EL MISTERIO DE LAS LLAVES
(El amor es la vida del alma)
La perfección de la vida, es la perfección del amor
VALLEDUPAR, COLOMBIA
Diciembre del 2000
“La muerte no existe, la gente sólo muere cuando la olvidan; si puedo recordarte, siempre estarás conmigo.”
Isabel Allende
Un día aciago
– ¡Mami, mami!, mi abuelita Esther está enfrente de mi cama y se sonríe, y me quiere dar unas llaves.
La madre se sorprendió pues la abuelita Esther, su suegra, vivía a más de cien cuadras de distancia y en ese momento se encontraba delicada de salud; por eso miró con sorpresa a su pequeño hijo Ramiro, de apenas cuatro años de edad y trató de calmarlo, diciéndole que se tranquilizara, que seguramente había estado soñando con la abuelita; que más bien volviera a la cama e intentara dormir; pero el niño insistía y agregaba:
– No, mami; mírala; ahí viene, tiene un pañuelo blanco en la cabeza y me muestra las llaves.
Elvira, la madre, pacientemente al ver que por el pasillo que conducía a las alcobas, y hacia el cual señalaba el niño, evidentemente no había nadie, lo llamó y lo hizo recostarse en su regazo, junto a su hermano menor Omar, de seis meses de nacido, a quien Elvira sostenía en sus brazos, procurando mantenerlo despierto de acuerdo a las instrucciones del médico, que le había dicho que, dado el golpe que el niño había recibido en la cabeza, no era prudente dejarlo dormir.
Elvira a esa hora, once de la noche, se encontraba en el apartamento, sola con sus hijos; pues Gonzalo, su esposo, estaba en casa de la mamá de él, doña Esther, de quien le habían avisado hacía unas cuatro horas que se encontraba grave de salud, como consecuencia de una trombosis cerebral que le había sobrevenido de manera sorpresiva, mientras conversaba tranquilamente con una de sus hijas.
El pequeño Omar se mantenía aún bajo los efectos de los medicamentos que le aplicaran en la Clínica Infantil, luego de la caída que sufriera cuando, al despertar después de haber dormido toda la tarde, su prima Juana de ocho años, lo hubiera sentado en el borde del tocador de su tía Elvira, tras sacarlo de la cuna. Mientras la pequeña Juana cogía el biberón de la mesa de noche para dárselo, el niño todavía adormilado se había ido de bruces, golpeándose la cabeza contra el piso de madera.
El llanto del niño y los gritos de Juana hicieron que todos subieran a la alcoba principal, en donde encontraron a Juana atribulada, con el niño en brazos.
Pasada la sorpresa y calmados los ánimos, Gonzalo llevó a su hijo a la Clínica Infantil, donde el médico, después de observar la radiografía que le hiciera tomar luego de examinarlo, diagnosticó una pequeña fisura en el parietal izquierdo y pronosticó la formación de un severo hematoma.
Hacia las siete de la noche había sonado el teléfono para avisar del accidente cardiovascular de doña Esther, a quien el médico acababa de examinar cuando Gonzalo llegó media hora después. El médico ordenó absoluta quietud y la aplicación de oxígeno, advirtiéndoles a los hijos sobre la gravedad del caso y el carácter mortal del mismo, dada la circunstancia de edad de la paciente. Se le aplicó el oxígeno a doña Esther y sus hijos se sentaron a su alrededor a esperar, con dolor, angustia, paciencia y resignación, el fatal desenlace, el cual sobrevino pasada la media noche.
El dolor atenazó el alma de Gonzalo; en ese momento, todo pasó a segundo plano. La vida se le acababa de reducir al hecho de contemplar el cuerpo exánime de la madre; a sentir el dolor que significaba perderla para siempre; a no volver a escuchar sus consejos llenos de amor, de comprensión, de paciencia, de bondad; a no volver a verla sonreír ante la gracia de los nietos; ni a volverla a escuchar cuando entonaba, acompañándose del tiple, con sentimiento y dulzura aquellos cantos melodiosos, aunque por demás tristes, con los que rememoraba al esposo muerto.
