CUENTOS – POESÍA – PROSA – OBRA PERIODÍSTICA – ENSAYOS

EL ESCRIBIDOR

(La historia de una frustración)

 

No se deja de amar al envejecer, se envejece cuando ya no se ama

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Noviembre del 2002

 

“Yo soy el invisible anillo que sujeta el mundo de la forma, al mundo de la idea.”

Gustavo Adolfo Bécquer

 

Esta es la historia de un individuo que, desde temprana edad, aprendió a leer y a escribir sin ayuda alguna. Un buen día sorprendió a sus padres con su nueva aptitud. Cuando estos le preguntaron como lo había logrado, respondió:

-Oyendo leer a mi hermano mayor, aprendí a hacerlo y, después, dibujando las letras, terminé escribiendo.

De inmediato, fue puesto en la escuela para  no desaprovechar su talento.

Esta afición de leer y escribir, cada día fue aumentando; de tal manera que, cuando mediaba su bachillerato, había pulido su estilo, lo que le permitió hacer parte del círculo literario del colegio. Allí, pronto se destacó; cada vez que había un acto solemne, el discurso corría a cargo de nuestro héroe.

Cuando le llegó la adolescencia, se enamoró de una joven encantadora y, cuando ella le correspondió, le escribía hermosas cartas y bellos poemas con los que ella se deleitaba y la hacían enamorarse cada día más de él.

Cada vez que nuestro amigo encontraba una convocatoria de poesía, cuento o ensayo, enviaba sus colaboraciones, anhelando ser reconocido como un buen escritor y mejor poeta. Sin embargo, cuando el correspondiente jurado emitía su fallo, en éste él no iba incluido. Sin embargo no desmayaba y continuaba insistiendo.

Estando ya en la universidad, colaboró en cuanto periódico o revista había en el claustro.

Al graduarse y empezar a ejercer su profesión, consiguió que le dieran una columna de opinión en varios de los periódicos de la ciudad.

No obstante, en cada concurso al cual enviaba sus escritos, en prosa o en verso, según fuera el caso, el resultado era el mismo: se llenaba de ilusiones al hacer el envío, se inquietaba mientras se cerraba la convocatoria, para luego sentirse derrotado cuando, en la decisión de los árbitros, su nombre era omitido.

Fueron pasando los años y su vida seguía su curso normal: se había casado con la novia de siempre, habían tenido un hijo, el cual crecía en edad y en conocimientos y era el orgullo de sus padres. Todo apuntaba a hacer de ellos tres el constitutivo de una familia feliz y, de hecho lo eran; pero, nuestro hombre echaba de menos el reconocimiento de los jurados literarios y, así, fue anidándose en su alma el origen de una frustración que, poco a poco, lo fue convirtiendo en un hombre retraído, silencioso, introvertido.

Y el tiempo continuaba avanzando de manera inexorable; mientras tanto, su hijo creció, se hizo hombre, se graduó con honores como profesional, se enamoró, se casó y el protagonista de este cuento, volvió  a quedar solo con su esposa.

Vale la pena aclarar que el amor de ambos no había sufrido ninguna mella por las frustraciones de él; al contrario, con los años, fue aumentando y cada vez se fortalecía más y más. Por eso, cuando ella enfermó y, meses después, murió, él sintió morir también.

Pasado el trago amargo del sepelio, se refugió en sus libros. Un buen día decidió escribir la historia de su amor, empezando por el día cuando la conoció, cómo se enamoraron y cómo, al final se casaron y fueron felices. Puso manos a la obra y, todas las noches, al regresar de la oficina, dedicaba varias horas a verter en el papel todos los sentimientos que tenía guardados en su corazón.

A medida que avanzaba en su historia, se daba cuenta de cómo había sido de grande ese amor que lo había unido a la que fuera su esposa, pese a las vicisitudes propias de la vida.

Las cuartillas se llenaban con rapidez. Cuando se detenía para releer lo escrito, con facilidad se conmovía y, en ocasiones, se le hacía un nudo en la garganta y los ojos se le humedecían; pasado el momento de la emoción, continuaba y advertía lo bien que le estaba quedando su escrito cumbre; pues, con el pasar de los días, tomó la decisión de enviar su labor, cuando la concluyera, al siguiente concurso de novela que se presentara.

Y, así, continuó escribiendo; a veces con afán delirante, a veces con calma y sosiego.

Una noche, llegó al punto de empezar a narrar la enfermedad y posterior muerte de su amada; cada palabra, cada frase le taladraban el corazón; la emoción lo embargaba cada vez más y le imposibilitaba continuar.

Hubo un momento en el cual tuvo que detenerse para tomar aire, pues se sentía conmocionado. Trató de seguir y al pretender escribir cómo había sido el dolor sufrido por él, cuando ella murió en sus brazos, pronunciando su nombre y reiterándole su amor, no aguantó más; se percató de que se le oprimía el pecho, el cerebro le estallaba y el mundo le daba vueltas; luego sintió cómo era sacudido por una convulsión y su cabeza cayó sobre el escritorio.

Cuando su frente tocó la mesa, estaba muerto. Había muerto de dolor, de tristeza, de desolación.

Al día siguiente, cuando la empleada del aseo llegó, encontró su cuerpo yerto en la misma posición en que lo sorprendiera la muerte. De inmediato llamó a la casa del hijo de su patrón y le comunicó el triste suceso.

El hijo se apersonó de la situación y con estoicismo llevo a cabo todo lo pertinente al funeral de su padre, a pesar de que a cada rato rememoraba el reciente fallecimiento de su madre.

Más adelante, cuando ya el dolor era soportable, volvió un fin de semana a la casa paterna a hacerse cargo de las pertenencias materiales de sus progenitores y decidir, luego, qué hacer con la casa donde había nacido y se había criado y en donde tan feliz había sido.

Al llegar al cuarto de estudio, comenzó a guardar en cajas los libros que su padre tanto había amado; cuando terminó, dirigió la vista hacia el escritorio y lo primero que vio fue el original del último escrito de su padre.

Su primera intención fue meterlo en una de las cajas de libros; pero lo pensó mejor y se sentó a leerlo. A medida que avanzaba en la lectura, se emocionaba al ver el alma desnuda de su padre y de cómo su amor por su madre y de ésta por él, había sido algo tan hermoso, tan sublime que, cuando llegó al último párrafo, cayó en cuenta de lo que había ocasionado la muerte de su papá.

Había muerto de pena, al no poder tener nunca más a la mujer que había sido el único amor de su vida y quien, a su vez, le había dado todo el amor que albergaba en su frágil y femínea alma.

Conmovido, el hijo tomó la resolución de escribir el último capítulo de esa hermosa y triste historia. Por tanto, leyó varias veces los escritos de su padre, con el fin de poder asimilar su estilo literario.

Cuando creyó haberlo logrado, se sentó ante la máquina de escribir y concluyó el relato, a partir de la muerte de su madre, hasta los que él imaginó habían sido los últimos minutos de vida de su padre.

Conocedor del anhelo de su padre por ser reconocido como escritor, cuando terminó la obra, la envió a la siguiente convocatoria de cuento que hubo.

Meses después, llegó a su casa una carta de la casa editorial que patrocinaba el concurso, en donde le avisaban que su obra había ganado el primer galardón y, además, le anunciaban que si tenía más escritos los enviara, con el fin de revisarlos, para luego publicarlos; porque, remataba la carta del editor, su estilo era muy bueno y, por si fuera poco, se veía que conocía muy bien el alma humana y las cumbres que era capaz de remontar, cuando de amar se trataba…

 

F I N