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EL HOMBRE MÁS SOLO DEL MUNDO

(Ya lo dijo el Creador: «No es bueno que el hombre esté solo»)

 

La carencia de compañía puede ser perjudicial

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Febrero del 2007

 

“La angustia nocturna nunca es simple; pues, en ocasiones, está orquestada como una sinfonía, en donde los motivos se entrecruzan.”

Jacinto Benavente

 

Aníbal era un campesino que, cuando apenas tenía once años, perdió a sus padres que fueron asesinados junto con sus tres trabajadores, una tarde de sequía. Los asesinos eran sicarios a órdenes del dueño de la hacienda vecina a la parcela de los padres de Aníbal.

Este individuo había puesto sus codiciosos ojos en las parcelas aledañas, no solamente por estar cerca de una fuente de agua que todo el año la prodigaba fresca y abundante, sino porque además tenían los mejores pastos de la comarca.

El riachuelo cruzaba la parcela y bordeaba un pequeño bosque de sauces que le daba mayor esplendor al paisaje. En un recodo, el riachuelo formaba con los sauces un remanso, en donde el padre de Aníbal había hecho un criadero de truchas.

La posesión de buena agua, el esplendor de la pradera, el criadero de truchas, hacían de las tierras de los padres de Aníbal y de las otras cercanas al riachuelo -entre las que se encontraban las de los padrinos de Aníbal- las mejores de los contornos; en tanto que las del hacendado codicioso carecían de agua abundante; y sus pastos, aunque copiosos, no eran de buena calidad nutritiva para el ganado que, por eso, no obstante ser numeroso, era casi escuálido. En cambio, las reses de los padres de Aníbal  y las de sus compadres, aunque pocas, eran de buen porte y siempre se vendían a buen precio en el mercado ganadero. Eso hizo que el codicioso hacendado ambicionara las tierras de los padres de Aníbal y las de sus vecinos.

Ya el dueño del feudo había logrado convencer -de grado o por fuerza- a los demás vecinos de que le vendieran sus tierras, pero él ambicionaba poseer toda la comarca y los únicos que se resistían a negociar eran los dos testarudos compadres, dueños por cierto del mejor paraje, como ya se dijo. Pero este codicioso personaje estaba decidido a obtenerlas, a las buenas o a las malas.

Y como ya había probado por la vía diplomática, por la presión, por las amenazas y todo le había fallado, decidió eliminar a sus tozudos vecinos.

Por eso, esa tarde los pistoleros llegaron al rancho de los padres de Aníbal y sin mediar palabras les dispararon a quemarropa. Luego, le prendieron fuego al rancho.

Aníbal se salvó de morir, porque esa tarde su padre lo había mandado con una razón para su padrino y la mujer de éste le había dicho que se quedara un rato a jugar con los muchachos.

Cuando Aníbal y sus padrinos y los hijos de estos columbraron el fuego, después de oír las detonaciones, quisieron cruzar el riachuelo pensando en auxiliar a las víctimas; pero los asesinos ya estaban frente a la cabaña y, sin fórmula de juicio, empezaron a disparar.

Aníbal y uno de los hijos de sus padrinos, por ir los últimos, se alcanzaron a esconder detrás de unos árboles. Sin embargo, cuando el muchacho vio caer a sus padres, a pesar de que Aníbal quisiera detenerlo, salió gritando y un sicario le disparó, matándolo de inmediato. Después, le prendieron fuego a la humilde vivienda.

Aníbal permaneció escondido, tratando de ahogar los sollozos que pugnaban por salir de su garganta, y el miedo a la muerte lo salvó.

Esa noche, cuando ya la luna en cuarto menguante estaba en lo alto de la bóveda celeste, Aníbal salió a hurtadillas y con el mayor sigilo cruzó el riachuelo y se dirigió al que había sido su hogar. Cuando llegó, las llamas ya habían devorado el rancho. Buscó y pronto encontró los cadáveres de sus padres a medio calcinar, lo mismo que los de los tres trabajadores.

