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EL CUERVO

(Perdonar es la gallardía de los valientes)

 

Solamente las almas nobles olvidan las ofensas

 

VALLEDUPAR,  COLOMBIA

 

Agosto del 2004

 

“Una mentira es como una bola de nieve; cuanto más rueda, más grande se vuelve y más difícil es detenerla.”

Martin Lutero

 

Pedro Nel era ebanista; su padre le había enseñado el oficio que a su vez había aprendido del suyo. Pedro Nel había estado casado, bueno en realidad, había vivido en unión libre con Dorotea, quien un mal día, se fugó con un chofer de la línea de buses Torices Crespo, sin importarle nada. Él siempre había vivido en una casa de inquilinato, de las llamadas en Cartagena accesorias, situada en el barrio de Canapote de esa ciudad. Allí había nacido, allí habían muerto sus padres, allí había convivido con Dorotea, allí se habían amado o, al menos, eso era lo que se creía; aunque a veces Pedro Nel pensaba que, en esa relación, el amor lo había puesto sólo él.

Cuando Dorotea se fugó, él creyó morir; su primer impulso lo llevó a emborracharse; bebió tres días seguidos con sus noches. Cuando su compadre Anastasio, de cuyo hijo mayor el padrino era Pedro Nel, lo sacó del bar de mala muerte donde estaba y lo llevó a su vivienda, no sabía ni de donde era vecino; durmió tres días continuos; cuando se despertó y recordó su desgracia, se puso a llorar hasta que Domitila, la mujer de Anastasio, le dijo:

-Compadre, no sea pendejo, no llore por una mujer, que eso es de lo que más sobra en el mundo.

-Pero es que yo la quiero mucho, comadre. Ella ha sido la única mujer en mi vida.

-Pero ya se le pasará, compadre. Lo que tiene que hacer es conseguirse otra mujer, pero una que sea buena, que sea casera y, me va a perdonar compadre, pero que no sea tan correlona como Dorotea.

*****

            El tiempo pasó y fue calmando, poco a poco, el dolor de Pedro Nel. Se dedicó a su trabajo, el cual no le faltaba, ya que tenía merecida fama de ser un buen ebanista. Sin embargo, él no podía olvidar a Dorotea.

Cada vez que conocía a otra mujer, mentalmente la comparaba con la que había sido el amor de su vida y, en esas comparaciones, siempre salía perdiendo la otra. Si no eran los ojos, era la boca o si no el cuerpo o las piernas o el modo de caminar, pero algún defecto le encontraba y nunca era tan bonita, ni tan cariñosa ni tan buena amante como lo había sido Dorotea hasta el día en que conoció al maldito chofer que se la robó. Así fueron pasando los meses. Pedro Nel vivía sólo para su trabajo y para añorar a Dorotea. Los años pasaron y él todavía la recordaba con afecto, pues el rencor de los primeros días fue suplantado poco a poco por un cariño lleno de ternura y a veces, hasta de agradecimiento por todos los momentos de felicidad que ella le brindara, desde cuando la conoció esa tarde de agosto en el mercado y desde cuando, meses después, se la llevó a vivir con él.

*****

            Una tarde de sábado, cuando Pedro Nel estaba cerrando su taller y se disponía a ir donde su compadre Anastasio para jugar dominó y beberse unas cervezas, se presentó Rebeca, la hija de la vecina de enfrente, quien a la sazón ya se había convertido en una hermosa joven que se encontraba próxima a cumplir los quince años de edad. En más de una ocasión, desde hacía un par de años, Pedro Nel se había fijado en lo bonita que se estaba poniendo Rebeca. No obstante, él la miraba siempre como la niña que había conocido desde hacía como seis años, cuando ella, su madre y su padrastro llegaron a vivir a las accesorias.

-Pedro Nel, mi mamá que si puedes hacerle el favor de ir un momento donde ella, pues necesita pedirte el favor de que le hagas unas mesas.

-Mira mijita, dile a tu mamá que mañana voy, pues ya por hoy terminé mi trabajo y me voy a descansar.