Pareciera que el mundo se extinguiera poco a poco; que los sonidos se apagaran y las luces perdieran la capacidad de permitir percibir la forma de las cosas; como si todo se hubiera convertido en esa línea que dibujaba, en esa triste noche de su vida, el cadáver de la madre y que representaba, en ese horrible momento, su única realidad tangible. Esa mujer que yacía frente a él, había sido el parangón del amor, el sinónimo de la bondad, la equivalencia de la abnegación y, ya nunca más, la volvería a contemplar en sus quehaceres diarios o sonriendo ante la belleza de la vida o aconsejando a otras personas o escuchando con paciencia las cuitas de quien buscara una frase de consuelo para sus tribulaciones o acariciando a sus pequeños nietos.
A primera hora hábil de la mañana, llegaron de la funeraria para llevarse el cadáver, con el fin de prepararlo para la velación.
Cuando hubo que diligenciar el acta de defunción, se necesitó presentar la cédula de ciudadanía de la madre recién fallecida. Victoria, una de las hijas, buscó inútilmente las llaves del armario de doña Esther, pues sabía que ella allí guardaba, entre otras cosas, su documento de identidad. Al no encontrar las llaves, fue necesario forzar la cerradura.
Sentado frente al féretro, Gonzalo recordó su infancia feliz, repleta de ternura, al lado de sus padres y hermanos; infancia entristecida solamente por la muerte temprana de su padre: el primer golpe artero y fatal que el destino le propinara; luego recordó su adolescencia, guiada siempre por los tiernos consejos maternales, salpicados a veces de cariñosos regaños, cuando él se desviaba de las normas del hogar, preceptos éstos heredados de las pautas trazadas en vida del padre fallecido; época tan feliz, en la cual se formó y en la cual creció en responsabilidad e hidalguía.
Las horas siguieron transcurriendo pesadamente; el solo hecho de tener que recibir con caballerosidad y decencia las muestras de solidaridad y aprecio que amigos y familiares le presentaban, no hacían más que revivir una y otra vez el momento crucial del deceso materno; cada manifestación de condolencia le hacía más patética su total orfandad.
Las siguientes veinticuatro horas las pasó sumido en una especie de inconsciencia; al menos, así le pareció a él; las cosas se sucedían sin que casi las notara y si lo hacía, no reparaba mucho en ellas; la gente entraba, presentaba su saludo de pésame, hacía algún comentario, se despedía y se iba y Gonzalo la veía pasar como quien mira las escenas de una película: se las ve y se las vive, a sabiendas de que no son reales y de que el espectador es ajeno a ellas.
Cuando llegaron sus suegros, acompañando a Elvira, en el alma de Gonzalo renació el dolor, al pensar en el sufrimiento que Elvira debía estar experimentando en ese momento.
– Pobre Elvira, tanto como se querían mi mamá y ella.
Fue su único pensamiento, al momento de abrazarla y recibir de su esposa un tierno y estrecho abrazo y un beso cargado de amor, empero, no exento de melancolía.
No obstante esa sensación de letargo, cuando llegó el momento de la inhumación, la realidad volvió a tomar su lugar; no se trataba de un sueño ni de una pesadilla; no, era real y le estaba sucediendo a él: ese ataúd que estaba siendo introducido en la fosa, contenía el cadáver de su madre.
El ser que más lo había amado en la vida, el ser que lo apoyara con abnegación en los momentos difíciles, que le diera amor en los ratos de tristeza, consuelo en el dolor y comprensión ante el error, se iba y para siempre. A partir de ese momento sólo viviría el recuerdo de su amor, de su bondad, de sus enseñanzas, de sus ejemplos, de su vida inmaculada.