Se sentó sobre una piedra y lloró amargamente. Al cabo de varias horas, cuando ya la luna había cruzado el cenit, volvió a atravesar el riachuelo, con el fin de huir hacia el poblado cercano. Cuando estaba llegando a la incendiada cabaña de sus padrinos, oyó voces. Se ocultó detrás de un árbol y, así, pudo escuchar la conversación de los sicarios.

-Tenemos que encontrar al pequeño Aníbal y liquidarlo, pues si no, el patrón nos lo va a cobrar caro. Y tú sabes cómo se pone él, cuando algo no le sale perfecto. Y ese mocoso no puede quedar vivo, pues es el único que podría estropearle sus planes.

-Pues nos tocó decirle que al muchacho lo liquidamos también.

-No, porque ya cometimos el error de contarle que se nos había escapado.

-Fácil. Contémosle que lo encontramos y cuando quiso volver a huir le disparamos y cayó al riachuelo y la corriente se lo llevó y, por más que buscamos el cadáver, no apareció; como si a ese malparido muchacho se lo hubiera tragado la tierra; bueno, la tierra no, el agua.

-De todas maneras, busquémoslo una vez más.

-Bien.

Para ese momento, Aníbal había retrocedido y ya se había ocultado detrás de unos pinos. Cuando vio que los sicarios se devolvían para cruzar el riachuelo y dirigirse hacia donde su patrón, él tomó el camino del poblado más cercano. Pero tratando siempre de buscar la oscuridad.

Después de caminar toda la noche y haber cruzado las colinas, siempre huyendo de la claridad que lo pudiera delatar, llegó a la cabecera municipal cuando ya el sol despuntaba en el horizonte. De inmediato fue al convento de las monjas donde en su escuela había aprendido a leer, a escribir y los rudimentos aritméticos. Alzó la pesada aldaba y en dos ocasiones golpeó el macizo portón antes de que la monja portera le franqueara la entrada, luego de preguntarle:

-Aníbal, ¿qué haces aquí tan temprano, en vacaciones?

-Hermana Juana, ha ocurrido una desgracia.

Y entre sollozos, le contó los sucesos de la tarde inmediatamente anterior y cómo él no había tenido otra opción que huir y por qué, para evitar que lo encontraran, había tenido que elegir el camino más largo. La hermana Juana horrorizada lo tomó de la mano y lo llevó a hablar con la madre directora. Ésta al enterarse de los hechos dijo:

-Aníbal, tú no puedes regresar a tu parcela. Así que debes quedarte en nuestro hospicio que, como bien sabes, ha acogido a todos los huérfanos, más de treinta niños y niñas, hijos de las víctimas de ese sanguinario hombre que ha asolado la región.

Aníbal se quedó en el hospicio durante siete años. Allí desarrolló su afición por la lectura y la escritura. Como la mayoría de los huérfanos del albergue, él era un muchacho taciturno, pero encontró en los libros un refugio a su soledad y a su tristeza.

Cuando cumplió los dieciocho años, tuvo que abandonar el orfelinato.

Para ese entonces, el asesino de sus padres y sus padrinos, ya había muerto. El hijo mayor de una de sus tantas víctimas, un hombre de ya 23 años, había logrado burlar el cerco de gorilas que lo cuidaban y en un descuido lo apuñaleó varias veces, hasta convencerse de que el verdugo de las familias de la comarca estaba muerto y ya no podría hacer más daño. En seguida viajó a la cabecera municipal y se entregó. Como el miserable depredador no había dejado deudos, y sí muchas víctimas, el juez sentenció a su sayón a una leve condena.

Al dejar el hospicio, Aníbal era un joven que se había deshabituado al mundo exterior. Pronto se dio cuenta de que el bullicio, el trajinar de la gente, las actividades del común de las personas le producían desazón. Con los ahorros que las monjas le dieron, con una maleta que contenía sus escasas pertenencias y sus pocos conocimientos de la carpintería, oficio que aprendiera en el orfelinato, se enfrentó a la vida.