            Rebeca, mientras tanto, había estado observando a Pedro Nel, que se quitaba la camiseta de trabajo, para luego ponerse una camisa limpia que tenía colgada de un clavo en la pared del taller.

-Pedro Nel, que fuerte te ves. Que musculoso estás. ¿Acaso vas a algún gimnasio?

-Qué más gimnasio que este taller, mijita.

-No, pero es que esos sí son músculos.

Dijo Rebeca y, uniendo la acción a la palabra, se acercó y, antes de que Pedro Nel pudiera reaccionar, ya Rebeca le estaba acariciando el pecho.

-Rebeca, ¿qué haces?, dijo sorprendido Pedro Nel. -¿No ves que alguien puede verte y malinterpretar tu inocente gesto?

-¿Y quién te dijo que yo era inocente? Además, ¿es que eres bobo que no te has dado cuenta que desde que te dejó la bandida de Dorotea, yo no hago más que observarte, cuando te pones a serruchar en la puerta del taller?

-Rebeca, mijita, ¿qué estás diciendo? ¿No te das cuenta de que todavía eres una niña y yo ya soy un hombre mayor? Además, ¿con permiso de quién vas tratando así a Dorotea?

-¿Acaso ella no te abandonó por otro hombre? ¿No es eso lo qué hacen las bandidas?

-Mira Rebeca, esta conversación ya terminó. Yo no le permito a nadie que ofenda el recuerdo que guardo de Dorotea. Además, tú todavía estás muy joven para ponerte a hacerles insinuaciones a los hombres. ¿Qué tal que alguien te coja la caña?

-Pues ese hombre me demostraría que no es marica, como parece que tú lo eres.

-Rebeca, ya se me colmó la paciencia. Hazme el favor de salir del taller, antes de que salgamos de pelea y terminemos por decir cosas de las cuales nos tengamos que arrepentir después. Además, no quiero tener que ir donde tu mamá a ponerle las quejas por tu comportamiento.

-Sabes que ahora sí me convencí de que Dorotea te dejó por marica.

            Pedro Nel no aguantó más y, casi a empellones, sacó a Rebeca del taller, quien, antes de cruzar el pasillo que separaba las dos viviendas, le dijo:

-Este desprecio me lo vas a pagar caro, maricón de mierda.

Y, meneando las caderas, se metió a sus habitaciones.

            Pasó el fin de semana y el lunes, temprano, se presentó nuevamente Rebeca en el taller de Pedro Nel. Tan pronto éste la vio frunció el ceño al pensar que ella venía a insistir en su acoso del sábado, aun cuando enseguida recordó que había quedado de ir el domingo donde la mamá de ella por el asunto de las mesas; por eso, tratando de no recordar el incidente, le dijo:

-Qué pena con tu mamá, Rebeca; pero ayer amanecí un poco enguayabado por las cervezas que me tomé el sábado; pero después de mediodía voy a hablar con ella sobre las mesas que quiere que le haga.

-No te preocupes por eso Pedro Nel, yo sólo vengo a pedirte perdón por lo que te dije el sábado. No sé qué me pasó. Cuando llegué a mi casa iba con tanta rabia que quería llorar, pero después me puse a pensar que tienes razón, yo estoy todavía muy joven para esas cosas. Espero que me perdones.

-Tranquila, mijita. Ya todo está olvidado. ¿Tu mamá todavía quiere las mesas?

-Sí. Por eso también estoy aquí. Mi mamá que si puedes ir ahora.

-Déjame y termino esto que estoy haciendo y, en media hora, voy.

-Bueno, dijo Rebeca y se fue.

            Pedro Nel sonrió, pensando en lo complicadas que son a veces las mujeres y continuó su trabajo, mientras tarareaba una canción.

            Media hora después, tocaba la puerta de las habitaciones que Rebeca compartía con su mamá, su padrastro y su hermanito menor, de cuatro años de edad. Rebeca le abrió la puerta y le dijo:

-Mi mamá salió un momentico a la tienda, pero no demora; sigue y la esperas y  mientras tanto te tomas un tinto.