Regreso a la realidad
Cuando, concluida la ceremonia, la familia regresó a la casa materna, la soledad agobió a Gonzalo; sintió como si estuviera en un yermo; los objetos lucían descoloridos, los espacios más grandes de lo que eran en realidad, las voces más lejanas, las personas más distantes; en fin, como si él estuviera en una dimensión y el mundo en otra.
No pudo más y convidó a su esposa para que regresaran al apartamento; se despidieron de hermanos y familiares y se fueron. Ya en el camino, Gonzalo se acordó de lo sucedido un par de días antes a su hijo menor y preguntó a Elvira por él.
– Esta mañana lo dejé un poco mejor; aunque la inflamación de la cabeza ha aumentado. La noche de la muerte de doña Esther, me tocó llevarlo nuevamente a la Clínica Infantil, pues tenía fiebre y lloraba.
– Y, ¿por qué no me avisaste o, después, no me comentaste nada?
– Por respeto a tu dolor, dijo ella.
Rato después llegaron al apartamento y encontraron todo normal, excepto Omar, quien seguía con la hinchazón en la cabeza.
– En la clínica, el médico de turno me dijo que el hematoma tardaría dos o tres meses en desaparecer; dijo Elvira al ver la cara de espanto y dolor de su esposo.
Gonzalo tomó a su pequeño hijo en brazos y lo besó con ternura en la mejilla y le pidió a Dios que se apiadara del niño y permitiera su pronta mejoría y, sobre todo, no fueran a presentarse secuelas del golpe. Luego, al acordarse de algo que oyera decir a su mamá, recién muerto su padre y a propósito de alguna dificultad familiar, dijo en voz alta y con una fe absoluta, mientras colocaba su mano derecha en la cabeza de Omar:
– Alma bendita de mi madre, intercede ante Dios por tu pequeño nieto, para que se mejore pronto.
Tres o cuatro días después, milagrosamente, la inflamación craneal del pequeño Omar, había empezado a desaparecer.
Ese fin de semana fueron a visitar a Victoria, la hermana que estaba con doña Esther el día fatal de su muerte. Luego de los saludos de rigor, las manifestaciones de cariño y algunas frases para reconfortarse mutuamente, Victoria les dijo:
– Imagínense que las llaves del armario de mamá no aparecen por ninguna parte.
Se aclara la incógnita, casi olvidada
Pasaron los años, cinco exactamente; el tiempo que la ley concede en las regiones de clima frío, para la exhumación de los restos de las personas muertas e inhumadas en cementerios públicos.
Como quiera que doña Esther hubiera pedido que, al morir, sus huesos reposaran después de la exhumación junto a los de su esposo, sus hijos habían predispuesto todo para poder cumplir su voluntad. Para eso, compraron un osario en una iglesia católica, cercana a la casa de las hijas supérstites, solicitaron los permisos necesarios, sacaron los restos del padre fallecido veintiún años antes y mandaron a hacer una lápida de mármol, en la cual, con las fechas indicadas y una sentida frase, recordaban el periplo vital de sus progenitores. Se citaron una mañana sabatina en los predios del cementerio central de Bogotá, para realizar la exhumación de los restos maternos.
Cuando éstos aparecieron ante su vista, el dolor adormecido con el paso de los años, revivió intensamente. Ver a ese ser querido, el más amado entre todos, convertido en una osamenta horrible, era un duro golpe; tan doloroso como el de la inhumación. El vestido con el cual doña Esther fuera sepultada, aún se conservaba intacto; sin embargo, cuando los desepultuteros lo tomaron para poder desmembrar el esqueleto, aquél se deshizo.
Una vez reunidos los restos mortales de los padres, Gonzalo, sus hermanos y demás miembros de la familia, se aprestaban a dejar el cementerio, cuando sintieron un tintinear en el sitio donde había estado, un rato antes, el que fuera el ataúd de la madre. Al volver la vista vieron, con asombro, que en el suelo estaban las llaves del armario.
Aquellas que ella, cinco años atrás antes de morir, fuera a entregarle a su pequeño nieto Ramiro…
F I N