ELEGÍA DE LA VIDA
“Llevo crepúsculos en el alma, de ensoñadora placidez.” Guillermo Valencia
I
A veces en las tardes grises
mi alma solloza y se acongoja
y siento muy cerca, a un ángel que me dice
que ha llegado el momento, que recoja
los recuerdos que aún viven en mi mente,
de mi infancia hace ya tiempos ida;
pero que siento tan cerca y tan presente,
¡tanto!, que aún duele la herida
causada por la muerte de mi padre,
ese ser tan noble y bondadoso,
que amara tanto a mi santa madre
y que fuera tan buen padre y el mejor esposo.
Que al irse dejó en el hogar tan gran vacío,
un dolor tan grande y tan profundo,
como si del universo, todo el frío
hubiera dejado sin vida nuestro mundo.
Ese mundo: el solar paterno
en donde reinaban el amor y la tranquilidad,
en donde nunca, ni en los rigores del invierno,
dejó de acompañarnos la felicidad…
II
Y después de llorarlo año tras año,
cuando todavía su recuerdo era sufrido,
quiso el destino causarnos aún más daño
y se llevó a mi madre del sagrado nido.
En donde cada uno de sus hijos,
rivalizando por brindarle más cariño,
la habíamos rodeado de amor, en un cortijo
de ternura y solaz, como ama el niño:
sin mentiras ni doblez, sin mezquindad,
para ese ser que nos había dado la vida
y que nos rodeó con su amor y su bondad
y mitigó nuestro dolor, sanó la herida
que la vida por doquier abre en cualquiera,
pero que la madre, con singular esmero,
cuida y sana y mima, como si esa fuera
la única preocupación del mundo entero.
Porque eso es la madre: el amor hecho mujer,
el único ser capaz de dar todo sin pedir
a cambio nada y que sabe querer,
aunque en ello se consuma su existir.
Al morir mi madre, creí también morir;
vivir era sin duda el mayor tormento
que mi alma adolorida pudiera resistir,
faltándome quién me diera el primer aliento.
Y aunque han pasado muchos años, sin embargo
el dolor en mi alma persiste todavía
y en las grises tardes me sumo en un letargo
y te recuerdo, ¡oh padre!, y te recuerdo, ¡madre mía!
III
Mas el Señor, en Su bondad eterna,
te puso en mi camino, esposa amada
y cual ángel guardián, a la poterna
de mi alma llegó tu alma enamorada.
Y has sido desde entonces, amada compañera,
la luz de mi vida, la que mi amor provoca;
a quien amo aún como la vez primera
en que mis labios se posaron en tu boca…
IV
Y saboreé las mieles de tus besos
y me diste unos hijos: que ahora, de la vida en el otoño,
han sido para nosotros los cerezos
que florecen y nos van dando retoño:
los nietos; esos seres que mimas sin recelos,
que amas sin ninguna responsabilidad,
que asemejan un pedacito de los cielos
cuando el sol se decide a despertar…
V
Si Dios escuchara mis anhelos
y me dejara un deseo muy íntimo expresar,
le pediría que allá en lo profundo de los cielos,
nos permitiera a todos volvernos a encontrar…
Valledupar, 13 de noviembre de 1998