-Gracias.

Dijo Pedro Nel y se sentó en una butaca que estaba cerca de la puerta.

            Ya había pasado como un cuarto de hora y la mamá de Rebeca no llegaba. Pedro Nel ya se había tomado el tinto y empezó a impacientarse por lo que la demora le significaba para su trabajo. Por eso, se levantó y le entregó el pocillo a Rebeca.

-Me voy, yo después de mediodía vuelvo y hablo con tu mamá lo de las mesas.

-No, espera, yo voy a llamarla a la tienda y mientras tanto hazme un favor, tenme al niño; yo no me demoro.

            Rebeca salió dejando a Pedro Nel de niñera. Cuando, al cabo de quince minutos llegaron Rebeca y su mamá, Pedro Nel acababa de dormir al niño y estaba tratando de acostarlo en su cuna.

-Pedro Nel, que pena con usted; lo pusieron de niñera.

Dijo la mamá de Rebeca mientras dejaba una bolsa encima de la mesa de la pequeña cocina.

-No se preocupe doña, a mí los niños me encantan; lástima que Dorotea nunca me quiso dar un hijo, dijo Pedro Nel y sin transición, agregó:

-Dígame qué es lo que necesita.

            La mamá de Rebeca le explicó cómo quería las mesas y rápidamente acordaron los detalles necesarios sobre el plazo de entrega y la forma de pago. Minutos después, Pedro Nel ya había regresado a su taller y había reanudado su trabajo.

*****

            Habría transcurrido como una hora desde entonces, cuando llegaron Rebeca y su mamá, ésta con el niño en brazos y hecha un basilisco y entrando al taller comenzaron a insultar a Pedro Nel, llamándolo con los peores epítetos: corrompido, degenerado, corruptor de menores, homosexual,  depravado, desviado sexual y otros de peor calibre, cuyo enunciado empañaría la compostura de esta narración.

-Un momento, ¿qué es lo que pasa? No entiendo por qué me dicen estas cosas. 

Alcanzó a decir Pedro Nel en un instante en el cual las dos mujeres pararon sus insultos para tomar aire.

-Hijueputa y todavía lo pregunta.

Dijo Rebeca mientras la emprendía a golpes contra Pedro Nel quien, no repuesto de la sorpresa, no alcanzó a esquivar un bofetón que ella le atizara en pleno rostro.

-De verdad, no sé de qué me acusan. Si se calman y me cuentan qué les pasa, podremos aclarar la situación.

-No se haga el inocente. Usted bien sabe qué fue lo que pasó.    

Dijo la mamá de Rebeca, mientras echaba chispas por los ojos.

-Señora, le juro que no sé de qué me hablan.

-Maldito hijueputa, ¿va a negar que, mientras Rebeca iba a la tienda a buscarme y cometió el error de dejarle al niño, usted lo tocó y abusó de él?

-¡Señora!, ¿qué locuras está diciendo? ¿De dónde saca esas barbaridades?

-¿De dónde? Después de que usted salió, el niño se despertó llorando, tenía las nalgas enrojecidas y el pañal olía a semen.

-Señora, eso es una locura. Yo no le hice nada al niño, se lo juro por la memoria de mi mamá.

-No jure nada. Además, ya mi marido fue al cuartelillo de policía a denunciarlo por abuso sexual.

            La discusión no cesaba: Pedro Nel jurando su inocencia, la mamá de Rebeca insistiendo en el hecho, mientras que Rebeca miraba y miraba a Pedro Nel y sonreía. En la primera oportunidad que tuvo, se acercó a éste y le dijo despacito:

-Ahora sí te agarré, maldito cabrón; de esta no te salvas. Te dije que me la ibas a pagar.

            En esas llegaron los policías: un cabo y dos agentes y, sin más, aprehendieron a Pedro Nel, lo esposaron y se lo llevaron en una patrulla.

