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EL SALVAJE OESTE ENTRE NOSOTROS

(Ley de la selva, ley del codicioso)

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Noviembre del 2000

 

“Cuando los ricos se arman, son los pobres los que mueren.” Jean Paul Sartre

 

Cuenta la historia -y el cine la recrea y nos distrae con su narración- que hubo una época en la historia de los Estados Unidos, en la cual el vivir se había tornado azaroso para los habitantes de la región, entonces  inhóspita, situada al occidente de ese extenso país. Era, como ellos mismos la han llamado, una región salvaje; pero no en razón de estar habitada por los descendientes de los aborígenes, sino porque allí  imperaba la ley del más fuerte.

Y la fortaleza la daban las armas y el dinero; más aún, cuanto más dinero poseyera un individuo, más armas podría tener y cuantas más armas tuviera, más tierras podría poseer, para dedicarlas a la ganadería extensiva o a las grandes plantaciones agroindustriales y así, con unas u otras, aumentaban su fortuna y su poder en la comarca.

Por consiguiente, la mayoría de los habitantes de esa salvaje región procuraba andar armada. Como consecuencia natural, la mayor causa de mortalidad allí era el asesinato; cometido con razón o sin ella; en defensa propia o por arbitrariedad; por protegerse del atrabiliario o por iniquidad; para evitar el robo o el atropello o para cometerlos. Y quienes tenían poca tierra, vale decir poco poder, poco dinero, pocas armas, quedaban supeditados al poderoso latifundista y, tarde que temprano, terminaban por vender o entregarle a éste sus escasas tierras; so pena de caer acribillados por las balas de los mercenarios al servicio del poderoso dueño de extensos territorios (allí, también, se utilizó la figura de los ejércitos privados).

¿Cuándo cesó esa masacre continua y salvaje? Cuando los poderosos cedieron un poco en su afán de riquezas y disminuyó el ansia por la posesión indiscriminada de las armas. Cuando la civilización permitió que la ley y el bien común prevalecieran por encima de los apetitos individuales y las autoridades decidieron  tomar cartas  en el asunto.

Claro está que aún quedan vestigios de ese salvaje oeste en algunas regiones de Norteamérica; porque allá no existe total prohibición al porte indiscriminado de armas; basta tener el dinero necesario, para que en cualquier armería se pueda comprar todo un arsenal. Por esa razón, tanta violencia y tanta depredación subsisten aún en ese país. Sin embargo, en Colombia armarse no es fácil; primero el producto interno bruto es muy bajo y, por consiguiente, la mayoría del pueblo es pobre; peor todavía, hay más de doce millones de colombianos que viven en la más absoluta miseria; es decir, que si no tienen para comprar un pan, mucho menos podrán tener para comprar un arma. Además, nuestra acentuada conciencia cristiana impide que a muchos, así tengamos con qué, nos apetezca armarnos.

El ideal sería que, en Colombia, solamente militares y policías -mientras estén de servicio- porten armas. El resto de la población debería permanecer desarmada, que no inerme; pues las Fuerzas Militares y de Policía velarían por su seguridad, la de todos; no sólo (como ahora) por la de los poderosos, es decir los adinerados. Entonces, el porte de armas por parte de la población civil o por parte de militares y policías, fuera de servicio, en esta situación ideal, sería un delito fuertemente castigado por la ley.

Sin embargo, hay tantos violentos en nuestro país; yo diría que muchos, demasiados y, cuando una persona se violenta y está armada, fácilmente se convierte en asesina.

Entonces, me pregunto: ¿cómo un individuo en quien se suponen dotes suficientes como para discurrir sabiamente, que ocupa un cargo de dirección en la sociedad y en la conducción del país, como que es el presidente del Consejo Gremial Colombiano y, además, presidente de la Federación Nacional de Ganaderos, pueda incitar al común de la gente a armarse? Y ¿cómo otros, que debieran hacer llamados a la cordura, en razón de su nivel socioeconómico y por consiguiente académico (estamos en Colombia), puedan corear y vitorear esa insensata y criminal convocatoria?

Si con los delincuentes comunes, los asesinos a sueldo, los paramilitares, los guerrilleros y cada loco asesino potencial que subyace en todo individuo armado per se o a bordo de lujosos vehículos que pasan raudos por las calles de nuestras ciudades, tenemos tanta violencia y tantas muertes, ¿qué pasaría en una Colombia armada en  un 70% de su población? (pensando en que a quienes viven en la pobreza absoluta o en la miseria,  no les es fácil armarse).