Como viera que en el pueblo, que para entonces había crecido pero seguía careciendo de ofertas de trabajo, no encontraría algo que le permitiera vivir de manera decorosa, resolvió marcharse para la capital del departamento. Allí fue peor. Si el relativamente apacible pueblo le pareció ruidoso, la ciudad se le antojó caótica. No obstante, una vez se instaló en una modesta pensión del centro, se dedicó a buscar trabajo. Después de varios días de caminar y caminar, por fin, encontró donde ocuparse.

En un barrio algo apartado, logró el puesto de ayudante del dueño de una carpintería llamada “El Roble”, el Sr. Ramón; quien resultó ser un individuo de buen carácter, que sabía tratar con bondad a sus empleados. El señor Ramón, que ya frisaba los cincuenta años, había enviudado hacía tres y tenía a su cuidado a la única hija de su matrimonio, una bella adolescente que acababa de cumplir los dieciséis años.

Pero Aníbal que, como ya se ha visto, era un usual solitario, terminó por limitar su vida a una rutina diaria, casi idéntica. Todos los días, de lunes a sábado, llegaba a su trabajo a las 7:30 de la mañana, realizaba las labores que el señor Ramón le encomendara y, a medio día, iba a una fonda cercana en donde tomaba un frugal almuerzo. Para luego regresar, hacia la una al taller y permanecer allí, trabajando, hasta las cinco de la tarde, cuando el patrón despachaba a todos sus ayudantes.

Su trabajo consistía en pulir tablones y listones que después se convertirían en piezas de muebles económicos, para personas de bajos ingresos. Estas labores, Aníbal las realizaba casi silenciosamente, limitando su conversación con los compañeros y con el jefe, a lo estrictamente necesario. Aníbal era, en verdad, un hombre de pocas palabras.

Sin embargo, cuando salía del trabajo hacia las 5:15 de la tarde y se iba para la posada y se encerraba en su cuarto y abría el libro que estaba leyendo, se olvidaba de todos y de todo, hasta de sus pesadumbres y su tristeza habitual y de su propio ensimismamiento, y se enfrascaba a leer o a releer los libros de su pequeña biblioteca.

Estos libros eran su más preciado tesoro. Los había ido reuniendo poco a poco, desde cuando vivía en el hospicio y las monjas o el capellán, al notar su desmedida afición por la lectura, le regalaban casi todos los meses un nuevo libro. Cuando ya empezó, en el mismo orfelinato a fabricar cajas y otras cosas menores, que luego eran vendidas en el mercado del pueblo y por eso él ganaba algunos pesos, siempre empleaba su ganancia en adquirir libros, siempre ya usados.

Después de leer un par de horas, bajaba al comedor de la posada e ingería una cena ligera. Luego se asomaba al balcón del segundo piso y, desde allí, observaba el cielo y dejaba volar su pensamiento. A veces, aprovechaba estos momentos de contemplación para idear algún poema u otro escrito que luego, ya en su cuarto, vertía en un cuaderno escolar, en donde pergeñaba páginas con sus sentimientos y sus pensamientos más íntimos. Otras veces, narraba, en tercera persona, sus escasas vivencias.

Habrían pasado cerca de dos años, cuando un día al llegar en la mañana, un poco más temprano que de costumbre, vio a Ofelia, la hija del señor Ramón, cuando ella salía para el colegio en donde cursaba su último año de bachillerato. Nada más contemplarla se sintió cautivado por su belleza y su porte elegante. Cuando sus miradas se cruzaron y Ofelia le sonrió, Aníbal se sintió flechado. Pasó todo el día ensimismado, pues no podía sacarse de la mente la mirada ni la sonrisa de ella. Cuando rememoraba su grácil figura, Aníbal sentía que su enamoramiento aumentaba.