Para entonces, una multitud de curiosos se había arremolinado a la entrada de las accesorias. La radio patrulla partió y todos los que quisieron oír la versión de Rebeca y de su mamá, se quedaron a escucharla. Cada cual daba su opinión, todas adversas a Pedro Nel, nadie se atrevía a defenderlo. Incluso hubo un necio que dijo:

-Los cuernos que le puso Dorotea, lo volvieron cacorro.

*****

            Y Pedro Nel fue a dar con sus huesos en un calabozo del cuartelillo de policía del barrio Torices. Allí permaneció tres días sin que se le definiera su situación.

            Mientras tanto, sufrió vejámenes y maltrato, no sólo por parte de los uniformados; sino también a cuenta de otros detenidos.

En la tarde del tercer día, el inspector del permanente había instruido el caso, después de recibir las declaraciones de Rebeca y su mamá. Éstas dijeron que en la mañana de los sucesos, después de que Pedro Nel saliera de la vivienda de ellas, el niño se había despertado llorando, la mamá lo atendió y encontró que se había orinado, por lo cual lo limpió y le cambió el pañal. Enseguida llamó a Rebeca para que lavara el pañal; Rebeca cogió el pañal y se fue al lavadero comunitario de las accesorias, pero enseguida se devolvió y le preguntó a su mamá:

-Mamá, ¿a qué le huele el pañal?

-Pues, a orines.

-No señora, huela bien, ahí hay otro olor más fuerte.

-Ay, sí, es el olor al desinfectante.

-No señora, ese olor es de semen.

-¿Te parece?

-Sí. Y eso debió ser por culpa del hijueputa ese de Pedro Nel. Él se quedó solo con el niño, mientras yo fui a la tienda a llamarla.

-Pero ese mal nacido es un miserable, un verdadero hijueputa. Yo lo mato. Vamos donde ese desgraciado.

-No, mejor avisémosle a Bernardo, para que ponga el denuncio en el cuartelillo.

            Y así lo hicieron. Rebeca fue corriendo hasta la zapatería donde trabajaba Bernardo, su padrastro, y lo puso al corriente de la situación.

-Lo demás ya lo sabe usted, señor inspector, remató la mamá de Rebeca.

            Sin más fórmulas de juicio, Pedro Nel fue trasladado a la cárcel municipal de Ternera, un pueblito cercano a Cartagena. Los días pasaban, el expediente crecía y fue fijada la fecha para el juicio. Sin embargo, Pedro Nel no tenía un abogado idóneo para su defensa, pues el defensor de oficio que le asignaron, era un joven recién egresado de la Facultad de Derecho y carecía de la experiencia necesaria para  enfrentarse al abogado acusador, quien era todo un zorro en la jurisprudencia.

            Bien pronto, Pedro Nel se dio cuenta de las incapacidades de su defensor. Por lo tanto, pidió que se le permitiera contratar por su cuenta a un abogado. Su compadre Anastasio, así se lo aconsejó y el mismo se encargó de conseguir a uno de los más experimentados abogados penalistas que había en la ciudad, no obstante ser este último un individuo de pocas campanillas, dedicado a su quehacer jurídico y, por lo mismo, alejado de los oropeles de la fama.

            Enseguida, el nuevo defensor se dio cuenta de que allí había algo raro. Nada más fue recibir las declaraciones de su defendido, para notar que todo era una burda e infame trampa urdida por Rebeca, para vengarse del desaire amoroso que Pedro Nel le hiciera. Y sobre esa base, armó su alegato de defensa, seguro de demostrar la inocencia de su cliente y lograr así su libertad.

            Y llegó el día del juicio. El fiscal hizo las acusaciones del caso, llamó a sus testigos principales, Rebeca y su mamá. Estas hicieron un recuento de lo sucedido esa mañana. Rebeca aprovechó para verter todo el odio que sentía por Pedro Nel. El fiscal, seguro de su triunfo, terminó su interrogatorio y se sentó.

            Por fin le llegó el turno a la defensa, quien no tenía testigos que probaran la inocencia de su defendido, pero sí que demostraran, con sus testimonios, la calidad moral del acusado.

