores del conflicto se precipitaron a acusarse mutuamente, para utilizar el hecho como una bandera política que les permitiera inculpar al adversario, con el fin de descalificarlo ante la opinión pública; los espectadores de dicho conflicto, como idiotas útiles, acusaron al bando contrario al de sus simpatías; otros, más ingenuos tal vez, adujeron la edad de la señora; otros más, su condición de ama de casa; los de más allá, su precaria condición económica, su bondad y su don de gentes; como si un crimen fuera menos abominable, debido a la condición de la víctima.

El espectáculo hipócrita, vivido en estos dos últimos días en nuestro país, me recuerda las palabras de Jesús a la pecadora, después de haberles pedido a sus acusadores que, quien estuviera libre de pecado, fuera el primero en apedrearla: “Mujer, ¿dónde están quienes te acusaban?” y los muy farsantes ya habían desaparecido.

Pero insisto, fue más grave aún, en este doloroso hecho, la utilización que se le dio al mismo: a la mayoría no le preocupó el crimen por sí mismo y lo sádico de las circunstancias y la aberración implícita en él y, mucho menos aún, la condición de víctima inerme de Doña Elvia. No. Todos ellos corrieron a buscar un culpable en las filas enemigas, a quien estigmatizar; un culpable que permitiera a cada facción decir que los buenos están de su lado y los malos del otro y, por tanto, en su bando está no sólo la bondad, sino también la razón. Mani, el profeta persa fundador del maniqueísmo, jamás imaginó que -en este país y en las postrimerías del siglo XX- pudieran encontrarse sus discípulos más aplicados.

Los verdaderos autores, quienesquiera hayan sido, deben estar en estos momentos riéndose de nuestra gente, al ver cómo es de maleable y de manejable el colombiano medio. Parecemos ser el pueblo más gregario del mundo.

Pero se estarán riendo, también, al saberse amparados por la impunidad; porque desgraciadamente, hoy día en Colombia, es menos importante hallar y castigar a los criminales, que encontrar a quien culpar de cualquier crimen que se cometa; quizás para decirle a la opinión pública que ya se ha hecho justicia o, tal vez con la intención de tender cortinas de humo que permitan tapar tanta podredumbre que nos rodea y nos asfixia.

Pues para nadie es un secreto que todos los días se descubren casos nuevos de corrupción en el Senado, la Cámara, las Asambleas, los Concejos, los Ministerios, los Institutos descentralizados, etc. Y como si todo esto fuera poco, ahora, la Corte Constitucional declara inexequible el Plan Nacional de Desarrollo, por supuestos vicios de trámite ante el Congreso y, por ese formalismo inocuo e imbécil, nuestras clases menos favorecidas social y económicamente, verán alejarse una vez más la posibilidad de acceder a las soluciones básicas a las que todo ser humano aspira y tiene derecho: salud, educación, vivienda y empleo.

Para terminar, voy a permitirme parafrasear nuevamente a Cristo: “Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?”