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EL  HIJO AUSENTE

“La tierra displicente y callada,

al lírico poeta no le dijo nada.” José Asunción  Silva

Te fuiste, porque las circunstancias así lo decidieron

sin importar el dolor que atenazaba nuestros corazones:

de todos los que te quieren, te querrán y te quisieron.

Y partiste, dejando en nuestro cielo negros nubarrones.

Para convertirte desde entonces, en ese  hijo ausente

a quien la madre cada noche, triste añora;

porque quisiera tenerte aquí  presente

y como no puede ser, tu ausencia sufre y llora.

Y derrama su llanto y no hay como consolarla,

aunque sus otros hijos la rodeen de cariño con esmero,

ni aun cuando yo me desviva sólo para amarla

-ya que cada día que pasa, la amo más y más la quiero.-

Te fuiste llevando tu pobre corazón partido

y tu noble  alma transida de dolor;

a pesar de saber muy bien, hijo querido,

que te acompañábamos con todo nuestro amor.

Y han pasado los años y nada que regresas,

motivo de este dolor que nos agobia tanto

y, en vez de disminuir, aumentan las tristezas

que sumen nuestras vidas en dolor y en llanto.

Al partir te llevaste contigo la alegría

que deparabas a tus queridos viejos.

Ya para qué ha de salir el sol y ocultarse cada día,

¡si nuestro querido hijo sigue estando lejos!

Regresa pronto, hijo de mi alma,

a traer de nuevo consuelo a tu hogar paterno;

que desde que te marchaste se perdió la calma

y sólo pedimos por tu retorno al Dios Eterno.

            Daríamos nuestras vidas por verte así fuera un solo día

tu madre, tus hermanos y yo, tu viejo querido;

ven pronto, hijo, termina  de una vez con la agonía

en que vivimos desde que dejaste el nido.

Elevemos plegarias para que nos escuche el Cielo

y podamos tenerte de nuevo a nuestro lado;

quiera Dios, se cumpla pronto nuestro anhelo

de estrecharte entre los brazos, ¡mi hijo amado!

Valledupar, 16 de octubre de 1999