Uno a uno, fueron desfilando por el banquillo de los testigos, Anastasio, Domitila y los demás amigos de Pedro Nel. Todos coincidieron al afirmar que éste era un hombre honrado, honesto y poseedor de uno valores morales a toda prueba.  Al final, el defensor llamó a declarar a Rebeca. Después de los preliminares de rigor, le preguntó:

-¿Es cierto, sí o no, que usted se le insinuó a mi defendido y, cuando él la rechazó, usted, no solamente lo insultó en su hombría y vilipendió a la ex compañera sentimental de él, sino que además lo amenazó con que se las pagaría?

-¡Eso es falso! Yo nunca hice ni dije nada de lo que usted me acusa.

-Señorita, le recuerdo que se encuentra bajo la gravedad del juramento y, violarlo, es delito.

-Juro que yo jamás hice eso. Lo que sí sucedió un día, hace varios meses, fue que ese señor trato de seducirme en su taller.

-Señorita, tenga cuidado con lo que dice, porque al perjurio le está agregando la calumnia.

            Rebeca estalló en llanto y la juez, quien desde el principio había mostrado cierta animosidad contra el acusado, conminó al defensor para que se mesurara en su alegato.

-Con la venia de su señoría, pero yo solamente le estoy recordando a la testigo que no debe excederse en sus palabras.

-Y yo le recuerdo a usted, que está a un punto de cometer desacato.

-¡Señoría!, pero si yo…

-¡Abogado de la defensa, cuidado con lo que dice! Continúe, más bien con su alegato.

-No hay más preguntas, su señoría.

            Pedro Nel fue llamado a declarar. Con serenidad y en forma pausada, hizo un recuento de los hechos ocurridos durante los dos días aciagos. Cuando su abogado le preguntó por el supuesto intento de seducción hacia Rebeca, Pedro Nel contestó:

-Pero si yo siempre la he mirado como una niña. Además, como se lo dije a ella esa tarde, yo todavía quiero a mi ex mujer.

            Llegó el momento del alegato final. El fiscal pidió treinta años de presidio para el culpable. Por su parte, el defensor alegó que la culpabilidad del acusado no estaba demostrada y que, más aún, la primera impresión de la madre del niño supuestamente abusado, era la de que el olor detectado en el pañal correspondía al de un desinfectante y que el enrojecimiento de las nalgas obedecía a una inflación que presentaba desde hacía varios días, debido al descuido de su hermana.

            Nuevamente Rebeca lloró. La juez mandó a hacer silencio en las barras, pues iba a dictar sentencia. Hubo un momento en el cual solamente se escuchaba el ruido que hacían las aspas de los ventiladores que aireaban la sala de la corte.

-Pónganse de pie el acusado y su apoderado, así como también, el abogado acusador, dijo el ujier con voz tronante.

-Escuchados los testimonios y los sesudos alegatos del fiscal y los débiles argumentos circunstanciales de la defensa, no puedo más que declarar culpable de abuso sexual contra un menor al acusado, y sentenciarlo a la pena máxima que contemplan nuestros códigos. Por tanto, señor Pedro Nel Rivera, se le condena a purgar en la cárcel de Ternera treinta años de presidio, sin posibilidad de excarcelación; de tal manera que, cuando salga, sea un anciano y ya no pueda hacer más daño a la sociedad.

*****

Pasaron los días, pasaron los meses, pasaron los años. Ya habían transcurrido exactamente cinco desde cuando Pedro Nel fuera injustamente condenado. Era de noche. Rebeca estaba acostada, pero no podía conciliar el sueño; por más que daba vueltas en su cama de lona, no dormía. Toda la tarde había estado acordándose de Pedro Nel. 

Ese día se había cumplido un nuevo año de la sentencia que lo llevó a la cárcel. Todavía recordaba, cómo después del juicio su padrastro la había reconvenido por su osadía al jurar que el olor que presentaba el pañal era de semen.