Esa noche, entusiasmado escribió, tan pronto llegó a su cuarto, un soneto dedicado a Ofelia, en donde exaltaba el amor a primera vista y ponderaba la belleza de su amada. A partir de ese día, Aníbal madrugó con el firme propósito de volver a ver a Ofelia.

Algunas mañanas lo lograba, otras llegaba tarde, cuando ya ella había salido. Hasta que logró establecer la hora de salida de Ofelia para el colegio, dependiendo del día de la semana. A partir de ese día, se sintió el hombre más feliz del universo y entonces cayó en cuenta de que, desde cuando fueran asesinados sus padres, nunca había podido apartar la tristeza de su mente, hasta el feliz día en que conoció a Ofelia.

Sin embargo, las semanas corrían y empezaron a convertirse en meses y Aníbal no había pasado de las miradas y las sonrisas con Ofelia. Para entonces, ya llevaba dos cuadernos llenos de poemas y pensamientos dedicados a su amada. El amor de Aníbal hacia Ofelia, aumentaba cada día más y más.

Hasta que llegó el día en el que ese amor, que en un principio deparó felicidad (felicidad muda, es verdad, pero felicidad al fin y al cabo), se convirtió para Aníbal en la peor fuente de dolor.

Pues una tarde, en la cual Aníbal salió del taller después de las 5:30, vio venir a Ofelia acompañada de un muchacho que la traía asida del brazo y con quien departía animadamente, en medio de risas y expresiones de alegría, que no hicieron sino taladrar el corazón del pobre Aníbal, para luego rompérselo en mil pedazos, al ver que Ofelia y su acompañante se despedían con un beso cuando llegaron a la puerta de la casa de ella.

Esa noche Aníbal se encerró en su cuarto, a rumiar en soledad su dolor y no bajó a cenar. SI antes había sido un individuo taciturno, aún después de haber conocido a Ofelia y haberse enamorado perdidamente de ella, sabiéndola inalcanzable en razón de su humilde condición ante su patrón, ahora sí que se volvió más silencioso, más melancólico, más triste de lo que hubiera podido serlo en el pasado.

Hasta pensó en renunciar a su trabajo; pero, cuando se dio cuenta de que con esto, sólo lograría no volver a ver nunca más a Ofelia, lo pensó mejor y desechó esta idea. Sin embargo, con esta decisión no hizo más que encontrar razones para su desazón, motivos para aumentar sus pesadumbres; pues muy a su pesar, siguió madrugando y aun cuando se apostaba lejos de donde Ofelia pudiera verlo, pero él sí poder observarla, esto no hacía más que aumentar su tristeza al verla cada día más bella y cada vez más lejana.

Aníbal se fue abstrayendo cada vez más. Cada día se reconcentraba en su dolor. A medida que pasaba el tiempo, fue hasta descuidando su figura. A veces, pasaba varias semanas sin afeitarse, hasta que su patrón le reconvenía. En ocasiones, se iba para el taller sin desayunar. Otras veces, dejaba de almorzar y la mayoría de los días, se acostaba sin cenar. Pero eso sí, sus cuadernos de pensamientos y poemas se llenaban con celeridad. Escribía y escribía todas las noches.

Ya no conversaba con nadie. Salía de la posada silenciosamente, antes de que los otros huéspedes bajaran al comedor. Su trabajo lo realizaba en total abstracción. Si salía a almorzar, lo hacía con celeridad, como para no darle  tiempo a algún compañero para que se le acercara. A la hora de salida, era el primero en estar listo para abandonar el taller.

