EL PERFIL DE UN GOBERNANTE
(Cuando más daño hace un político, más ama a la bandera)
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Febrero del año 2007
“Un gobierno que dura mucho tiempo se descompone poco a poco.” Montesquieu
En una ocasión, durante el Renacimiento, un pintor florentino necesitó mandar a arreglar sus botas y para ello visitó al mejor zapatero de la ciudad.
Mientras el zapatero trabajaba sobre las botas del pintor, éste observaba admirado la destreza del artesano quien al terminar su labor recibió, junto con el estipendio de su trabajo, los elogios del pintor.
Días después, por invitación de éste, el zapatero visitó el taller del pintor y se admiró del talento y el virtuosismo del artista y así se lo dio a entender.
Pasó el tiempo y el pintor necesitó nuevamente de los buenos oficios del zapatero y encaminó sus pasos hacia el taller de éste. Cuando llegó encontró al zapatero trajinando sobre un lienzo, con paleta y pincel en manos. El resultado final fue un espantoso mamarracho. Decepcionado, el pintor abandonó el taller del zapatero diciendo para sus adentros: “¿Cómo es posible que este individuo, que tan hábil es con la lesna y la aguja, pueda ser tan torpe al usar la paleta y el pincel?”
Moraleja: “Zapatero, a tus zapatos.”
Esta leyenda ha permitido enriquecer el refranero popular; pero además muestra cómo, para hacer algo, no basta el deseo de hacerlo, sino que además se requieren aptitud y actitud. Requisitos estos indispensables para poder realizar adecuadamente el remiendo de un par de botas o pintar un lienzo. Y ni qué decir si se trata de gobernar una comarca, una región o un país.
La aptitud le permitirá al gobernante ser idóneo y por tanto capaz de realizar su trabajo con eficacia -fuerza para poder obrar- y eficiencia -facultad para lograrlo-.
Con la actitud, tendrá la posibilidad de lograr que sus labores se hagan con humildad y probidad. Humildad que el gobernante debe hacia el pueblo que lo eligió, ese que depositó en él su confianza y probidad para demostrar que es digno de esa esperanza.
Por eso, el gobernante -sea de un país, de una región o de una comarca- no puede ser el sátrapa que gobierne de manera astuta y ladina; ni mucho menos, convertirse en un tirano, para quien sólo tienen validez sus propias palabras o sus propios pensamientos o los de su séquito, cuando de adularlo se trata.
O, peor aún, ser un soberbio que llega a creerse el depositario del poder absoluto y, a semejanza de Luís XIV, exclamar, “El Estado soy yo”.
No. El gobernante debe de saber que no es más que el empleado público mejor pagado de su comarca, su región o su país; pero además es el llamado, por su investidura -concedida única y exclusivamente y de manera gratuita por el pueblo- a llevarlo hacia el progreso, a través de las vías del desarrollo.
Sin olvidar jamás que existe una escala axiológica que enseña y reclama la prioridad de los valores morales.
Es por esto que -párrafos atrás- se mencionaba dentro de los requisitos del buen gobernante, al igual que la aptitud, la actitud hacia el buen gobierno; dentro de la cual la honestidad y la honradez, es decir la probidad, ocupan el primer puesto en la ya mencionada escala de valores.
Ahora bien, por ser quien lleva las riendas del país, la región o la comarca, tiene en sus manos, vale decir en su leal y recto proceder, el destino de la gente, sobre todo la menos favorecida por la fortuna; de ahí que sus actuaciones no sólo deben estar revestidas de eficacia y eficiencia, sino que también deben de ser tan cristalinas como el agua que corre y tan verticales como la gradación moral.
Amén de un pasado pulcro que no pueda servir de lastre a sus actuaciones o de argumento a sus enemigos.
Por eso, debe de tener la honradez suficiente para manejar el tesoro público con absoluta pulcritud y delicadeza. Pero, además, debe de poseer la honestidad suficiente para no olvidar jamás que, como Mesalina, “…la mujer de César no sólo debe ser honrada, sino parecerlo…”
A lo cual habría que agregar, “y también demostrarlo” con hechos, no con palabras y sobre todo sin perder la compostura debida a su rango. Olvido en el que caen con frecuencia los gobernantes y, peor aún, sus colaboradores; pues no faltan quienes se creen monarcas y, sus subalternos, miembros de la corte de aquél y, lo más leve que hacen, es mirar con desdén al ciudadano de a pie.
Porque, si se fuera a hablar del abuso del poder, este simple ensayo se convertiría en un tratado sobre lo que es el erróneo perfil de un gobernante.