-¿Qué habrías podido decir si el defensor te hubiera preguntado porque conocías ese olor?

-Alguna cosa se me hubiera ocurrido. Además pienso que la juez no le habría permitido esa pregunta. ¿No te acuerdas que ella había simpatizado con nosotros?

-Pero, ¿y si eso no hubiera ocurrido? ¿Le habrías contado que ese era el olor de tu sábana después de que tú y yo la pasábamos sabroso en tu cama de lona?

-No, bruto, ¿cómo se te ocurre? Habría dicho que una compañera del colegio nos lo había contado en un recreo. Y si no me creía, me habría puesto a llorar. Recuerda que a la juez la enternecieron mis lágrimas.

            También recordaba Rebeca cómo se había enamorado de Pedro Nel. La primera vez que reparó en él, fue una tarde cuando salió sin camisa a serruchar una tabla. Lo musculoso de su tórax y la gallardía de su porte, le habían atraído. Además, ya se estaba cansando de su padrastro. Era rara la noche que no se le pasaba a la cama y, casi siempre estaba sudoroso y llegaba directo a poseerla, buscando únicamente satisfacer sus deseos, sin tener en cuenta las necesidades de ella. En cambio, Pedro Nel jamás sudaba y siempre olía a limpio. Cada vez, le atraía más.

Por eso, lo odió cuando la despreció, cuando le dijo que todavía era una niña; ella que ya sabía lo que era estar con un hombre y despertarle toda la pasión que ella quisiera.

A su padrastro le había sido fácil conquistarlo, por eso pensó que con Pedro Nel iba a ser igual. Nunca se imaginó que el muy imbécil todavía estuviera enamorado de la puta de Domitila que, seguramente por cabrón, lo había dejado.

Sin embargo, en sus cavilaciones de esa noche, llegó un momento en el cual le dio pesar con Pedro Nel. Al fin y al cabo, su venganza había sido demasiado cruel. Pero en ese momento de rabia, no se le había ocurrido nada más ni nada mejor para satisfacer su orgullo herido.

Estaba en esas, pensando y pensando en todo lo que había sucedido en esos últimos años, cuando sintió que en la ventana de su cuarto aleteaba un pájaro. Volteó a mirar y vio que era un animal más bien grande, de pico largo y plumaje totalmente negro.

Primero se asustó, pero después se levantó y quiso espantarlo amenazándolo con pegarle con un zapato. No había alcanzado a levantar el brazo, cuando el extraño pájaro se vino en picada y, antes de que ella pudiera hacer algo para protegerse, ya el animal la había atacado y, con rápido lance, le sacó ambos ojos de sus órbitas.

Cuando Rebeca quiso gritar, ya el ave había volado y se había perdido en la oscuridad de la noche.

Bernardo y su mujer llegaron casi enseguida para ver, en el claroscuro que la luna proyectaba en la habitación, el angustioso cuadro: Rebeca con el rostro bañado en sangre, la cual le escurría por entre los dedos de las manos con las que medio se cubría la cara, gritaba desesperadamente. La madre sólo atinó a decir:

-Mijita, ¿qué te pasó? ¿Por qué esa sangre en la cara?

Entre sollozos logró Rebeca contarle a su mamá, mientras su padrastro encendía la luz del cuarto, la llegada del pájaro que la había picado en los ojos y cómo el dolor no lo resistía.

            Bernardo se le acercó y con delicadeza le quitó las manos de la cara, sólo para horrorizarse al notar que Rebeca, su adorada Rebeca, había perdido los ojos. Cuando se apartó para que su mujer viera, ésta lanzó un grito de horror y cayó desmayada al piso. Bernardo tomó a Rebeca en sus brazos y la depositó con suavidad en la cama. Enseguida salió para buscar ayuda médica.

Al rato se presentó con el médico del dispensario de urgencias de una clínica de Torices. El facultativo le aplicó una inyección para contrarrestar cualquier infección, le puso unos apósitos en las cuencas de los ojos, se los vendó y le formuló más antibióticos y un analgésico fuerte. Además, les dijo que debían llevarla al hospital, al día siguiente temprano, para un chequeo más completo.