Hasta que llegó el día en el cual perdió las ganas de seguir viviendo. Ya hasta la vida misma había perdido todo sentido para Aníbal. Una mañana de domingo, después de bañarse salió a la calle de donde regresó media hora después.  Se encerró en su cuarto y se puso a rememorar su vida toda. Recordó la felicidad que disfrutó en su infancia, cuando sus padres vivían. Luego el dolor, la tristeza y la soledad que lo apabullaran cuando fueron vilmente asesinados. Los años desapacibles en el hospicio, cuando solamente la lectura de un nuevo libro rompía la monotonía  de la vida diaria, en un lugar en donde los días se sucedían con un sosiego idéntico. Después recordó su llegada a la capital, su ansiedad mientras buscaba trabajo y la alegría cuando lo encontró. La cual dio paso a la soledad, cuando se impuso nuevamente su carácter retraído, su propensión al  aislamiento, sus deseos irrefrenables de ensimismarse.

Entonces, recordó la mañana cuando vio por vez primera a Ofelia y, como en una película, desfilaron ante sus ojos la mirada dulce y acariciadora, y la sonrisa alegre de quien, durante algún tiempo, le devolviera la confianza en el género humano y lo reconfortara con la naturaleza. Luego pasó por su mente la imagen de Ofelia, riendo y disfrutando de la compañía de quien, supo después, era su novio y, lo peor, el recuerdo de ese beso que le rompió el corazón y acabó con todo deseo de vivir.

En ese momento, lloró. No de despecho por no haber podido conquistar a Ofelia, ni por no haber sido capaz de acercársele siquiera. Lloró por su soledad, por su pesadumbre, por su orfandad, por la tristeza que había invadido su vida desde su pubertad. Y, ahora, cuando ya era un joven de casi veinte años,  esa vida seguía llena de melancolía, de aflicción.

Cuando se sintió desahogado, se limpió el rostro y se sentó a la mesa en donde tenía sus cuadernos y sus libros y en donde escribía sus sentimientos y sus pensamientos, ora en prosa, ora en verso.

Hundió unos momentos la cara entre las manos y, cuando supo que había recompuesto sus ideas, se puso a escribir. Contó su corta y triste vida, sin omitir detalle importante. Al final, dejó la siguiente constancia:

“Como quiera que ya he perdido todo deseo de vivir, pues la existencia carece de todo sentido para mí, que la he vivido casi siempre en soledad, he tomado la libre decisión de acabar con ella. Si antes tuve algunos motivos para vivir, si alguna vez pareció brillar un lucero en mi existencia, hoy todo esto ha desaparecido. Ya nada me anima a seguir trasegando por este horrible valle de lágrimas. Es mi deseo expreso de que Ofelia ni el señor Ramón sepan del porqué de esta determinación que he tomado. Que no se culpe a nadie de mi muerte. Yo, y únicamente yo, ante el tribunal de Dios, habré de responder por esto. Al fin y al cabo no tengo a nadie a quien hacerle falta. No hay en este mundo un solo ser humano que pueda echar de menos mi presencia y mucho menos derramar una lágrima por mi desaparición. Adiós y perdónenme las tribulaciones que mi deceso les traiga. En el bolsillo interior de mi chaqueta hay dinero suficiente para costear mis exequias y mi sepelio. Adiós.”

Después ordenó sus libros y sus cuadernos, se levantó, tomó un vaso de agua del lavamanos, se sentó nuevamente a la mesa, sacó una píldora del bolsillo de la chaqueta y con estoicismo la ingirió. A los pocos minutos, su cabeza calló sobre la mesa y Aníbal se durmió, para no despertar jamás.

*****

Cuando años después de ocurridos los hechos anteriores, visité esa ciudad en búsqueda de un asunto interesante con el cual escribir un cuento para concursar en una convocatoria, en los archivos del periódico local encontré la misiva final de Aníbal. Atraído por la historia, decidí investigar y cuando encontré los cuadernos de Aníbal, que la dueña de la posada conservó, cuando las autoridades terminaron de investigar los hechos que rodearon su suicidio, y gentilmente me prestara, utilicé su tema  para escribir  esta narración. Cuando la terminé, la envié al concurso. A las pocas semanas recibí un sobre en donde se me comunicaba que era el triunfador en la convocatoria. 

Por eso, con mucha tristeza, tengo que decir, “Gracias, pobre y solitario Aníbal.”

 

F I N