La visión es apocalíptica; terminaríamos por matarnos los unos a los otros; entre vecinos, entre transeúntes, entre parejas, entre hermanos…

El ambicioso armado se convertiría en una máquina mortal. Al latifundista se le aumentarían las posibilidades de apropiarse de los minifundios de sus vecinos; quienes, por estar menos armados, quedarían a merced de aquél. Cualquier discusión se dirimiría a bala. Se volvería cómodo -y además legal- deshacerse de los enemigos, de los estorbos, de los indeseables; en fin de todo aquel que produjera ofensa o significara rémora. Sería tanto como instaurar la pena de muerte y dejar su ejecución en manos de la población; obviamente de aquella que tuviera más armamento.

¡No!, señor Jorge Visbal Martelo; ese no es el camino. Su proposición es tan desatinada como si pretendiéramos quitarnos un dolor de cabeza, cercenándola o como, si la primera vez que doliera una  muela, hubiera que extraerla. Sabemos que su poder es inmenso; al fin y al cabo, usted preside el club más poderoso y exclusivo del país y preside, además, la asociación de quienes poseen la tierra, es decir, el poder en Colombia. Pero no pretenda presidir nuestras conciencias. No nos lance a una barbarie insensata y criminal.

No es matando al enfermo como se cura la enfermedad, ni eliminando al pobre  se erradica la pobreza, ni escondiendo al menesteroso, se acaba con la indigencia. Además, ya va siendo hora de que nos pongamos la mano en el corazón y con total sinceridad y valentía nos respondamos estas inquietantes preguntas:

– ¿Solamente asesina quien mata a otro? ¿No lo hace también quien explota al necesitado?

– ¿Sólo es criminal quien roba o comete contrabando o evade impuestos? ¿No lo es también quien desfalca al Erario?

– ¿Quién es más reo de culpa: el que denuncia la desigualdad social en nuestro país o el que coarta las posibilidades de desarrollo a los individuos y los sume en la ignorancia, la insalubridad y la ignominia?

Para evitar suspicacias, aclaro que no soy guerrillero, ni contrabandista, ni evasor de impuestos, ni jamás he explotado a alguien. Solamente soy un ciudadano honorable, cumplidor de sus deberes individuales y colectivos, dedicado a la Academia, durante treinta años, aproximadamente; es decir, hasta ahora, casi la mitad de mi vida.

Una última observación sobre un hecho preocupante, relacionado con todo lo anterior: supongo que por el tipo de evento, la mayoría de los asistentes al acto presidido por el Sr. Visbal estaría compuesta por latifundistas o por empresarios, a quienes vimos escuchar muy atentos y observamos como aplaudían casi con delirio sus planteamientos.

Pues bien, al final tuvieron un gesto que al observar las imágenes en televisión, era para aterrarse; me hicieron recordar a las hordas de Hitler: todos a una, con el brazo derecho levantado bien en alto y el puño cerrado dirigido hacia el orador, vitoreándolo como símbolo de solidaridad y aprobación a sus planteamientos insensatos; como si quisieran cerrar filas en torno a la macabra consigna de armarnos todos para acabar con el enemigo. ¿O será que estoy equivocado y la idea es la de armarse solamente entre ellos?

Post scriptum: El sábado pasado en horas de la noche, en una calle céntrica de Valledupar, un individuo prevalido del revólver que portaba, por una simple discusión cegó la vida a un joven que había intervenido para evitar la contienda a golpes que ya se avecinaba entre el asesino y otro contertulio. Es probable -por no decir lo más seguro- que la riña no habría pasado de unos cuantos golpes o, quizás, de unas cuantas palabras airadas, si el irresponsable asesino hubiera estado desarmado.

            Pero no; el sentir del poder que le daba el saberse armado y, por tanto, con capacidad de humillar al fortuito adversario, pudo más que la capacidad de razonar y,  enceguecido, su parte animal -con el perdón de los nobles brutos- prevaleció sobre su escasa espiritualidad.

El resultado fue una víctima inocente, un joven próximo a obtener su título profesional, para quien le fueron cercenadas sus ilusiones, sus propósitos y sus  esperanzas por el fogonazo del arma que llevaba una irresponsable bestia asesina, perteneciente al grupo de individuos que creen, estúpidamente, que su virilidad reside en el gatillo de un arma de fuego o en el acelerador del lujoso automóvil de su padre.