*****

Rebeca pasó la noche quejándose, por más que quería conciliar el sueño no podía. Por un lado, el dolor no la dejaba y, por otro lado, algo le martillaba en el cerebro sobre la insólita aparición del maldito pájaro que, de manera tan extraña, la había atacado sin motivo alguno. Ella estaba segura de haber notado algo raro en el graznido del animal, al igual que en su actitud de fiereza al agredirla con el pico.

Dando vueltas y vueltas en la cama, pasó la noche cavilando. Cada vez el recuerdo de Pedro Nel y lo injusta que había sido en su venganza, la atormentaban más; al fin, después de lo que para ella fue una eternidad, el nuevo día llegó; ella lo notó al sentir que la temperatura del cuarto aumentaba. Cuando presintió que ya habría clareado el día, se levantó y, a tientas, alcanzó la puerta y se dirigió al cuarto que su mamá ocupaba con Bernardo.

-Mijita, ¿qué pasó, por qué estás levantada tan temprano?

-Mamá, casi no pude dormir.

-Claro, mijita, el dolor debió ser terrible.

-No fue solamente el dolor, mamá. Hay algo más que quiero decirle.

            Bernardo se despertaba en ese momento y alcanzó a oír las últimas palabras de Rebeca. Por supuesto, de inmediato las conectó con la relación que había tenido con su hijastra. Temeroso de que ésta lo delatara, se levantó de un salto y tomándola por un brazo la fue sacando del cuarto, mientras decía:

-Parece que la niña tiene fiebre, voy a llevarla a la cocina para darle los remedios que el médico le formuló anoche.

-Que fiebre ni que ocho cuartos.

Dijo Rebeca soltándose de la mano de Bernardo que, con fuerza, la sujetaba por el brazo.

-Además, tengo que decirle a mi mamá algo relacionado con Pedro Nel.

Y diciendo esto buscó como orientarse para, luego, decirle a su mamá:

-Mamá, yo mentí en todo el lío en que metí a Pedro Nel.

-¿Cómo así?

-Sí señora. Yo lo hice para vengarme, por haberme despreciado cuando le dije que estaba enamorada de él. Por eso armé todo el embrollo y mentí cuando lo acusé y, después en el juicio, también mentí. Por eso anoche me atacó ese cuervo que me sacó los ojos.

-Esa niña está delirando, dijo Bernardo, tratando de sacarla del cuarto.

-Bernardo, no joda más y déjeme decirle toda la verdad a mi mamá.

Dijo Rebeca y, volteándose hacia donde ella suponía que se encontraba su madre, agregó:

-Mamá, además Bernardo, que ha sido mi amante desde hace ocho años, lo sabía todo; él me ayudó a urdir todas las mentiras con que engañamos a usted, a la Policía y a la juez. Pero eso es lo de menos, y agregó antes de que Bernardo pudiera interrumpirla:

 -Lo grave es que anoche, cuando el cuervo me atacó, yo alcancé a oír en un susurro que alguien me decía que iba a quedar ciega y, además, usted me iba a odiar el resto de mi vida en castigo por haber sido tan cruel con Pedro Nel y por haberme dejado seducir por Bernardo y haberle robado a usted, el amor y las atenciones de ese canalla. Por eso quiero que me lleve donde la juez que lo condenó, para que lo libere a él y me condenen a mí por mentir, como dijo el abogado que lo defendió en el juicio.

            Y Rebeca calló de rodillas al suelo, sumida en el llanto producto del remordimiento y del arrepentimiento. Mientras tanto, su mamá la miraba estupefacta. El conocer tantas cosas en tan pocos instantes, la llenaron de sobresalto y su primera reacción fue de sorpresa, luego de rabia, sobre todo hacia su marido, al darse cuenta de que la había mantenido engañada durante tanto tiempo (ocho años, según confesara su propia hija), mientras que ella, ignorante de todo, nunca había sospechado ni lo más mínimo sobre esta aberrante situación en la cual, con toda seguridad, Bernardo había aprovechado la ingenuidad de Rebeca, cuando ésta apenas contaba doce años, para corromper sus sentimientos.

