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EL CORTEJO MISTERIOSO

(Todo momento por venir es impenetrable)

 

Vive cada día como si fuera el último, pues el mañana es un arcano

 

BARRANQUILLA,  COLOMBIA

 

Diciembre del 2005

 

A los viejos les enseñaría que la muerte no llega con la vejez, sino con el olvido.

Gabriel García Márquez

 

Luego de dormir durante horas -que le parecieron una eternidad- sentado en un taburete que, al asomarse, encontrara recostado al marco de la puerta de su casa,  Fernando vio venir a lo lejos el cortejo fúnebre. A dos cuadras ya se alcanzaba a divisar la carroza, tirada por dos caballos enjaezados con borlas que les colgaban a lado y lado de la cabeza.

El cortejo venía por la Calle Central de Santa Cruz de Mompox, isla ciudad situada en el Bajo Magdalena, fundada en la época colonial y que para entonces conservaba -y aún conserva todavía- ese estilo de los Siglos XVI y XVII. Venía en dirección hacia la Iglesia de Santa Bárbara, donde se realizarían las honras fúnebres y, de ahí, seguiría con rumbo al cementerio.

En ese momento Fernando se preguntó quién habría muerto sin que él se enterara. Máxime si se piensa que Mompox era -y aún sigue siendo todavía- una ciudad pequeña que, entonces, sólo tenía alrededor de mil quinientos habitantes. Hurgó en la memoria y no recordó de nadie conocido que hubiera estado enfermo últimamente.

Mientras tanto, el cortejo avanzaba. Al frente la carroza, en cuyo pescante vio al cochero que la conducía: un hombre negro de edad avanzada, vestido de librea negra, camisa blanca y corbatín negro y tocado con sombrero de copa, igualmente negro.

Los deudos y amigos del muerto venían detrás de la carroza.

Cuando ésta pasó frente a su casa, Fernando alcanzó a columbrar el ataúd por entre la vidriera de aquella. Era un hermoso ataúd, color caoba, hecho de cedro, en forma hexagonal a la usanza medieval. Encima, varias coronas reposaban.

A continuación, avistó a su esposa Adelaida flanqueada por los dos hijos habidos en el matrimonio: Fernandito y Samuel. Adelaida lloraba de manera discreta, pero cargada de pesar. Sus dos hijos, ya adultos, también se veían apesadumbrados aunque se les notaba que contenían las lágrimas. Inmediatamente después, muy compungido, iba su compadre, Rafael Esquivel, acompañado de su esposa y sus dos hijas, a la sazón casadas con Fernandito y Samuel. Detrás, la madre de Adelaida, muchos familiares y amigos. Sin embargo, no vio entre la concurrencia a su suegro.

Ya al final del cortejo, venían algunos conocidos que, en su mayoría, estaban conversando de manera animada y no faltaba algún grupo que riera y se comportara como si estuvieran en una celebración y no en un funeral.

Intrigado, Fernando se preguntaba, una y otra vez:

-Pero, ¿quién habrá muerto?, ¿por qué no me avisaron?, ¿por qué mi esposa, mis hijos, mis nueras, mi suegra y hasta mis consuegros van en el cortejo, pero mi suegro y yo no los acompañamos?

            Cuando todos hubieron pasado, Fernando resolvió salir de las dudas. Se levantó del asiento, metió el taburete, cerró la puerta de la casa y se acercó a los últimos integrantes del cortejo para preguntarles por la identidad del muerto.

            Sin embargo, estos iban tan entretenidos en su charla banal -según lo comprobó Fernando- tan distraídos del acto que se llevaba a cabo, que no le pusieron atención a sus preguntas.

            Por eso, apretó el paso y se adelantó hasta llegar a la punta del cortejo. No obstante, cuando interrogó a su compadre y consuegro, éste tampoco le puso atención.

            Otro tanto ocurrió con sus nueras y su suegra. Preocupado, se puso detrás de su esposa y le preguntó:

-Mija, ¿quién se murió? ¿Por qué no me avisaron? ¿Dónde está tu papá?

            Adelaida no contestó. Empero, volteó la cabeza, como para mirarlo; pero, misteriosamente, no le dijo nada. No le dio respuesta alguna. Solamente lo miró, como quien mira al vacío.

            Fernando resolvió continuar con el cortejo. Al fin y al cabo, ya sólo faltaba una cuadra para llegar a la iglesia. Los oficios religiosos terminaron y la marcha fúnebre siguió para el cementerio. El  féretro fue puesto frente al sepulcro.

            Luego de que el sacerdote dijera las últimas oraciones y rociara el ataúd con agua bendita y antes de que los sepultureros lo tomaran para introducirlo en la fosa recién abierta, Fernando vio como Adelaida se adelantaba, abría la tapa del sarcófago y se inclinaba para darle un beso de despedida al muerto.

            Intrigado, Fernando se acercó para mirar y quedó helado cuando vio que el muerto era él mismo…

*****

Sobresaltado despertó abruptamente de ese absurdo sueño y, sin siquiera ponerse las chancletas y sin hacer ruido para no despertar a Adelaida, corrió hacia la puerta, la que encontró cerrada y sin la tranca puesta. De un solo golpe la abrió y se asomó a la calle. Miró a un lado y, en medio de la noche y a la luz de los pequeños candiles que la iluminaban, vio que la calle estaba totalmente vacía. Miró hacia el otro extremo y alcanzó a ver que, en el recodo de la calle de la iglesia, doblaba una carroza fúnebre. Entonces cayó en cuenta de que su suegro había muerto dos años antes.

Estupefacto, quiso entrar nuevamente a su casa para seguir descansando. Pero no pudo. Recordó el sueño que acababa de tener y notó que un tremendo dolor le laceraba el pecho. Sintió que el alma se le iba.

Segundos después, caía al piso. Cuando su cuerpo tocó las frías baldosas, Fernando ya estaba muerto.

 

F  I  N