*****

            Por eso, su primera reacción fue saltar de la cama para enrostrarle a Bernardo su canallada y exigirle que, de inmediato, se largara de su vivienda.

-Tú no me puedes echar así como así, dijo Bernardo en el colmo del cinismo.

-Claro que puedo y si no te vas inmediatamente, llamo a la Policía para que te lleven por cómplice en la calumnia que Rebeca urdió contra el pobre de Pedro Nel. Pues, en este momento, prefiero que Rebeca pague sola su delito con tal de librarme de ti, que tener que volver a verte en mi vida. Así que ¡fuera!, maldito traidor.

            Una vez Bernardo cogió sus motetes y se fue, la mamá de Rebeca, le dio la mano y la ayudó a levantarse del suelo, en donde había permanecido llorando desde cuando, media hora antes, le había hecho tan patética confesión.

Para sus adentros, la pobre señora pensaba que, con la ceguera y el castigo que la ley le aplicaría por la calumnia y el perjurio, su hija tendría suficiente para el resto de sus días. Así que, muy seriamente le dijo:

-Voy a ayudarte a bañar y a vestir, para que vayamos donde la juez, a tratar de arreglar todo este maldito enredo que tu jodida vanidad armó.

-Sí mamá, fue lo único que Rebeca pudo decir.

*****

Al día siguiente, cuando empezaba la tarde, Pedro Nel era puesto en libertad. Su rostro demacrado, cubierto de una espesa barba y su mirada llena de melancolía, daban a entender muy bien los sufrimientos que el pobre hombre había padecido durante esos cinco largos y penosos años.

A la salida de la cárcel, lo esperaba la mamá de Rebeca, que recostada a la pared del penal, aferraba con nerviosismo la cartera que llevaba colgada del hombro izquierdo.

Tan pronto vio a Pedro Nel, se le acercó y con total sinceridad, le dijo:

-Pedro Nel, yo sé que cualquier cosa que le diga, no le va a devolver los años que perdió. Pero, de todas maneras, quiero que sepa, lo avergonzada que me siento por todas las bellaquerías que Rebeca le hizo con la complicidad de Bernardo. Ya Rebeca recibió el primer castigo al quedar ciega y, ahora, va a ser enjuiciada por calumnia y perjurio, según dijo la juez. Ya está detenida y la tienen presa en la cárcel de mujeres.

-Doña, yo no quiero venganzas. El solo hecho de alcanzar mi libertad me recompensa con la vida. Además, de acuerdo a lo que me contó la juez, Rebeca ya fue castigada y ha perdido la vista de por vida. No quisiera que, además, marchitara su juventud en una cárcel. Yo sé del sufrimiento que significa estar en un lugar como ese. Por eso, voy a hablar con la juez para que la exonere de cualquier cargo por calumnia. Pues no pienso entablar ninguna demanda.

-Pedro Nel, definitivamente usted es un hombre bueno. Yo pensé que sólo desearía vengarse por todo el mal que mi hija le causó.

-No señora, al fin y al cabo, todo ocurrió por haberse enamorado Rebeca de mí y, de eso, ni siquiera ella misma tiene la culpa. Nadie puede mandar en los sentimientos que puedan nacer en un corazón que se enamora. Acaso, ¿yo no estuve enamorado de Dorotea y la seguí amando durante muchos años, aún después de que ella me traicionara? Dígale a Rebeca que, si de algo le sirve, yo la perdoné hace mucho tiempo.

-Pedro Nel, ¿sería mucho pedir que me dejara darle un abrazo?

-No señora, para nada; venga ese abrazo.

            La mamá de Rebeca se acercó y estrechó en un fuerte abrazo a Pedro Nel, quien también la abrazó, como muestra de que en su noble alma no había sitio para el rencor.

 

FIN